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Isidora y el alquiler
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Infidelidad cornudos
12-Oct-2019
246
Isidora y el alquiler
Una mujer recién casada recibe una propuesta indecente de su pervertido y feo casero.
El edificio era maravilloso. Rodeado de arboles y hermosos jardines. Las calles eran silenciosas y había pequeños negocios en las cuadras que hacían recordaban a esos viejos y tranquilos barrios del pasado. Lo mejor era que quedaba cerca del centro de la ciudad. Era como un paraíso escondido tras un cerro, justo a un lado de un pequeño parque vecinal. Isidora y Alejandro estaban felices. Habían encontrado el departamento de sus sueños.

El único problema del departamento era el alto precio del alquiler. Superaba por mucho su presupuesto y deberían hacer recortes extraordinarios para pagar al Señor Martínez. El “casero”, como el mismo se denominaba, era un hombre maduro y bonachón, aunque bastante feo. No le gustaba en especial a Alejandro porque había descubierto al casero mirando con ojos de deseo a su mujer. No obstante, era el hombre que podía alquilarles tan espectacular departamento.

Alejandro era tecnólogo médico y empezaba a trabajar en un hospital del centro de la ciudad. Isidora era estudiante de enfermería y le faltaba año y medio de carrera para convertirse en una profesional. Ambos eran personas de buena familia y atractivos. En especial, Isidora. Con sus cabellos castaños y sus ojos color miel, la futura enfermera destacaba por unas curvas y redondeces que llamaban mucho la atención. juntos, estaban seguros de poder solucionar el tema del dinero.

- No te enojes por tonteras –le dijo Isidora-. El departamento es muy bonito y amplio.

- ¡Pero viste como te miró el culo ese sin vergüenzas, mujer! –clamó Alejo.

- Tranquilo, amor –lo tranquilizó su mujer-. El sólo ha mirado. Un hombre como él jamás podrá tenerme. Porque yo soy sólo tuya.

Dejaron aquella falta de respeto del viejo arrendador y firmaron contrato por un año. Entonces, empezó una vida de ensueño. Compraron muebles y decoraron el lugar de tal forma que el departamento quedó perfecto. Era el lugar que Isidora soñaba después de haber vivido tres meses con los padres de Alejandro. Aquello no había estado mal, pero Ana adoraba la privacidad y libertad que significaba tener su propio hogar.

Sin embargo, esa felicidad pronto se acabó. Los padres de Alejandro hicieron una mala inversión y se encontraron en graves problemas financieros. Alejo, como buen hijo, se decidió a colaborar. Pidió un préstamo para aliviar la difícil situación económica de sus padres. Aquello trajo graves consecuencias en la economía familiar. Al poco tiempo, Alejo e Isi se dieron cuenta que no podían pagar parte de las deudas que tenían.

- Amor, lo siento –dijo Alejandro entre sollozos-. O es el alquiler del departamento o la universidad. Debemos priorizar.

Isi se quedó en silencio, incapaz de decidir. Ella quería terminar su carrera y ser enfermera, pero no quería dejar el departamento de sus sueños para volver a la casa de los padres de Alejo. Además, la situación en casa de los padres de su marido tampoco era la mejor para su regreso.

- Haremos lo siguiente –anunció Alejo, leyendo la mente de su esposa-. Seguirás estudiando. Seguro que puedo hacer algo para pagar el alquiler.

Isidora abrazó a su esposo y rezó para que las palabras de su esposo se hicieran realidad. Pero no fue así. Las cosas se complicaron con el tiempo. Después de tres meses sin pagar el arriendo del departamento llegó la primera notificación de desalojo.

- No llores, amor –la consoló Alejo-. Hablaré con el señor Martínez y llegaremos a una solución.

Pero la solución no llegó y la situación se prolongó un mes más. Alejandro hacía todo lo que podía, pero Isidora se daba cuenta que su marido estaba sobrepasado. Isi trataba de concentrarse en los estudios, pero no podía hacerlo. El estrés y los problemas económicos empezaban a pasarle la cuenta y sus notas bajaron por la incertidumbre de la situación. Isidora necesitaba hacer algo. Buscó un trabajo, pero descubrió que su horario universitario era un impedimento a la hora de buscar un empleo. No sabía qué hacer. Isi estaba desesperada. Sentía que si la situación se prolongaba más los echarían a patadas del departamento y terminaría suspendiendo un par de asignaturas.

