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El acuerdo
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Voyerismo
12-Oct-2019
106
El acuerdo
Esta fue mi rendición absoluta, al ver esta escena comprendí que mi mujer no iba a dejar de perseguir pollas como esta el resto de su vida. Aceptaba mi derrota, no podía competir contra este tipo. Había perdido. Y una vez aceptado esto, humillado y resignado, empecé a enfocar la escena de sexo como cualquier otra que había visto en películas X, sólo que la protagonista era mi mujer.
Lo que me proponía me pareció lógico, aceptable y hasta equilibrado para ambas partes. Los dos salíamos beneficiados al ganar en libertad de acción siempre y cuando el acuerdo no afectase a las cosas importantes entre los dos. Hablando en términos de igualdad, respeto y consentimiento mutuo el acuerdo sólo podía proporcionarnos satisfacciones e incluso estabilidad en una nueva forma de ver la vida.

El objeto del contrato no era otro que la libertad de mantener relaciones sexuales con otras personas. Libertad con limitación exclusiva al sexo. Ambos nos reconocíamos como adultos con ganas de experimentar relaciones extraconyugales y que llegados a una edad mediana, y, satisfechas largamente nuestras necesidades sexuales dentro de la pareja, queríamos practicar el sexo libremente con otras personas sin tener que engañar o mentir.

Mientras todo se limitara a un revolcón ocasional y a tirar una canita al aire de vez en cuando, porqué nos íbamos a poner barreras. Considerábamos este asunto como una necesidad más de cada individuo, igual que hacer deporte o ir al cine o salir una noche de copas con los amigos o, incluso, ir al médico porque te encuentras mal. De hecho, la sana práctica del sexo está directamente relacionada con la salud física y mental. Considerábamos que era mejor hacer realidad nuestros deseos que reprimir nuestras líbidos sólo por una fidelidad convencional.

Siempre dejamos bien claro que nos amábamos y que lo primero era nuestro matrimonio y nuestros hijos aún en edad escolar. Pusimos como condiciones el no abrir relaciones que nos atasen con vínculos emocionales a otras personas y pudiera poner en peligro nuestra familia. Por otro lado, la discreción total y la práctica segura del sexo.

Por ese motivo nuestras relaciones no podían ser con personas cercanas a nuestro entorno. Siempre tenían que ser personas totalmente desconocidas, discretas y limpias.

Todo parecía genial, ambos multiplicaríamos nuestras sesiones de sexo y hasta podríamos poner en práctica lo aprendido con otras personas, o comentar las jugadas con total naturalidad: "Hola cariño, vengo de follarme a Pepita, es que después del trabajo me apetecía relajarme y he descargado la tensión del día a golpe de riñón; te comprendo, cielo, a mí me ha pasado lo mismo, vengo de casa de Manolito que me ha puesto a cuatro patas y me ha ensartado durante media hora, tengo la cuca irritada. Muy bien querida, pues una cenita ligera y a la cama a descansar".

He de decir, que la propuesta del acuerdo vino por parte de ella, ya que tuve la mala fortuna de que me pillara en plena faena con una espléndida sueca retozando en una playa salvaje del sur de España, escondidos tras la maleza de unas dunas. No dijo nada, es más, se fue sin hacer ruido y nos dejó continuar. Cuando llegué a casa me contó que a última hora de la tarde, casi de noche, al volver de dar un paseo con los niños y mis suegros que veranean en una urbanización cerca de nosotros, escuchó las risitas de unas chiquillas adolescentes que comentaban habían visto a una pareja internarse en las dunas y que tras seguirles habían visto parte del espectáculo. Yo que creía haber sido discreto y resultó que mi culo tuvo aquella noche más audiencia que CSI.

Con ese sexto sentido que caracteriza a las mujeres, mi mujer sospechó que la trivial excusa que puse para no ir de paseo con ellos podría ser la confirmación de sus sospechas. Y así fue.

Como pude me excusé y le dije que sólo había sido un calentón momentáneo y que sólo era sexo, que no volvería a ocurrir. Mi mujer me dijo que no me esforzara, que no se creía eso de que no volvería a ocurrir y con una calma y dominación de sí misma asombrosa consiguió sonsacarme algunas otras aventurillas anteriores.

A partir de ahí, empezó su aplastantemente lógico razonamiento que me iba arrinconando cada vez más y que no tuve más remedio que aceptar. Empezó que si me consideraba superior a ella (no, le dije), que si teníamos los mismos derechos y deberes (por supuesto, le dije) que yo estaba desequilibrando la balanza, que esa balanza habría que compensarla (cómo, dime que quieres que haga y lo haré, le dije), no es lo que vayas a hacer tú es lo que tengo que hacer yo, sentenció.

