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Belén
Author: 
Amor filial
12-Nov-2018
2798
Belén
En un mismo día, mi madrastra Belén lo hizo con mi hermano y conmigo


1

Estaba enamorado de Belén, de esa manera tan tonta en la que uno se enamora cuando es adolescente. Me gustaba conversar con ella, sentados en el sillón entre película y película. Le contaba de mi colegio, de mis amigos, de mis planes a futuro. Ella me hablaba de su pasado, de su infancia y de las cosas que le gustaba hacer.

A veces conversábamos en la piscina. A Belén le encantaba broncearse con un libro entre las manos. Leía echada boca arriba en una colchoneta. Lo hacía en voz alta mientras yo nadaba en el agua y la escuchaba atentamente. Esos días, para mí, fueron lo mejor.

No sé si estuvo bien hacerlo. Una vez, oculté una cámara en su baño. La camufle de tal manera que el lente daba exactamente a la ducha. Lo que quería era verla desnuda. Así que dejé la cámara encendida desde la mañana. Aproveche que todos estaban en la primera planta tomando desayuno para colarme en su habitación —en su baño— y ocultar la cámara de forma estratégica. Hice mi día de manera normal, como si nada hubiera sucedido. Por la noche, mientras todos cenaban, repetí el mismo procedimiento pero a la inversa: rescate la cámara de su escondite. Y ya en mi cuarto, con la puerta cerrada, conecté el aparato a la computadora y exporte el vídeo:

Lo primero que sucedió, después de más de cuatro horas de nada, es que ella entró al baño a orinar. Solo se vio a Belén sentándose en el inodoro y se escuchó el sonido de un chorro cayendo. Se limpió estando sentada. Luego, más horas de nada —muchas horas de nada en realidad—, hasta que sucedió algo incómodo: Mi hermano mayor, Josué, se metió al baño a cagar. Adelante esa parte del vídeo, no tenía intención de verlo. Luego, más horas de nada, y así hasta antes de las seis, hora en la que sucedió lo que tanto había estado esperando.

Fue hermoso. La cámara captó todo el momento. Desde que Belén empezó a desvestirse hasta que se metió a la ducha. El agua cayendo encima de su cuerpo desnudo. Sus senos abultados, que parecían dos pastelitos con sus respectivas cerezas, que eran también dos pezones colorados. La curva de su cintura y las caderas que terminaban en un culo firme y redondo. La blancura de su ser y el agua, como aceite, deslizándose por su piel lentamente. El cabello mojado, el cuello hacía atrás. Cuando se echó el acondicionador y cerró los ojos, cuando se pasó el jabón por sus partes íntimas y parecía que se estaba masturbando. Y al final, cerró las llaves y se sacudió un poco, como un perrito, tomó una toalla y la ató a su cuerpo. Una más para el cabello. Se vistió en el mismo baño. Se puso el sostén, encima esa blusita amarilla que le vi después a la hora de la cena, las bragas, un pantalón de tela azul. En total, más de media hora de estar en el paraíso. Para mí, fue el punto de quiebre en mis deseos sexuales.

Edité el vídeo, guardé los treinta minutos de Belén y borré todo lo demás. De vez en cuando, cuando me sentía muy excitado, veía el vídeo y me masturbaba. En un primer momento no quise hacerlo. Me sentí un poco enfermo viendo el vídeo de mi madrastra. Y pensé que tocarme mientras lo veía era aún más enfermo. Pero después acabe sucumbiendo a mis deseos. Me la jale tantas veces con ese vídeo que llegué a conocer cada movimiento de ella en la ducha. Imaginaba también que yo me bañaba con Belén, que le rozaba las nalgas con mi pene, que le pasaba el jabón por los labios de la vagina, que me venía entre sus piernas y luego ella se arrodillaba para recibir mi leche restante y almacenarla en su boca.

