X
This website uses its own and third-party cookies to provide our services and display advertising related to your preferences. If you close this window by pressing the 'X' button, we consider that you do not want to see this message again
Password
Username
Sensaciones anales para su esposa
Author: 
Sexo anal
06-Oct-2019
362
Sensaciones anales para su esposa
Borja y Alba son un matrimonio joven que quieren experimentar la penetración anal. Pero él tiene complejo de polla pequeña y es incapaz de hacerlo. Y su esposa quiere probar esa sensación.
Borja y Alba eran un matrimonio joven de veintisiete años cada uno que sólo llevaban cuatro meses casados, aunque de novios se habían tirado casi ocho años. Vivían en Madrid en un piso muy coqueto de setenta metros cuadrados. Los dos eran joviales y marchosos, les gustaba viajar, divertirse, aprovechar la vida al máximo. Ella era médico y trabajaba como cirujana y Borja era celador en el mismo hospital donde trabajaba su mujer, de hecho fue allí donde se conocieron. Ambos eran personas atractivas y con encanto. Borja tenía un buen tipo por su afición al atletismo, era guapo, de ojos azules, rubio, con el pelo cortito, culo estrecho y tórax musculoso. Alba también era una monada, una morenaza de película. Tenía el pelo largo y ondulado, negro como el azabache y siempre con mucho brillo, tenía la piel tostada por el sol, ojos verdes y labios de un tono rosado que llamaban la atención. Era alta y delgada, con pechos muy redondos y erguidos y un culo perfecto con forma de corazón, de nalgas macizas, algo abombaditas, un bombón para los ojos de un hombre. Para colmo, vestía con estilo, con ropa muy pija, siempre muy maquillada y casi siempre con tacones. Hacían una pareja estupenda, vivían bien, desahogados económicamente, sin deudas y sin muchos altibajos emocionales. Se conocían bien el uno al otro. Con respecto a la rutina sexual que se impone en todo matrimonio, ellos eran bastante abiertos y disfrutaban mucho de los preámbulos, veían juntos pelis pornos, en definitiva, solían divertirse al máximo. Tanto uno como otro habían sido fieles durante el tiempo que llevaban juntos y confiaban plenamente en el amor que les unía. Pero esa confianza blindada se puede resquebrajar por algo que puede parecer una tontería, pero que a la postre puede acarrear consecuencias irreparables para ese amor tan duradero y especial.

Todo surgió una noche cuando él le propuso intentar una penetración anal.

¿No te gustaría probarlo? – le preguntó él.

Tiene que ser morboso, pero tiene que doler.

¿Probamos? Me pone mucho imaginarlo…

Vale, pero si me duele, lo dejamos, ¿ok?

Bien…

No es que le doliera, es que Borja fue incapaz de clavársela. Lo intentaron con varias posturas, pero no hubo medio. Su polla no era lo suficientemente dura y fuerte como para penetrar en el ano y se le doblaba al tratar de empujar. Tenía una polla tirando a pequeña y sin la dureza necesaria durante la erección como para consumar una penetración anal. Para él fue una situación bochornosa a pesar de que ella le dijo que no pasaba nada y que podían volver a intentarlo probando con un lubricante. Borja se sintió un poco ridículo por no haber consumado analmente con su mujer, por su incapacidad para hacerlo. Todos sus amigos habían dado por culo alguna vez, sin embargo él siempre les había mentido al respecto, sentía mucha vergüenza de reconocer su ineptitud. Para Alba también supuso un chasco, era una mujer a la que le gustaba probar nuevas sensaciones y sus amigas le habían contado lo morboso que resultaba ser follada por el culo. Hablaron del tema y se animaron a comprar el lubricante en una página web. Les remitieron el producto una semana más tarde en un paquete muy discreto que también contenía un consolador de regalo, un pene de goma dura muy grueso y muy largo, del color de la carne y con la apariencia de un pene real. Se encontraban en la cama, ya desnudos, dispuesto a probar con el lubricante, cuando descubrieron el consolador como regalo. Borja fue quien lo sacó mientras que su mujer se meaba de risa ante el impresionante tamaño del juguete.

Madre mía, ¿cuánto mide eso? – se reía ella -. Qué barbaridad.

Pues esto se lo mete la gente.

Es una pasada, no creo que ningún tío tenga algo así.

No te creas, algunos van sobrados.

Sí, hombre, anda ya.

Que sí, te lo juro, ¿te acuerdas de mi amigo Lucas?

Sí, el gordito.

Pues más o menos o quizás más grande…

Joder, pues sí que está dotado – se sorprendió Alba -. ¿En serio la tiene tan grande?

En serio, te lo juro, ¿no te lo crees?

No sé, Borja…

La próxima vez que vayamos al gimnasio, intento grabarle con el móvil. Ya verás.

A ver si me voy a calentar con la pollaza de tu amigo – bromeó ella -. Venga, ¿probamos esto?

La conversación acerca de la gran polla de su amigo Lucas se quedó ahí. Aquella noche se roció su pene con el lubricante y ni aún así consiguió consumar la penetración anal. Le propuso meterle el consolador, pero Alba rechazó la idea, dijo que no era muy natural, que no le atraía la idea de meterse un consolador y que no pasaba nada. Pero Borja se sintió muy frustrado, para un hombre supone una gran frustración no poder satisfacer los deseos o las fantasías de una mujer.

Una semana más tarde coincidió con su amigo Lucas en el gimnasio. A Lucas le conocía desde hacía mucho tiempo, se criaron juntos en el barrio. Era un buen tipo, bastante alegre y dicharachero, siempre dispuesto a hacerle un gran favor a cualquiera. Era abogado, un abogado pijo al que las cosas le marchaban muy bien. Estaba soltero y sin compromiso. Era alto y gordito, con una barriguita algo blandengue, piernas gruesas y piel peluda y grasienta, muy blanquecina, y una cabeza cuadrada con el cabello engominado. Se llevaban muy bien, sólo que a Lucas le gustaban todos los vicios. Era muy mujeriego, se emborrachaba muy a menudo, le gustaban las máquinas tragaperras e irse de juerga los fines de semana. Iba para treinta años y no terminaba de asentar la cabeza. Había salido con alguna chica, pero al final se había cansado y había terminado dejándola. Le gustaban los rollos de una noche. Hicieron algo de pesas y corrieron durante casi una hora en las cintas. Luego se encerraron en la sauna. Borja llevaba consigo su móvil, con la cámara dispuesta y el flash desactivado. Cuando su amigo Lucas se quitó la toalla, se sentó en la fila superior y se reclinó con los ojos cerrados, relajado, con su cuerpo reluciente por el sudor. Borja se fijó en su polla flácida, tumbada hacia la ingle derecha. Parecía un salchichón, con un grosor tremendo y una longitud sorprendente. Triplicaba en tamaño el pene de Borja. Poseía un glande arponado y voluminoso, con una piel basta y venosa. Tenía mucho vello a su alrededor y unos huevos gordos y blandos salpicados de vello muy largo y rizado. Unos genitales que destacaban entre sus robustas y peludas piernas y la barriga fofa de aspecto cervecero. Ni en una película porno podía verse una polla de tal envergadura. Con cierto disimulo, apuntó con el móvil y pulsó el disparador captando la primera instantánea donde aparecía todo su cuerpo. En la segunda activó el zoom y captó un primer plano de la polla y los huevos. Y no quiso arriesgarse más. Más tarde no pudo reprimir miradas hacia la polla de su amigo mientras se duchaban en el vestuario. Cómo se balanceaba al moverse. Fue vapuleado por la envidia de no gozar de unas dotes así con las que satisfacer a su mujer. Seguro que con un pene de ese calibre le rompería el culo. Quedaron en verse de nuevo para tomar unas copas y entonces Borja se marchó a casa, terriblemente acomplejado del tamaño de su pito.

Ya se estaban metiendo en la cama, cada uno con su pijama puesto, cuando ella le preguntó qué tal se le había dado en el gimnasio. Ambos estaban sentados y reclinados contra el cabecero. Algo nervioso, sacó su móvil y comenzó a darle vueltas con las manos.

¿Sabes con quién he estado?

Con quién.

Con Lucas. ¿Y sabes qué?

¿Qué?

Le he fotografiado.

No me lo puedo creer – añadió asombrada, con media sonrisa en la boca.

¿Quieres ver las dos fotos que le he tirado?

¿Quieres que vea la polla de un amigo tuyo? – insistió ella sin salir del asombro.

Saca el consolador, te dije que te lo demostraría.

Alba extendió el brazo, abrió el segundo cajón de la mesilla y sacó de entre las camisetas de invierno el grandioso consolador. Lo sostuvo en la mano mientras su marido manipulaba el teléfono. Activó el reproductor de imágenes y le pasó el aparato a su mujer para que examinara la primera fotografía donde Lucas aparecía desnudo, adormilado en la fila alta de la sauna. Alba abrió unos ojos como platos al ver las dotes de Lucas, dedicó unos segundos a contemplar la fotografía y comparó el tamaño de la verga con la del consolador.

Joder – añadió alelada -. Como está de dotado el tío -. Deslizó el dedo y apareció la segunda fotografía, el primer plano de la verga y los huevos -. Madre mía, Borja, qué polla tiene el tío, da hasta miedo…

¿Qué te parece?

Umm… Qué rica tiene que estar… - añadió en plan burlón.

Serás cabrona…

Se lanzó hacia ella haciéndole cosquillas. Ambos se revolcaron por la cama hasta que terminaron envueltos en un beso apasionado, calientes por el tema de conversación y las fotos morbosas donde Lucas aparecía exhibiendo sus increíbles dotes masculinas. Tras un intenso morreo, él apartó la cabeza.

Si tuviera una polla como la de Lucas, te la metería por el culo… - susurró a modo de jadeo.

Sí, me gustaría mucho probarlo contigo…

¿Quieres que te meta el consolador? Me apetece hacerlo…

Sí, y a mí, aunque me gustaría más que fueras tú.

Se incorporaron y se quitaron los pantalones de los pijamas, quedándose ambos desnudos de cintura para abajo. Alba se colocó a cuatro patas en el centro de la cama y Borja se arrodilló tras ella. Cogió el bote de lubricante y engrasó el consolador con la palma de la mano, como si hiciera una paja.

Voy a darte un poco en el culo, ¿vale?

Sí, vale…

Alba apoyó la cabeza en el colchón, con el tórax inclinado, y echó los brazos hacia atrás para abrirse la raja del culo. Su marido le untó el ano con la pomada, deslizando la yema del dedo pulgar por encima del orificio. Luego acercó el glande del consolador y comenzó a empujarlo, hundiéndolo muy despacio en el culo de su mujer. Alba se quejaba, trataba de abrirse al máximo la raja a medida que el consolador avanzaba.

¿Te duele?

Un poquito sí…

Fue progresando hasta rebasar la mitad del tronco. Alba respiraba por la boca con muecas de dolor en la cara, con el ano tremendamente dilatado. Con casi todo el consolador dentro del culo, comenzó a follarla con lentitud, extrayendo el consolador hacia la mitad y hundiéndolo unos centímetros, con sumo cuidado de no dañarla. Alba gemía sin abandonar sus muecas de dolor, con la cabeza ladeada en el colchón para mirar bajo sus piernas, con las manos abriéndose la raja todo lo que podía. Borja, aún arrodillado ante el culo de su mujer, le metía y sacaba el consolador con la derecha. Comenzó a sacudirse su pollita con la izquierda. La respiración de Alba era acelerada. Vio que retiraba la mano izquierda de la raja del culo para metérsela bajo el cuerpo y rozarse el coño. Empezaba a sentir el gustazo de la presión dentro del culo.

¿Te gusta? – le preguntó él.

Sí, ahora sí, me duele menos, sigue… Ahhh… Ahhh…

Se frotaba el coño con fuerza, abriéndose la raja del culo sólo de un lado, con el ceño fruncido y la boba muy abierta. Sentía un agudo estiramiento en los esfínteres del ano, pero el gusto resultaba muy morboso. Mojó su mano con flujos vaginales, casi al mismo tiempo que su marido se contraía para eyacular sobre las sábanas. Quito la mano del consolador y se lo dejó clavado en el culo, casi hasta la mitad. Ella cerró los ojos, sin dejar de acariciarse el chocho, esta vez con ambas manos, dejando la raja cerrada con el consolador incrustado en su ano. Borja miraba el pene de goma clavado en el culo de su mujer y la intensidad con la que se masturbaba, abriéndose el chocho y hurgándose con los dedos, atrapada por un placer enorme. En ese momento se sintió un impotente, menospreciado por el placer que ella sentía. Supo entonces que con su desgraciado pene, más de una vez la dejaba insatisfecha, si estaba disfrutando de aquel grosor y aquella longitud que triplicaba los de su pene, es porque más de una vez la había dejado descontenta.

Ahhh… Borja, ay… Quítamelo, o no pararé de correrme…

¿Te gustaría que Lucas te follara con su polla? – le preguntó en un tono un tanto apagado, con la vista clavada en el consolador metido en el culo de su mujer.

Ay, Borja, no seas tonto… Quítamelo…

Pero dime si te gustaría que una polla como la de Lucas te follara el culo así…

Sí… Es muy morboso… Duele al principio, pero el morbo supera el dolor… Si no me la quitas, voy a correrme otra vez…

¿Te ha gustado?

Dame otro poco, por favor – le pidió su esposa para su sorpresa, aún rozándose el chocho con las dos manos.