Eso sonaba muy raro, lo primero que pensé era que quería divorciarse pero en cuanto hablé con ella al día siguiente me dijo que no era eso lo que tenía en mente. Me dio un beso y me dijo que me quería y que estaría a mi lado siempre, pero que ella, después de meditar mucho, creía llegado el momento de decirme que también tenía necesidades propias y que no le faltaban proposiciones de otros caballeros. Me quedé helado.

Tengo que reconocer que Ana, mi mujer, a sus 38 años está espléndida, mejor incluso que cuando la conocí y nos casamos. Es muy guapa y ha sabido cuidarse y conservar muy bien su figura. Muchas veces había visto a tíos girarse por la calle para contemplarla. Me imaginaba que, precisamente, proposiciones no le habrían faltado a mis espaldas y que si no había cedido a ninguna de ellas era porque me quería.

Le pregunté si es que tenía algo que confesarme y me dijo que, al contrario que yo, ella no tenía nada que declarar salvo una tontería sin importancia ocurrida casualmente hace unas semanas cuando estaba en un centro comercial mirando camisas de caballero para mí y se le insinuó un joven dependiente demasiado solícito, que insistió en probarse las camisas que había elegido mi mujer y que pasara al probador con ella. Parece ser que el tío era el típico guaperas morenazo de piscina y cuadrado de gimnasio que no dudó un instante en quitarse camisa y corbata y mostrar su cuerpo esculpido, pecho de toro bien torneado, abdominales como una tableta de chocolate y brazos poderosos que rápidamente rodearon la cintura de mi mujer atrayéndola hacia sí y apoyando su creciente entrepierna entre los muslos de ella. Por mucho que insistió en zafarse al final tuvo que hacerle una paja allí mismo para tranquilizarlo y que la dejara en paz evitando un escándalo.

¡¡Joder con la tontería sin importancia!!, si casi se la calza.

Me confesó, además, que el tener otro miembro viril en la mano diferente al mío y mucho más grande y rígido que los que nunca había tocado (mi mujer tuvo dos novios antes que yo) la dejó sobrecogida y asombrada primero, y luego absorta de tal forma en la masturbación a dos manos que no pudo impedir que el dependiente le deslizara las manos debajo de la minifalda de su traje de ejecutiva y suavemente le magreara muslos, culo y sexo a su antojo, arrancándole las bragas de seda de un tirón y tirándolas al suelo rotas. Me dijo que estaba tan cautivada por ese pene ardiente como un tizón, cabezón y arrogante y que apuntaba al cielo con soberbia que no pudo soltarlo hasta que en una contorsión de todo su cuerpo el dependiente la besó en la boca apasionadamente y se corrió abundantemente soltando al aire chorros de semen como un géiser. Sólo cuando el chico se relajó un poco y se apoyó contra la pared del probador soltó su pene exhausto y pudo comprobar que aún en media erección y disminuyendo por momentos sus dimensiones eran más que generosas.

Desde entonces, este muchachote de 24 años según le confesó, no ha dejado de saludarla cortésmente cada vez que se cruzan por el centro comercial que curiosamente mi mujer empezó a frecuentar. Aunque era muy respetuoso, ella lo rechazaba y se sentía culpable por lo ocurrido hasta que nos fuimos de vacaciones y me pilló estrechando relaciones con Escandinavia. Entonces vio como se le abrían las puertas del cielo y probablemente como le abriría las piernas el morenazo.

El chico cumplía los requisitos de nuestro acuerdo. Desconocido, discreto, sano y sin la más mínima intención de iniciar una relación seria. Por lo tanto mi mujer propuso comenzar nuestro acuerdo acostándose con él. Quería que fuese su primer amante.

Tardé más de diez minutos en asimilar todo lo que me había contado y pronunciar las primeras palabras que, por supuesto, fueron de reproche. Pero ella con serenidad total, gestos cariñosos y poniendo carita de nunca haber roto un plato me dijo que eso para ella no era haberle sido infiel pues no había habido penetración, que sólo había sido una pérdida momentánea de control que terminó en una masturbación desenfrenada, pero que volvió a casa con su honor íntegro y su intimidad inviolada.

Tal y como lo contaba parecía una inocentada, ¡hala!, le arrancan las bragas, le soban a gusto, le hace un pajote a dos manos y aquí no ha pasado nada.