Una tarde calurosa, mientras Isidora memorizaba un apunte para una prueba y luchaba por alejar los problemas de su mente, sonó el timbre. La interrupción la molestó. Se sentía acalorada. Había peleado otra vez con Alejandro y estaba aún de mal humor. Miró la hora. Todavía quedaban una hora antes que llegara Alejo. Se preguntó quién sería. Al abrir la puerta descubrió al señor Martínez esperando pacientemente con una carta en la mano. El maduro hombre giró para saludarla, pero pegó un salto al verla comiéndosela con la mirada.

Isidora se sintió incómoda. Debido al calor se había puesto sólo un short de playa multicolor y una musculosa blanca. Descalza y con el cabello castaño recogido, se sintió desprotegida frente a los ojos del viejo casero. Sus piernas estaban demasiado expuestas y sus senos se marcaban demasiado en aquella camiseta con breteles y amplio escote porque no llevaba sujetador.

- Buenos días, señora –dijo el hombre, recuperando la compostura-. Seguro que sabrá porque estoy aquí.

- Si, lo sé –la voz de Isidora sonó culposa.

- Traigo la segunda notificación de desalojo –anunció-. Cuando traiga la tercera notificación el próximo mes me haré acompañar por la policía. Más vale que hayan pagado lo que me deben o desalojado el departamento para esa fecha.

La amenaza retumbó en Isi como un trueno justo sobre su cabeza. No sabía qué hacer. El hombre estiró la carta para que la mujer la cogiera, pero Isidora estaba paralizada del miedo. Empezó a tiritar y le faltaba la fuerza. El señor Martínez notó el frágil estado de la hermosa y joven mujer. Con cuidado la condujo hasta un sillón y le sirvió un vaso de agua. Mientras Isidora se tranquilizaba, el maduro casero no podía evitar admirar el cuerpazo de su arrendataria ¡Dios, mira que par de tetas! ¡Y que bonitas piernas! Qué daría por estar con una mujer como esta, pensó el viejo verde.

- Es un hermoso departamento –empezó a hablar el Señor Martínez, cambiando de tema-. Es una lástima que no podamos encontrar una solución a nuestras diferencias. Estaría dispuesto a escuchar alguna idea para solucionar esto, Señora Novik.

Isidora se quedó mirando al casero. Notó un brillo extraño en sus ojos celestes. Era increíble que un hombre tan feo tuviera unos ojos así.

- ¿Una idea? –se preguntó la mujer.

- Claro, quizás podamos buscar una forma alternativa para pagar los meses que me adeuda ¿No cree, Señora Novik?

- ¿Cómo? –preguntó Isi.

- Mire… no quiero que se ofenda… -empezó a decir el casero-. Usted parece pasarlo mal. Yo nunca hubiera pensado proponerle esto, pero lo haré ¿Le parece?

Isidora asintió, cruzando los brazos sobre sus senos, protegiéndose de la mirada lasciva del veterano.

- Ahora, quiero que me prometa que si no le parece bien mi propuesta se olvidará de ella. Dejaremos todo en el olvido ¿Me lo promete, Señora Novik? –pidió el Señor Martínez.

- Está bien. Se lo prometo.

Isidora quería escuchar. Nerviosa como estaba todavía no imaginaba que propuesta le haría el Señor Martínez. Pero cuando la escuchó se sintió indignada.

- ¡¿Pero qué dice?! –saltó en su asiento con el grito en el aire-. ¿Qué quiere que yo haga qué?

- Quiero que me alegre el día.

El Señor Martínez era un buen negociador que sabía usar las palabras. No quería espantar a la muchacha ni meterse en un lío. Nadie sabía cuando estaba siendo grabado. Sin embargo, sabía que se había dado a entender a Isidora.

- Viejo loco, váyase de mi casa –clamó amenazante Isi.

- Me iré, pero primero tome la notificación –El señor Martínez le entregó la notificación-. Recuerde que prometió olvidar mi propuesta si no le parecía bien.

Con la notificación en la mano, Isidora abrió la puerta e invitó al señor Martínez a salir.