Como un gilipollas incapacitado para darle placer, sujetó el consolador por los bordes y la folló otro poco. Alba meneaba el culo con un par de dedos agitándolos dentro de su coño, con los ojos entrecerrados, expulsando el aliento velozmente.

Ahhhh… Para, para… - le pidió al cabo de un par de minutos -. Quítalo, quítalo… - gimió desesperada.

Fue retirando el consolador poco a poco hasta sacárselo entero. Le dejó el ano abierto y enrojecido, con todo el tronco impregnado de sustancias. Alba se relajó suspirando con los ojos cerrados, dejándose caer sobre el colchón, quedando tumbada boca abajo, aún con las manos bajo el cuerpo, encima del coño, pero en reposo. Borja se puso el pantalón del pijama y limpió con un clínex las gotas de esperma que manchaban las sábanas.

- Límpiame el culito, anda, que no tengo fuerzas ni para moverme – le pidió ella.

Utilizó otro clínex para limpiarle el culo a su esposa. Le pasó un par de veces el papel por la raja del culo hasta dejárselo limpio de lubricante. Luego se echó a su lado, boca arriba, y ladeó la cabeza hacia ella.

¿Qué tal?

Fenomenal. Eres un sol. Me has hecho sentir mucho.

Yo me siento un poco mal de no poder…

Chsss, no pasa nada, Borja, ha estado bien así. Estoy hecha polvo, me he corrido dos o tres veces. Necesito cerrar los ojos.

Tardó menos de un minuto en quedarse dormida, sin alterar la posición, con el culo al aire y las manos bajo el cuerpo. Borja tardó en conciliar el sueño, se sentía el mayor incompetente del mundo, el mayor pelele. Había tenido que masturbar a su mujer con un consolador porque no tenía cojones para metérsela por el culo. Se sintió un desdichado, pero no podía hacer nada. Al final se quedó dormido, pero aquella experiencia frustrante para él sería el germen que terminaría destruyendo el amor que les unía.

La penetración anal se convirtió en una obsesión para Borja. A veces se sentía un reprimido impotente por no poder disfrutar de una experiencia así. Alba era una mujer a la que le gustaba divertirse en la cama, jugar con el sexo, probar sensaciones nuevas, entre ellas la penetración anal. Pero él no tenía el tamaño suficiente para satisfacer a una mujer tan frenética sexualmente como Alba. Le daba rabia tener un pene tan desgraciado. Una noche le tocó guardia en el hospital, mientras que Alba libraba. A última hora, cuando estaba cambiándose en los vestuarios, casi al límite de las diez de la noche, un compañero le pidió por favor que le cambiara el turno, que él le hacía esa noche a cambio de un sábado que tenía que asistir a una boda. No le vino mal, estaba cansado y le apetecía salir a cenar con Alba. Los jueves había buen ambiente. Abrió la puerta de casa y se encontró todo en penumbra, salvo un haz de luz proveniente del cuarto de baño. Se oía música de fondo, señal de que probablemente su mujer estaría dándose un baño. Soltó las llaves, se puso las zapatillas de estar por casa y caminó hacia el lavabo. La puerta estaba entreabierta. Se quedó paralizado al verla. Se encontraba en la bañera, completamente reclinada, con las piernas encima del borde, como si fuera a parir, masturbándose con el consolador. Se había metido sólo la punta en el culo y se follaba muy despacio sujetándolo con la derecha, mientras que con la izquierda se acariciaba suavemente el chocho. Mantenía la cabeza inmóvil apoyada en una toalla, con los ojos entrecerrados, exhalando gozosamente. Le gustaba meterse el consolador en el culo. A Borja se le hincho su pene al ver cómo su esposa se masturbaba de aquella manera, relajada en la bañera, con el agua caliente, dándose por culo ella misma con un gran consolador. A veces se acariciaba las tetas con la mano izquierda y regresaba al chocho para hurgarse con los dedos, quizás imaginándose que un hombre con una buena polla le abría el culito. Borja se sacó su pene y comenzó a masturbarse con la escena. Vio que se masturbaba el culo más deprisa y a la vez se clavaba dos dedos en el coño, gimiendo más intensamente entre el vaho que desprendía el agua caliente. Borja eyaculó en los calzoncillos casi al mismo tiempo que su esposa, quien se relajó sacándose el consolador y dejándolo que se hundiera en el agua. Borja no quiso incomodarla sorprendiéndola y abandonó la casa para dar una vuelta. Le gustaba la penetración anal, estaba deseosa, quizás envuelta en fantasías como que algún buen macho la penetraba analmente. Había sido excitante haberla pillado masturbándose con el consolador, pero la frustración no abandonaba su mente. Era una mezcla letal que le estaba desquiciando. Cuando regresó, Alba veía la tele y se comportó de una manera natural. Ante ella, volvía a sentirse un ser inferior, incluso se sintió como un marica, imposibilitado para satisfacer a su propia esposa.

Un par de noches más tarde, se calentaron viendo una película erótica que dieron en una cadena de televisión. Ya en la cama, desnudos, se revolcaron a lo largo y ancho del colchón besándose apasionadamente y manoseándose por todos lados. Estaban calientes. Borja permanecía encima de ella, frotando su pollita por encima del chocho, besándola, cuando apartó la boca para mirarla a los ojos.

Cómo me gustaría follarte por el culo – reconoció empujado por la calentura del momento.

Me encantaría que pudieras follarme… - jadeó ella.

Métete el consolador, quiero ver cómo te lo metes…

¿Quieres que me lo meta?

Sí…

Alba alargó el brazo, abrió el cajón y extrajo el pene de goma de entre las camisetas. Borja se incorporó y se arrodilló sentándose sobre sus talones, entre las piernas de su esposa. Alba elevó un poco la cadera del colchón, con las piernas levantadas y ligeramente flexionadas. Borja comenzó a sacudirse su pollita al tener ante sí el coño abierto, al ver cómo bajaba el brazo y se metía el glande del consolador en la raja del culo. Frunció el entrecejo al perforarse ella misma el ano sujetando el pene con ambas manos. Se lo hundió casi hasta la mitad y comenzó a masturbarse el culo, exhalando gozosamente, con la vista clavada en el cuerpo de su marido, que se agitaba su pollita a toda prisa.

¿Te gusta lo que sientes? – le preguntó él.

Ufff… Qué gusto…

¿Te gustaría probar con un hombre? – se atrevió machacándosela velozmente.

¿Me dejarías? – sonrió ella.

Quiero que lo pruebes con un hombre…

Alba se puso seria, aunque no cesó de introducirse el consolador en el culo.

¿Quieres que me follen?

Quiero que lo pruebes, sé que quieres probarlo, y yo quiero que lo hagas…

¿Con quien? – preguntó sorprendida.

Contrataremos a alguien…

¿Quieres que folle con un prostituto?

Sí…

En ese momento, Alba no pudo contenerse y se abrió el culo con más potencia, acariciándose el chocho ahora con la mano izquierda y cabeceando ante la avalancha de placer. Borja se dio tan fuerte que terminó escupiendo semen sobre el chocho de su esposa. Terminaron casi a la vez. Cuando Alba se retiró el consolador del culo y bajó las piernas, Borja se echó sobre ella para besarla.

¿Quieres hacerlo? – insistió él -. No me importa, sé que quieres probarlo. Seremos discretos. ¿Te atreves?

¿Y si luego te arrepientes? – le retó ella.

¿Quieres hacerlo? Joder, tía, tienes mi consentimiento.

Sí, quiero hacerlo -. Sonrió -. Va a ser muy morboso, ¿verdad?

Sí.

Pero luego no me pidas que te toca a ti y te acuestas con una fulana.

No, sólo tú, quiero que pruebes con una polla de verdad.

Y volvieron a fundirse en un beso, quedando en el aire la propuesta indecente de su marido.

El viernes por la mañana, Borja lo tuvo libre y se dedicó a navegar por Internet en busca de un prostituto para su esposa. Visitó varias páginas webs sin decidirse y al final encontró una de contactos para señoras, de alto standing y donde se garantizaba discreción absoluta, sobre todo por los altos precios que indicaban, un modo de seleccionar a la clientela. Allí se anunciaba un chico de unos treinta y cinco años, dispuesto a satisfacer los deseos de las señoras, rezaba en el anuncio. Marcó el número y le atendió una voz joven.

Buenos días, le habla Jan.

Ho… Hola, buenos días. Yo llamaba por lo de su anuncio en la web.

Sí, pero es para señoras – le aclaró el tal Jan.

Lo sé, lo sé, pero quería un servicio para mi esposa. ¿Puede ser?

¿Son ustedes una pareja liberal?

Bueno, sí.

Puede ser, si es un encuentro para su esposa, no hay problema. ¿Qué tipo de servicio desea contratar?

Bueno, verá, nosotros, bueno, somos una pareja abierta, y bueno, ella desearía exclusivamente una penetración anal. ¿Puede ser? – preguntó nervioso y con la voz entrecortada, con las manos y las piernas temblándole.

Sí, claro que puede ser, ustedes pagan. El servicio le puede costar trescientos euros. ¿Está de acuerdo?

No hay problema.

¿Cuándo quiere quedar?

¿Podría ser esta noche, no sé, sobre las once?

Sí, sí, de acuerdo. ¿Dónde quiere que nos veamos? ¿En un hotel? ¿Quiere que yo vaya a algún sitio? ¿O prefiere en mi domicilio?

Si a usted no le importa, preferiríamos en su domicilio.

De acuerdo. Tome nota de la dirección y nos vemos esta noche a las once.

Borja anotó el domicilio y colgó. Acababa de contratar los servicios de un prostituto para que le diera por culo a su esposa. Ignoraba los sentimientos que vendrían después, quizás le acecharía el arrepentimiento, pero en aquellos momentos se sentía excitado con la situación. Al mediodía, se lo contó todo a Alba y pasaron toda la tarde expectantes, augurando todo tipo de cosas.

Me gustaría que fueras tú quien lo hiciera – le dijo ella con idea de tranquilizarle.

Quiero que lo hagas, no va a pasar nada. Dime que quieres hacerlo.

Si tú quieres que lo haga, lo haré…

Se morrearon, se excitaron e hicieron el amor revolcándose por la alfombra del salón. Después se arreglaron para la enigmática cita. Alba se puso muy guapa, aunque con un atuendo sencillo. Un vestido negro de hilo, muy fino y suelto para que definiera su silueta, de media manga, con el escote en forma de V y con la base unos centímetros por encima de las rodillas. Se puso unas medias negras y unos zapatos de tacón. Y se dirigieron al domicilio indicado.

Era un barrio a las afueras, en un edificio de ocho plantas. Subieron en el ascensor hasta el ático y pulsaron el timbre. Les atendió un tipo alto y delgado con rasgos caucásicos, de tez muy blanca, pelado al rape, con el cabello de un tono amarillento, ataviado con una camiseta blanca de tirantes y unos tejanos negros, con toda la pinta de un macarra. Les tendió la mano.

Hola, soy Jan, pasen. Qué mujer más guapa.

Gracias, soy Alba – dijo ella dándole dos besos en las mejillas.

Yo soy Borja, encantado.

Pasaron al pequeño salón. Se trataba de un pequeño apartamento tupido de muebles, aunque decorado con muy buen gusto, siguiendo una línea de colores de tonos rojizos. La impresión era buena tanto para uno como para otro. El tal Jan les dijo que era ucraniano, que trabajaba para una agencia seria, y que había trabajado como modelo. Era fuerte, de espalda ancha y culo estrecho, tipo culturista a juzgar por los brazos musculosos que exhibía, llenos de tatuajes estrambóticos, y además guapo, con los ojos muy azules, unos ojos que destacaban con su piel blanca. Borja se sintió de nuevo achicado ante aquel semental. Se fijó en cómo Alba no dejaba de mirarle. Sólo le hacía falta relamerse los labios. El tipo la piropeó un par de veces diciéndole que era una mujer muy hermosa y ella le correspondía obsequiándole con una sonrisa. Borja sacó la cartera y extrajo tres billetes de cien euros. Estaba cortado ante la complicidad que se respiraba entre su esposa y el prostituto. Le entregó el dinero.

Me dijo trescientos, ¿no?

Sí, exacto, gracias -. Miró hacia Alba y la acarició bajo la barbilla -. Me dijo tu marido que querías una penetración anal, ¿no, preciosa?

Sí – añadió en tono tímido, cruzando una mirada con Borja.

¿Te han penetrado analmente alguna vez?

No, consoladores y eso.

Bueno, pasaremos un buen rato -. La agarró de la mano, como si fuera su novia -. Puede sentarse – le indicó a Borja -. Puede beber lo que quiera, tiene cervezas o refrescos en la nevera de la cocina, ¿de acuerdo? Su esposa y yo vamos dentro, ¿de acuerdo?

De acuerdo.

Borja se sentó en el sofá. El ucraniano tiró de su esposa y juntos de encerraron en un cuarto que había en el fondo del salón. Los nervios le azotaban las entrañas y ni siquiera lograba empalmarse con lo que debía ser para él una situación excitante. Ver cómo la agarraba de la mano, le produjo unas dosis de celos, unos celos que le provocaron unos escalofríos, pero trato de relajarse encendiéndose un cigarrillo.

Era un cuarto pequeño con una cama estrecha a un lado, una mesita de noche, una camilla redonda y un diminuto lavabo con un plato de ducha. Alba se detuvo en el centro de la habitación. Jan cogió de unas estanterías una botella de whisky y dos vasos con hielo.