Continuó diciendo que sin embargo, en mi caso, yo me había follado a muchas (no tantas, 11 ó 12 a lo sumo) y que lo llevaba haciendo desde hace tiempo (era verdad, desde que me follé a una increíble tetuda en un viaje a Alemania). Que la engañaba deliberadamente y que aunque me perdonaba porque sabía que sólo eran escarceos de una noche ella quería ahora su parte para equilibrar la balanza. Que sólo sería sexo y que deberíamos aprender a convivir el uno con el otro aceptando que cada cual puede tener ocasionalmente relaciones sexuales sanas y saludables con sus respectivos amantes sin por eso dejar de amarnos como siempre y manteniendo una vida por lo demás del todo normal. Que si me sentaba mal el que se acostase con otros hombres que lo viese como si se fuera un rato al gimnasio a hacer deporte para después volver relajada y en forma para seguir siendo la esposa cariñosa de siempre. A fin de cuentas es como si hicieras deporte, me decía. Me dejaba anonadado el lado simplista y práctico de cómo ella lo veía.

Así las cosas, no me quedó más remedio que sucumbir a los hechos y aceptar la realidad de consentir que mi mujer tuviera un amante o varios. Tengo que reconocer, que la idea por otra parte me sugestionaba, ya que me daba alas para mis flirteos cada vez que salía de viaje ya que me podía follar a todas las que pudiera sin remordimiento alguno. Aunque realmente eso ya lo hacía desde algún tiempo, lo único es que me quedaba como una espinita amarga de remordimiento por haberle sido infiel.

La realidad es que salía perdiendo de todas todas, porque a cambio de esa pequeña particularidad de no tener remordimientos iba a pasar a ser un cornudo consentido y admitido. Lo que nunca me hubiera imaginado me iba a suceder. Esa es la peor pesadilla de cualquier marido. A saber cuántos tipos se iban a tirar a mi apetecible mujercita. Me imaginaba que al principio ella querría recuperar el tiempo perdido y como decía ella "equilibrar la balanza" que estaba desequilibrada a mi favor por el peso de sus cuernos. Ahora el que iba a empezar a lucir cornamenta iba a ser yo.

Estaba entre la espada y la pared, la decisión entrañaba la interiorización de tener que compartir tu ser querido con otros, de aceptar que a partir de ahora no iba a ser yo su único macho y semental, que ante mi mujer podría quedar ridiculizado por otro más dotado que yo y mejor amante, en fin, un montón de sensaciones adversas difíciles de asimilar de golpe. Y la otra solución era negarme al acuerdo, cabrearme con mi mujer y saber que desde ahora me podría estar engañando a cada oportunidad que tuviera, con el riesgo además de perderla definitivamente, pues al menos en el acuerdo nos comprometíamos a limitar al sexo nuestras relaciones extramatrimoniales.

Al final le dije que aceptaba el acuerdo y firmamos el pacto como Dios manda, follando como locos esa noche. Al menos era el último polvo que le echaba a mi mujer antes de que probara la bellota de su nuevo amiguito y se quedara deslumbrada durante algún tiempo…, como así sucedió.

Ella me intentó tranquilizar todo lo que pudo asegurándome que sólo a mí me amaba y que nunca me dejaría pues era el hombre de su vida y padre de sus hijos. Yo lo veía como la oración de consuelo que le rezan al condenado a muerte momentos antes de subir al cadalso a que lo ahorquen. ¡¡Pero tonto, no ves que sólo es un polvo y nada más!!, se reía y me torturaba diciendo que yo me lo había buscado por haberla sido infiel tantas veces que al final me descuidé y me pilló. "Aunque igual nos adaptamos tanto a esta nueva forma de ver la vida que igual tengo que darte las gracias en el futuro por haberme sido infiel y que hayas sido el desencadenante involuntario de esta nueva situación", me comentó para destrozarme más por dentro.

Le pregunté que para cuando tenía previsto entrar en acción y me dijo que lo antes posible, pero que lo primero que tenía que hacer es comprarse algo de ropita atrevida pero elegante y algo de lencería sexy, pues la primera vez quería que fuese algo especial y primero quería jugar un poco al juego de la seducción. Pensaba yo que poco le hacia falta que lo sedujeran al garañón ese viendo la forma en la que la asaltó en los probadores. Como mi mujer se le insinuara un poquito con uno de esos trajes cortitos de vuelo semitransparentes que se pone en verano y esas zapatillas de tacón alto que se anudan con cintas a lo largo de la pantorrilla, no le iba a dar tiempo de llegar a los probadores, se la iba a follar encima del mostrador de la tienda.

Estaba empezando a descubrir el lado de puta de mi mujer, seguro que ya llevaba tiempo planeándolo y cuando se lo pregunté me dijo que tenía que confesar que desde el día del probador no había podido desechar de su mente la imagen de aquel pene enhiesto, su tacto, grosor, dureza y esas venas hinchadotas a punto de explotar. Que se sofocaba de sólo pensar en volver a tener en sus manos semejante hombría y en si se resistiría o no en llevárselo a su boca para saborearlo. Lo había pasado realmente mal los días posteriores al incidente con el morenazo intentando controlar su mente y su cuerpo y que cuando me pilló follando con la rubia fue para ella un gran desahogo y liberación mental. Ahora vendría la liberación física. También, un poco azorada, me confesó que le daba mucho morbo ponerme los cuernos y que probablemente me los hubiera puesto aun si no me hubiese pillado con la sueca. Pero ahora todo era diferente y me cornearía sin remordimientos y con toda la alevosía del mundo.