- Está bien. Lo olvidaré todo. Pero váyase –pidió Isidora.

- Muy bien –la voz del casero sonó tranquila-. Tome mi tarjeta por si necesita contactarme en el futuro.

El hombre estiró la mano con la blanca tarjeta impresa en letras negras. Isidora observó al casero. El rostro mofletudo de ojos grandes de color celestes parecía la imagen de la inocencia. Las pequeñas y peludas orejas estaban escondidas tras el escaso cabello negro peinado hacia un lado. Era un hombre de tamaño medio al que Isidora le sacaba una cabeza en altura. Su cuerpo era flácido y parecía vestirse con las ropas que había usado los últimos diez años. A Isi le recordó esos viejos y repugnantes vaqueros de las películas que solía mirar con su abuelo. No quería tomar la tarjeta, pero quería que se fuera.

- Que le vaya bien, Señora Novik –se despidió el casero-. Nos vemos dentro de un mes.

Isidora cerró la puerta y se quedó ahí durante largo rato. No podía creer lo que le había propuesto ese viejo. Volvió al estudio y empezó a leer sus apuntes, pero no podía concentrarse. Tomó la tarjeta y pensó romperla en mil pedazos. Sin embargo, se arrepintió. Con pesar guardó la tarjeta en un cajón. Seguro que Alejo haría algo y jamás le volvería ver la cara a aquel viejo verde, deseo Isidora.

Sin embargo, pasaron las semanas y se acercó el fin de mes. Isidora no podía encontrar un empleo y su esposo no encontraba una forma de generar más dinero. Alejandro colgó el teléfono, acababa de hablar con el señor Martínez.

- El viejo dice que si no pagamos la totalidad del dinero vendrá con la policía a sacarnos a fin de mes.

- Dios ¿Qué vamos a hacer? –la voz de Isidora mostraba miedo.

- Ya se me ocurrirá algo. No te preocupes –trató de calmarla su esposo.

Pero Isidora había escuchado esas palabras muchas veces. Sabía que su esposo no lograría hayar una solución. Habían peleado mucho últimamente por eso. A menos que ocurriera un milagro tendrían que sufrir la humillación de ser desalojados por la fuerza. El padre de Alejandro había prometido devolver parte del préstamo, pero hasta el momento no había visto ni un centavo de aquel dinero. Isidora había pensado en pedir ayuda a sus padres, pero le avergonzaba la situación en que se encontraba. Los padres de Isi se habían opuesto al matrimonio con Alejandro, pero ella no había hecho caso. No quería escuchar sus recriminaciones.

- Isi… lo solucionaré. Te lo prometo –aseguró Alejo.

Pero Isidora no creía en las promesas de su esposo. Algo tenía que hacer. Cuando su esposo se fue al trabajo rebuscó en los cajones hasta encontrar la tarjeta del señor Martínez. Sabía que no podría retomar sus estudios o estar en paz hasta que ella misma hiciera algo al respecto. Luego de dudar bastante decidió llamar al Señor Martínez.

- Aló –contestó el viejo casero.

- Señor Martínez –Isidora tragó saliva antes de continuar-. Soy Isidora Novik. Quisiera conversar con usted.

- Hola Señora Novik. Estoy ocupado ahora. Le parece si paso por mi departamento a media tarde.

Mi departamento ha dicho ese desgraciado, pensó Isidora. No, este es mi hogar. Defenderé lo mío como sea.

- Muy bien, señor Martínez. Nos vemos esta tarde –se despidió.

Almorzó sola y luego tomó una ducha. Sin pensarlo, se puso el mismo pantalón corto y la camiseta de ejercicio que había usado en la anterior visita del casero. Unas sandalias de taco bajo completaron su vestimenta. Después agarró un libro de geriatría y trató de concentrarse en los exámenes finales. Quería obtener el título de enfermera lo antes posible y ayudar en la economía familiar. Debo concentrarme, se dijo. El timbre interrumpió sus pensamientos.

- Buenas tardes, Señora Novik –saludó el señor Martínez cuando Isi abrió la puerta.

El casero había llego antes de lo esperado.

- Buenas tarde, Señor Martínez.

Isidora hizo pasar al casero. Lo guió hasta la sala de estar y lo invitó a sentarse en el sofá. La mujer notó la mirada del viejo sobre su trasero y luego en sus piernas cuando se sentó frente a él.