¿Quieres una copa, preciosa?

Bueno.

Llenó las copas y le entregó una. Luego brindaron antes del primer trago. Después, Jan sacó unas sábanas limpias de un baúl, unas sábanas que venían plastificadas, y las desplegó sobre la cama. A continuación, del cajón de la mesita sacó una caja de preservativos y un bote de pomada lubricante. Alba no paraba de darle tragos para apaciguar los nervios.

Eres demasiado guapa, lo sabes, ¿verdad? Estás muy buena. Hubieras triunfado de modelo.

Gracias.

Se sacó la camiseta por la cabeza y exhibió sus musculosos pectorales, sin vello por ninguna parte. Alba observaba boquiabierta cómo se quitaba la ropa. Estaba buenísimo, para comérselo. Aguardaba inmóvil en el centro de la habitación, presenciando cómo se desvestía. Se bajó los pantalones y muy seguido el slip de color verde. Estaba depilado, sin vello por ninguna parte, tenía una polla fina, pero muy larga, casi de la misma longitud que el consolador, con un glande pequeño y muy picudo. Sus huevos eran duros y muy rosados, del tamaño de una pelota de golf. La tenía floja y colgando hacia abajo, balanceándose con cada movimiento. Alba sintió un ardor en la vagina. Estaba acostumbrado a tirarse todo tipo de señoras. Completamente desnudo, se sentó en el borde de la cama y a continuación se tumbó boca arriba, llevó sus manos bajo la cabeza y separó las piernas, con la verga flácida echada a un lado.

¿Te apetece desnudarte? – le preguntó ya acomodado sobre la cama.

¿Ya? – preguntó cortada.

¿Por qué no te sientas y me la meneas un poco? Necesito que me la pongas dura…

Vale…

Con más decisión, se acercó a la cama y se sentó en el borde, mirando hacia él, con las rodillas juntas. Extendió el brazo derecho y le pasó la palma por encima de los huevos a modo de caricia, dos o tres pasadas antes de sujetarle la verga por la parte alta. Jan la miraba, mientras que ella se concentraba en los movimientos de su propia mano. Tenía la polla blanda. Deslizó la palma por encima varias veces antes de agarrarla y levantársela. La verga aún se caía hacia los lados. Trató de sacudirla agitándola. Jan cerró los ojos en busca de un poco de concentración. Qué gusto tocar una verga tan larga. Con un manoseo tan incesante, se la fue poniendo dura poco a poco hasta dejarla bien erecta. Jan exhalaba con los ojos entrecerrados. Se la dejó muy rígida y comenzó a machacársela en posición vertical, meneándosela con lentitud. Sus huevos duros ni se movían. Qué polla tan rica, acostumbrada al palito de su marido, que a veces la follaba y no llegaba a sentir ningún orgasmo. Cuantas veces había simulado los orgasmos. Notó que manchaba las bragas de flujo. Se la meneaba a un ritmo constante.

Lo haces muy bien – le dijo el ucraniano.

¿Te gusta?

Por qué no me la chupas un poquito…

Alba le dio unos acelerones a la verga antes de curvarse, aplastando sus tetas contra los muslos de las piernas. La sujetó por la base y la mantuvo en vertical, le saboreó el glande como si fuera un caramelo, succionando. Luego se puso a lamérsela con la lengua fuera, rodeándola por la parte alta del tronco. Jan contrajo el culo y le metió media verga en la boca, rozándole la garganta y obligándola a verter unas porciones de babas sobre la verga. Pero continuó la mamada con lentitud, mordisqueándola con los labios o mojándola con la punta de la lengua. Luego volvió a erguirse y continuó sacudiéndosela a un buen ritmo. Jan cogió de la mesita un preservativo y se lo entregó.

Pónmelo -. Alba recogió la goma y le forró la verga con el preservativo, aún así continuó meneándosela de manera acariciadora, a esperas de nuevas instrucciones. Jan cogió el bote de pomada y también se lo entregó -. Úntame la polla, así te dolerá menos.

Destapó el bote y se untó las manos de la sustancia aceitosa, acto seguido le embadurnó toda la polla con ambas manos, desde la punta hasta la base, quedando la goma del preservativo muy resbaladiza. Tenía la verga muy dura de tanto manoseo y ella el coño muy caliente por la tremenda morbosidad, con aquel tío tan bueno, aquella verga tan deliciosa y con su marido esperando al otro lado de la puerta. Jan se incorporó hacia ella, quedando los dos sentados, uno frente al otro. Alba no paraba de agitarle la verga.

¿Quieres follar? – le preguntó él.

Sí…

Ven, colócate…

Mientras que él se echaba a un lado, ella se subió encima de la cama y se colocó de rodillas frente al cabecero, con el ucraniano arrodillado detrás y la verga en alto. No se había quitado ni los tacones y aún estaba vestida.

Súbete el vestido y bájate las braguitas.

Sí.

Se subió el vestido hasta enrollarlo en la cintura. Llevaba un tanga de color negro que se bajó enseguida, dejando la prenda enganchada unos centímetros por debajo de las ingles. Dejó su culo expuesto, un culo perfecto que destacaba con el color negro del vestido y las medias. Se sujetaba el vestido para que no se cayera, con las bragas bajadas y mirando hacia el prostituto por encima del hombro. Jan se sacudió la verga admirando aquel apetitoso culo, con la entrepierna arqueada y donde se diferencia parte de la mata de vello vaginal.

Ummm… Qué culito más rico tienes…

¿Te gusta?

La respuesta fue curvarse hacia él y olérselo rozándole la raja con la nariz. Alba pudo sentir el cosquilleo de la respiración. Le abrió la raja con los pulgares y le pasó la lengua por encima del ano repetidas veces, humedeciéndoselo. Alba soltó un bufido entrecerrando los ojos, con el coño al rojo vivo ante el estimulante hormigueo. Un desconocido le estaba chupando su culito con su marido a escasos metros. Jan volvió a erguirse. Se untó los dedos con el aceite lubricante.

Ábretelo – le ordenó.

Bajó sus manos por las nalgas y se abrió la raja todo lo que pudo, sujetándose el vestido con los antebrazos. Su ano impotente destacaba en el fondo, un diminuto orificio de esfínteres rosados, impoluto y tierno. Continuaba mirándole por encima del hombro, arrodillada, algo inclinada, con las manos atrás, separándose las nalgas. Le pasó la yema del dedo pulgar por encima del ano para untarlo de pomada, dejándolo completamente tupido de la sustancia gelatinosa. Acto seguido, se agarró la polla por la base y la acercó hacia el ano, hundiéndole lentamente el capullo. Alba bufó, aunque apenas le dolía la dilatación, acostumbrada a meterse el consolador. Pero a medida que la polla fue avanzando, comenzó a suspirar en alto, a emitir quejidos más estridentes, queriéndole sonreír, pero con su rostro abordado por muecas de dolor.

¿Te gusta? – le preguntó él.

Sí… Ahhh… Ahhh…

Le metió toda la polla entera, hasta pegar la pelvis a su culo. Alba respiraba trabajosamente por la boca sin dejar de mirar por encima del hombro, percibiendo su aliento sobre la cara, percibiendo la fortaleza de sus pectorales pegados a la espalda. Retiró las manos del culo para sujetarse con el borde del cabecero. Notó que le metía las manos bajo el cuerpo y ambas abordaban el chocho, tirándole de los labios vaginales y abriéndole severamente la rajita.

Ahhh… Ahhh… - gemía ante los estiramientos vaginales y el encajamiento de la polla dentro su ano.

¿No te folla por el culo tu marido? – le susurró inmóvil, pegado a su culo y espalda.

No…

Es un poco maricón, ¿no te parece?

Sí… - jadeó aún con muecas de dolor en el rostro.

¿Te gusta follar con otros hombres y que él lo sepa?

Sí…

¿Te gusta lo que sientes? – insistió hurgándole con ambas manos en el coño.

Fóllame, fóllame de una vez… - gimió desesperada.

Y Jan comenzó a embestirla meneándose sobre su culito. Extraía media polla y se la hundía secamente, todo de manera muy aligerada. Alba comenzó a gemir escandalosamente cada vez que se la clavaba, chorreando sobre las manos del prostituto los flujos de su vagina. Miró al frente mientras la besuqueaba por el cabello, sin contener los estridentes gemidos de placer.

En el salón, Borja ya oía gemir a su esposa. Gemía como una perra. Un gemido tras otros, con apenas un segundo de intervalo. La sensación que se apoderaba de sus entrañas resultaba confusa, tenía su pollita a media erección, como si el arrepentimiento por tomar aquella decisión resurgiera imponiéndose. Eran celos de que otro hombre estuviera tocándola, estuviera follándola, estuviera destrozándole su culito. Quería excitarse y no paraba de tocarse la zona de la bragueta, pero los celos le impedían una clara concentración.

En el cuarto, Jan la follaba muy fuerte, entrando y sacando la polla del ano a una velocidad de espanto. Las tetas le bailaban bajo el vestido y casi le sobresalían del escote. Le mantenía dos dedos clavados en el chocho, el dedo índice de cada mano, agitándolos en el interior y provocándole continuos chorros de flujo. Alba mantenía la mirada al frente y había comenzado a sudar a borbotones. Notaba cómo el pelo se le humedecía y cómo todo su delicado cuerpo hervía en sudor. Qué enculada más rica. Estaba sintiendo mucho placer. Gemía a la desesperada ante la avalancha de placer. El sudor le goteaba de la frente. Sus cabellos quedaban pegados a la piel. Jan apenas emitía ruido alguno, sólo la follaba con potencia. Todo su cuerpo vibraba con cada embestida. Miró hacia él por encima del hombro.

No puedo… Ahh… No puedo… Me voy a mear…

Te gusta, ¿verdad, cabrona?

Ay, sí, pero… Ahhh…

Frunció el entrecejo. Jan le abrió la rajita del chocho y un chorrito de pis fluyó hacia las sábanas, llegando a mancharle los huevos. Jan dio un acelerón fuerte y se contrajo con la polla dentro del culo, subiendo las manos por las caderas de Alba hacia su cintura. Ella acezaba como una perra, con el ceño fruncido, percibiendo cómo aún le goteaba el chocho. Jan retiró la polla del ano y se quitó el preservativo lleno de semen.

Chúpamela un poco… - le pidió manteniéndose arrodillado en el centro de la cama,

Alba se giró hacia él en medio de la mancha amarillenta. Se curvó hacia él colocándose a cuatro patas, con el culo al aire y las bragas bajadas, le sujetó la polla con una mano y comenzó a chupársela. Tenía todo el glande manchado de porciones espesas de semen de haber tenido el preservativo cargado, pero lo saboreó con gusto, tragándoselo. Estaba caliente y sabía un poco a heces, pero no le importó, se la mamó a conciencia, llegó a probar incluso los huevos mojados por su propio pis, así hasta que le provocó una pequeña eyaculación de semen muy aguado, semen que escupió sobre las sábanas. Jan suspiró ante la nueva corrida. Alba se incorporó secándose el sudor que hervía en su frente, con todo el pelo humedecido, con una mota de semen encima del labio superior. Sentía algo de dolor en las profundidades del culo y también en la vagina por los estiramientos de sus labios vaginales.

Uff… Qué fuerte… Lo siento – se disculpó -. No he podido aguantarme. Estaba sintiendo tanto que me he hecho pis.

Tranquila, no pasa nada, lo importante es que te haya gustado.

Sí, mucho.

¿Te ha dolido?

Un poco al principio.

Puedes lavarte ahí, yo voy a echar un cigarrillo, ¿de acuerdo?

De acuerdo.

El ucraniano se levantó y fue hacia una silla a recoger una toalla. Alba se fijó en su culo. Qué bueno estaba y qué polla tenía, la había sentido tan adentro, había enloquecido tanto, que se había comportado como una marrana.

Borja aguardaba nervioso, sentado en el sofá, cuando el prostituto abrió la puerta de repente. En ese momento estaba liándose una toalla a la cintura, pero dispuso de unos segundos para verle la polla, una polla larga y aún empinada, una polla que duplicaba en longitud a la suya, una polla que acababa de perforar el culito de su esposa. Pudo ver sus huevos relucientes, como mojados, y los celos volvieron a alimentar su malestar. Ya con la toalla liada, se detuvo ante él.

¿Qué tal? – preguntó Borja como un tontainas.

Ya hemos terminado. Se lo ha pasado bien. Voy a tomar algo.

Aguardó hasta que le vio meterse en la cocina, fijándose en su ancha espalda, en sus tatuajes y su culo estrecho, luego se levantó e irrumpió en el cuarto. Se encontró a su mujer de espaldas, curvada hacia la mesita de noche, sacando unos clínex. Tenía el vestido arrugado en la cintura y las bragas bajadas, con el culo al aire. Se fijó en su ano enrojecido y algo abierto, producto de la extrema dilatación a la que había sido sometido. Se fijó en la cama y en la mancha amarillenta en el centro, de donde procedía un olor repelente.

¿Qué tal? – preguntó con la voz quebradiza.

Alba se irguió y se giró hacia él. Tenía todo el cabello empapado en sudor, así como gotitas corriéndole por la frente. Se pasó un clínex por el coño.

Muy fuerte, ha sido muy fuerte, me he meado…

¿Te has meado?

Sí – sonrió -. En serio, qué vergüenza -. Se subió las bragas y se bajó el vestido alisándose la tela -. Pero bien, ha sido muy morboso, una experiencia alucinante.