Y quizás por eso se me hizo muy complicado seguir con nuestras viejas costumbres. Ver películas juntos se convirtió en un delirio. Porque en lugar de ver la película, yo la veía a ella. Recordaba el vídeo, su cuerpo desnudo. Se encendían en mí los deseos de abrazarla, me excitaba y no había forma de calmar mi erección de manera que ella no lo notara. No sé si lo notó, pero bien pudo haberlo hecho tan solo con mirar entre mis pantalones y descubrir a mi verga latiendo de excitación. Nuestras conversaciones —antes tan entretenidas y espontáneas— se transformaron en una serie de mal entendidos y comentarios al aire y todo era mi culpa: me ponía nervioso cada vez que Belén me dirigía la palabra, me quedaba de piedra cada vez que ella se acercaba a mí y, en mi mente, lo único en lo que pensaba era en masturbarme horas más tarde con el vídeo. Ya no nade en la piscina mientras ella me leía en la colchoneta. Mucho menos acepté echarle bronceador. Mis instintos me habían llevado a un lugar en el que me sentía avergonzado de estar y no pretendía que por culpa de ellos, yo llegara a otro lugar peor. Porque mi consciencia me decía que lo que estaba haciendo estaba mal, que me aproveché de ella al filmarla sin su consentimiento y que, en algún momento, yo podía hacer otra cosa y que me arrepentiría también de eso.

2

Un día quise solucionar las cosas con Belén. Fingí estar con dolor de cabeza en el colegio. En mi colegio, cuando alguien se pone enfermo; la directora llama a los padres del alumno y le pide que se lo lleven a su casa. Lo hacen para evitarse complicaciones de cualquier tipo. Yo sabía que mi papá no podría recogerme, que enviaría un taxi por mí. Y así fue. El taxi me recogió del colegio a eso de las diez de la mañana. A las once, ya estaba en casa.

A esa hora, Belén ya debía de haber regresado del yoga. Ella hacía yoga todas las mañanas en el club. Pero, a eso de las once, lo que hacía era broncearse en la piscina. Entonces pensé que ella se alegraría de verme. Yo le contaría toda la verdad. Le hablaría del vídeo y de la masturbación. Para esto, ya había borrado el vídeo y nunca más haría algo así. Se lo prometería. Trataría de que me perdone y las cosas volverían a ser igual. Le tenía mucha confianza así que lo que esperaba era que ella me entendiera.

Llegué a la casa. Entré y me limpie los zapatos en el tapete. Corrí hacía la piscina y cuando llegue, no la encontré. Me sorprendió un poco, quizás estaba en su cuarto. Subí a la segunda planta por las escaleras. En el último escalón, sentí un ruido que provenía desde la habitación principal. ¡Bingo! Ahí estaba ella. Corrí con paso apresurado y, sin siquiera pensar en que ella podía estar ocupada, abrí la puerta de par en par. Entré como loco y me encontré, efectivamente, con ella: Belén estaba apoyada con ambas manos en el escritorio —en perrito— con las piernas bien abiertas y el culo enganchado al pene de Josué, mi hermano mayor.

Mi primera sensación fue de sorpresa. Josué odiaba a Belén. Más de una vez hubieron peleas en casa porque él dijo que Belén era una arribista que se aprovechaba del dinero de mi papá —Belén tiene 33 años y mi papá cerca de 50—. Ella también odiaba a Josué. Me lo contó mil veces, en nuestras conversaciones. Según ella, Josué era un muchacho terriblemente problemático que solo buscaba hacerle daño a los demás. Y verlos ahora, haciendo el amor como una pareja de enamorados, no me cabía en la mente. Notaron mi presencia y se separaron. Estaban casi vestidos. Belén traía parte de la ropa del yoga: el top turquesa y las zapatillas de deporte, solo que sin pantaloneta. Instintivamente, se llevó las manos a la vagina para cubrirse. Josué tenía el torso desnudo y los pantalones en el suelo. Su verga estaba cubierta por un condón. Se subió los pantalones como pudo y se dispuso a encararme.