Ni corta ni perezosa, a partir de ese día se escapaba media hora antes del trabajo todos los días para ir al centro comercial y dejarse ver. Cuando yo llegaba a casa y le preguntaba qué tal le había ido el día me decía que las maniobras de aproximación iban bien y que el día D hora H se aproximaba. Hasta que un día me preguntó que para cuando tenía planeado salir de viaje, que aprovechando mi ausencia provocaría el "feliz" acontecimiento, y que así sería menos doloroso para mí saber que ella estaba con otro hombre si yo a la vez podía buscarme a alguna chica durante mi viaje. Que dejaría a los niños en casa de sus padres una noche con la excusa de quedar a cenar con unas viejas amigas, así tendría la casa para ella sola.

"Cariño, me imagino que no te gusta que me lo traiga a casa pero Fabián, así se llamaba, no vive sólo y no me gustaría pasar mi primera noche de cuernos en un catre de una habitación de estudiante pendiente de si nos oyen el resto de compañeros de piso". La idea de un hotel también le espantaba porque podía coincidir con alguien conocido. Así que me dijo que sería bastante prudente y lo traería a casa bien entrada la noche. "¡Venga tontorrón!, qué sólo dolerá la primera vez, verás como después ni te molestará ni le darás la menor importancia", y me hizo una dulce mamada para consolarme.

Por mi trabajo de comercial, viajo con cierta frecuencia por España y el extranjero y en breve tenía que ir a Canarias, de hecho ya había atrasado el viaje dos veces precisamente por no dar pie a lo inevitable.

Al día siguiente le dije a mi mujer que el 27 de junio, miércoles, cogería el avión y volvería el viernes 29, lo cual le daba un margen de dos días a mi mujer para perpetrar su perdición y mi cornamenta. Todavía tenía la remota esperanza de que al final se echara atrás y no tuviera valor de hacerlo, o que todo fuese una broma macabra a modo de escarmiento para que no le pusiese otra vez los cuernos, y que el tal Fabián ni siquiera existiese.

Sucedió que el día 27 tenía una importante reunión y lo que a mi secretaria se le olvidó decirme es que en el último momento me había cambiado el billete de salida al día siguiente 28, acortando mi viaje a sólo una noche. Con lo cual, llegado el día 27 no me di cuenta del error hasta estar en el aeropuerto y recibir la llamada de mi secretaria diciendo que me estaban esperando para la reunión tan urgente. Al momento caí en la cuenta del error y corrí a la oficina.

Cuando acabó la jornada agotadora de reuniones con los clientes a los que quisimos agasajar con cena y copas posteriores, estaba yo de pie, en frente de mi coche, pensando en qué hacer, si ir a mi casa o a un hotel a pasar la noche. No me apetecía llegar a casa y encontrarme a mi mujer empalada por otro. Pero el influjo del alcohol trastocó mi realidad y me hizo dirigirme a casa aferrándome a la idea de que al final todo hubiese sido una estratagema.

Al llegar a casa y no ver aparcado ningún coche desconocido me afirmé más en la creencia de que todo hubiese sido una broma. Nunca pensé que mi mujer con su coche, prudentemente, hubiera entrado con él directamente al garaje de casa para evitar rumores del vecindario.

Entré con sigilo para no despertarla y darle una sorpresa y agasajarla a besos y arrumacos, pero rápidamente comprendí que besos, arrumacos y algo más precisamente no le faltaban esa noche. Cuando subí las escaleras en total silencio empecé a percibir pequeños ruidos que conforme iba ascendiendo me fueron confirmando mis sospechas de que eran pequeños gemiditos y ronroneos. Con la respiración entrecortada y los pelos de punta me fui acercando a la puerta totalmente abierta del dormitorio para directamente encontrarme con una imagen impactante que recordaré para el resto de mi vida. El shock me dejó helado, anonadado y con la garganta seca, ni podía moverme, ni siquiera tragar saliva. El espectáculo de mi mujer tendida en la cama boca arriba, totalmente desnuda salvo por los zapatos de aguja, con las piernas abiertas y con las pantorrillas cruzadas detrás del cuello de él que se afanaba en hundir su cabeza en su entrepierna fue demasiado fuerte. Ese jarro de agua fría y la rotunda realidad me devolvió el control de mis sentidos y me despejó la cabeza y la borrachera de inmediato.