¿Te ha gustado? – insistió él.

Sí, mucho, no sé, es distinto.

¿Te gustaría repetir? – le preguntó empujado por los celos.

No, no, qué dices, vámonos, ha sido suficiente.

Jan salió con la toalla liada cuando ya se marchaban. Borja vio cómo se despedían con dos besos y con algún manoseo en los brazos. Luego se fueron a casa. Borja quiso saber al detalle cómo había sido todo, pero Alba omitió algunos detalles, como que le había masturbado, que se la había mamado antes y después de la penetración anal, que se había dejado chupar el culo, que había estado tocándole el coño mientras la penetraba y que se había tragado su semen. Le dijo que todo había sido muy superficial, se había bajado las bragas y la había follado hasta correrse en el preservativo, sólo que se había meado tras culminar.

Transcurrían los días y ambos parecían obsesionados con el sexo anal. A veces rememoraban la escena con el prostituto simulando que Borja era Jan, pero sin llegar a penetrarla, encajaba su pollita en la raja del culo de Alba y se masturbaba fingiendo que le daba por culo. Otras veces utilizaban el consolador porque ella se lo pedía. Él se lo metía en el culo y la masturbaba mientras se sacudía su pollita él mismo. Se lo pasaban bien, se divertían un montón con los nuevos juegos sexuales, Borja parecía arrinconar los celos que le produjo oírla gemir junto con el prostituto. Sin embargo, ni uno ni otro volvió a sugerir un nuevo encuentro con Jan o con cualquier otro prostituto, prefirieron dejarlo como una experiencia única que les serviría para inspirarse en sus juegos sexuales.

A un mes de las Navidades, salieron un sábado de marcha con toda la pandilla de amigos. Entre ellos estaba Lucas, el amigo de Borja. Iba con la pinta chulesca de siempre, engominado y ataviado con ropa de marca. Tenía estilo a pesar de que no era un hombre guapo, de que su barriga blandengue y su piel blanca afeaban su cuerpo. Pero era exitoso en el trato con las mujeres y ya había tenido varias novias, tenía facilidad de palabra, era un tipo divertido y bastante descarado. Aquella noche se encontraban los tres en la barra pidiendo una copa mientras los demás se hallaban en la pista de baile. Lucas quería invitarles.

- ¿Qué haréis en Nochevieja? – les preguntó.

Alba y Borja se miraron.

Es que esa noche hay mucho jaleo por ahí y es un poco agobiante – alegó ella.

No sé, igual nos vamos a la casa de campo de mis padres, en la sierra, en plan tranquilo – le aclaró Borja -. ¿Y tú?

Pues ni puta idea, esta gente va a estar muy repartida y si encima vosotros no vais a estar…

Borja buscó la mirada de su esposa, como esperando su consentimiento. Fue ella quien le dejó boquiabierto cuando se le adelantó.

Vente con nosotros. En plan relax. Una buena cena, unas copitas hasta caer redondos, sin jaleos…

Anímate – le incitó Borja.

No sé, bueno, no es mala idea, pero igual os jodo el plan romántico…

Qué plan romántico ni que hostias, te vienes con nosotros – sentenció Borja.

Esa noche, ya en la cama y con la luz apagada, hablaron del tema. Borja se pegó a ella acariciándola.

¿No te resulta morboso que venga él con nosotros, los tres solos, en la casa de campo?

¿Morboso?

Después de hablar de su polla.

¿Temes que se me vayan los ojos tras su paquete? – sonrió ella, ahora sobándole por encima del slip -. ¿Qué deseé una polla como la suya?

¿Te gustaría probarla? – insistió metiéndole la mano dentro de las bragas -. ¿Qué te follara por el culito? Seguro que te gustaría…

¿Te gustaría ver cómo me folla?

No me importaría, sé que te gusta que te den por el culo. Lucas lo debe de hacer muy bien, mejor que ese prostituto. A todas sus novias se las ha follado por el culo, los hombres nos contamos todas esas cosas.

Esto es de locos, nos estamos pervirtiendo demasiado, ¿no lo crees?

Ya que yo no puedo, me gusta que te den por el culo…

Alba jadeó en cuanto le hurgó con los dedos dentro del coño y se removió sujetándole la mano para obligarle a masturbarla. Al final Borja la folló, pero fantaseando con su amigo Lucas.

Nochevieja caía en domingo, así es que programaron irse a la casa de campo el sábado por la mañana. Alba, aunque el morbo de fantasear con el amigo de su marido la ponía, rehuía de las fantasías de Borja porque era consciente de que un juego así, en la vida real, podía resultar peligroso. Lo del prostituto era un secreto entre los dos, pero involucrar a alguien conocido suponía un riesgo muy grande. El viernes por la tarde, Borja quedó con Lucas para comprar las bebidas y las comidas. Como era un salido, una de las veces se cruzaron con una tía muy buena, y como era de esperar, volvió la cabeza y la piropeó sin cortarse un pelo.

Mira qué bombón, a ésa se la metía yo hasta atrás – le dijo a Borja.

Está bien buena. Tiene un polvazo – añadió Borja.

Tengo la polla al rojo vivo, mucho estoy aguantando sin probarlo. Cuida de tu mujer allí en el campo – bromeó dándole un codazo -, estoy muy necesitado y con el polvo que tiene Alba igual se me va la mano.

Borja tragó saliva, predispuesto a incitarle.

Jajajaja… Pues, coño, el otro día, precisamente, estuvimos hablando de tu polla.

¿Con Alba? ¿Hablaste de mi polla con tu mujer? – preguntó sorprendido.

Sí, bueno, como la tienes como la tienes, no se lo creía.

No estás hablando en serio – añadió perplejo.

En serio, coño, te lo juro.

¿Pero cómo salió la conversación? – preguntó inspirado ya por el morbo.

Compramos por Internet un lubricante, en un sex shop, y nos mandaron de regalo un consolador así -. Borja le indicó el tamaño -. Entonces le dije, esto no es nada para la de Lucas. Se quedó alucinada. No se lo cree.

¿Para qué comprasteis el lubricante?

Alba quería probar el sexo anal y bueno yo, joder, coño, yo no la tengo como tú.

¿Alba lo deseaba?

Sí, ella es muy abierta, le gusta probar sensaciones nuevas, en este caso, sensaciones anales, jajaja….

¿Y te la has follado por el culo?

No se lo digas a nadie, tío, pero que va, me cuesta trabajo metérsela, mi verga es normalita… Tengo un complejo, me da corte con ella…

¿Se mete el consolador?

Sí.

Joder, amigo, no sabía que fuese así de fogosa. ¿Quieres que le enseñe mi verga para que se lo crea? ¿O quieres que se la meta por el culo? Por un amigo hago lo que sea…

Borja le palmeó en la espalda.

Anda, tira, no seas cabrón, conociéndote, ni sé cómo te he dicho esto.

Me has puesto cachondo con tu mujer, tío…

Jajajaja… Anda, vamos, vamos…

De alguna manera, Borja le allanó el terreno, de alguna manera, Borja le otorgó su consentimiento para acecharla. Decidió no contarle nada a su mujer de la conversación que había mantenido con Lucas. Tampoco quería aparecer ante ella como un obsesionado, un obsesionado con verla en manos de otro hombre. Pero la situación de verla practicar sexo anal con otro tío le excitaba, a pesar de los ramalazos de celos que a veces le invadían. El sábado por la mañana, partieron los tres hacia la sierra en el coche de Lucas. Alba iba ataviada de una manera muy informal, con unos tejanos y un jersey verde de cuello vuelto. Borja ya había creado el morbo y se fijaba en cómo la miraba Lucas. Alba parecía comportarse de una manera más natural. Se instalaron en la casa, una cabaña de madera compuesta por dos plantas. En la planta de abajo había un saloncito con ventanales, a estilo bohardilla, con vistas a un bosque, con la cocina incorporada en un extremo, y un pequeño cuarto de baño con plato de ducha. En la segunda planta había un segundo cuarto de baño y dos pequeñas habitaciones con dos camas en cada una. Encendieron la chimenea para crear un ambiente cálido. El matrimonio se instaló en una habitación y Lucas en la contigua. Al mediodía tomaron sus cervezas y se fumaron algunos porros, luego almorzaron y se tomaron unos chupitos. A media tarde, Borja comenzó a ir y venir del lavabo, a vomitar, porque se sentía mal, con el estómago revuelto.

A ver si vas a tener gastroenteritis – se preocupó Alba.

Parecía pálido. Tal vez la mezcla letal de la marihuana con el alcohol le había colocado en exceso. La excitación morbosa le había empujado a beber muy seguido, a mezclar y a fumarse porros enteros. A las ocho de la tarde, Alba le acompañó a la habitación, le ayudó a desnudarse y le ayudó a tumbarse en la cama.

Duerme, a ver si mañana sales mejor.

Joder, qué mal me ha sentado todo.

Tú descansa, verás cómo mejoras.

Borja cerró los ojos, maldiciendo la mala sombra de ponerse enfermo en una situación tan morbosa como la que se había originado. Abrió los ojos y vio a su mujer frente al espejo, retocándose el cabello. Se había desnudado y se había puesto un camisón muy sugerente de color crema, muy cortito y semitransparente, anudado a la nuca, con escote en forma de U, muy abierto. Se le transparentaban las tetas grandes y redondas balanceándose levemente bajo la gasa, hasta el ombligo llegaba a transparentarse, así como sus braguitas también color crema, pero con lunares negros. Llevaba puesto los tacones que le causaban un efecto de sensualidad.

¿Para qué te has cambiado? Baja a cenar, mujer, estaré bien – la incitó él.

No, no, me da cosa dejarte solo…

Pero, mujer…

Ella rodeaba la cama para arroparle mejor, cuando Lucas irrumpió de repente. Se quedó boquiabierto al ver a Alba con aquel picardías tan erótico, con sus tetas meneándose levemente, donde se le diferenciaban unos gruesos pezones en mitad de unas aureolas claritas. También pudo fijarse en sus braguitas de lunares, donde llegaba apreciarse la mancha oscura del chocho, así como sus piernas finas y delicadas. Alba pareció no inmutarse con su presencia y se curvó hacia su marido para arroparle mejor.

¿Cómo estás? – le preguntó a Borja, aunque pendiente de los movimientos de Alba.

Hecho polvo.

Está como un flan – añadió ella.

¿Por qué no te bajas tú a cenar? – le propuso a Alba.

Me da no sé qué dejarle así…

No seas tonta, baja y come algo – la animó su marido.

Bueno, venga, un ratito.

Borja elevó la cabeza para verla salir acompañada de su amigo. A pesar de la gastroenteritis, notó una erección al verla como una putita delante de Lucas, que no podía evitar devorarla con los ojos.

En el pasillo, Alba, algo sonrojada de encontrarse tan eróticamente ante Lucas, se volvió hacia él. Se respiraba la tensión sexual entre ambos.

Ves bajando – le pidió Lucas -. Voy a ponerme cómodo.

Vale.

La tremenda morbosidad la estaba excitando. Bajó y se dedicó a repartir por la mesa los platos con las sobras del mediodía. Echó unos leños a la chimenea, abrió una botella de champán y sirvió dos copas. Su vagina sufrió un escalofrío al verle bajar por las escaleras. Ella permanecía sentada ante la mesa, picando de algunos aperitivos y bebiendo champán. Venía con un batín negro de seda, sin abrochar, y llevaba lo que parecía un tanga a juzgar por las finas tiras laterales de color negro. La parte delantera era atigrada, como de terciopelo. Se le diferencia el relieve del pene echado a un lado y los huevos gordos, con el vello sobresaliéndole por los lados. Todo el paquete le botaba en cada escalón. Se fijó en sus piernas robustas, en su barriga blandengue salpicada de vello y en sus pectorales fofos. Qué pose más eróticas. Se bebió toda la copa de champán y se esforzó en apartar la vista. Cuando ya estaba cerca de la mesa, volvió a mirarle, esta vez desplegando una sonrisa.

Qué erótico vienes, ¿no? Jajajaja. ¿Y ese calzoncillo?

¿Te gusta? Es muy cómodo -. Se quitó la bata quedándose únicamente con el tanga. Al tenerle más cerca, pudo examinar los increíbles contornos de la gran polla, el increíble abultamiento de los cojones, los pelillos escapándose por los laterales y las finas tiras laterales hundidas en las carnes -. Los uso mucho -. Se giró para que le viera por detrás y pudo ver su culo respingón, de nalgas abombadas y blancas, con poco vello, y con la goma negra metida por la raja.

Estás muy erótico.

Tú también estás muy erótica.

Como tú dices, es cómodo – dijo mirándose.

A ver si nos vamos a poner cachondo con tanto erotismo.

Sí, jajajaja. ¿Quieres champán?

