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Ella
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Sexo anal
19-Oct-2019
81
Ella
Sigo besando su columna vertebral, ahora de arriba a abajo, y cuando llego a su culo, acaricio ambas nalgas, las beso y muerdo con lentitud, mientras ella sigue ronroneando
La pongo en cuatro, acaricio su columna vertebral de arriba a abajo, la beso luego de abajo a arriba; ella ronronea como una gatita en celo. Su piel suave, sus curvas endiabladas, su voz dulce me envuelven junto al deseo que siento por ella. Y es algo extraño, porque son pocas las veces que deseo a las mujeres con las que me acuesto, aunque el hecho de que ella sea joven y hermosa ayuda a que la desee.

Sigo besando su columna vertebral, ahora de arriba a abajo, y cuando llego a su culo, acaricio ambas nalgas, las beso y muerdo con lentitud, mientras ella sigue ronroneando, gimiendo. Separo las nalgas, hundo mi lengua entre ellas, lamo el ano que se dilata ansioso. Ella tensa su espalda. Trató de meter mi lengua en el estrecho agujero que poco a poco cede, lo mojo suficientemente con mi saliva y separo mi boca y llevo un dedo hasta él, para manipularlo. Ella se retuerce al sentirlo, yo lo meneo, trato de introducirlo en el estrecho agujero; se nota que es virgen aún, porque no cede fácilmente, por fin lo consigo y empiezo a moverlo suavemente, despacio, trazando círculos, metiéndolo y sacándolo, mientras ella gime, se queja. Poco a poco el agujero va cediendo, y ella se va relajando. Los gemidos se convierten en música de placer; la veo relajada, ha puesto la cabeza sobre la cama para estar más cómoda y se muerde el puño.

Me acercó a la mesita de noche y busco la vaselina y un condón, tratando de que mi diosa no se enfríe por lo que no dejó de acariciar su culo, su espalda. Me pongo el condón, mi pene hace rato que está en pie de guerra, dispuesto a librar la mejor de las batallas. Ella gime ansiosa, embadurno su ano, luego mi verga. Y embadurnando dos de mis dedos con la vaselina que le he puesto trato de introducirlos, su espalda se yergue, ella gime, los muevo suavemente, una, dos, tres veces, dentro y fuera, dentro y fuera, hasta que ella parece calmarse y recibirlos con gusto. Introduzco un tercero, ella se estremece de nuevo, gimotea y yo los muevo con suavidad, hasta que de nuevo siento que se relaja, que goza.

Es el momento, lo sé, así que llevo mi verga hasta su agujero posterior, y antes de introducirme en él le digo:

- Tranquila, todo irá bien.

Quiero que confíe en mí, ella gira la cabeza para observarme, se eleva sobre sus brazos y espera. Yo empiezo a introducirme, lo hago despacio, centímetro a centímetro y con cuidado para no lastimarla. Es su primera vez y a acudido a mí para que sea placentera y no dolorosa, por eso trato de ir con el mayor de los cuidados.

Logro que mi glande penetre, ella gime, le pregunto:

- ¿Te he hecho daño?

- No, sigue - me responde con voz suave.

Me quedo un rato quieto, acaricio su cuerpo, su piel suave, sus senos. Los manoseo, pellizco sus pezones y ella gime placenteramente, incluso se mueve de modo que mi sexo entra un poco más en ella. Yo sigo inmóvil, quieto, disfrutando del momento, llevando mis manos hasta su vientre y luego a su clítoris, que acaricio con un par de dedos. Se revuelve y mi pene entra un poco más, ya sólo queda una pequeña porción fuera. Sigo masajeando su clítoris, dándole suaves masajes circulares, meto uno de mis dedos en su vagina y ella de nuevo se agita. Siento como ya esta toda dentro, me incorporo, la sujeto por las caderas y empiezo a moverme despacio, sé que quizás le duela o moleste un poco, por eso trato de hacerlo muy despacio hasta que poco a poco oigo como ella empieza a gemir e incluso empuja con su culo para que acelere mis movimientos. No tardo en hacerlo y en unos minutos la estoy cabalgando como si fuera un caballo salvaje. Ella gime, empuja en la medida de lo que puede, resopla, su cara en el espejo que hay en la cabecera de la cama me muestra el placer que siente y yo sigo, hasta que siento las contracciones de su ano alrededor de mi verga, se está corriendo; empujo algunas veces más ella se convulsiona, grita y se estira, sacó mi sexo de ese dulce y estrecho agujero, lo meneó un poco con mi mano y finalmente me corro dentro del condón.