Noté flojera en las piernas y antes de que me flaquearan más y caerme al suelo, decidí sentarme a la manera de los indios delante del mismo umbral de la puerta. La semioscuridad de la entrada al dormitorio me protegía. Sólo tenían encendida la luz de la mesita de noche y en caso de haber mirado hacia la puerta la luz no era suficiente como para que me vieran. De todas formas, estaban demasiado ocupados.

Sentado, evitando mirar la escena trataba de recuperarme, las pulsaciones se me habían disparado y trataba de controlarme y respirar sosegadamente pues no sería el primero que muriese de infarto por un shock de este tipo. Pero los acelerados gemidos de mi mujer cada vez se hacían más fuertes e iban taladrando mi cerebro de la misma forma que la lengua de ese mancebo le allanaba su intimidad. Esa intimidad que conocía yo perfectamente y que tantas veces había libado y saboreado a placer era ahora saboreada, degustada y disfrutada por otra lengua ávida de sus licores. Abrí y cerré los ojos fugazmente varias veces sólo para comprobar que no estaba soñando y que lo que oía y veía era la confirmación de mis cuernos ganados y anunciados.

Mi mujer se aferraba al pelo rizado del tal Fabián y entre gemidos le animaba a continuar con su succión y exploración íntima. Recordé lo que me contó ella acerca del tamaño de su pene y creo sinceramente que se quedó corta. Aquello, no se podía definir como pene, un pene es algo que te enseñan de niño en la escuela y es un dibujo de un hombre normal con un apéndice normal y dos bolitas que le cuelgan a los lados. Aquello no era normal. El tío estaba de rodillas merendándose el coño de mi consorte y tenía un empalme que le sobrepasaba de largo la altura del ombligo, no menos de 25 cm. de largo y fácilmente 7 ú 8 de grosor. No me quería ni imaginar el efecto tuneladora que podía provocar semejante instrumento en un órgano femenino. Además el tío tenía un físico portentoso y envidiable, era a la vez atlético y hercúleo, una mezcla entre jugador de rugby y culturista pero se le notaba muy cuidado, probablemente era o había sido modelo publicitario. Era normal que mi mujer hubiese sucumbido a sus encantos.

Mientras estaba en estas cavilaciones mi mujer arqueó definitivamente sus caderas y aferró con ambas manos la cabeza de él y se corrió desenfrenada gimiendo como una loca. Oía los chapoteos que producían los lengüetazos de él en su sexo licuado por el orgasmo. Menudo cabrón, tenía dos músculos prodigiosos, la polla y la lengua.

Cuando mi mujer se hubo calmado un poco, se quedó relajada en la cama y él se tumbó a su lado con una sonrisa socarrona y con la boca empapada le dio un morreo que ella no rechazó.

- ¿Te gusta como sabes? – preguntó él

- Qué guarrete eres, me has dejado mareada del orgasmo y con la guardia baja-.

- Tienes un coño delicioso y me encanta comértelo, creo que cada vez que te vea te lo voy a comer estemos donde estemos.-

En ese momento ella hizo un movimiento como de estiramiento de piernas hacia arriba y me percaté que se había depilado totalmente, que no tenía el más mínimo rastro de bello en su entrepierna. Ante mis ojos aparecieron sus tiernos labios vaginales rojos e inflamados, brillantes de flujo que semejaban la fruta de la pasión y que yo mismo me hubiera arrojado sobre ellos a saborearlos como tantas veces de ser otra la situación.

- Bastante me he contenido en la discoteca y no te he llevado a los lavabos para follarte ahí mismo de lo que me has calentado en la pista de baile- prosiguió.

- Ya lo he notado, hemos dado un espectáculo en la pista que todo el mundo nos miraba, tienes que controlarte más, no me ha gustado que me metieras mano bajo la falda. Había unos chavales jovencitos que no nos quitaban ojo.

- Seguro que esta noche se matan a pajas pensando en el espectáculo de tanga y culo que les has dado.

- ¿Lo sabías cerdo y lo has hecho aposta?, ¿querías que me vieran como una guarra?

- Me gusta jugar con el morbo y que el resto se relama de gusto y envidia viendo lo que yo me voy a comer y follar. Y ahora preciosa, mi "hermanito pequeño" te pide ayuda porque tiene un dolor de cabeza que no puede aguantar. Lleva en posición de firmes desde que estuvimos bailando y ya no aguanta más.

- Pues tu "hermanito pequeño" como tú le llamas no parece tan pequeño, y me da miedo sólo de mirarlo. Seguro que es el abusón de su clase que siempre se mete con los más pequeñines- dijo ella poniendo cara de niña tonta y empezando a rozar su pene.

- Já, já, já, pues sí la verdad, me encanta presumir de nabo en las duchas del gimnasio y enjabonármelo tranquilamente para que se estire un poco y acomplejar a los demás. Me parto de risa con las caras de sorpresa que ponen algunos y sus miradas de soslayo disimuladas. Alguno hasta evita ducharse a la misma vez que yo.