—¿Qué mierda haces aquí tan temprano? —me gritó

—¿Qué haces tú aquí? ¿No se supone que estás en la universidad?

Mientras tanto, Belén buscaba su pantaloneta en el suelo.

—Esto que has visto, no se lo puedes decir a papá. ¿De acuerdo? —me amenazó

—¿Qué diablos está pasando? —pregunté más para mí que para él. Aun así, él contestó:

—¿Tú ya sabes que los mayores tienen sexo, no? ¿Ya sabes cómo es esto, cierto? Lo que pasó es que esta zorra quería verga y me la pidió. Y yo, que no se la niego a nadie, se la di. Punto final, no hay otra cosa que explicar

Belén encontró la pantaloneta. Se la puso y entonces se llevó las manos a la cara, cubriéndose el rostro de vergüenza. Yo le pregunté:

—Belén, ¿por qué lo hiciste?

—Déjala en paz —me empujó Josué—. ¿Qué importa eso? Tú solo tienes que prometer que no se lo dirás a nadie. Si lo haces, te juro por lo que quieras que te mato a patadas

Belén se aproximó lentamente. Me miró a los ojos:

—¿Le dirás a tu papá? —me preguntó. Yo no le tenía miedo a Josué. Por él, le hubiera dicho a papá y a quien sea, porque, en ese preciso momento, lo que quería era matarlo. Pero Belén también estaba involucrada y sentí en su mirada que estaba sufriendo por dentro, que se sentía mal y que de mí dependía aliviarle un poco ese sufrimiento

—No, no le diré nada —le dije y me di media vuelta

No trataron de detenerme. Me encerré en mi cuarto, prendí la radio y me puse a llorar.

3

Por la noche, en la cena, se sintió la incomodidad en la mesa. Como siempre, mi papá estaba sentado en la cabecera. A su costado, Belén y Josué. Yo, en la otra cabecera. Los cuatro con nuestros respectivos platos de tallarines con mantequilla que Belén había preparado.

La conversación giró en torno al trabajo de papá. Belén, de lo nerviosa que se sentía, lo colmó en exageradas atenciones que más bien debieron de haberlo alertado de que algo extraño estaba sucediendo. Josué comió en silencio. Por lo general, es el que más habla; pero hoy no. Yo, simple y llanamente, hice como que no existía. Tan solo ver a Belén o a Josué, me recordaba la escena que había presenciado. Hacerlo, llevaba mi imaginación más lejos. Recordé, por ejemplo, que en el vídeo salía Josué cagando en el baño de la habitación de papá. En ese momento, no me pregunté por qué no defecaba en su propio baño y ahora ya lo sabía. ¿Cuántas veces más habrían engañado a mi papá a sus espaldas?

—¿Puedo levantarme? —le pregunté a mi papá

Noté que Josué y Belén intercambiaron una sutil mirada de preocupación.

—¿Por qué, hijo?, ni siquiera has probado tu comida

—Sí, es que no tengo mucha hambre. Me siento un poco mal

Entonces él pareció recordar algo:

—Es cierto, me llamaron del colegio en la mañana

—Sí, pero no es nada. Solo una pequeña migraña

—¿Estás seguro? Si quieres, puedo llevarte a la clínica o llamar a un doctor

—No, no es necesario. Solo necesito descansar un rato

Me levanté sin esperar que él dijera otra cosa. Subí las escaleras y volví a mi cuarto. Una vez más, encendí la radio. Ya no para llorar sino para relajarme un poco. Belén, por mucho que me gustara, ya no sería lo que era para mí. Ya no tenía poder sobre mi amor, sobre mis deseos. Verla siendo penetrada por Josué la había convertido en una puta sucia, en una cualquier cosa. Eso era lo que pensaba ahora, quizás motivado por mi ira.

