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Jugando con fuego (26 - epílogo)
Author: 
Infidelidad cornudos
04-Oct-2018
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Jugando con fuego (26 - epílogo)
Epílogo
Me desperté. Durante un instante no sabía ni donde estaba, ni mucho menos qué hora era. Cuando los tacones de María me acercaron a la realidad. De pie, con la falda puesta y la espalda desnuda rebuscaba en su bolso sobre la mesa. Supe que estábamos solos.

Mi boca seca, mi mareo, mis sensaciones... nada había desaparecido del todo. Miré el reloj, pasaban un poco de las doce; el sol entraba por la ventana con tremenda decisión haciendo que el calor fuera una constante inevitable. Me di cuenta de que mis pantalones y mis calzoncillos estaban en mis rodillas, cuando María, mientras se ponía el sujetador aun dándome la espalda, me habló; como si un sentido que se desarrolla con los años de convivencia le hubiera anunciado que estaba despierto.

—Vámonos.

Su tono fue firme. Una firmeza que yo hacía horas que no sentía.

Me incorporé, me subí los pantalones y me fui al cuarto de baño, mientras María cogía su camisa, que estaba echa un desastre.

—Déjame tu chaqueta —dijo y yo deduje que pensaba volver a nuestro hotel en sujetador y mi chaqueta puesta, pues la camisa estaría tremendamente húmeda, por el sudor y quién sabe que más cosas.

Me mojé la cara y volví al dormitorio. Busqué por encima mi chaqueta y mi corbata hasta que caí en la cuenta de que no las encontraría allí.

—Está en la habitación de Paula.

—Pues yo esto no me lo puedo poner. —dijo sin sorprenderse.

No me apetecía lo más mínimo llamar a la puerta de Paula, además pronto supuse, o al menos vi bastante factible, que Edu estuviera allí.

—Ponte la de él o cógele un jersey o algo —no sé porqué quise evitar pronunciar su nombre.

—No voy a rebuscar en sus cosas —respondió.

Finalmente optó por ponerse su chaqueta. Creo que ella daba por hecho, como yo, que ir a buscar mi chaqueta a la habitación de Paula supondría encontrarse con Edu, y ambos queríamos evitar ese encuentro.

Salimos al pasillo y por fin tuve un segundo para pensar, para paladear que me sentía feliz, pero contenidamente feliz, pues me tensaba no solo que María pudiera tener pensamientos bastante diferentes si no que mi felicidad le pareciera mal.

Mientras esperábamos el ascensor mi novia irradiaba una tremenda incomodidad, preocupada claramente porque nadie la viera, o nos viera allí, con su camisa en la mano y la chaqueta de Edu, que le quedaba tremendamente grande, y yo sin chaqueta ni corbata y desaliñado; dábamos la imagen de haber pasado una noche loca, en un hotel ajeno, pero nadie que nos viera podría imaginar lo que había pasado.

En el ascensor fui consciente de la cantidad de silencios incómodos que se avecinaban si nadie ponía remedio, pero ninguno de los dos daba el paso. Esperando al taxi, en el propio taxi, todos eran silencios asfixiantes en los que yo quería leer en María, pero sin preguntar, cómo estaba, qué pensaba…

Llegamos a nuestro hotel, a nuestra habitación, y María lanzó su camisa a la cama, se quitó la chaqueta rápidamente, como si le quemase, se quitó las sandalias y, dándome la espalda se quitó la falda para encaminarse al cuarto de baño. Entró y cerró la puerta con algo de brusquedad y yo empecé a preocuparme porque María estuviera en las antípodas de mis sentimientos.

Se me quedó grabada la imagen de María quitándose la falda… pues me ofreció súbitamente su culo desnudo al hacerlo, ¿y sus bragas? Allí no estaban. Por un momento pensé que habían quedado en la habitación de Edu, ¿sin querer? Imposible. Llegué a pensar… era difícil de creer, que podría haberlas dejado allí a propósito.