Se sentó en la silla de al lado, muy cerca de ella, quien se mantenía con las piernas cruzadas y la copa en la mano. Lucas se fijaba en el leve vaivén de sus tetas tras la gasa y en sus piernas, y ella miraba de reojo hacia el bulto atigrado, hacia la polla palpitante, hacia sus robustas piernas. No estaba bueno, pero el hecho de ser un macho y bien dotado provocaba que su vagina hirviera de placer. Picaron de las sobras, se bebieron dos botellas de champán y se fumaron juntos algunos porros, compartiéndolos, pasándoselos para las caladas. Charlaron animadamente y se rieron a carcajadas. Borja, tumbado en la cama, mareado, escuchaba las risas procedentes del salón. Se estaban divirtiendo. A veces Lucas se levantaba para coger algo o servir otra copa y Alba se fijaba en su culo gordo, en el bote que daba el paquete con cada paso. Como Lucas se fijaba en el vaivén de sus tetas cuando le tocaba levantarse a ella, en sus braguitas de lunares y en la manera de contonear el culito por efecto de los tacones. Ya bien entrada la madrugada, tras unos chupitos y unas copas de whisky, Lucas esparció una raya de coca sobre la superficie. Continuaban sentados en las sillas, de cara a la mesa, uno junto al otro, rozándose con las piernas, bastante colocados por los porros y el alcohol. Lucas esnifó la mitad.

Vamos, pruébala, te sentará bien, te vas a animar.

Alba se curvó y esnifó el resto de raya, aunque algunos minúsculos granos quedaron esparcidos por la superficie acristalada. Pasó su dedito atrapándolos con la yema y se lo chupó ante los ojos de Lucas.

Hacia tiempo que no probaba esto.

Lucas metió el dedo en la bolsita con los gramos de coca y se impregnó la yema del dedo índice. Luego tendió el brazo hacia su cara, ofreciéndole el dedo.

Chúpalo… -. Mirándole a los ojos, Alba acercó los labios, sacó la lengua y se puso a lamerle el dedo saboreando los minúsculos granos de droga. Lucas apretaba los dientes observándola. Las miradas resultaban penetrantes. Deslizaba la lengua alrededor del dedo sin pavor ninguno -. Parece que estás chupando la pollita de tu marido, ¿eh?

Alba sonrió apartando la cabeza.

Tiene un complejo que tú no sabes bien, como la tiene tan pequeña…

¿No preferirías una como ésta? – le preguntó separando las piernas para exponer su abultado paquete.

Ella tragó saliva, seria, con la vista clavada en la hinchazón palpitante de la tela atigrada. Estaba muy caliente y el placer le cocía en la vagina. Movió su brazo derecho y le plantó la manita encima, su manita delicada de dedos huesudos, con las uñitas pintadas de un tono lila. Comenzó a sobarle a modo de caricia, a sobarle toda la curvatura desde la tira superior hasta la entrepierna, percibiendo la dureza de la polla y la blandura de los huevos.

Estás muy bien dotado – le susurró sin parar de manosearle.

Seguro que te deja insatisfecha – le dijo acariciándole la cara -. ¿Te da por el culo?

No tiene fuerza para eso. Seguro que te lo ha contado.

Lucas bajó la mano por su cuello hasta abordarle una teta, una teta que le pellizcó por encima de la gasa. Ella no paraba de sobarle todo el bulto, notando cómo la polla se iba inflando.

¿Y te gustaría que te diera por el culo?

Sí, me gustaría… Ummm… Qué polla tienes…

Le bajó la delantera con la mano derecha, descubriendo un salchichón enorme, casi tan largo como el consolador y el doble de ancho, rodeada de vello muy denso, y unos huevos gordos y flácidos, de piel áspera y con poco vello. Le agarró la verga con la manita izquierda comenzando a sacudírsela muy suavemente mientras que con la derecha le sobó los huevos con leves achuchones. Él le manoseaba las tetas por encima de la gasa.

¿Te han dado por el culo alguna vez?

Yo he probado de todo – respondió concentrada en menear aquella verga tan impresionante, tan rica, tan larga, tan ancha, tan dura, con un glande voluminoso y arponado y con las venas señaladas por todo el tronco, a punto de reventar.

¿De todo?

De todo. Me gustan las emociones fuertes.

A mí también. ¿Has probado a hacer un beso negro?

Le achuchaba los huevos con ansia y le movía la verga cada vez más de prisa.

No sé qué es un beso negro.

Chuparle el culo a un hombre.

No, eso no.

¿No te gustaría probarlo? ¿Quieres chuparme el culo? Has dicho que te gustan las emociones fuertes.

Le miró a los ojos durante unos segundos, resbalando su manita por todo el tronco de la verga, acariciándole los huevos sólo con las yemas.

¿Quieres que te chupe el culo? ¿Crees que no soy capaz? Borja dice que soy muy guarra en la cama.

Ven conmigo…

La agarró de la mano y se levantaron a la vez, Lucas con la verga fuera y empinada hacia arriba. Tiró de ella hacia el sofá que estaba junto a la chimenea, donde unas débiles llamas aún caldeaban el ambiente. La soltó para bajarse y quitarse el tanga atigrado. Luego se subió de rodillas encima del sofá, en un extremo, de cara al respaldo. Subió una rodillas en el reposabrazos para tener el culo más abierto y se echó hacia delante apoyando la frente en el borde superior del respaldo. Alba se arrodilló en el suelo, con el culo de Lucas frente a su cara.

Vamos, cerda, chúpamelo…

Plantó sus manitas en sus nalgas abombadas y grasientas y acercó la cabeza a la raja, envuelta en muecas de asco por el olor que desprendía, pero sacó la lengua y comenzó a acariciarle el ano con ella, un ano áspero y oscuro, de esfínteres muy arrugados. Le oyó jadear. Le vino una arcada y apartó un poco la cara, pero volvió a olisquear lamiéndole el ano sólo con la punta. Borja, expectante a pesar de su debilidad, había conseguido levantarse y lo veía todo desde lo alto del pasillo. Vio que su mujer apartaba la cabeza para escupirle y después lamerle el ano con la lengua fuera, incrustando la cara en el fondo de la raja. La manita derecha la bajó metiéndola entre las robustas piernas para agarrarle el pollón y colocarlo en vertical hacia abajo. Ella lamía como una perra, mojándole el culo con esmero, pasándole la lengua por encima una y otra vez. Al mismo tiempo le empezó a ordeñar la verga con fuertes tirones hacia abajo. Algunas veces apartaba la cabeza para escupirle y de nuevo se ponía a chuparle el culo. La saliva se deslizaba lenta hacia los huevos. Lucas gemía cabeceando sobre el borde del respaldo. Le daba fuertes tirones a la verga. Algunas veces se comía los huevos, mordisqueándole las bolas y escupiéndolas impregnadas de babas. Los hilos de saliva le colgaban de la barbilla y le goteaban en la delantera del camisón humedeciéndole la gasa, gasa que se pegaba a sus tetas. Borja contemplaba atónito cómo su esposa baboseaba sobre el culo de su mejor amigo. Asentía con la cara dentro de la raja, aplastando la lengua contra el ano y cubriéndolo de babas.

Jo… Qué bien lo haces, cerda… Ahhh…

Comenzó a lamerle el ano muy deprisa, desbocadamente, pasándole la lengua por encima velozmente sin descanso, ordeñándole la verga al mismo ritmo aligerado, provocándole el delirio mediante fuertes y secos jadeos. Qué mamada en el culo le estaba haciendo. Borja tuvo que acuclillarse para no marearse, estaba muy débil y por primera vez sentía que su esposa le engañaba, que le daba de lado en sus fantasías. Comenzó a babosearle los huevos, con la frente pegada a la raja del culo, y a ordenarle la polla con las dos manos, como si agarrara un bate de béisbol. Lucas casi gritaba de placer.

Sigue, cerda, me voy a correr… No pares…

Con la punta de la lengua inmóvil clavada en el ano, continuó exprimiéndole la polla con la derecha y extendió el brazo izquierdo hasta alcanzar un bol de la mesa, un bol de cristal con restos de macedonia. Lo colocó bajo la verga y apartó la cara para sacudirle fuerte. En unos segundos, mientras jadeaba como un loco, comenzó a salpicar leche dentro del recipiente, porciones espesas que se repartieron por los trozos de frutas y por las paredes del cuenco. Se la escurrió bien, besándole por el culo, acariciándole los huevos y las nalgas. Continuó tirándole de la verga y presionándole el bajo vientre, hasta que salió un chorro de pis hacia el interior del bol. Alba, asomada tras sus piernas, le sujetaba la verga en vertical hacia abajo procurando que el chorro cayera dentro y se mezclara con los restos de macedonia y semen. Poco a poco el bol iba llenándose. Borja no daba crédito a las marranadas a las que se prestaba su esposa. El chorro cesó, pero mantuvo la polla hacia abajo dejándola gotear, luego retiró el recipiente del cojín y lo depositó en el suelo. Lo había llenado hasta la mitad, un caldo de un tono amarillento con trozos de fruta flotando, a igual que las numerosas porciones de semen, algunas sumergidas y otras flotando en la superficie. Alba se mantuvo arrodillada junto al bol, sentada sobre sus talones. Lucas se incorporó bajando del sofá y colocándose de pie junto a ella. Alba le miró sumisamente levantando la cabeza.

Te dije que me gustaban las emociones fuertes.

Eres una cerda – le dijo acariciándola bajo la barbilla -. ¿Vas bebértelo?

¿Quieres que me lo beba?

Bébetelo, cerda…

Como una perrita, se colocó a cuatro patas y bajó la cabeza hacia el interior del bol, sujetándose los cabellos con la mano derecha. Sacó la lengua y la metió en el coktail de orín, saboreando el amargor y tratando de atrapar las porciones del semen que flotaban. Frunció los labios y sorbió un poco, masticando un trozo de manzana y saboreando porciones de naranja. Sorbió varias veces con los labios fruncidos hasta bajar un poco el nivel. Bebía pis como una perrita. Sacó la cabeza del bol y se inclinó hacia los pies de Lucas. Con la lengua fuera, comenzó a lamerle el pie derecho, deslizando la lengua por encima de sus dedos, por el empeine y el tobillo, hasta pasar al otro pie. Lucas la observaba sacudiéndose la verga. Era una guarra de cuidado, se comportaba como una auténtica perra. Le lamía los pies como si lamiera un hueso del suelo. Borja sentía escalofríos en su escondite al verla comportarse de aquella manera. Tras babosearle los pies, volvió a erguirse y a sentarse sobre sus talones. Cogió el bol con ambas manos, abrió la boca y lo inclinó ligeramente bebiéndose lentamente la mezcla de orín, frutas y semen. El caldo le vertía por los lados y le goteaba en el camisón. La gasa se adhería a sus tetas. Se lo bebió todo de un trago, envuelta en muecas de asco y afectada por alguna arcada, pero no dejó ni una gota. Cuando soltó el bol de nuevo en el suelo, Lucas la sujetó del brazo para ayudarla a levantarse.

Ven acá, cerda -. No le importó morrearla a pesar del aliento a pis que desprendía, a pesar de tener toda la barbilla y el camisón impregnado.

La colocó contra la mesa y la forzó a curvarse sobre la superficie. Sus tetas se aplastaron sobresaliéndole por los costados. Le subió el camisón hacia arriba y le bajó las bragas de un tirón, dejándola con el culo al aire. Se agarró la polla para colocarla en horizontal y hundió el capullo en el fondo de la raja, rebuscando con la punta el orificio anal. Alba se aferró con fuerza a los cantos de la mesa cuando notó la clavada. Jadeó como una perra al dilatarle el ano con aquel pollón. Comenzó a follarla removiéndose sobre su culo a la desesperada, sin apenas extraer un centímetro de polla, como tratando de ahondar lo más posible. Continuó tirándole del camisón hacia las axilas, hasta dejarla con la espalda al aire, donde plantó sus dos manazas, como presionando todo su cuerpo contra la superficie. Alba exhalaba con la cabeza elevada, mirando al frente con los ojos desorbitados.

¿Te gusta, cerda?

Sí… Sí… Ahhh…

Lucas se meneaba sobre el culo con los ojos entrecerrados, gozando de la presión de la polla encajada en el ano. Un gustazo enorme. Retiró las manos de su espalda y entonces ella irguió el tórax. En ese momento la abrazó agarrándole las tetas por encima de la gasa manchada, besuqueándola tras las orejas y por la nuca. Ambos jadeaban a la vez, procurando ahogar los jadeos para no ser muy escandalosos. Borja les veía a los dos de pie junto al borde de la mesa, pegados, removiéndose mientras se manoseaban y morreaban, con las bragas enganchadas bajo las rodillas, envueltos en una pasión desbordante. Alba echaba los brazos hacia atrás para acariciarle el culo y de paso presionarle para que ahondara. Lucas se removía con más intensidad aplastándole el culo con la pelvis, comenzó a jadear más seguidamente, a igual que ella, hasta que ambos se quedaron paralizados, Lucas con el culo contraído, vaciando su leche dentro del ano. Suspiraron y se relajaron recuperando el aliento, manoseándose y morreándose, con la verga encajada aún en el ano. Unos instantes después, Lucas se separó, con la verga empinada, y retrocedió hasta dejarse caer en el sofá.

Joder, tía, qué pasada, me has dejado frito…

Alba se subió las bragas y se alisó el camisón, colocándose el escote.

Tú has sacado lo peor de mí. Se me ha ido la cabeza. Nos hemos pasado con los porros y esa raya. No estoy acostumbrada. Me has pervertido.

¿Te lo has pasado bien, cerdita?

Muy bien, ¿y tú?

Me encanta follarte el culo.

Voy a subir, ¿vale? Tu amigo es un poco celosillo.

Hasta mañana, cerdita.

Hasta mañana.