- Señora, Usted dirá ¿De qué quiere platicar?

- Me gustaría que nos diera un poco de más tiempo. Los padres de Alejandro han tenido algunos problemas y mi esposo tuvo que ayudarlos. Pero ellos nos devolverán el dinero pronto y podremos pagarle el alquiler en su totalidad.

- Sabe, señora Novik –la interrumpió el casero-. Pienso que les he dado suficiente tiempo. Seis meses de arriendo es mucho dinero. Este departamento era una buena inversión hasta que lo ocupó su marido. Tiene mucha demanda la zona.

- Pero le aseguro que le pagaremos pronto –rogó Isidora.

- Todos dicen lo mismo y al final es la misma historia… -el viejo casero no mostraba misericordia.

Isidora lo intentó, pero no sabía que decir al señor Martínez para que les perdonara el alquiler un tiempo más. Estaba tratando de pensar en algo más que pudiera ablandar el corazón del viejo cuando notó la mirada del viejo en sus piernas. El pervertido casero parecía hechizado con los muslos blancos y femeninos de Isidora.

- Oiga Señor Martínez –llamó la atención de aquel viejo verde-. En verdad no nos puede dar uno o dos meses más, por favor.

- Lo siento, señora –aseguró el casero-. Business are Business. Salvo que tenga algo que negociar conmigo me es imposible dar marcha atrás al desalojo.

La expresión del maduro casero fue significativa. Isidora se quedó en silencio, en su mente pasaban miles de imágenes. Su marido, sus padres, el departamento de sus sueños, su carrera de enfermería y el dinero que no tenían. Todo esto es culpa de Alejandro, recriminó en silencio a su esposo. Debió pensar en los problemas que nos traería el préstamo que pidió para sus padres, pensó Isi.

- Que tal si bebemos una copa de vino y hablamos de mi propuesta del otro día –la sorprendió la voz del señor Martínez.

Al principio Isidora pensó en negarse. Pero en lugar de eso se quedó callada. Necesitaba hacer algo.

- Ok, lo escucharé –Isi aceptó enterarse de la propuesta.

Mientras servía dos copas de vino, Isidora no podía creer lo que estaba a punto de discutir. Nerviosa volvió con las copas y la botella de vino.

- Me puede recordar su propuesta, señor Martínez –suplicó Isidora.

- Muy bien.

La sonrisa del viejo y feo casero dejó ver los dientes chuecos. A Isidora le pareció que aquella orificio era muy similar a la boca de un lobo.

- Quiero que me alegre el día –oró el viejo como si fuera un anuncio-. Para ser más claro, permítame explicarme.

Isidora escuchó con las manos y la copa vacía en el regazo.

- Muchos hombres van a clubes nocturnos a que ver mujeres, observarlas bailar e insinuarse a ellos. Esas mujeres muestran su cuerpo y pretender ser “novias ficticias” de esos hombres: "Alegrándoles el día". A cambio, claro está, obtienen dinero. Yo no suelo visitar lugares como aquellos por mis escrúpulos y mi tonta vergüenza, pero siempre he tenido la fantasía de que alguien me brinde esas atenciones. Estoy viejo, mi mujer murió hace un año y me siento solo. Quizás usted podría hacerme sentir menos solo, Señora Novik ¿no cree?

Isidora se sirvió mas vino. Bebió varios sorbos antes de dejar la copa en la mesa. Miles de imágenes se sucedían en la mente. El señor Martínez le llenó la copa y se sirvió el mismo.

- No lo sé. Esto es demasiado extraño –explicó nerviosa Isidora.

- Mire. Permítame sugerir un tiempo de marcha blanca para nuestro acuerdo –sugirió el casero.

Isidora bebió de su copa antes de contestar.

- Ok. Que sugiere.

- Inténtelo una vez. Sólo quiero que haga un striptease. Nada más. A cambio, le rebajaré un mes del alquiler y les daré otro mes de gracia para que me paguen. Es una muy buena oferta ¿no le parece?

Isidora no estaba segura. Terminó su copa y bebió el resto del vino de la botella antes de contestar.

- Está bien. Acepto -Isidora tenía el rostro rojo de la vergüenza mientras pronunciaba estas palabras.