Ella se derrumba sobre la cama, yo me tiendo a su lado, pero ni siquiera la abrazo, no me atrevo, porque yo no tengo ese derecho, aunque es lo que más deseo en este momento. Luego cierra los ojos y duerme durante unos minutos en que yo la contemplo. Admiro su rostro; es tan bella, muy distinta de la mayoría de mujeres que han pasado por esta cama y sobre todo más joven. Su cuerpo terso, su piel suave, su expresión dulce, todo me atrae en ella, y sé que sino fuera lo que soy, probablemente podría enamorarme de ella.

De repente, despierta, fija sus ojos en los míos, luego pregunta:

- ¿Qué hora es?

Miro el reloj que hay sobre la mesita:

- Son las siete.

- Vaya, tengo que irme ya, a las ocho he quedado con mi novio.

- Puedes usar mi ducha si quieres – le propongo – así ahorrarás tiempo.

- No, gracias – responde amablemente y un tanto esquiva.

Se levanta, se viste, se recoge el pelo en una simple coleta, luego abre el bolso, saca su monedero y me tiende el dinero:

- Lo que me dijiste, ¿es correcto?

Lo cuento y mirándola a los ojos respondo:

- Sí, perfecto. Nos vemos entonces.

- Bueno, no sé, quizás – me responde tímidamente.

- Pues al menos dime como te llamas.

- Marta.

Marta, su nombre me queda grabado en la memoria.

Las semanas pasan, pero ella no vuelve a llamar, cada día despierto con la esperanza de que lo haga, pero al terminar el día mi esperanza se pierde en los brazos de otra mujer madura que me paga por mis servicios, por darle un poco de placer.

Sueño con su cuerpo, con su piel tersa y suave, con el aroma dulce de su pelo. Sueño con ella. Pero ella parece haberse olvidado de mí.

Hasta que hoy, la esperanza ha renacido en mí. Nos hemos encontrado por casualidad, en un nuevo local. Era la inauguración, yo iba con una de mis clientes, ella con su novio. Sus ojos se han cruzado con los míos en medio del gentío, pero ninguno de los dos ha dicho nada, aún así por como me ha mirado sé que me ha reconocido. Y ha sido cuando iba al baño que he oído su voz llamándome. Al girarme hacía ella la he visto hermosa como un ángel en medio del infierno de mi vida.

- Hola, ¿que tal? - Me ha preguntado como si fuéramos viejos amigos.

- Bien ¿y tú?

- Bien.

- Pensé que volverías a llamarme - le he dicho.

- Sí, quería hacerlo, pero... cada vez que intentaba descolgar el teléfono para llamarte me acordaba de mi novio y me daba la sensación de que le estaba traicionando.

Me he quedado mudo, sin saber que decir, es la primera vez que una de mis clientas me dice eso. Sus ojos se cruzan entonces con los míos; son tan hermosos y transparentes, se acerca a mí, cada vez más, mi corazón se acelera, siento sus manos alrededor de mi cuello, su cuerpo pegándose al mío y su labios acercándose a los míos, hasta que se rozan, se tocan, se saborean, su lengua entra en mi boca, la mía busca la suya, suspiro, correspondo su beso y la abrazo. Cuando nos separamos me dice:

Házmelo, házmelo otra vez.

Su súplica me sorprende, estoy desorientado, pero a pesar de eso, la cojo de la mano y nos metemos en el baño de mujeres, ya que me parece más seguro.

Y nos encerramos en uno de los servicios.

- ¿Estás segura? - Le preguntó antes de besarla de nuevo.

- Sí - responde ella con seguridad empezando a desbrochar la cremallera de mi pantalón.

Antes de que me de cuenta, su mano ya se ha metido dentro y está acariciando mi sexo por encima del slip. No puedo perder tiempo, así que subo su falda, acaricio sus nalgas, introduzco las manos dentro de sus braguitas y paso mis dedos por su raja. Ella suspira, su mano ya se ha introducido dentro de mi slip y empieza a acariciar mi verga. Le quito las braguitas, se agacha frente a mí, saca mi sexo y empieza a lamerlo. Cierro los ojos y echo la cabeza hacía atrás cuando siento su boca húmeda alrededor de mi sexo. Es una sensación maravillosa, sobre todo porque es su boca la que lo está haciendo. Cuando mi verga ha conseguido la consistencia deseada, ella se pone en pie, se gira dándome la espalda, se sube la falda y se baja las bragas en un gesto indecente, y apoyando sus brazos sobre la cisterna me dice:

- ¡Venga, vamos, métemela!

- Espera – saco un condón de mi bolsillo del pantalón, abro el paquetito, lo pongo en la punta de mi pene y lo extiendo.