- Eres un bravucón, alguna vez vas a encontrarte con la horma de tu zapato y el acomplejado vas a ser tú.

- Puede ser, pero hasta que eso suceda me lo paso bomba, ¿sabes que hubo un cuarentón que me propuso ir a su casa a cenar? Casi le suelto una hostia.

- Esos son los riesgos por lucirte. La verdad es que llama la atención, ¿cuánto te mide?

- En plena erección, como lo ves ahora calzo un 26 largo, casi 27 cm. Pero ¿porqué no lo compruebas tú misma?

En eso mi mujer, agarró su mástil y empezó a masturbarlo lentamente estirando al máximo hasta abajo su prepucio y dejando al descubierto su enorme cabeza y su tirante frenillo. Ahí fue donde dirigió su primer ataque, al frenillo. Ella es una experta mamadora. Empezó a darle con la punta de la lengua pequeños toques como si fuera la cuerda de una guitarra. Él cerró los ojos y dijo -trágatela ya por favor.

- Tranquilo, confía en mí, tú me has hecho tocar el cielo y yo quiero dispensarte el mismo trato.

Poco a poco, mi mujer fue cubriendo su glande con la boca, besándolo suavemente hasta que sus labios le abrieron paso cobijando a toda la cabezota y aferrándose a su corona se quedó quieta como tomando medida del miembro caliente y palpitante que estaba alojando. Poco a poco empezó a sacarle brillo con la lengua. Se dedicaba en cuerpo y alma a lamer ese pene formidable que la tenía rendida. Jamás a mí me había hecho una mamada con tanto entusiasmo, dedicación y hasta cariño y amor. Se diría que ese pene la tenía totalmente enamorada, toda ella estaba volcada en satisfacer, mimar y servir a semejante miembro.

Esta fue mi rendición absoluta, al ver esta escena comprendí que mi mujer no iba a dejar de perseguir pollas como esta el resto de su vida. Aceptaba mi derrota, no podía competir contra este tipo. Había perdido. Y una vez aceptado esto, humillado y resignado, empecé a enfocar la escena de sexo como cualquier otra que había visto en películas X, sólo que la protagonista era mi mujer. Avergonzándome de mí, empecé a experimentar un empalme rápido y brutal de tal forma que tuve que empezar a frotarme la picha a través de la tela del pantalón.

La cabeza de mi mujer estaba ahora subiendo de arriba abajo lamiendo todo el tronco y arrancando gemidos de gozo de Fabián que a su vez estaba más crispado y necesitado de eyacular. Pero mi experta mujer, le retrasaba la corrida a propósito. La tengo bien entrenada, pensaba para mis adentros, a ella le encanta este juego y justo cuando voy a explotar me putea parando y cerrándome el grifo con dos dedos. Con este tío necesitaba toda la mano y apretar bien fuerte hasta que las venas de la polla parecían reventarle. Cuando vio que ya no podía más tuvo piedad de él y en unos enérgicos movimientos de sus entregadas manos combinados con una succión de su boca hicieron que él se arquease brutalmente y bufando como un toro hundiese gran parte de ese pollón hasta las amígdalas de su anfitriona corriéndose a gusto y abundantemente en su garganta, que contrariamente a lo que hacía conmigo, en vez de retirarse asqueada se tragó hasta el último disparo sin soltarle el mástil en ningún momento. Parecía que él era un toro de rodeo que brincaba a lo loco para desmontar a su amazona y ella agarrada con las dos manos a su verga y con la boca a su glande no lo soltaba hasta tenerlo domado. Y así sucedió, cuando Fabián terminó de eyacular y la última de sus eléctricas descargas sacudió su cuerpo, quedó tendido en la cama respirando pesadamente, entonces y sólo entonces, ella liberó su miembro de su húmedo encierro y mirándole con sonrisa de satisfacción tragó el último de los grumos del licor de vida que tenía en su garganta y soltándole el amoratado pene le devolvió el morreo y le preguntó, - ¿te gusta cómo sabes?

Casi sentí orgullo, al final el machito había probado el sabor de una polla, aunque fuese la suya propia. También yo, coincidiendo con el momento del beso que le daba mi mujer, me corrí abundantemente dentro de mis calzoncillos. Estaba asombrado, sólo me había frotado al principio y luego nada pero el resto de la escena me había provocado la eyaculación sin tocarme. ¿Es que me gustaba inconscientemente ver a mi mujer comer rabos? A esas alturas de la película, totalmente humillado y resignado ya cuestionaba todo. Los pilares básicos de mi existencia como macho, hombre o marido se habían desmoronado.