- Muy bien. Empecemos –anunció muy motivado el viejo casero.

- ¿Ahora? –preguntó sorprendida la mujer.

- Claro. No perdamos tiempo. Ya sabe, queda menos de dos semanas para fin de mes ¿Quiere esperar más para empezar a solucionar sus problemas, Señora Novik?

No. Isidora no quería esperar más. Necesitaba tener la tranquilidad que sentía antes de que toda esta locura comenzara.

- ¿Qué quiere que haga? –preguntó la mujer de Alejandro.

El casero se paró de su asiento, movió una mesa pequeña y algunos sillones. Un área de unos dos metros cuadrados quedó despejada en la sala de estar. El señor Martínez se sentó en el sofá.

- Quiero que bailes un poquito y te empieces a desnudar –pidió el viejo.

- ¿Qué hará usted? –preguntó Isidora, preocupada.

- Yo no haré nada que no quieras –aseguró el pervertido casero-. Me quedaré aquí en este sofá, observándote.

Isidora no estaba segura de lo que hacía o si el señor Martínez cumpliría su palabra, pero no veía otra forma de solucionar o al menos aplazar el desalojo. Empezó a moverse torpemente. Estaba nerviosa. Además, las copas de vino no ayudaban. Se sentía algo mareada. Mientras giraba pudo notar la mirada lasciva de aquel viejo. Dios, no quiero que me toque. Continuó bailando, sin atreverse a hacer otra cosa.

- Vamos, señora Novik –la voz del casero hizo que se estremeciera-. Ya es hora que empiece a sacarse la ropita.

Isidora observó al viejo. No había notado que se había acomodado en el sofá de tal forma que parecía observarla desde muy abajo. Sin quererlo, la estudiante de enfermería notó un bulto en la entrepierna de su casero. Dios mío, el viejo está caliente. Giró la mirada y sin proponérselo empezó a sacarse la musculosa. Tenía el rostro rojo cuando quedó sólo en el sujetador blanco que usaba ese día. Los senos blancos parecían estar contenidos a duras penas en la copa del brasier.

- ¡Muy bien, señora Novik! –clamó el casero-. ¡Muy bien!

Por alguna razón el nerviosismo y la vergüenza cedieron. Quería terminar rápido aquella humillación y empezó a sacarse el pantalón corto. Cuando el tanga blanco salió a la luz, Isidora sintió que el calor le subía por todo el cuerpo. No recordaba haberme puesto una tanga tan pequeña, pensó. La tela se metía entre sus carnosos y redondos glúteos dejando poco a la imaginación. El triangulo pequeño de su tanga envolvía con lo justo sus labios vaginales.

- Vamos, nena –dijo el casero, perdiendo la compostura-. Mueve ese culito.

Por alguna extraña razón, el descontrol del casero la afectó. Isidora hizo lo que el señor Martínez decía con una sensación extraña en su bajo vientre. Movió su trasero y bailó en su lugar. El vino se le había ido a la cabeza y sentía que perdía el equilibrio. Cuando volvió en sí se encontró con una gran sorpresa. El señor Martínez se había bajado el pantalón. El casero buscó algo escondido bajo un anticuado calzoncillo gris. De pronto, salió a la luz una verga de tamaño considerable.

Sorprendida por el comportamiento del veterano arrendador y el tamaño de aquel pene, Isidora quedó detenida en su lugar observando al señor Martínez masajearse su entrepierna.

- Continúe por favor, Isabella –pidió el casero.

Isabella continuó. Estaba confundida. Trataba de no mirar al viejo pervertido, pero era imposible. Los ojos se le iban al sofá. Nunca había visto un pene así en vivo y en directo. Había tenido sexo con tres hombres en su vida y no siempre había disfrutado con ellos. Ni siquiera estaba segura de haber tenido un orgasmo en su vida. Por alguna razón estar así, con el viejo masturbándose, la calentó.

- Vamos, nena –la voz del viejo sonaba agitada-. Regálame ese sujetador.

