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Aventura con un dálmata
Author: 
Zoofília
31-Oct-2019
205
5.00/1
Aventura con un dálmata
Cómo se me presentó la ocasión para llevar a cabo mis fantasías zoofílicas
Hola amigos, como introducción deciros que soy una chica "normal" de treinta años y que siempre había mantenido relaciones más o menos estandares casi siempre con personas del sexo opuesto, es decir, hombres. También tengo que deciros que me encanta el sexo y que muchas veces me gustaría que mis parejas fuesen un poco más experimentales a la hora de probar nuevas cosas. Lo que no se prueba en las cuatro o cinco primeras veces no se hace nunca más.

Casualmente un día tropecé con algunas páginas de zoofilia y, aunque tengo que reconocer que me parecía un poco nauseabundo, se quedó grabada en mi interior una especie de morbosidad que me intranquilizaba y operaba cambios en mi. Hasta ahora tan solo había mirado a los animales como seres de otra especie, pero últimamente mi interés había variado. No hace mucho, con motivo de una competición equina, visité una cuadra llena de caballos. Al parecer estaban en celo y no podía dejar de mirar esos enormes penes que asomaban entre sus piernas. Me sentía excitada y mojada y de haber estado sola me hubiera encantado agarrar sus miembros y acariciarlos. Al llegar a casa me tumbé en la cama y me masturbé pensando en ello. Para mi sorpresa el orgasmo que tuve fue intenso y espectacular.

Intentaba dejar de pensar en ello pero me daba cuenta de que cuando paseaba por la calle no podía dejar de mirar a todos los perros que pasaban para determinar si eran machos y había algunos que me hubiera gustado acariciar.

Sin embargo, aunque tenía ganas de probar, no era tarea fácil. No tengo animales en casa, soy de las que piensa que su habitat no es el de un piso en una ciudad y no tengo amigos con animales, así que me convencí a mi misma de que era una fantasia de esas que nunca se realizarían.

El destino sin embargo me hizo ver que no hay nada imposible.

Salí una noche con un grupo de amigas y se me acercó Javier, un chico muy agradable y apuesto. Ligamos y me invitó a su casa. Normalmente suelo tener relaciones tan rápidas, pero no se porque esa noche me apetecía y acepte su invitación. Al llegar a su casa nos recibió Bobby, un lindo dálmata, meneando la cola y dando saltos de contento por ver a su amo. Lo saludo, lo acarició un momento, lo apartó y se puso a la faena. Me desnudó rápida y sensualmente y me llevó a su cama donde nos estiramos y comenzamos a acariciarnos. Había dejado la puerta abierta y su perro entró a mirarnos. Javier intentó echarlo, pero le convencí de que no me molestaba y se quedó allí. Me excitaba pensar que ese animal también estaría caliente. Javier me chupaba el clítoris mientras yo miraba como de entre las piernas Bobby asomaba una puntita rosa que se chupaba mientras nos miraba furtivamente.

Después de tener un fuerte orgasmo decidí devolverle el favor a Javier y me introduje su pene entre mis labios. Era grande y duro y me encantaba tenerlo en mi boca. Para chuparlo mejor me baje por un lado de la cama y me arrodillé en el suelo mientras él yacía estirado con los ojos cerrados y jadeando de placer. En mi calentura me había olvidado totalmente del perro y mi posición a cuatro patas dejaba todo mi sexo al descubierto. Mientras lamía noté como una lengua grande y rasposa me acariciaba el sexo. Di un respingo por el susto, no me lo esperaba, aunque me gustó, Javier lo notó y me pregunto si pasaba algo. Le dije que no, que se dejara hacer y que me prometiera que no iba a abrir los ojos, porque le iba a dar más placer del que iba a poder resistir. La verdad es que me daba mucha vergüenza de que me pudiera ver mientras su pero me lamía. Seguí chupando aquel hermoso pene mientras recibía unos lenguetazos que me cubrían el sexo por entero. Era una sensación maravillosa. Temí sin embargo de que el perro se pusiera muy caliente y que intentara montarme ya que seguro que Javier se daría cuenta. De no haber sido así la verdad es que no me hubiera importado, estaba deseándolo.

Así que volví a subirme encima de la cama y continuamos nuestra sesión de sexo hasta acabar exhaustos. Al día siguiente Javier tenía que ir a trabajar pero me dijo que yo me podía quedar en su casa hasta que me pareciera bien y después marcharme cerrando la puerta sin más. Ël no volvería hasta la noche. Yo estaba cansada así que acepté quedarme un rato más holgazaneando. Seguí durmiendo un rato más y después me desperté con esa sensación extraña que tenemos cuando nos despertamos en un sitio que no es el habitual. Un poco desorientada e intentando hacer memoria de todo lo que había ocurrido la noche anterior me dirigí al baño y al salir del cuarto vino Bobby presuroso a saludarme.

