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El placer anal
Author: 
Sexo anal
04-Oct-2019
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El placer anal
Poco a poco fui descubriendo que mi ano causaba una atracción descomunal en los hombres. Desde las primeras experiencias hasta el momento en que por fin practiqué el sexo anal, el proceso estuvo cargado de pasión y erotismo.
Con el tiempo poco a poco fui habituándome a experimentar placer anal. Al comienzo fue algo complejo entender que esa zona de mi cuerpo, asociada únicamente a la función de evacuar, pudiese aportar tanto placer para los hombres e incluso para mi misma. Mucho tiempo pasó entre las primeras experiencias que tuve asociadas a mi culito, hasta que por fin un hombre me folló el ano a plenitud; y la verdad es que ese proceso de adecuación fue muy, pero muy interesante.



Al comienzo fueron apenas unos roces sutiles. Mi tío Alejandro comenzó por olfatear mi cuerpo palmo por palmo y cada día exploraba nuevos rincones. A veces intento recrear en mi imaginación lo que para él significaba poder entrar en contacto con mi cuerpo juvenil, virginal, delicado. Supongo que lo que inició como un juego de “olerme los pies” para él poco a poco se convirtió en una obsesión. Pero yo agradezco que mi despertar sexual hubiese sido de ese modo porque, al ser tan progresivo y delicado, se hizo natural, libre de toda la carga moral que para la mayoría de las personas posee el sexo.



Digamos que se me hizo normal que mi tío jugara a olfatearme mis pies. Luego, fue normal que olfateara mi cabello, mi cuello y mi boca. Me hacia cosquillas cuando olfateaba mis axilas y cada avance suyo provocaba nuevas reacciones en mi cuerpo que me estremecían y en consecuencia me intrigaban. Recuerdo que disfruté cuando hundía la punta de su nariz en mi ombligo y como al rozar con ella desde mi abdomen hasta mis senos, mi piel se erizaba.



La primera vez que me olió la vagina fue muy agradable. Recuerdo que yo me bajé las bragas y me subí el camisón que llevaba puesto. Él su puso de rodillas frente a mi y se acercó sutilmente. Cuando estuvo entre mis piernas aspiró profundamente, como queriendo llenar sus pulmones con mi olor.



Luego de esa primera vez cada ocasión se iba haciendo más placentera y más natural. De hecho era yo la que las propiciaba. No mas mis padres salían de casa yo entraba a su habitación en pijama, como sabía que él prefería, y en seguida me tendía sobre la cama y me abría de piernas. “ven tío, vamos a jugar a que me hueles como un perrito” le decía.



Prácticamente mi tío ya había recorrido todo la extensión de mi cuerpo diminuto, simplemente olfateando palmo a palmo. Yo era consciente que el único lugar a donde él no había llegado era mi culo, pero como a esa edad no podía concebir otro uso distinto para mi esfínter, simplemente supuso que a esa área él no llegaría.



Nuestro “juego” ya se había vuelto un ritual, de modo que yo sabía el recorrido que la nariz de mi tío emprendía. También me había habituado a que mientras me olfateaba, la cosa entre sus piernas se le ponía dura y el se la frotaba por encima del pantalón. Siempre terminaba con una mancha en la tela que dejaba un rastro de humedad y siempre se negaba cuando yo le pedía que me mostrara lo que tenía ahí guardado.



Un día, como de costumbre, llegamos al punto en que yo estaba completamente desnuda, tendida sobre su cama. El ponía mi trasero al borde de la cama, abrías mi piernas y apoyaba mis pies en el borde, quedando yo en la posición en que se encuentra una cuando va a consulta con el ginecólogo. Mi tío se arrodillaba en el suelo frente a mi y entonces de dedicaba a olfatearme toda la raja mientras se iba apretando el paquete entre sus piernas. Pero ese día fue diferente porque luego de estar un rato recorriendo con su nariz mi vulva, de pronto tomó con sus manos cada uno de mis tobillos y levantó mis piernas, haciendo que los muslos se doblasen sobre mi abdomen y mi cola quedase suspendida en el aire.



En esa posición me sentí inicialmente incomoda. Había quedado con mi culito a la altura de su rostro y me preocupó que en esa posición se me fuese a salir un gas. Sin embargo no opuse resistencia. De hecho, con mi tío nunca había puesto ningún tipo de resistencia. Fue entonces cuando noté que él acercaba su rostro y en seguida pude sentir su nariz rozando directamente mi agujero. El rozaba y aspiraba a la par y aquello me producía cosquillas y también una sensación agradable.



Supongo que el olor de mi culo le gustó en demasía, porque fue la primera vez que mi tío no se contuvo y se sacó su miembro fuera del pantalón. Fue la primera vez que se lo vi. Un pedazo de carne rosada, alargado y brillante; y su mano moviéndose velozmente en un vaivén desesperado. Yo inclinaba la cabeza para poder ver bien toda la escena y la verdad que nunca se me borrara de la mente. Yo ahí, tendida sobre la cama con los pies elevados en el aire y el rostro de mi tío clavado entre mis nalgas, hundiendo su nariz en mi esfínter mientras se masturbaba. De repente la escena se interrumpió. No sabia que pasaba. Entonces mi tío se echó hacia atrás, dejando caer mis piernas a la posición inicial. Se arrodilló en el suelo y yo, por entre mis piernas, pude ver la expresión en su rostro. Un gesto como de dolor se imprimió súbitamente en su semblante y unos gemidos precedieron unos chorros de liquido blanco que salieron disparados desde la posición en la que él estaba y que cayeron por sobre todo mi cuerpo; mi abdomen, mi pecho y hasta mi rostro, dejándome untada de su secreción por doquier. Fue la primera vez que vi un hombre acabar y el primer contacto que tuve con el semen de un hombre; y la verdad que fue mágico. La leche caliente escurriéndose por mis mejillas y mi torso, el olor particular parecido al cloro y ese sabor entre dulce y amargo fueron impresiones que jamás podré olvidar.



Esa primera eyaculación de mi tío fue verdaderamente memorable. Ahora lo recuerdo y soy consciente del divino manjar que yo representaba para él ahí tendida, tan joven y virginal, y cubierta por todas partes de su leche viscosa. A partir de allí se abrió una puerta a nuevas experiencias cada vez más intensas y profundas, pero aquel inicio fue irrepetible y desde entonces tengo el fetiche de que al follar con algún hombre este saqué su pene antes de acabar y lo haga bañándome el cuerpo con chorros de leche. Es una de las cosas que más disfruto.
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