Isidora empezó a buscar el broche de su sujetador. Estaba nerviosa. Le costó dar con él y desabrocharlo. Cuando sus senos quedaron desnudos y arrojó el brasier al sofá, junto al casero, una descarga eléctrica cruzó todo su cuerpo hasta su coño. El viejo tomó su blanco y limpio sujetador. Lo olió como un animal mientras la miraba. Sonriendo, el viejo tomó la tela que cubría sus senos y envolvió su pene para continuar masturbándose. El pene había adquirido dimensiones imposibles.

Dios mío. Es enorme, pensó Isidora. Era más grande que el de Alejandro. Es más grande que el pene de Cesar o incluso es más grueso que el pene de Roberto. Tenía unos deseos enormes de masturbarse. Quería poner sus dedos en su sexo. Hace cuanto que no tengo sexo, se sorprendió pensando Isidora. Eran meses. Desde que habían empezado los problemas. Por causa del estrés. O Alejandro estaba cansado o yo no quería.

- Puedes tocarte –dijo el señor Martínez, leyendo su mente-. Puede tocarse, señora Isidora.

Semidesnuda, con el calzón cubriendo su sexo y las sandalias de taco bajo, la mujer de Alejandro empezó a tocar sus tetas primero. Eran breves roces que provocaban escalofríos en toda la piel. Isidora no sabía lo que hacía. Se tocaba los senos y estiraba los pezones mientras su casero se masturbaba en el sofá. Dios, ¿Por qué? Alejandro me va a matar, pensaba. Pero seguía estirando un pezón y luego otro.

- Pon un poco de saliva en tu pezón –ordenó el señor Martínez.

Isidora llevó varios dedos a su boca y los chupó antes de llevarlos a su pezón.

- Muy bien –felicitó el viejo, con la verga en la mano-. Ahora lleva esa misma manito bajo tu calzón. Tóquese el coño, señora Novik.

Isidora observó la mano del viejo sobre el pene. El movimiento era constante, haciendo que sobresaliera el enorme glande. No quería perder rastro a aquella verga. Isidora llevó sus dedos bajo su tanga y con el índice empezó a dar un masaje suave sobre su clítoris. Estaba mojada como nunca. La recién casada empezó a mover sus dedos a la misma velocidad que la mano del Señor Martínez sobre su verga.

- Vamos, nena… -la interrumpió de pronto el viejo casero-. Debes estar cansada. Siéntate a mi lado. Acá estarás más cómoda.

Isidora ya no pensaba. Caminó los tres o cuatro pasos que lo separaban del señor Martínez y se sentó a su lado. Ahí continuó con lo que hacía. El magnífico pene de su casero estaba muy cerca. Realmente se sentía caliente. No sabía cómo había terminado masturbándose junto a su odioso casero. Su marido lo odiaba e Isidora había odiado la forma en que la miraba. Ese hombre la había hecho pasar el peor tiempo de su vida. Sin embargo, estaba prácticamente desnuda masturbándose a su lado. Sólo me protege mi tanguita de este viejo pervertido, pensó fugazmente. Como si hubiera leído su mente, el maduro hombre le pidió que se sacara el pequeño calzón.

- Deme esa tanguita, Isidorita –dijo con la punta del pene apuntando hacia ella.

Isidora, con una mano jugueteando en su sexo y otra masajeando su seno, no supo como negarse a esta lujuriosa petición. Levantó su cola y estirándose comenzó a sacarse la tela. Cuando estaba a la altura de sus rodillas, el señor Martínez le ayudó y terminó de quitarle la blanca tanguita. El sexo brillante y húmedo de Isidora quedó expuesto.

- Está bien recortadito tu coño, preciosa –observó el casero oliendo la tanguita de Isidora-. ¿Cada cuánto te recortas tus pelitos, mi niña?

- Una vez al mes me depilo y recorto el sexo –respondió automáticamente Isidora.

- Muy bien –felicitó el señor Martínez-. ¿Me permites apreciar el trabajo de depilación en tu coñito?

La pregunta no tuvo respuesta. El señor Martínez no la necesitaba. Estiró su mano y acarició el sexo de su arrendataria. Estaba muy mojado.

- No, señor Martínez. No me toqué –pidió Isidora en una súplica débil.