Yo iba desnuda y me agaché a acariciarlo cariñosamente. En ese momento no cruzaba ningún pensamiento por mi mente. Sin embargo no ocurría lo mismo con el perro. Seguramente olía en todo mi cuerpo ese olor tan peculiar que despide una buena sesión de sexo. Inmediatamente comenzó a olisquear introduciendo su hocico entre mis piernas. Empezó a despertar en mi un poco de curiosidad y le dejé hacer mientras observaba como su puntita rosa afloraba a través de su piel. Casi instintivamente mis manos empezaron a bajar por su lomo y casi sin darme cuenta le estaba acariciando los testículos y la dureza de su pene. La puntita rosa asomaba más y más, crecía dándole una forma similar a una zanahoria. Yo ya estaba mojada y excitada de nuevo y, levantándome, entre de nuevo en el cuarto a donde Bobby me siguió raudo.

Allí me senté en el borde de la cama abriendo las piernas para que el perrito pudiera seguir lamiéndome a placer mientras yo misma me acariciaba el clítoris con las manos. El placer iba aumentando y dejé caer mi cuerpo hacía atrás para disfrutar al máximo. Conseguí el mayor orgasmo que he tenido durante toda mi vida sexual. Quedé exhausta y durante unos minutos no hacia caso de los movimientos del animal que, por supuesto, tenía ganas de más. Agradecida y todavía caliente decidí aprovechar esa oportunidad que se me brindaba y me acerqué de nuevo a Bobby, me agaché junto a él y empecé a acariciarle el lomo. El animal estaba muy bien educado y era muy muy obediente. Lo hice tumbarse e intento levantarse de nuevo un par de veces, pero le ordenaba quedarse allí estirado y me hacía caso. Le abrí las piernas para poder ver mejor su verga y mientras le tocaba todo iba acercando mi boca a su sexo. Era irresistible, quería notarlo dentro de mi boca. Primero le pasé la lengua para ver a que sabía. Tenía un gusto peculiar, un poco más fuerte que cualquier pene humano, la textura era suave y cálida.

Después de pasarle la lengua repetidas veces lo atrapé entre mis labios y empecé a chuparlo. Ël animal gemía de placer y soltaba sin cesar pequeños chorritos de semen a cuyo sabor me acostumbre enseguida. Estaba decidida a darle placer y seguí chupando con más ganas, noté como su verga se hinchaba más y más dentro de mi boca. Era una sensación maravillosa, sentía como me llenaba acariciándome a la vez la lengua, el paladar y las mejillas. Entonces Bobby tuvo un orgasmo. Su polla empezó a bombear una cantidad enorme de semen perruno con una fuerza descomunal. Casi me atraganté, pero hice lo posible por aguantar y conseguí que se vaciara por completo tragándome todo el que pude. Por las comisuras de mis labios chorreaban regueros de leche que caían sobre el cuerpo del animal. Cuando vi que no le quedaba más, aparte mi boca y el perro comenzó a pasarse la lengua para limpiar los restos de nuestro encuentro.

Los dos estábamos más tranquilos. Yo había disfrutado enormemente, pero ahora me asaltaban los remordimientos. Era normal lo que acababa de ocurrir o estaba enfermando?. Me metí en la ducha intentando dejar de pensar en ello. Al salir me disponía a recoger mi ropa del cuarto y Bobby se acerco de nuevo. Yo le hablaba cariñosamente, le acariciaba la cabeza y tan solo pensaba en irme de allí. Sin embargo todavía sentía un puntito de excitación y el perro parecía que también. Me senté de nuevo en el borde de la cama. El can volvía a intentar meter su hocico entre mis piernas. Yo intentaba disuadirlo, pero a decir verdad, sin mucha convicción.

De hecho aún no era mediodía y tenía muchas horas por delante. Además ya había traspasado alguna frontera prohibida así que porque no aprovechar la situación un poco más. De nuevo deje que el contacto húmedo de su nariz llegara de nuevo a las puertas de mi sexo donde, como por un resorte oculto, sacó su lengua y me dio un estupendo lametón con tal pericia y habilidad que mi clítoris se hinchó de golpe. Ya estaba de nuevo caliente y con ganas de seguir. Le deje chupar un poco más y después me giré poniendo mis rodillas en el suelo creyendo que seguiría chupándomelo pero el perro al verme en esa posición subió sus piernas a la cama y acercó su miembro a la entrada de mi sexo intentando introducirlo. Me asusté un poco, pero antes de poder evitarlo sentí como de un fuerte empujón me atravesaba con su polla.