Estaba bastante mareada cuando subía por las escaleras y dio algunos tumbos. Se enjuagó la boca en el baño y se lavó los dientes. Luego se quitó el camisón manchado, se pasó una esponja por las tetas y se puso la camisa de un pijama, y así, en bragas, se metió en la cama junto a su marido, al que abrazó apoyando la cabeza en su regazo. Borja simulaba que dormía, atrapado por sensaciones confusas tras el espectáculo que había presenciado, sensaciones de excitación mezcladas con sensaciones de celos. Él había propiciado todo aquello. Debía apechugar con las consecuencias emocionales.

Borja se levantó temprano, en torno a las ocho de la mañana. Miró a su esposa, tendida de costado, dormida, con las bragas de lunares y una camisa de pijama. Menuda mamada le había hecho en el culo a su mejor amigo. Estaba vistiéndose cuando ella se removió y elevó el tórax.

¿Cómo sales?

Mucho mejor, la verdad, voy a dar un paseo, que me dé el aire. ¿Qué tal ayer?

Bien, al final, bueno, hablando y hablando, nos acostamos tarde.

¿No te lo tiraste?

Jajaja… Te hubiera gustado que hubiese follado con él, ¿verdad?

Sé que te gusta que te follen el culo, y él tiene una buena polla.

Preferiría que tú me follases -. Volvió a tumbarse -. Anda, vete, tengo mucho sueño.

Borja salió fuera. Se fijó que la puerta del cuarto de Lucas se encontraba entreabierta. Con sigilo, se inclinó para asomarse al interior. Allí estaba, desnudo, tumbado boca abajo. Su cuerpo blanco y grasiento, con aquel culo gordo, donde se apreciaban los huevos entre las piernas. Se le hinchó la pollita al rememorar cómo su esposa se lo había mamado. Se imponía la fuerza del morbo a los celos. Comenzó a frotarse la polla con la vista clavada en el culo de Lucas, en sus huevos, reproduciendo cada detalle de la chupada, así hasta que eyaculó dentro del slip. Cómo había cambiado todo desde aquella primera vez en que le propuso a su esposa practicar sexo anal. Se sintió como un maricón masturbándose con el culo de un hombre, el culo que su esposa había lamido. Entró en el baño para limpiarse y cuando estaba peinándose, Lucas salió de su cuarto con una toalla liada en la cintura.

Buenos días, amigo, ¿y ese estómago?

Mucho mejor, tío. Voy a dar un paseo, vuelvo en un rato – le dijo allanándole el terreno para una nueva experiencia con su esposa.

Bajó las escaleras y abandonó la casa, aunque no llegó a cerrar la puerta del todo. Quería oír y ver. Aguardó hasta que oyó pasos y al asomarse al interior vio los pies de Lucas caminando hacia el cuarto donde se encontraba su esposa. Ya iba al acecho. Se ponía en marcha la perversión.

Lucas irrumpió abriendo la puerta de golpe. Alba elevó el tórax hacia él y se reclinó apoyándose con los codos en el colchón. Lucas iba desnudo y con la verga hinchada y erecta.

Buenos días, cerdita.

Buenos días, guapo.

Caminó hacia la cama.

Quiero follarte.

No es buen momento, Borja puede volver, sólo ha ido a dar un paseo.

Entró en la cama de rodillas, la sujetó de los tobillos y tiró de ella tumbándola del todo. Le separó las piernas y bruscamente le echó las bragas a un lado destapando su coño abierto. Ella se dejaba manejar con los brazos extendidos. Se acercó hasta pegar las rodillas a sus ingles y se curvó hacia ella para abrirle la camisa con la misma rudeza, rompiéndole los tres botones que llevaba abrochados. Sus tetas se movieron como flanes. Se agarró la verga, la bajó hasta rozarle la rajita con el capullo y se la fue clavando poco a poco, echándose sobre ella a la vez. Alba jadeó intensamente a medida que le abría el chocho con aquel grosor, a medida que sentía el avance de la polla en las profundidades de su coño. Se echó sobre ella, aplastándole las tetas con sus fofos pectorales, besuqueándola por la cara y contrayendo el culo constantemente para follarle el chocho, a un ritmo pausado, como si quisiera aguantar mucho tiempo. Ambos se escupían los alientos mirándose a la cara. Ella le acariciaba el culo para ayudarle a empujar.

Qué coñito tienes, cerdita… Dime si te gusta, cerdita…

Me gusta… Ahhh… Me gusta mucho…

La baboseaba por el cuello y a veces ladeaba la cabeza todo lo que podía para atizarle un lametón a las tetas, sin dejar de contraer las nalgas para que la polla resbalara hacia el interior del coño. Borja había subido muy sigilosamente tras quitarse los zapatos y les observaba desde la puerta. Veía aquel cuerpo grasiento encima del cuerpo delicado de su esposa, follándola con suma lentitud. A ella no la veía, permanecía tapada por las carnes de Lucas, sólo veía sus manos deslizándose por el culo de su amigo. Lo empinaba mostrando sus huevos entre las piernas y lo contraía para la clavada, a un ritmo constante, sin grandes alteraciones. Ambos comenzaron a emitir gemidos más estridentes y Lucas avivó las contracciones del culo. Alba se abrazó a él para sentirle más cerca. Esta vez Borja pudo verle la cara asomando por encima del hombro de Lucas. Su amigo aligeró intensamente las subidas y bajadas del culo hasta que frenó dejándole contraído, con la polla encajada en el chocho, vertiendo dentro toda su leche. El cabrón se estaba corriendo dentro, con el peligro de dejarla embarazada. Pero el morbo les había cegado y ni uno ni otro había dicho nada, sólo Borja fue quien lo pensó. Lucas se incorporó sentándose sobre los talones, arrodillado entre las piernas de ella. Borja pudo ver sus bragas apartadas a un lado y cómo le manaba una leche muy blanca del chocho. Lucas y Alba se miraban a los ojos, como predispuestos a un nuevo acto.

Acompáñame al baño… - le pidió Lucas apeándose de la cama.

Alba obedeció, empujada por la desorbitada lujuria que inspiraba aquella situación morbosa. Salieron de la habitación, con ella tras él, los dos descalzos, ella con la delantera de las bragas apartadas y el coño al aire. Borja ya había bajado y ya se encontraba fuera de la casa, electrizado por lo que estaba sucediendo con su matrimonio.

Entraron en el pequeño lavabo.

Quítate las braguitas y el pijama -. Primero se quitó la camisa y a continuación se bajó las bragas hasta quedarse desnuda. Lucas se volvió hacia la taza y se curvó apoyando las manos en la cisterna -. Chúpame el culo, cerda… - le ordenó subiendo un pie encima de la taza para que la raja se separara.

Se arrodilló ante el culo abierto de Lucas. Le plantó las manos en las nalgas y elevó la cara hasta encajarla en la raja abierta, sacando la lengua y acariciándole el ano con la punta. Lucas se la sacudía. Los huevos danzaban sobre la barbilla de Alba. Le lamía el culo suavemente, a veces sólo con la punta y a veces pasándola entera por encima del orificio, pero muy despacio, como disfrutando del sabor.

¿Te gusta, cerda?

Sí, me gusta chuparte el culo, ¿y a ti?

Sigue, cerda… Sigue…

Le lanzó un escupitajo justo en el ano y le repartió la saliva por todo el fondo, deslizando la lengua desde los huevos hasta la rabadilla. Después le besó las nalgas por distintos puntos y se atrevió a meterle un dedo, el dedo índice, hundiéndolo despacio hasta el nudillo. Lucas se contrajo y se dio más fuerte a la polla.

Ahhh… Cabrona…

¿Te gusta? – le preguntó ella.

Hija puta, qué cerda eres…

Le folló el culo con el dedito unos instantes, luego se lo sacó y se chupó el dedo antes de lanzarse a mamarle el culo de nuevo, esta vez con más ansia, arrastrando la lengua con presión por encima del ano. Lucas gemía temblando ante las dosis de placer que le proporcionaba la lengua sobre el ano. Tras varios minutos sin parar de chupar, Lucas bajó la pierna de la taza y se irguió girándose hacia ella. La sujetó del brazo y tiró de su cuerpo para levantarla.

Métete en la ducha y ponte de culo…

Borja había subido de nuevo y les vigilaba asomado desde el último escalón, oculto tras las hojas gigantes de una planta. Alba dio un paso metiéndose en el plato de ducha y se curvó hacia delante plantando las manos sobre las rodillas, con el culo en pompa hacia su amante. Lucas se colocó en posición, se agarró la polla, la colocó en horizontal encañonándola y al segundo un chorro de pis salió disparado hacia el culito de Alba. Borja presenció boquiabierto cómo le meaba el culo. Alba miraba hacia atrás por encima del hombro, con el ceño fruncido, percibiendo cómo el chorro caliente le caía sobre las nalgas, cómo los torrentes de orín resbalaban por sus piernas y por el fondo de la raja hasta alcanzarle el chocho, que fue empapándose poco a poco. Fue una gran meada, le dejó todo el culo regado de orín. Un goteo incesante le caía del coño y un pequeño charco amarillento se extendía alrededor de sus pies. Alba mantenía la posición con las manos en las rodillas. Tras sacudírsela, dio un paso hacia ella, manteniendo la verga en posición horizontal, le acarició el ano con la punta y poco a poco se la fue clavando en el orificio mojado. Alba bufó a medida que la perforaba, con el ceño muy fruncido y los ojos muy abiertos. Se la metió entera y comenzó a follarle el culo extrayendo media polla y hundiéndola de golpe. El cuerpo de Alba temblaba en cada embestida y tuvo que pasar las manos a la pared para mantener el equilibrio. La sujetaba por las caderas, dándole fuerte y con contundencia.

Au… Au… Au… - gemía Alba sin cesar de mirarle por encima del hombro.

Voy a romperte el culo, jodida cerda…

Apretó el ritmo dándole severamente durante unos instantes, hasta que la sacó de repente.

Vuélvete, cerda, chúpamela…

Acató la imposición, se volvió y se acuclilló en mitad del charco de orín. Le sujetó la polla por la base y se la comenzó a mamar metiéndosela dentro de la boca, saboreando las sustancias anales, gozando de su dureza caliente, se la estuvo mamando hasta que sintió la corrida llenándole la boca de leche, una leche muy gelatinosa que le costó ir tragándose. Luego retiró la cara, le soltó la verga y se puso de pie, mirándose el culo y el charco donde se encontraba.

Uff, madre mía, tendré que ducharme…

Me has dejado la polla reventada… ¿Te ha gustado, cerdita?

Vete ya, anda, no vaya a ser que vuelva Borja…

En ese momento, Borja procuró bajar sin hacer ruido y consiguió abandonar la casa sin ser descubierto. El frescor de la mañana se estampó contra su cara. Había eyaculado sin apenas tocarse. Su esposa era una cerda y su amigo la trataba como a una perra, como a una marrana, meándole encima, como si fuera una puta de su propiedad. Y ella se prestaba con gozo a semejantes guarrerías. Ahora sí que necesitaba ese paseo y reflexionar, reflexionar acerca de sus confusas sensaciones.

Cuando regresó del paseo, ambos amantes desayunaban sentados a la mesa, uno junto al otro, como si fueran novios. Cobraron vida los escalofríos de los celos, al ver cómo intimaban, cómo se divertían juntos. Él le estaba contando algo gracioso. Lucas iba cubierto con un albornoz blanco a medio abrochar, por lo que se le veía gran parte de su fofa panza y a veces, cuando se le abrían los faldones, la robustez de sus piernas. Alba se había puesto un jersey beige de cuello vuelto, fino y ajustado, para definir la abultada redondez de sus pechos, y una minifalda vaquera que dejaba sus lindas piernas a la vista de aquel sabueso, aparte de que se había calzado con unos tacones para realzar la sensualidad. Desayunó con ellos, celoso de sentirse un poco al margen de la complicidad de ambos. Luego limpiaron un poco la casa y ellos dos tomaron el fresco fuera de la casa. Se liaron un porro y estuvieron conversando íntimamente. Borja comenzaba a temer que en aquel juego peligroso, su amigo Lucas terminara robándole a su esposa. No se separaban ni un momento, y Lucas continuaba con el albornoz. Se respiraba la tensión sexual en sus miradas. Por primera vez, Alba no compartía con él sus emociones y fantasías. Al mediodía, los dos amantes se hartaron de cerveza y porros, mientras que Borja prefirió no probar el alcohol para cuidar su estómago. Tras el almuerzo, ellos se tomaron unos chupitos y Borja se tendió en el sofá, entrecerrando los ojos, simulando que dormía. Ambos permanecían sentando a la mesa, compartiendo otro porro. Pudo ver cómo Lucas se inclinaba hacia ella y le susurraba algo al oído.

Quiero follarte, lo estoy deseando -. Alba se mordió el labio en un intento de contener el placer, y miró de reojo hacia el sofá para cerciorarse de que su marido dormía -. Estás cachonda, ¿verdad, cerdita?

Sí, joder, pero, ¿ahora?

Seguro que no le importaría que te follase, en el fondo es un poco maricón, ¿no?

Ya habló el gran macho – sonrió ella.

¿Por qué no vas subiendo?

Eres un cabrón.

Venga, joder, me tienes la polla al rojo vivo. Necesito calmarla.

Alba se levantó y primero se acercó al sofá para echarle por encima una manta. Se curvó y le estampó un beso en la frente. Pedazo de puta, pensó Borja al sentir sus labios. Luego se encaminó hacia la escalera. A los treinta segundos la siguió Lucas. Borja ladeó la cabeza y vio que mientras subía iba desabrochándose el albornoz, como para no perder tiempo.