El cuerpo femenino y sensual parecía incapaz de parar. Sus dedos se hundían en su sexo, acompañando las caricias del lascivo casero. Cuando el viejo se estiró para encerrar un pezón en su boca, Isidora perdió el sentido. Se le nubló la vista y dejó que las cosas pasaran. Isidora se sintió estrechada entre los brazos del viejo, con la lengua de aquel infeliz lamiendo sus senos y una mano apretando su trasero. ¿Qué estoy haciendo?, se preguntó otra vez. Notó que la boca del hombre subía por su cuello. Pequeños besitos que se acercaban a su rostro. Se encontró con la fea fisionomía de su casero justo frente a ella.

- Te voy a follar, mi putita.

La aseveración del viejo excitó a Isidora. Besó al viejo prestándole la lengua. Dejó que le lamiera la boca y el rostro. No sabía por qué se sentía tan excitada. Continuaron besándose mientras sentía su cuerpo ser manoseado y violentado. Una mano se coló en su sexo y la masturbó con rabia.

- Chúpame la verga, nena –ordenó el casero.

Como impulsada por un deseo incontenible, Isidora se acomodó en el sofá para hacer lo que se le ordenaba. Deseaba tener esa verga en sus manos desde que la había visto por primera vez. La tomó con la mano y temblando la contemplo. Su tacto era diferente al de su esposo, ni que decir el tamaño. Larga, gruesa y llena de venas. El glande le parecía enorme. De cerca estaba segura que era la verga más grande que había tenido en sus manos. Se la metió a la boca con hambre, la masturbó con una y dos manos. Era enorme. Le gustaba. Le calentaba. Pasó la lengua por el capullo y bajó pasando sus labios por el tronco grueso y venoso. A cada lamida le parecía más grande y gruesa. Escupió la verga como lo hacían las putas antes de metérsela a la boca. Quería tenerla toda adentro, pero era imposible.

El señor Martínez estaba muy complacido. Estaba gozando. Cuando se le había ocurrido la idea, pensaba gozar del striptease de una hermosa mujer y hacerse una buena meneadita de su verga. Un hombre como él no podía gozar de mujeres como Isidora sin poner un buen fajo de billetes sobre la mesa. Siempre había soñado gozar de una mujer del estilo de esas sensuales actrices de serie o novela como Jennifer Love Hewitt o Marlene Favela. Siempre había soñado que le cayera un angelito del cielo. Jamás pensó que se haría realidad su deseo. Pero estaba pasando. No estaba seguro como había ocurrido, pero viendo el entusiasmo de la muchacha en la mamada empezaba a creer que aquella tarde sería memorable.

- Vamos, muñeca –ordenó poniéndose de pie-. Vamos a tu habitación.

Se levantaron. El la llevaba tomada del brazo. Se detenían para manosearse y darse un buen morreo. Isidora sentía que la cogían fuerte del culo y ella aprovechaba para darle un par de sacudidas a esa verga que la tenía loca de lujuria. Llegaron a la habitación matrimonial. Isidora cayó a la cama y el viejo aprovechó para comerle un buen rato el coño. Isidora gozaba. No recordaba estar tan excitada en su vida. El señor Martínez empezó a chupar sus senos mientras la masturbaba o le metía dos dedos en el coño.

- Que tetas… me encantan –le susurraba al oído mientras con un dedo acariciaba su clítoris

Isidora empezó a gemir y gritar. Suspiraba y tomaba aire. A veces un beso del casero la sorprendía y sumisa devolvía toda la pasión acariciando su verga. La escena era dantesca: Una hermosa, joven y sensual mujer revolcándose con un hombre de cuerpo fofo, viejo y decrépito. Se besaban y se acariciaba. Se tocaban como si la vida dependiera de ello.

- Vamos nena… ahora te voy a follar.

Las palabras del casero provocaron un cúmulo de emociones y sensaciones en Isidora. Sin pensarlo, giró y le mostró el imponente culo. Isidora prefería el Doggie Style como posición para follar. Quería que la follaran bien follada. El señor Martínez observó ese par de redondos glúteos y el sexo mojado. Estaba todo ese cuerpo expuesto para él. Sintió que su verga se ponía muy dura. Con una mano acarició los labios vaginales mientras la otra mano acariciaba el deseable trasero.

- Estás bien mojada, putita.

Isidora movió su culito hacia atrás. Quería que la penetraran. La deseaba ya. Quería llenar su sexo. El casero puso la punta de su regordete pene en la entrada del coño de la sensual mujer y espero.