Así deje que pase el tiempo. Ellos terminaron de cenar y subieron a sus respectivas habitaciones. Lo supe por el sonido de sus pasos. Se desearon buenas noches. No sé cómo pueden dormir sabiendo lo que hicieron, sabiendo lo que le hacen a mi papá —que es quien nos mantiene a todos—. Procuré no pensar en eso, quizás solo necesitaba dormir.

No sé cuánto tiempo pasó. Escuche unos pasos en el corredor y luego sentí que alguien giraba mi perilla desde afuera. Mire a la puerta: Era Belén, que traía una bandeja con un plato de sopa.

—Hola, Franco, espero que no hayas estado dormido —me dijo y encendió la luz

—Belén, ¿qué es eso?

—Te traje un plato de sopa y unas pastillas para la migraña —me dijo, dejando la bandeja en la mesa de noche

—No tengo migraña, era solo una excusa

Ella se quedó en silencio, se sentó en la orilla de mi cama:

—Tenemos que hablar, Franco, sobre lo que viste esta mañana…

—Ya lo olvidé, no te preocupes —le dije y agregué—: No se lo diré a nadie

—Lo sé, Franco, pero no es eso de lo que me interesa hablar

—¿De qué entonces?

—De ti, de cómo te sientes. Yo no sé qué tanto sepas de estas cosas… Pero, bueno, creo que debe de haber sido la primera vez que vez algo así

—No, ya he visto pornografía —le dije

—Me refiero a… en la vida real

—Bueno, eso sí

Se llevó las manos a la cara. Estaba vestida con ropa de dormir: un pantaloncito de algodón blanco y una blusa con escote rosada.

—Me siento terrible, no sé en qué estaba pensando

—¿Tú lo quieres? —le pregunté de repente

Ella sonrió, se acomodó el cabello detrás de la oreja:

—No, no lo quiero

—¿Y por qué...

—A veces —me interrumpió antes de que terminara de formular mi pregunta—, el cuerpo nos lleva a tomar decisiones estúpidas. El sexo y el amor son dos cosas muy distintas. Uno puede amar, uno puede tener sexo, pero pocas veces uno puede tener sexo con amor. De hecho, a mí nunca me ha pasado

—¿Ni siquiera con mi papá?

—Con tu papá es diferente, a él lo quiero mucho pero no lo amo

Me quedé en silencio. Eso explicaba por qué se permitió traicionarlo.

—Belén, yo creo te amo —le dije en un arrebato

Ella se quedó en silencio. No le sorprendieron mis palabras:

—¿Por qué lo crees?

—Me gusta conversar contigo, me gusta ver películas contigo y que me leas mientras nado en la piscina. Belén, te amo. Estoy seguro de eso

—Franco, eres tan joven…

—Quiero que hagas conmigo lo que hiciste con Josué —le digo, jugándome todas mis cartas

—¿Por qué?

—Porque quiero que sepas como es tener sexo con alguien que te ama y, de paso, quiero saberlo yo también

—¿Crees que te amo?

—¿Me amas? —le pregunté

—Me gusta conversar contigo —dijo ella—. También me gusta ver películas contigo y leerte mientras nadas en la piscina. Si eso es amor, entonces sí, te amo —dijo ella, riendo

Abrí la frazada de mi cama, invitándola a entrar. Ella dudó unos instantes. Entonces me quité el pantalón, el calzoncillo...

—Mira cómo me tienes —le dije, sonriendo, mostrándole mi verga tiesa como una piedra

Ella miró a la puerta, luego a mi verga. Se levantó, le puso seguro a la puerta y apagó el interruptor de luz.

—Está bien pero tiene que ser rápido

—De acuerdo —dije, contento, ella se aproximó a mí

—Y cuando estés a punto de venirte, avísame. Por nada del mundo, debes venirte dentro, ¿de acuerdo?

—Está bien

—Está bien —repitió ella

Se quitó el pantalón blanco de algodón antes de meterse dentro de la frazada. Le subió el volumen a la radio por si es que hacíamos ruido.

