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La señora mili
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Amor filial
24-Aug-2018
5256
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La señora mili
Al fin y al cabo somos humanos, a veces también podemos pecar.

No capte sus primeras indirectas. Me decía que era un chico muy guapo pero siempre pensé que lo hacía por hacer, como quien suelta comentarios al aire. Me equivoque.

Raúl es mi mejor amigo desde la primaria. El año pasado estuve con él en la época más complicada del divorcio de sus padres. Razón por la cual iba muy seguido a su casa, para estar con él jugando videojuegos, viendo televisión o haciendo cualquier otra cosa que lo ayudara a distraerse.

Conozco a la señora Mili desde pequeño. Recuerdo que la primera vez que Raúl me invitó a su casa, ella nos preparó chicha morada y canchita. Fue la mejor chicha morada que he probado en mi vida, hasta ahora.

No puedo entender cómo es que el papá de Raúl dejó a la señora Mili. Ella es amable, divertida y, físicamente, no es nada despreciable. No es muy alta, pero tiene un culo hermoso; no enorme, pero sí en forma. El cabello largo, la cintura delgada. Usa sandalias con tacón todo el tiempo, faldas estrechas. Sus piernas son menudas, los dedos de sus manos largos.

No sé en qué estaba pensando esa tarde. Sabía que Raúl pasaría el fin de semana con su papá. Toqué la puerta, me abrió la señora Mili en una bata blanca –acababa de salir de la ducha-. Me disculpé, antes que nada, porque era evidente que le estaba interrumpiendo.

-Raúl está con su papá, no volverá hasta el domingo- me respondió ella

-¡De verdad! Que mala suerte que tengo…

-Sí…

-Y lo peor es que me olvidé de sacar la llave de mi casa, mis papás no volverán hasta la noche

-¡Uy, qué problema! Pero… si quieres, puedes quedarte acá un rato

-¿En serio?

-Sí, no creo que Raúl se moleste si te quedas en su cuarto

-De acuerdo, se lo agradezco mucho

Ya sé en qué estaba pensando. No puedo negarlo: quería tirármela. La había visto tantas veces, en tantos vestidos y faldas, y lo único que quería era tenerla desnuda entre mis brazos. Pero era imposible. Ella era una mujer y yo recién estaba saliendo de la adolescencia. Mi única ilusión se debía a que últimamente la había notado un tanto débil, un poco sola y triste. Y por eso es que pensé que, al ir una tarde a su casa, ofrecerle mí ayuda en cualquier cosa y por ahí, soltarle una que otra frase osada, podría cumplir mi sueño; pero llevaba ya más de treinta minutos viendo televisión en el cuarto de Raúl y ella ni se asomaba. Era mala idea, pésima idea. ¿Qué diría Raúl si se enteraba?

Apagué la televisión, decidí dormir un rato para recuperar fuerzas y luego volver a mi casa.



Me despertó el sonido de la música. Era lenta: una balada. Me levanté y camine, como hechizado, hacía el origen de la melodía. Provenía de la sala, del antiguo equipo de música.

La señora Mili estaba parada al frente de él, con los ojos cerrados. Él besaba su cuello, la sostenía cariñosamente de la cintura mientras se balanceaban de un lado a otro al ritmo de la canción. Ambos muy elegantes: él en terno y ella con un vestido negro de escote pronunciado. Sin ser gloriosos, sus senos eran perfectos.

Me escondí detrás del primer sillón que encontré, sacando la cabeza por un costado para observar. Mi ángulo me permitía ver claramente a la señora Mili, pero de él no podía distinguir más allá de su contorno. Y sin embargo, algo en su figura se me hacía familiar.

Se terminó la canción, empezaron a besarse, a acariciarse de manera más apasionada. Pronto llegaron a ese hermoso punto en el que la ropa empieza a estorbar.

-¿Quieres hacerlo acá o en el cuarto?- preguntó ella

-Como prefieras- le respondió él

-Nunca lo he hecho en la alfombra

-Bueno, siempre hay una primera vez

Se echaron en la alfombra. Se desvistieron, cada uno por su lado. Los senos de la señora Mili resultaron ser más grandes de lo que había imaginado. O quizás es solo idea mía. Nunca antes había visto unos senos en la vida real, así que es muy probable que la impresión que me causaron juegue un papel importante en mi percepción.

Él seguía con el bóxer puesto, se arrastró lentamente hasta ella, que en ese momento terminaba de quitarse el sostén.

-¿Puedo?- le preguntó

-Puedes

Los tocó con miedo, dubitativo. Pude ver que los labios le temblaron cuando se propuso besar sus pezones. Pero pronto cogió confianza, al punto de inclusive lamerle todo el busto. Ella lo sostenía del cabello, como a una criatura a la que le estuviera dando de amamantar.

-Déjame ver ese pene- le rogó ella

Él se incorporó de la alfombra, se quitó el bóxer. Su pene no era la gran cosa, estaba tan duro como una piedra pero su tamaño era apenas estándar. Tampoco pretendía fijarme mucho en él, era la señora Mili la que me interesaba:

Como un felino, ella puso sus garras en las piernas peludas de él. Con la lengua, las recorrió de abajo hacia arriba hasta llegar a los testículos. Se arrodilló al frente de la pinga y empezó a lamerle la cabeza. A correrle una paja mientras él tamborileaba con los dedos de los pies: lo estaba disfrutando.

Tras dos o tres minutos de atragantarse con el miembro, ella se detuvo un momento, para atarse el cabello con una liga. Él aprovechó la pausa para acariciarle una mejilla y darle un pequeño piquito en los labios:

-Eres hermosa, hermosa…

Y, sin previo aviso, se vino. Trató de contener el chorro, de dirigirlo hacía sus manos, pero la mayoría del semen fue a parar al rostro de la señora Mili, que empezó a reírse como una loca. Él intentó disculparse. Se le notaba aturdido, preocupado

-Lo siento, cuánto lo siento- se tapó el rostro con ambas manos-. Esperaba que… ¡Qué estúpido soy! De verdad, lo siento

-Tranquilo- dijo ella, limpiándose el semen con el bóxer que recogió del suelo-. No pasa nada, ya tendremos más tiempo para mejorar

Se veía tan bella, tan animal. Irradiaba ese perfume de hembra, de hembra insatisfecha que quiere más… Quizás ese fue el impulso que me llevó a salir de mi escondite. Él se sorprendió mucho al verme. Y yo, por fin, pude distinguir su rostro: era Raúl.

-¿Qué mierda haces aquí?- me preguntó, estaba más asustado que nunca

La señora Mili no parecía sorprendida, seguía tendida de espaldas en la alfombra. Hice lo único que se me vino a la mente, caminé con dirección al equipo de música. Probé botones hasta encontrar el que controlaba la frecuencia. Lo estuve moviendo por un rato hasta dar con la emisora que estaba buscando: una donde tocan rock pesado todo el día. La capte en medio de un solo de guitarra estridente. Subí el volumen, estaba decidido a terminar lo que mi colega había comenzado…

(Continuará)
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