Pero la noche no había hecho nada más que empezar. Sería sólo la una de la madrugada cuando se quedaron dormidos ambos sobre la cama una media hora. Ella abrazada a él, tumbada sobre su pecho, y su mano izquierda haciendo forma como de cuenco recogía amorosamente los huevos de él que apenas le cabían. Él abrazándola cálidamente con su musculoso brazo dejaba reposar su mano en sus nalgas.

Viendo la tierna escena tuve miedo de haber perdido totalmente a Ana. Que una vez probado ese rabo, el cual aún ni siquiera la había penetrado, se olvidase de nuestro acuerdo y se largase con él.

Bajé las escaleras sin hacer ruido y busqué en el cuarto de planchar unos pantalones limpios. Estaba bebiendo un vaso de agua en la cocina y me disponía a marcharme cuando les oí bajar las escaleras alegremente charlando y dirigirse a la cocina para comer algo y reponer fuerzas. Me escondí como pude detrás de la puerta de la despensa. La despensa es profunda y está dividida en varios estantes superiores y uno inferior tapado con una cortinilla que es donde guardamos los productos de la limpieza. Ahí me escondí y corrí la cortina justo antes de que Ana abriese la puerta buscando patatas. Pude apreciar desde abajo separando un poco la cortina su cuidada depilación de la entrepierna pues sólo se había puesto la camisa de él para bajar a la cocina. Fabián, sin embargo, permanecía en pelotas, sentado en el taburete y jugando con su polla, tocándosela y rascándose un poco el capullo como si le picara, quizá evitando que se le relajara demasiado y estar provocando continuamente a mi mujer.

Después de hacerse algo de comer, hablaron de cosas intrascendentes en las que me di cuenta de que el hombre que había conquistado a mi mujer de tal forma no era más que un chico veinteañero con la madurez correspondiente. Empecé a comprender a mi mujer cuando me decía que sólo iba a ser sexo y nada más. Ella ya se habría percatado de esto desde el primer momento y sólo deseaba su cuerpo para el placer. Se reía tontamente de sus chistes y otros parecía no comprenderlos. Ella era una mujer hecha y derecha, con familia y problemas cotidianos a los cuales él todavía no se había enfrentado. Creo que para ella era una especie de niñato con el cuerpo de un héroe griego y la polla de un caballo.

Tuve una relajación interior. Ahora sabía que Ana no me iba a dejar. Que sólo sería un polvo celestial y se acabó. ¿Acaso no hacía yo lo mismo para acabar con la monotonía diaria?, me había tirado a algunas chicas espectaculares y eso no significaba que luego no volviese con mi familia. Sería muy egoísta por mi parte no permitirle lo mismo. Sería como prohibirle que saliese con sus amigas de cena a un restaurante a probar una delicatessen.

Mucho más tranquilo y relajado, me fui haciendo dueño de mí mismo y así escondido todavía en la despensa sonreí para mis adentros y hasta me pareció gracioso ver como mi esposa ponía cara de importarle una mierda lo que él le contaba mientras comían, y, deslizando su mano por debajo, le sujetaba el mango retorciéndoselo de puro vicio y sacándole algún quejido de dolorcillo. ¡¡Uf!!, no te pases – le decía él- no estás descorchando una botella. "Es que esta polla puede conmigo" –le respondía ella apretándosela con desesperación y ambos se partían de risa.

Terminaron de comer y se subieron a la habitación. Oí como él le decía que ahora se la iba a follar a conciencia, ella se reía y subía delante de él las escaleras quitándole sus manos que le pellizcaban los glúteos por debajo de la camisa. ¡¡Quita sobón!!, que ya me metiste mucha mano en la disco – y otra vez las carcajadas.

Salí de la despensa bastante recuperado anímicamente y me notaba como si hubiese nacido a una nueva vida. El proceso había sido muy doloroso para mí y había terminado empapado como un niño cuando nace y le limpian y lavan las enfermeras. De la misma manera yo me limpié y lavé y me puse unos calzones limpios al igual que al recién nacido le ponen sus primeros pañales para afrontar su nueva existencia.

Ahora ya podía marcharme con total tranquilidad. Pero eran las dos de la madrugada y mi avión no salía hasta las diez. Entre la opción de pasarme el resto de la noche en el aeropuerto sentado en una silla dura y permanecer en mi propia casa contemplando un espectáculo digno de la mejor película porno o del mejor "peep show" elegí esto último.