Mientras escuchaba a María lavarse los dientes fui hacia su bolso. Lo abrí, y me decepcioné, pues allí estaban sus bragas. Tras aquella pequeña decepción las cogí, y las sentí húmedas… tremendamente húmedas. Y las olí. Aquel aroma me atacó tan violentamente que una erección brutal me recordó que, después de todo, yo ni siquiera había tenido mi orgasmo. Volví a colocar las bragas en su bolso. Me desnudé y vi la camisa de María sobre la cama. La cogí. La olí. Me sentí un enfermo, pero desnudo y empalmado me mareé por el morbo de aquel olor a sudor y semen en aquella seda blanca.

Terriblemente empalmado y sin importarme ahora lo que podría pensar María entré en el cuarto de baño. Ella abría el grifo de la ducha que comenzaba a caer sobre su cuerpo, se giró y no me dijo nada. Me vio con la polla apuntando al techo y no me dijo nada. Entré en la bañera cuando ella se empezaba a enjabonar y la intenté besar cuando un “no, Pablo, tenemos que hablar” salió de su boca.

—Quiero olerte.

—Por dios, Pablo… —dijo ella en un susurro de hastío.

Me agaché delante de ella. Necesitaba olerla. Olerla antes de que se lavase. No sabría distinguir en su coño el olor a mi o a Edu, pero necesitaba oler antes de que se limpiase el olor a polla en su interior.

María se dejó. Dejó que yo besase y hasta lamiese sus labios allí abajo. Llegó a agarrarme del pelo cuando yo sentí un olor a semen en su interior… pues introduje mi lengua todo lo que pude en aquel coño que parecía seguir bajo los efectos de Edu.

Tras un pequeño ronroneo me pidió que parase. Me puse de pie y le pregunté “¿Cómo estás?” al tiempo que pretendía ser yo quien lavase lo que yo, y sobre todo Edu, había manchado. Pero no me dejó. Detuvo mi mano y me dijo:

—Vete, por favor. Ya está bien.





Volví al dormitorio sin entender nada. María me dejaba, pero no me dejaba, y llegué a enfadarme un poco. Si quería hablar nadie se lo impedía. Me duché, nos vestimos y decidimos comer algo antes de volver a casa. Una comida llena de silencios que nadie le impedía romper.

Una vez en el coche María pronto cerró los ojos y fingió dormir. Si ella no quería hablar no iba a ser yo quién lo hiciera.

Durante el camino no es que fuera inevitable, es que yo quería retener lo vivido. Comencé a sentir pánico a olvidar; a olvidar las frases, las caras, las imágenes, los sonidos de aquella mañana en la habitación de Edu. Cada vez que una imagen venía a mi mente mi corazón se aceleraba y mi polla palpitaba, chocando con mi pantalón.

Lo primero que me vino a la cabeza fue cuando la penetró por primera vez, cuando Edu, de pie y con los brazos en jarra dejó que fuera ella la que echase su cuerpo hacia atrás para metérsela. Su cara triunfante, su chulería… pensé que quizás fuera eso al fin y al cabo lo que tanto a María como a mí nos había llevado hasta aquella locura. Pensé que no habría sido posible convencer a María de aquello si yo hubiera elegido a un buen chico, aunque fuera tanto o más guapo que Edu. Ella podría negarlo, como llevaba negándolo meses, pero no había duda de que el hecho de que Edu fuera tan creído… la permanente latencia de aquel toque canalla, había sido tremendamente clave.

También pensé que por muchas imágenes que retuviera en mi mente, me faltaba no menos de media hora en la que yo había estado en la habitación de Paula. Paula… recordé por primera vez que me había besado con ella. Lo había olvidado completamente. Había sido todo tan extraño, tan absurdo y colateral que en absoluto me pareció una infidelidad. ¿Qué pasaría si Paula se lo dijera? Después de lo que había pasado en la habitación de Edu, de lo que había estado pasando simultáneamente… me parecía disparatado preocuparme por eso.