- Vamos, nena. Busca lo que deseas – invitó el pervertido viejo.

Isidora estaba muy caliente y con los ojos cerrados movió su cuerpo hacia atrás. Con cierta dificultad logró capturar la verga y poco a poco logró que el viejo la penetrara. El pene empezó a hacerse espacio en su cuerpo. Era muy grueso. Sentía que presionaba todo su ser. Extrañas sensaciones recorrían todo su cuerpo, desde su cérvix hasta sus vísceras y desde ahí al resto de su piel. Cuando tuvo buena parte de esa verga alojada en su interior la sacó de inmediato para rápidamente volver a clavarla más en su coño. Fue una sensación maravillosa. Todo el cuerpo de Isidora temblaba.

Sintió que las manos del Señor Martínez la tomaban de la cintura. Empezó a clavársela con fuerza. Isidora empezó a sentir algo de dolor, pero el placer lograba solapar toda sensación haciendo de la experiencia una de las más satisfactorias y sensuales en su limitada vida sexual. En la habitación por largo rato sólo se oyó sus gemidos y el sonido del pene chapotear en su sexo.

- Más… Más… Un poco más… -pedía Isidora.

El viejo casero la tomaba de los turgentes senos y la penetraba cada vez más fuerte y más adentro. En su vida se había esforzado tanto para complacer a una mujer. A su difunta esposa jamás la había penetrado tan profundamente. Se sentía en la gloria. Este coño es divino, pensó el degenerado casero.

- Que rico coño, muñeca –la voz del veterano sonó entrecortada-. Sigue así. Ordeña mi leche, bebé.

Isidora parecía fuera de control. Se movía desenfrenadamente. Había sentido cosas que jamás pensó sentir. Primero, un enorme placer que la embargaba. Luego, todo su cuerpo se apagaba hasta volver a sentir las sensaciones y el placer renacía en su cuerpo. Era un ciclo que iba y volvía. Maravilloso. El placer iba in crescendo hasta un clímax, una y otra vez. Era asombroso y único. Isidora necesitaba gritar. Necesitaba exteriorizar todo lo que sentía.

- Aaahhhhh… Más… ah…ah ah ah… dios… oh… -gemía y clamaba con el rostro sobre la almohada.

Los cuerpos estaban cubiertos de sudor. Pero era imposible detenerse. Tomaron un respiro sólo para que Isidora se diera vuelta en la cama y el señor Martínez la penetrara nuevamente. Frente a frente, en la posición del misionero, Isidora no pudo evitar besar a su amante. Sus lenguas se entrelazaban en un beso francés.

- Lo necesito –susurró la mujer al oído del viejo-. Quiero que me folle siempre.

Por alguna razón inexplicable, aquellas palabras causaron un enorme efecto en el veterano amante. Sin poder detenerse, empezó a correrse. Fue una corrida intensa. Isidora sintió que un líquido abundante inundaba su sexo y ocurrió que un intenso goce recorrió sus sentidos hasta el punto de colapsar su cuerpo y mente. Había tenido un orgasmo. Por primera vez Isidora estaba segura que había experimentado un orgasmo.

- Aahhhaahhahhah.. dios… aaaagggghhhhhh…. Lo amo… -clamó con voz ronca Isidora.

Los últimos estertores y el rastro de la corrida del viejo cayeron sobre el estómago de la mujer. Eran gotas blancas como la leche. Isidora tomó el pene de su amante y lo masturbó hasta vaciarlo de semen.

Cuando se marchó el señor Martínez, poco antes que llegara Alejandro, Isidora se sentía saciada y cansada. Cambió las sábanas y ordenó la casa. Se sentía agitada y caliente al recordar las horas de lujuria con el casero.

- Dios ¿Qué he hecho? –se preguntó, cuando la culpa por fin apareció.

Sin embargo, recordó la intensa sesión de sexo que había solucionado en parte el problema del alquiler. Sintió que sus pezones se ponían duros.

- Ya veremos una forma de una solucionar su problema, Isidora –le había dicho el casero antes de marcharse-. Nos veremos pronto, mi putita.

Isidora tenía muchas dudas, pero esperaba con todos sus sentidos el siguiente encuentro.
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