Irrumpió en el cuarto de matrimonio despojándose del albornoz y dejándolo caer en el suelo. Llevaba el tanga atigrado. Ella se encontraba de pie junto a la cama.

Deja la puerta abierta por si sube, que podamos oírlo – le exigió ella.

Eso hizo Lucas, quedó la puerta algo abierta y se bajó la parte delantera del tanga para sacudirse la polla mientras se acercaba, una polla que ya tenía bastante erecta. Alba se subió la falda hasta la cintura y se bajó unas bragas de color verde hasta sacárselas. Luego se volvió hacia la cama y se tendió boca abajo, con la barbilla apoyada en el colchón, mirando la frente. Lucas estuvo unos segundos machacándosela, inspirándose en el culito que tenía ante sí. Después le separó las piernas, se sujetó la verga para conducirla a los bajos del culo y cuando le rozó el coño con la punta, se echó encima de ella clavándosela de golpe. Alba sintió todo el peso sobre su espalda y su apestoso aliento en la nuca. Comenzó a follarla removiéndose nervioso sobre su culito, ahondando con la verga, jadeando y baboseando sobre su cuello. Alba cerraba los ojos para concentrarse y apretaba los dientes para contener los gemidos. Borja les escuchaba jadear desde el sofá, pero no quiso subir, esta vez los celos le retuvieron. Lucas le follaba el coño aligeradamente, elevando y bajando el culo velozmente para asestarle fuertes clavadas. A Alba le costaba respirar por el peso de aquel cerdo y agarraba las sábanas con fuerza. Lucas fue frenando lentamente, apagando los jadeos, mientras ella suspiraba al notar cómo le llenaba el coño de leche, en forma de chorros intermitentes. Se mantuvo encima de ella unos segundos, con la polla dentro, y vertiendo el aliento sobre sus cabellos. Después se incorporó poniéndose de pie. Alba también se sentó en el borde de la cama para recoger sus bragas y metérselas por las piernas. Luego se puso de pie y se bajó la falda. Lucas, aún desnudo, le acarició el cabello.

Vamos al baño, cerdita…

Antes de salir, se aseguraron de que todo seguía en silencio y de que Borja continuaba tumbado en el sofá. Luego fueron hacia el baño y Lucas se detuvo frente al lavabo, colocando la verga por encima del borde. Sujetó a Alba por la nuca y la obligó a curvarse hacia el interior del lavabo, con la cabeza bajo el grifo. Ella misma le sujetó la verga como si fuera una manguera y la dirigió hacia su cara. Al segundo, el chorro de pis se estrelló contra su frente, desparramándose por toda su cara. Abrió la boca y dirigió el hilo de pis hacia el interior. La boca se le iba llenando. Apartaba la polla hacia el interior del lavabo y se tragaba todo el caldo, aunque unas hileras le resbalaban por las comisuras. De nuevo abría la boca y le movía la verga para que el chorro le cayera dentro. Mientras le llenaba la boca de pis, algunas muecas de asco le producían arcadas y vomitaba todo el líquido, aunque de nuevo volvía a llenarse la boca para luego tragárselo. Olía fatal. Poco a poco el chorro se fue cortando. Le sujetaba la polla hacia abajo para que meara dentro del lavabo. Aguardó hasta que el chorro cesó del todo y aguardó con la polla sujeta hasta que dejó de gotear. Luego se la soltó y se incorporó tras abrir el grifo para limpiar los restos de la meada. Tenía toda la cara manchada de pis y tuvo que escupir un par de veces, afectada por alguna arcada. Se había tragado mucho caldo, tenía un sabor demasiado agrio que le provocaba algunos escalofríos. Lucas le limpió los labios con la yema del dedo pulgar y le dio unas palmaditas en la cara.

Cómo te gusta, cerdita…

No sé en qué me has convertido…

En una cerda.

Anda, sal, voy a lavarme un poco…

Lucas le estampó un beso en los labios y abandonó el baño. Ella cerró la puerta y se volvió hacia el espejo. Se vio las salpicaduras de pis en la cara y sintió cómo manchaba las bragas por el semen que fluía del interior del coño. Su marido la había arrastrado hasta aquella lujuria, una lujuria marrana y pervertida que la había convertido en lo que Lucas decía, en una cerda. Sabía follarla, sabía follarle el culo, le encantaba ser su putita, satisfacerle, prestarse a sus cochinadas. Todo se había desbordado e iba a resultar complicado enderezar la situación.

Lucas fue el primero en bajar, aún con el albornoz. Se echó una copa y salió fuera a fumarse un porro. Cinco minutos más tarde bajó Alba. Borja ya se había incorporado y veía la televisión. Se sentó a su lado y se acurrucó contra él, como si fuera una santa que nunca había roto un plato. Pasaron la tarde un poco aburridos, pero cuando se acercaba la hora de la cena, Borja y Alba subieron a vestirse y Lucas se quedó abajo preparando y adornando la mesa. Borja se puso un pantalón fino azul marino y una camisa blanca. Alba se puso espléndida. Lucía una falda cortita y suelta de seda, de un color rojo chillón, de cuya cintura salían dos gruesos tirantes anudados a la nuca, de la misma tela y color, tapando sólo la zona de los pezones y dejando que los pechos sobresalieran por los bordes de los tirantes, sin sujetador, con las tetas muy sueltas. Llevaba la espalda y los brazos al descubierto y las piernas forradas por unas medias de red. Se calzó con unos tacones rojos, se maquilló minuciosamente, se adornó con multitud de complementos y se recogió el cabello con un moño en la coronilla, dejando su nuca al descubierto. Estaba mirándose al espejo y retocándose el maquillaje, cuando su marido se colocó a su lado con las manos en los bolsillos. Alba le miró y sonrió.

¿Cómo estoy?

Estás preciosa. Se la vas a poner dura cuando Lucas te vea.

Cómo eres…

Quítate las bragas, quiero que bajes sin bragas…

Le miró perpleja.

¿En serio? ¿Quieres que baje sin bragas?

Quítatelas.

Se metió las manos bajo la falda y se bajó un tanguita rojo hasta quitárselo. Borja la abrazó por detrás pegándose a ella y elevándole la falda de seda. Se bajó la bragueta y se sacó su pollita, la acercó al culo de su esposa en posición vertical y la encajó a lo largo de la raja del culo. La rodeó por la cintura, besándola en la nuca, y comenzó a removerse masturbándose con su culo.

Quiero que te folle – le susurró frotando el pene por la raja – Dime que te lo quieres follar…

¿Quieres que me lo folle?

Sí, fóllatelo…

Se corrió enseguida, su pollita lanzó unos pequeños escupitajos de semen hacia los lados, unas pequeñas gotas que se repartieron por sus nalgas. Se separó de ella y con un clínex le limpió el culo. Luego él mismo le bajó la falda y se guardó la polla. Alba se volvió hacia él, se miraron profundamente y se abrazaron para morrearse.

Bajaron al poco rato. Lucas ya había puesto la mesa y les esperaba tomando una copa de vino. Aún iba en albornoz. Se quedó embelesado en Alba, en su elegancia y sensualidad, en la manera de contonear las caderas con aquellos tacones y la fina tela del vestido, con sus tetas meneándose bajo los tirantes.

Joder, qué guapo os habéis puesto. Yo ya paso de vestirme, no os importa, ¿no?

Mientras servían los platos, Alba entró en el lavabo para retocarse. Lucas aprovechó para hablarle a su amigo en voz baja.

Joder, tío, qué buena está tu mujer. Tiene un polvazo. Me pone rabioso.

Te gusta, ¿eh? – le incitó Borja.

Está para comérsela. Mira, eres mi amigo, te respeto, pero si pudiera follármela, le daban por culo a nuestra amistad.

Jajajaja… No lleva bragas…

¿No lleva bragas?

Sé que tiene ganas de guerra, ya verás la que me espera luego cuando subamos.

Alba salió del cuarto de baño y les cortó la conversación. Durante la cena, Lucas, sentado al lado de ella, no paró de alabarla y piropearla, no paró de rozarla, de acariciarla por las mejillas y los brazos, no paró de servirle copas y de liarle porros. Luego vinieron las uvas. Los tres brindaron frente al televisor.

Pon música – le ordenó a Borja -. Tu mujer y yo nos vamos echar una rayita. No te importa, ¿no?

No, por mí.

Borja puso música discotequera mientras ellos esnifaban unas rayas. Al curvarse hacia la mesa, las tetas de su mujer se balanceaban bajo los tirantes y al erguirse una de ellas se le quedó por fuera, con todo el pezón y parte de la aureola a la vista, pero parecía demasiado borracha y colocada como para darse cuenta.

Vamos a bailar, nena – le dijo Lucas.

Se desabrochó el albornoz para exhibir su panza flácida y el bulto de su slip, de un tono burdeos y muy estrecho, por lo que el vello se escapaba por las tiras laterales. Borja contemplaba el acecho, de pie, con una copa en la mano. La sujetó por los brazos y se pusieron a bailar. El pezón de la teta arañaba los pectorales blandos de Lucas. Él le manoseaba la espalda con descaro y ella rozaba sus pechos contra él. Pronto, envueltos en pasos de baile, las manazas de Lucas descendieron hasta el culo, por encima de la tela sedosa de la falda.

No llevas bragas… - le dijo en voz alta.

No… Mi marido no ha querido que me las pusiera…

Le estrujó las nalgas del culo olisqueándola por el cuello.

¿Te has dado cuenta? Al muy maricón le gusta mirar.

Alba cruzó una mirada con su marido soltando unas carcajadas.

Mira lo que dice tu amigo, amor, que eres un mariquita.

En ese momento, le metió las manos bajo la falda y le levantó la tela magreándole todo el culo mediante suaves pellizcos y estrujones, abriéndole severamente la raja del culo. Borja asistía impasible a los manoseos. Lucas deslizaba la lengua por su cuello y procuraba apretarla contra él para sentir el roce de sus tetas y rozarle la zona vaginal con el bulto de su slip.

Me tienes muy cachondo… - le jadeó en la oreja.

No irás a follarme delante de mi marido, no estaría bien…

Creo que a ese maricón le gustaría…

No seas malo…

Borja tenía el pene erecto bajo el pantalón ante los manoseos incesantes que recibía el culito de su mujer, ante el roce de las tetas por los asquerosos pectorales de su amigo. Bailaban por un lateral de la mesa rectangular donde habían cenado, cuando Lucas se apartó de ella, la sujetó del brazo con la mano derecha y con la izquierda barrió bruscamente una zona semicircular de la mesa, tirando todos los trastos al suelo, llegando a salpicar el pantalón de Borja.

Ven acá, cerda, ya no puedo aguantar…

La cogió por el moño y violentamente la forzó a curvarse sobre la superficie, con sus tetas aplanándose en charquitos de refresco y vino que se habían vertido al desparramar las cosas, con su mejilla apretujada encima de unas servilletas y su culito empinado. Se bajó súbitamente la delantera del slip descubriendo su pollón, hinchado y empinado, y sus huevos gordos.

Lo siento, tío – dijo en voz alta, sin mirar hacia su amigo -. Esta cerda me ha puesto muy caliente y voy a metérsela.

Le subió la falda tan bruscamente que reventó la cinturilla donde iban enganchados los tirantes y la dejó con el culo al aire, con el trozo de tela colgándole de un lado. Borja precisó de un sorbo ante aquella violencia extrema. Alba buscaba su mirada. Le tenía el antebrazo derecho encima de la nuca y con la mano izquierda se agarraba la verga para guiarla al fondo de la raja. Actuaba con desesperación, empujado por un placer perverso. Le clavó el capullo en el ano y entonces pegó la pelvis al culito hundiéndola entera. Alba exhaló frunciendo el entrecejo, envuelta en una mueca de dolor. Y comenzó a atizarle fuertes embestidas, extrayendo casi toda la polla y penetrándola de golpe, sin descanso, a un ritmo veloz, arrastrando la mesa con las embestidas, hasta que Alba comenzó a jadear como una descosida, con los ojos desorbitados dirigidos hacia su marido.

Mira cómo le gusta a la muy cerda -. La agarró del moño y tiró de él elevándole la cabeza unos centímetros, dejándole las tetas colgando por fuera de los tirantes, con los pezones rozando los charquitos de vino -. Mira a tu marido, cerda, mira cómo le gusta…

Apretó el ritmo follándole el culo muy fuerte. Los gemidos de Alba retumbaban en todo el saloncito. Borja tragaba saliva bajo una marejada de nervios, con los celos y la excitación combatiendo en sus entrañas.De tan fuerte que le daba, la mesa se había deslizado casi hasta la pared. Lucas despidió dos jadeos secos acelerando y frenando a la vez, eyaculando sin cesar las penetraciones, hasta que le sacó la polla de repente, una polla unida al ano por un hilo de leche viscosa, un hilo que se balanceó hasta romperse por la mitad y quedar colgando de la punta del pene.

Jodida cerda, qué culito más rico tienes -. Se acuclilló ante el culo de Alba y le abrió la raja bruscamente con ambas manos -. Mira cómo le he dejado el culo a esta cerda – le dijo a su amigo Borja.

Borja examinó a la perfección el ano enrojecido y dilatado, de donde comenzó a fluir semen glutinoso de una blancura muy transparente. El goterón resbaló lento hacia el coño. En ese momento, Lucas hundió la cara en la raja y le lamió el culo saboreando su propia leche. Y Borja presenciando cómo su mejor amigo le chupaba el culo a su esposa. Le pasaba la lengua gorda por encima del ano atrapando las porciones espesas que manaban. Alba, algo erguida, miraba a ambos por encima del hombro. Tras dejarle el culo limpio, Lucas se incorporó y volvió a sujetarla del brazo.