Entre las múltiples imágenes que comenzaron a asaltar mi mente hubo varias que me ayudaron a adivinar qué había pasado en mi ausencia: Recordé cuando María, a cuatro patas, recibía las embestidas de Edu y su camisa se le pegaba a las tetas de manera increíble, recordé que me había parecido muy difícil que la seda se le pegara a los pechos solo por el sudor… y aquello unido al olor a semen de su camisa ya en nuestro hotel… Sin duda Edu, en algún momento se había corrido en las tetas de María o su camisa… Cuando yo había vuelto a su habitación Edu ya había eyaculado sobre mi novia… Y recordé de golpe como María me negaba el beso cuando me tumbé junto a ellos dos. Edu se la follaba y yo intentaba besar a María y ella me negaba su boca, ¿por qué? Después, ya sin Edu, ella había accedido a besarme y su boca olía a semen, a sexo, a polla, a la polla de Edu… Intenté reconstruir todo mientras conducía. María seguía haciéndose la dormida mientras yo sentía el dolor de mi polla queriendo escapar de la ropa… Y reconstruí que al yo irme de la habitación Edu seguramente él se había retirado y le había ordenado a María que se la chupase… María le chupó la polla a aquel cabrón… hasta que él decidió correrse sobre ella. Quizás ella había intentado retener su semen en su boca hasta que no pudo más y dejó que cayera todo aquel líquido espeso por sus tetas y camisa. O quizás fue él directamente quien se corrió en sus tetas. O… quizás después de chupársela, él le había ordenado que rodease su polla con sus pechos, la cubana que él se había reído de mí alguna vez por no haberle pedido a María nunca… Sí… seguramente Edu había dejado que María se la chupase hasta hartarse y después le había pedido que le hiciera una cubana hasta correrse brutalmente en sus tetas.

Quién me lo podría confirmar… no lo sabía. No sabía qué opinaba Edu o María de lo sucedido. Qué pasaría a partir de ahora… Siempre había pensado que, una vez llegado al final se aclararía todo, pero comencé a pensar que estaba ante una incertidumbre tanto o más marcada que al principio.

Intenté adivinar que sentía María. O qué había sentido. Y sentir de verdad, no lo que ella me negaba y se negaba a sí misma. Recordé su orgasmo con él, cuando él le azotaba en el culo y le decía “te vas a correr porque te trato como a una puta...” ¿Y si fuera eso? Y si entre otras cosas que le proporcionaba Edu fuera ese trato humillante lo que había hecho claudicar a María. Y si el sexo que yo había tenido con ella hasta comenzar la fantasía con Edu, cariñoso, respetuoso… hubiera sido anodino para ella…¿De verdad si yo me comportara así con ella…? ¿O solo Edu podría tratarla así, como si fuera algo que fuera de él no encajase…?

Estábamos llegando y María abrió los ojos.

—¿Has dormido algo? —le pregunté.

—La verdad es que no.

Estuvimos en silencio hasta que llegamos a casa. Y recordé cuando Edu me había pedido u ordenado que dirigiera su miembro hacia María. Recordé el tacto, duro, imponente, de su polla en mis dedos, y como, inmediatamente retiré mi mano. Pensé en si la forma de admirar su miembro, su cuerpo, era normal, y con total serenidad deduje que no había nada homosexual en aquello. En absoluto. No por reconocer su belleza, o incluso su hombría, significaba nada, absolutamente nada.

Llegamos a casa. Los silencios pasaron de incómodos a absurdos. Ella se sentó en el sofá y cogió su móvil. Yo en el otro sofá sin decir nada.

Tenía un pálpito. Y no me equivoqué. Un par de minutos mas tarde María lo sacó:

—Pablo. Voy a llevar a esto con toda la madurez posible.

Yo la miré sin tener ni idea de qué podría decirme.

—Pasó. Ya está. Soy mayorcita. No te voy a echar la culpa a ti… o echarle la culpa a haber bebido…

—¿Y nosotros cómo estamos? —No tengo ni idea de porqué me salió aquella frase. En ningún momento había pensado en que por lo sucedido podría echarse a perder nuestra relación. Pero fue como un relámpago que salió de lo más profundo y subconsciente de mí.

—¿Qué?

—Pues eso… después de esto…

—Pablo, no te voy a querer ni menos ni más por haber... follado con ese tío. Espero que tú estés igual.

En ese preciso momento sonó la melodía de su móvil.

—Es Paula. —dijo antes de cogerlo y descolgar, caminando hacia nuestro dormitorio.