—No puedo creer que esto esté sucediendo —pensé en voz alta

No podía verla pero sentí sus brazos en mi cuerpo y luego su trasero sobre mi abdomen.

—Espera un rato —dijo y me beso apasionadamente. Sentí su lengua, como los tentáculos de un molusco, jugando con la mía en una batalla hermosa

—¿Qué hago? —le pregunté inexperto

—Quítame la blusa

Así lo hice.

—Ahora ven —tomó mi cabeza y la condujo hacía sus senos

Atrape su cintura en un abrazo y quise llevar una de mis manos a su vagina pero ella me lo impidió:

—Aún no —me dijo

Seguimos besándonos en la oscuridad. Ella se quitó el sostén, después de que yo, inútilmente, intentara quitárselo por lo menos tres veces. Se aferró a mi cuerpo, deslizó su lengua desde mi barbilla hasta el principio de mi ombligo. Empezó a gemir despacio. Sentí cosquillas cuando ella puso sus labios calientes en mis testículos. Luego empezó a devorarme la verga, con suma maestría. La fue engullendo de a pocos sin utilizar más que la boca.

—Sigue, Belén, sigue —le dije y procuré subirle un poco más el volumen a la radio

Ella dejó de mamármela. Mi verga ya estaba más mojada que un pañito húmedo.

—Ahora sí— me dijo

Se incorporó de la cama, se llevó dos dedos a la vagina y la estiró de tal manera que esta arropó mi pene como si estuviera hecha a su medida. Condujo mi pene por el pasadizo suave de su cueva.

—Se siente calientito —le dije

—¿Te gusta?

—Sí, mucho

—Todavía no viene lo mejor

Me lamió la parte superficial del oído, empezó a decirme cosas que no entendí. Al mismo tiempo, su cuerpo se contorsionaba encima del mío. Luego me tomó de las manos, las entrelazó entre las suyas y empezó a rebotar encima de mí, gimiendo. Mi verga aguantaba cada impacto con valentía y coraje pero en algún punto me sentí como violado por su experiencia. Ella estaba a años luz de los vídeos porno que había visto. La experiencia del sexo mismo es tan carnal que duele. Sumada a la sensación de estar quebrantando las reglas, de estar yendo contra lo correcto, hizo que me excitara más de la cuenta.

Olvide advertirle sobre el chorro de semen. Este trepó por mi verga con tanta velocidad que no me dio tiempo de quitarla de encima. Me vine dentro y, apenas ella sintió el líquido en su interior, se levantó de un salto. Mi verga siguió disparando semen como una pileta pero ya no dentro de ella. Belén estaba arrodillada en la cama, tratando de quitarse el semen con la mano. Pero era inútil, este ya había penetrado en su interior.

—Perdón, Belén, fue demasiado pronto

—Tranquilo, está bien —me tranquilizó ella

Belén se levantó de la cama, encendió la luz. Solo entonces pude ver la perfección de su cuerpo, que ahora se encontraba más precioso con el resplandor del sudor. Tomó una pastilla de las que estaban en la bandeja. Se sirvió una cucharada de sopa para pasar la pastilla. No llegué a entender por qué.

—Bueno, ¿qué te pareció? —me preguntó

—Me encanto, Belén, fue fabuloso

—A mí también me gusto —empezó a tomar sus prendas y a vestirse

—¿Me amas? —le pregunté una vez más

—Franco, esto no significó nada —dijo ella

Sentí un látigo en el pecho.

—Me gusta conversar contigo y todo eso, pero no creas que esto va a repetirse

—¿Por qué?

—Porque eres un niño, solo eso. Si acepté hacerlo fue porque así me aseguró de que no le dirás a tu papá...

Entonces lo comprendí. Belén me dio un último beso en los labios antes de volver a su habitación, donde le esperaba mi papá sin saber que, en un mismo día, ella había follado con sus dos hijos.

FIN
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