Ven conmigo, cerdita -. Tiró de ella hacia el sofá. Los tirantes ya los tenía a los lados de las tetas y la falda rasgada le colgaba de un lado. Lucas se sentó en el sofá, se reclinó y separó las piernas con la polla en alto -. Chúpamela, cerdita, que tu marido vea lo zorra que eres y lo que te gusta mamar…

Alba se arrodilló entre sus piernazas e inclinó el tórax hacia él, sujetándole la polla por la base para comenzar a lamerla a modo de helado, a base de suaves caricias con la lengua en la zona del glande, probando los restos de semen tras la corrida y el sabor anal de la penetración, un sabor fétido, pero tremendamente morboso. Lucas la sujetaba por la nuca para mantenerle la cara sobre la polla. Borja contemplaba cómo se la mamaba, cómo meneaba su culito abierto junto con los leves movimientos del tórax, cómo sus tetas se columpiaban chocando una contra la otra.

Wow… Ahhh… Qué bien la chupa la hija de puta… Ahhh… -. Miró hacia Borja -. Acércate, anda, siéntate con nosotros -. Tímidamente y dando sorbos a la copa, como esforzándose en aparentar naturalidad, se sentó a la izquierda de su amigo, embelesado en la mamada que le propinaba su mujer a una polla tan inmensa en anchura y longitud -. Mira a la muy cerda cómo le gusta… Ahhh… Ahhh… ¿Te excita que me la chupe?

Es morboso… - contestó con voz temblorosa.

Alba bajó más la cabeza para lamerle los huevos con la misma placidez, gozando con su lengua de aquella blandura áspera, a veces metiéndose una bola dentro de la boca para degustarla como un caramelo. La polla reposaba sobre el vientre de Lucas, reluciente por la saliva de la mamada. Lucas ladeó la cabeza hacia su amigo.

Mastúrbame…

¿Yo?

Venga, acompaña a tu mujercita, dame en la verga, venga, maricona, si en el fondo eres una maricona…

La palabra maricona le infundió un temor abrasador. La palabra le sonó a amenaza, como si en aquel momento él y su mujer fueran de su propiedad, porque ahora corrían el riesgo de que todo el mundo se enterara de sus aptitudes sexuales. La polla se le desinfló ante la imposición de su amigo. Sonrió amargamente y le tembló el pulso, pero empujado por el pánico, extendió su brazo derecho y le agarró el enorme pollón con la mano derecha para machacársela a un ritmo sosegado mientras su mujer le mojaba los huevos con la lengua fuera. Lucas se relajó reclinándose aún más, con la cabeza casi en los bajos del respaldo y las caderas sobresaliéndole por el sofá. Borja evitaba mirar hacia su esposa.

¿Te gusta, maricón? Lo haces muy bien -. Borja sonrió como un bobo, meneándole la verga al mismo ritmo -. ¿Por qué no me la chupas?

Jo, tío, no me hagas esto…

Chúpamela, maricón…

Amedrentado por su tono, se curvó y apoyó la mejilla encima de su barriga blanda, arrastrándola hacia la polla para lamerle la punta rodeándola con la lengua, de manera muy tímida. Probó su repulsivo sabor, una mezcla de saliva, semen y heces, al tiempo que miraba hacia su mujer, a la que le veía los ojos mientras mordisqueaba los huevos tirándole de las bolas. Lucas acezaba como un perro, muerto de placer, casi con los ojos vueltos mientras el matrimonio le bañaba en saliva la polla y los cojones.

Qué bien lo hacéis, cerdas…

Alba le había baboseado tanto los huevos que las babas goteaban incesantemente hacia el suelo. Borja le lamía sólo el capullo, así es que Alba subió con sus labios y compartió con él la mamada, a veces arrastrando la lengua por el tallo o compartiendo con la lengua de su marido el sabor del capullo. Lucas veía sus cabezas moverse sobre su polla, percibiendo la placentera y húmeda suavidad de las lenguas. Alba le achuchaba los huevos mojados a la vez que combatía con la lengua de su marido por apoderarse del glande.

Tú, maricona, desnúdate… -. Abrigado por el temor ante la amenaza, se irguió y se levantó para comenzar a desvestirse -. Tú, cerda, chúpame el culo…

Ella misma se encargó de levantarle las piernas. Lucas se las agarró por los tobillos y tiró de ellas hacia él hasta notar los muslos en la barriga, para que el culo se elevara del cojín. Alba separó más las rodillas para poder asentar su culito en el suelo y poder curvarse mejor. Sacó la lengua y comenzó a acariciarle el ano con la punta, de manera suave y con pequeños besos en el orificio. Al tiempo, con las piernas elevadas y flexionadas sobre la barriga, Lucas se sacudía la polla y los cojones golpeaban la frente de Alba. Borja ya se había quitado el pantalón y se estaba bajando el slip. Mostró su pollita medio erecta, tres veces más pequeña que la de su amigo, por lo que se sonrojó al enseñarla.

Vaya polla que tienes, maricona -. Borja, ridiculizado ante su esposa, se la miró -. Anda, chúpame el culo con ella, verás cómo te gusta…

Se arrodilló lentamente, temblando, se echó hacia delante colocándose a cuatro patas y acercando la cabeza al pestilente culo de su amigo. Su mujer se lo lamía con la punta. Acercó la cara y sacó la lengua, comenzando a lamerle el ano junto a su mujer, con las mejillas de ambos pegadas, mirando hacia Lucas por encima de los huevos. Las dos lenguas, con las puntas, cosquilleaban el ano de Lucas. Él observaba sus frentes y sus ojos tras los huevos. Era un olor hediondo y un sabor horrible a porquería, pero su mujer le pasaba la lengua por encima sin asco ninguno, mientras que él sólo rozaba la punta por los alrededores. Los huevos no paraban de moverse. Las babas discurrían desde el ano hacia la rabadilla. A veces, apartaban la cabeza y ella le acariciaba el orificio con la yema del dedo índice, para volver a lamérselo con toda la lengua fuera. Dada la incómoda posición, Lucas bajó las piernas quedando ambos cuerpo entre sus muslos. Entonces ambos pasaron a lamerle los huevos mientras él se la machacaba despacio.

Cómo os gusta, cerditas.

Tras una buena lamida en los huevos, Lucas se levantó de repente. Sujetó a Alba del brazo y la levantó, colocándola contra el sofá. Alba se curvó hacia el respaldo. Terminó de rasgarle la falda y le atizó unas palmadas en las nalgas.

Ábrete el culo, bonita…

Alba se subió de rodillas en el sofá y se echó hacia delante hasta apoyar el tórax en el respaldo. Echó los brazos hacia atrás y se abrió el culo. Borja aguardaba arrodillado ante ellos. Lucas, se pie, le pinchó el ano tierno hundiéndola despacio hasta la mitad, que fue cuando comenzó a embestirla. A los pocos segundos Alba comenzó a gemir como una perra. La pelvis de Lucas golpeaba violentamente las nalgas de Alba.

Chúpame el culo, maricón, mientras me follo a tu mujer…

Caminó de rodillas hasta colocarse tras él y acercó la cara a su culo sudoroso, que se movía hacia delante y hacia atrás, perforando el ano de su esposa. Sólo le besaba por las nalgas abombadas o le pasaba la lengua por toda la raja. Los huevos gordos danzaban alocados entre sus piernas, al ritmo de las fuertes embestidas. Tras follarla durante un par de minutos, le sacó la polla de repente y se volvió hacia él.

Ponte en pompa, marica…

Borja se levantó asustado al mismo tiempo que su mujer bajaba del sofá.

No, Lucas, coño, por favor…

Quiero que tu mujer vea lo maricón que eres…

Por favor…

Que te vuelvas, marica – le gritó.

Casi lloriqueando, Borja adoptó la misma posición que había tenido su esposa, arrodillado en el sofá, de espaldas a ellos y echado hacia delante, con su flamante y musculoso culo en posición, dispuesto para aquel grueso salchichón.

Ábrele el culo a esta maricona…

Alba estaba frotándose el chocho, hechizada por el pletórico placer que hervía en sus venas. La excitación eléctrica por ver cómo se follaban a su esposo, la empujó a arrodillarse ante él y abrirle el culo, exponiendo un ano blanco e impoluto, sin apenas vello en la raja, con unos pequeños huevos colgándole entre las piernas. Borja miraba al frente, no quería presenciar las miradas de su esposa y de su amigo, unas miradas cargadas de humillación. La polla pasó por encima del hombro de Alba y ella misma se la agarró para pegarla al ano, apartándose a un lado. Poco a poco, comenzó a encajar la polla en el ano, dilatándolo con estiramientos dolorosos a juzgar por los quejidos que emitía Borja. Consiguió hundirla hasta la mitad y entonces se puso a follarlo, sacando sólo un par de centímetros para embutirla de nuevo. Alba asistía a la penetración arrodillada a un lado, acariciando con la palma de una mano el culo de Lucas y frotándose el coño con la otra. Borja procuraba no gemir y apretaba los dientes respirando dificultosamente. Lucas le tenía sujeto por las caderas y cada vez le penetraba con más violencia, cada vez encajando la polla más adentro. Aceleró de golpe, jadeando, clavándole las uñas en las caderas. Alba se levantó sin apartar la vista de la follada que sufría su marido, cuyo cuerpo convulsionaba con las embestidas que sufría, cuyos jadeos ahogados expresaban el dolor por la penetración. Alba se pegó al costado de Lucas, acariciándole el culo y besándole por el cuello. Fue cuando Lucas sacó la polla del culo de Borja. Fue cuando Alba se la agarró sacudiéndola velozmente. Fue cuando a los pocos segundos, una lluvia de leche espesa se repartió por el culo de su marido, por sus nalgas, por su raja, por sus huevos, por su cintura, mientras aguantaba el baño, resignado, con la frente apoyada en el borde del respaldo. Tras un intenso y rápido morreo, Alba se arrodilló ante el culo de su marido, le abrió la raja y lamió todas sus profundidades, pasándole la lengua por encima del ano enrojecido. Después lamió las hileras de leche que le resbalaban por las nalgas y le pasó la lengua por encima de los huevos, atrapando algunas gotas de esperma. A Borja le caían las lágrimas de los ojos notando la lengua de su esposa por su culo. Jamás imaginó que sus fantasías terminaran de aquella manera, postrado como un maricón, humillado ante ella por su mejor amigo. Alba, como una posesa, como una marrana, aún arrodillada, se volvió hacia Lucas, le lanzó una mirada sumisa y le cogió la polla a modo de manguera. Lucas le sonrió. Encañonó a su marido y dos segundos más tarde un chorro de pis le meó todo el culo. Borja cerró los ojos al sentir la meada sobre él, al sentir la ducha de caldo caliente. Alba dirigía la meada para dejarle regado todo el culo, llegando a estrellar el chorro contra sus huevos. El pis resbalaba como una cascada por las nalgas hacia las piernas, con un goteo incesante desde los huevos. El chorro se fue cortando poco a poco, entonces fue cuando Alba volvió a abrir el culo de su esposo para lamer el pis que le corría por todos lados. Le lamió intensamente las nalgas y sorbió las gotas del fondo de la raja, luego se pasó el dorso de la mano por la boca y se levantó para abrazar a Lucas.

¿Quieres una copa, cerdita?

Sí…

Se besaron con pasión, después retrocedieron hasta la mesa. Lucas se sentó en una silla y Alba se sentó en una de sus piernas, abrazada a él. Sirvió dos copas de champán y brindaron. Borja ya se había incorporado y se miraba las piernas y el charco de pis que le rodeaba. Les vio muy acaramelados, con las copas de champán, besándose y manoseándose.

Ven acá, maricona, tómate una copa con nosotros – le invitó Lucas.

Ven, maricón – añadió su esposa a modo de burla, abrazada a su mejor amigo, con las tetas reposando sobre sus pectorales, con su culito aplastado contra el robusto muslo de la pierna.

Borja, hundido psicológicamente, con las sienes palpitándole por los celos y la vergüenza, con el culo dolorido por la penetración anal, envuelto en un hedor insoportable por la meada, recogió su ropa del suelo y se volvió para dirigirse hacia las escaleras.

No te vayas, maricón – le gritaba Lucas.

¿No querías verme follar, mariquita? Ven acá…

Fue horrible la humillación. Fue horrible oírles follar de nuevo en la habitación de al lado. Fue horrible salir de aquella casa convertido en un cornudo maricón, fue horrible enterarse semanas después de que su mujer estaba preñada de su mejor amigo. Fue horrible soportar los comentarios de su círculo de amigos y de su familia. Él había propiciado todo aquello por su obsesión con el sexo anal. Supo que Alba y Lucas salían juntos y que se movían en ambientes liberales. Dejó su trabajo en el hospital para evitar las burlas y evitar cruzarse con ella. Huyó de la ciudad para tratar de forjar un nuevo destino, aunque ya no volvería a ser la misma persona, el mismo hombre, los recuerdos de aquel fin de año le acecharían para siempre. Y así terminó la obsesión de Borja por el sexo anal. CARMELO NEGRO.
Reviews
Your review
Excellent
Good
Regular
Bad
Regrettable
NOTE: In order to add favorites, rate and post reviews you must login or create a new account if you are not registered.
0 published reviews