No temí que Paula dijera nada. No me daba la sensación de que fuera de ese tipo de chicas. Y hasta veía bastante posible que ni se acordara. Sí recordé aquel “voy a matar a Paula” de María en la boda. Aquella frase venía a decir que María le había confesado a Paula nuestro juego. ¿Y Víctor? Mientras mi novia hablaba con Paula yo pensé que podría ser una buena oportunidad de cerrar alguna cosa, y ese alguna cosa era saber quién sabía qué. Fui a la cocina y vi que había varios botes de cristal por bajar al contenedor de vidrio. No me lo pensé, salí por la puerta con la clara intención de aprovechar para llamar a Edu.

No sé por qué no estaba tan nervioso como otras veces ante la decisión de llamarle. Su comportamiento en su habitación había sido mucho menos beligerante de lo que cabría esperar. Tiré los botes en el contenedor y le llamé.

No tardó en responder. Su tono era neutro. No era triunfante, ni humillante. Ningún “Pablito” ni nada parecido. Más sosegado, me dio confianza para hablar, para decirle que sabía que Víctor sabía cosas y que quería saber si alguien más.

—No, solo lo sabe Víctor.

—¿Y qué sabe?

—Pues sabe que tú querías que me follara a tu novia.

—¿Solo eso?

—No me parece poco.

—¿Seguro que no lo sabe nadie más?

—Ya te he dicho que no. No soy así. Además, no por ti, si no por ella.

—¿Qué?

—Nada, déjalo. ¿Algo más?

—No…

Cuando me quise dar cuenta habíamos colgado.





Cuando volví María ya no estaba hablando por teléfono. Ella no volvía a sacar el tema y yo tampoco. Al menos por ahora.

Cenamos viendo la televisión mientras yo pensaba que si éramos cinco personas las que sabíamos aquello la cosa estaba bastante bajo control. Intenté adivinar porqué Víctor, pues tampoco parecía que tuvieran mucha relación, pero era absurdo perder el tiempo en aquella adivinanza. No lo podía saber.

A la mañana siguiente, en el trabajo, María vería a Edu. Y a Paula. Le pregunté a María por mi ropa.

—Sí, la tiene Paula. Me la trae mañana. Espero que me la de disimuladamente.

—¿Y la chaqueta de Edu? —pregunté.

—Ya me la pedirá cuando quiera.

Había una tensión extraña. Pues a pesar de lo dicho por ella, aquel “soy mayorcita”, no aclaraba nada. Ni siquiera sabía si se arrepentía. Y realmente faltaba la pregunta clave: “¿y ahora qué?”, que por algún motivo ella no hacía y yo no me atrevía a hacer.

Nos fuimos a la cama. Estaba realmente destrozado. No había dormido prácticamente nada, y ni que decir tiene que las vivencias me habían dejado al borde del colapso, tanto físico como mental. Intenté por un momento no pensar en nada. Ansiaba quedarme dormido con la mente en blanco… pero María me sorprendió:

Casi inmediatamente después de apagar la luz se giró hacia mí y comenzó a besarme el cuello. Después sus labios fueron a los míos y una de sus manos se deshizo de mis calzoncillos. Era extraño. Algo forzado. María ronroneaba al besarme como si estuviera excitada… pero no lo estaba.

El resplandor de la luz de la ciudad se colaba por las rendijas de la persiana por lo que yo podía ver a María, en su camisón rojo cereza y algo de encaje negro, reptar hacia abajo hasta llevar su boca a mi polla. Llevé mis manos a su melena al sentir el calor de su boca asfixiar mi polla hasta hacerla crecer al máximo. Me la estuvo chupando unos instantes y cuando mi imaginación comenzó a volar ella pareció leerme la mente: apartó su boca de mi polla y susurró:

—No pienses en nada… piensa en mí… contigo…

Miraba hacia abajo y veía como María engullía mi polla. Y pensé que era minúscula en comparación con la de Edu. Pero quise obedecer y olvidarme de él. Y disfrutar de aquella mamada que por instantes tomaba de nuevo tintes de exageración, con unos murmullos y gemidos que salían de su boca que no acababan de encajar con lo que estaba pasando.