Así que en cuanto escuché el siguiente suspiró que escapaba de la garganta de mi mujer ascendí lo más sigilosa y rápidamente que pude al dormitorio. Por nada del mundo quería perderme el momento de la primera penetración, casi desvirgación, que iba sufrir mi mujer. Llegué justo a tiempo. Él de nuevo la estaba preparando y surcaba con su lengua el angosto pasadizo que iba a ensanchar en un momento. Cuando la tuvo bien lubricada y a mi mujer ronroneando como un gatito y pidiéndole que la penetrase sin demora pero con delicadeza, él no se hizo esperar y tomando sus piernas se las colocó encima de sus hombros y apuntó su temible hombría a su cálida cueva. En esa postura la penetración iba a ser brutal y hasta el fondo y mi mujer iba a sentir lo que era ser profundamente follada por primera vez en su vida.

La polla de Fabián estaba en su máximo desarrollo, dura como una piedra, y con un color rojo sangre miraba impaciente con su único ojo la oscura grieta que iba a explorar. Con varios golpes de su joven músculo perineo el gigante saludó varias veces antes de aproximarse rozando suavemente el clítoris de Ana y provocando su desesperación.

Al momento inició la penetración y poco a poco ví como esa enorme cabeza iba forzando la entrada, tensando los músculos vaginales y fue desapareciendo en el interior de mi entregada esposa que se le desencajó la cara en un gesto entre dolor y placer aferrándose a los brazos de su primer amante y, certificando finalmente, mi recién estrenada cornamenta con un grito angustioso que dio cuando el miembro invasor llegó a introducirse hasta el final y sus huevos descansaron sobre las nalgas de ella.

Ese grito desgarrador que se me grabó en el alma y el cerebro me parecía como la firma definitiva que había faltado en el dichoso acuerdo y que ponía de manifiesto a ambas partes mi total cornudez consentida.

Mis ojos estaban desorbitados viendo como el tío retiraba sus casi 27 cm de humanidad y los volvía a hundir inmisericorde en la cada vez más dilatada y distendida vagina de mi esposa. La follada era tremenda, digna de escenificar y fotografiar. Era un adonis de casi 1,90 de estatura, musculoso y de rasgos muy bellos que aplicaba toda la tensión de sus músculos dorsales, bíceps, cuádriceps y glúteos en hundir lo más hondo posible su enorme miembro en una preciosa y sensual mujer de curvas más que llamativas. Y en ese momento recordé que podía hacerles una foto con mi teléfono móvil sin que se diesen cuenta y eso hice. Les saqué varias fotos en esa posición viendo como ese mástil taladraba a Ana una y otra vez, cada vez más rápido, como un martillo pilón y arrancando quejidos cada vez más descontrolados de ella.

La posesión duró unos veinte minutos en la misma posición en los cuales el chico se aplicó con toda su energía y resistencia, dejando a mi mujer totalmente entregada, rendida y sin voluntad. Abatida en la cama, con varios orgasmos encadenados, sus brazos ya no se sujetaban a él y era como un muñeco de trapo que soportaba mansamente las embestidas del bruto fornicador, hasta que éste tocado como por una ira infernal empezó a culear más rápido que un perro y se corrió dentro de mi mujer entre estertores de placer y gritando que era el mejor coño que se había follado en mucho tiempo. Sacó su pollón chorreante de semen y flujos y se dejó caer en la cama. Mi mujer recogió sus piernas contra su pecho en un gesto de recogimiento y degustación de los últimos movimientos involuntarios de su enésimo orgasmo y se quedó así tumbada en posición fetal y ofreciéndome una espléndida instantánea de su vagina violada y rebosante de líquidos que rápidamente fotografié.

Recordé que mi mujer se había preocupado de tomar días atrás sus pastillas anticonceptivas puntualmente para estar preparada y no me preocupaba el hecho de que este semental la preñase. Aunque cuando ví la catarata de semen que le chorreaba de su ensanchada abertura me quedé rezando que las pastillas fueran lo suficientemente fuertes como para aniquilar a tanto "Fabiancito" que había depositado en lo más profundo de su ser.

Durante el último momento de la follada había liberado de nuevo mi polla y me había masturbado frenéticamente hasta correrme y recoger la corrida con mi otra mano para no manchar la moqueta del pasillo. Ahora tenía en una mano el teléfono móvil y en la otra mi corrida. Como no tenía nada con que limpiarme opté por probar mi propio género. Total era una noche loca, así que me llevé la mano a la boca y lamí de la palma mi semen como si fueran natillas. Sabía muy raro, pero no me pareció desagradable. Ahora sabía como era el sabor de mi propio semen. En eso me había igualado a Fabián.

Con mucho sigilo para no despertar a los dos tortolitos me arreglé y bajé los escalones para irme al aeropuerto.

No se si ellos siguieron el resto de la noche follando. Por como había quedado mi mujer no creo que ella tuviese más ganas, pero semejante macho no se suele conformar con un polvo. Seguro que se la follaría de nuevo más tarde o al amanecer cuando ella estuviese más descansada. De esos detalles me enteré más tarde por boca de ella misma.
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