Seguidamente, acerco mi verga a su sexo, primero lo palpo con un par de dedos, está húmedo, muy húmedo, se nota que ha soñado con este momento millones de veces, así que sin más, llevo mi verga hasta ahí, y la penetro. Ella protesta:

- ¡No, la quiero en el culo!

- Espera, primero es mejor esto, para lubricarla.

- ¡Ummm..., bien! – acepta gimiendo placenteramente al sentir mi polla entrando y saliendo de su húmeda vagina.

Doy unas cuantas embestidas, siento las paredes de su vagina estrujando mi sexo y me siento en la gloria. Me aprieto contra ella, huelo el aroma de su pelo, pero no debo desconcentrarme, su novio la estará esperando y ella desea que la haga mía de nuevo, con urgencia.

Sacó mi sexo del suyo, lo llevo hasta su entrada posterior, ella se sujeta firmemente sobre la cisterna, espera, contiene la respiración. Yo empujo, siento como poco a poco mi miembro entra en el estrecho agujero, ella empieza a suspirar, y cuando ya la tengo toda dentro, la sujeto firmemente por los senos, pegándome a ella y empiezo el lento mete-saca. Ella gime, suspira, mientras yo no dejo de moverme cada vez más rápidamente haciendo que sienta toda la extensión de mi verga entrando y saliendo de su estrecho ano. Los gemidos se intensifican poco a poco. Su cuerpo se tensa.

Fuera se oye gente que entra y sale, algunas mujeres parecen escandalizarse:

- Yo diría que hay alguien haciendo guarrerías ahí dentro – dice una voz de mujer mayor.

Nosotros seguimos a lo nuestro, y ahora, no sólo ella gime, también lo hago yo, porque siento como mi verga se hincha poco a poco, siento como las paredes de su ano se contraen alrededor de mi polla. Está a punto de correrse, y en realidad no tarda en hacerlo, grita, gime, su cuerpo se contrae, se convulsiona y finalmente explota en un ruidoso orgasmo. Sigo empujando, loco de placer y deseo, embebidos en el suyo y finalmente yo también exploto en un sonoro orgasmo que me obliga a gemir y jadear cerca de su oído mientras embisto su culo una y otra vez.

El pitido de su móvil nos saca del sueño que acabamos de vivir por segunda vez. Nos separamos y aún medio desnuda, ella coge el teléfono. Mira la pantallita y dice:

- Es mi novio, seguro que me está buscando – descuelga, se pone el móvil en el oído y dice: - ¿Sí?

Mientras ella habla con su novio diciéndole que ha salido a tomar el aire, yo me visto y arreglo. Cuando corta la llamada es ella la que se arregla y viste. Cuando hace ademán de abrir la puerta la detengo y le pregunto:

- ¿Volveremos a vernos? – Necesito que me diga que sí, necesito saber que volveré a verla, a sentirla, a tenerla.

- Sí, te llamaré, no te preocupes.

Sale del baño.

Durante un rato espero a que no se oiga ningún ruido, mientras pienso en ella, tratando de retener en mi memoria su olor, sus gemidos, cualquier cosa. Finalmente salgo. En el salón la veo con su novio, morreándose en una esquina y la espina de los celos se clava en mí. Decido salir a la calle, necesito respirar aire, fumar un poco y despejarme. Cuando enciendo el cigarro, tras haberlo sacado de su paquete, oigo una voz masculina a mis espaldas que me dice:

- Muy bien, chico, lo has hecho muy bien – Es Mario, el novio – Aquí tienes lo acordado. Y muchas gracias – me entrega un sobre, por supuesto, dentro hay dinero, lo que faltaba de mi cuota respecto a lo que Marta me pagó la tarde en que estuvimos juntos.

- De nada, ha sido un placer - le digo pensando para mi mismo que ni se imagina hasta que punto lo ha sido.

- Supongo que hoy también te la has beneficiado – me pregunta.

- ¡Ummm...! Sí, no puedo mentirte, pero… -

- No te preocupes, eso es bueno. Así me será más fácil deshacerme de ella. Sólo necesitaba una excusa para dejarla, y creo que ella se está enamorando de ti y eso será bueno, muy bueno para mis planes.

Le miro desafiante, no me gusta lo que está insinuando por eso se lo digo:

- Eres despreciable, quizás es mejor que te deje.

- Bueno, tú no eres menos despreciable que yo, al fin y al cabo te la follas por dinero, el dinero que yo te pago.

Me quedo mudo, sin saber que contestarle, porque a fin de cuentas tiene razón. Él vuelve al local y yo decido volver a casa. Hoy no me apetece trabajar, hoy sólo quiero olvidar el trabajo de mierda que tengo.
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