María acabó por deshacerse de sus bragas y se dispuso a montarme. Nos costó un poco encontrar la forma de que mi polla la penetrase. Noté dura la entrada… y estuvimos como medio minuto intentándolo, hasta que finalmente mi miembro se abrió paso y María se dejó enterrar, soltando un “uuf” algo forzado.

Comenzó entonces un vaivén de su cadera. Adelante y atrás. Pues si lo hiciera arriba y abajo mi polla se saldría… Se bajó los tirantes del camisón y me ofreció sus tetas para que las lamiera. Sentí sus tacto maravilloso en mis labios, lamí sus pezones y recordé, visualicé aquellas tetas manchadas por Edu e inmediatamente después me negué, por ella, a imaginar, y me centré en sentir.

—Qué bien me las comes… —gimió María… en una especie de obra de teatro extraña. Yo seguía intentando descubrir qué pasaba.

Me volví a recostar, recreándome en la imagen de María montándome. Guapísima. Con su melena cayendo por la espalda. Con su camisón en la cintura. Sujetándose las tetas, cada una con una mano, mientras no dejaba de mover su cadera adelante y atrás… Sus ronroneos se hicieron gemidos y yo comencé a sentir que de verdad no fingía, que ahora ya sí era de verdad… hasta que un “me encanta cómo me follas” salió de su boca y supe que aquello no era verdad… María llevó una de sus manos a su clítoris, para correrse, y yo sabía que sería capaz de correrse así aunque no estuviera muy excitada, y sabía que yo me correría como un loco tan pronto la escuchara gemir de verdad… Y lo supe entonces, o al menos tuve un pálpito bastante claro de lo que estaba pasando; María se quería demostrar a sí misma que sentía el mismo deseo por mí que siempre, que el hecho de haber follado con Edu no afectaría para nada a nuestra relación, ni a nuestros encuentros sexuales, que no necesitaba a Edu para alcanzar un clímax brutal, que me deseaba tanto o más que a él…

Efectivamente María frotando su clítoris alcanzaba su orgasmo sin problema, y yo al escuchar aquel “¡Ummm!” comencé a sentir mi orgasmo… Mi orgasmo de siempre con ella. Su orgasmo de siempre conmigo. Pero su cara demostraba una quinta parte del placer que yo había presenciado… y su coño se fundía y explotaba una décima parte de lo que había vivido horas antes.

Los dos lo sabíamos.

María se retiró esbozando un “uff... qué bueno...” que no se podía creer nadie.

Se recostó a mi lado. Los dos en silencio.

No sé el tiempo que pasó. No más de cinco minutos. Cuando la luz de su móvil se iluminó y ella lo cogió en seguida. De reojo miraba como ella leía… e inquieta decidía si responder o no.

Me giré, dándole la espalda, para ponérselo fácil. Y ella salió de su cama hacia el salón con su móvil en la mano.

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Me alegro de que finalmente hayas colgado el 26, lo había comprado de todos modos. Imagino que con esto ya está, pero confieso que sigue pareciéndome un cierre en falso, la situación final deja a Pablo fuera, y no parece exactamente lo que quería.
07-Oct-2018
Espero con nsias el siguiente capitulo y ue ya más, e disfrutado enormemente todos los capítulos. Éxitos y más historia poefavor
12-Oct-2018
cOOOJOOONUUUDOOOO.....POR FAVOR CONTINUA.
12-Oct-2018
Yo he comprado el libro por agradecerte el tiempo que has dedicado y la calidad del mismo. Mi sugerencia es que deberíamos tener la trilogía, un segundo libro con esta historia contada por Maria, y un tercero con la continuación de la vida de la pareja. Al menos cuando compremos tus libros sabemos que estamos comprando algo con calidad.
21-Oct-2018
Enhorabuena por tu estupendo relato. Yo también he comprado el libro en Amazon. Creo que tienes material para un nuevo libro y unos seguidores incondicionales porque escribes de maravilla y consigues tenernos en vilo con las intenciones de Pablo y las reticencias de María. Ánimo y continúa con la historia. Gracias.
23-Oct-2018
5 published reviews