Fue todo muy rápido, ya estaba ensartada y el perro se movía a un ritmo frenético. Notaba su miembro frotando mi interior y no sabía que hacer, si sacarlo o dejarme llevar. Antes de haber tomado ninguna decisión sentí que algo se hinchaba en mi vagina y chorros de semen caliente me llenaban. La verdad es que fue un poco decepcionante. Me sentí igual que cuando me acuesto con un chico que va muy caliente y se corre enseguida. Ahora tenía miedo de que su polla se hubiera hinchado tanto que no pudiera salir de mi sexo. No fue así. Era grande pero salió sin mucha dificultad haciendo un sonido de vació. Sentí como por mis piernas resbalaban todos sus fluidos. Me quedé allí unos instantes intentando recapacitar sobre lo que había ocurrido. No podía creerlo, acababa de ser follada por un perro y, lo más extraño, me había gustado la experiencia. Mientras estaba en eso Bobby, después de limpiar su propio sexo, muy amablemente empezó a lamer mis piernas y mi sexo recreándose en el sabor de su propio semen mezclado con mis jugos. Al notar su lengua mi mano se dirigió de nuevo hacia mi sexo y me masturbé como una poseída hasta obtener un nuevo y maravilloso orgasmo, aunque ahora la que se había quedado un poco con ganas era yo. Quería sentir de nuevo aquel miembro en mi interior. Disponía de tiempo y pensaba en cuanto tiempo necesitaría un macho canino para poder recuperarse de su orgasmo y tener una nueva erección. Decidí averiguarlo.

Me dirigí a la nevera a beber un poco de agua. El perro se quedó en la habitación. Cuando volví al cuarto lo vi estirado con una pierna trasera levantada y pasándose la lengua por el sexo, me acerque a él y empecé a pasarle la mano por la barriga, aparté su cara y acerqué la mía. Le acariciaba suavemente los testículos y le apretaba la base del pene empujando hacia fuera. Volvió a aparecer su puntita roja e inmediatamente saqué mi lengua y empecé a lamerlo. Su respuesta fue satisfactoria. El pene crecía más y más saliendo de su vaina. Me estire de nuevo en la cama, esta vez boca arriba e hice que el subiera sus patas delanteras junto a mi cuerpo, de forma que nuestros sexos quedaran tocándose. Bobby volvió a intentar ensartarme de un golpe, aunque en esta posición no acertaba con mi agujero. Bajé mi mano y le ayudé a encontrar el camino. Me la introdujo de nuevo hasta el fondo de un solo empujón. Empezó a moverse rápido, pero como ya sabía lo que iba a pasar le sujeté los cuartos traseros con mis manos y lo frené. En esta posición yo podía marcar el ritmo de la follada. Empujando hacia atrás se la hacía sacar casi por completo y le dejaba introducirla de nuevo pero esta vez poco a poco. Tenía su cara delante de la mía. Sus ojos brillaban de placer y su lengua me lamía toda la cara de una sola pasada.

Mi placer iba aumentando, ahora yo sacaba también mi lengua para notar el contacto de la suya. Sentía sus testículos colgantes chocar con mis nalgas, el orgasmo se acercaba, poco a poco se hacía inminente y cuando estaba en las puertas del extremo placer solté al animal para que imprimiera velocidad a sus movimientos. Fue fantástico, los rápidos embates de su sexo, los golpes de sus testículos en mis nalgas, el hinchazón de su pene y esa enorme cantidad de semen caliente inundándome al tiempo que sentía un orgasmo intenso y pronunciado me hicieron gritar como nunca antes había gritado. Decididamente había tenido la mejor historia de sexo de mi vida. Ahora si, me duché, me vestí sin hacer más caso a Bobby y me marché. He de decir que me asaltó la idea de robarle el perro a su dueño y llevármelo a mi casa, pero después se me ocurrió que quizá pudiera encontrar otros modos de poder seguir disfrutando de él sin tener la responsabilidad de cuidarlo y sacarlo a pasear todos los días.

De hecho ocurrió así pero no de la forma en que yo había pensado sino de un modo totalmente inesperado que al principio me resultó muy violento y vergonzoso, pero eso ya os lo explicaré otro día.
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