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Embadurnada de placer
Author: 
Trios
29-Sep-2019
96
Embadurnada de placer
Mis ojos se abren. El techo es mi visión. Mi cuerpo yace reposado. Estoy desnudo. Mi brazo doblado descansa sobre mi frente. Quiero recordar. Cierro los ojos de nuevo. Necesito visionar mis recuerdos. Escrutarlos uno a uno. Repaso mentalmente lo sucedido después de las convulsiones de mi mujer.
Hemos terminado de comer más temprano que en otras ocasiones. El calor es insoportable. Sólo siento deseos de beber. Aunque en mi casa existe un sistema de aire acondicionado y se está bien, en la calle mueren hasta los pájaros. Son las tres de la tarde de un mes de Julio.

Me duele el cuello. No paro de quejarme. Hago aspavientos sin parar. Parece que estoy cabreado. Mi mujer me mira a la vez que levanta la vista del periódico que lee. Parece que yo también causo molestia en ella.

-¿Qué te ocurre?, no paras de gesticular y hacer movimientos.

-¡Qué me va a ocurrir joder!, que tengo un dolor de cuello de la leche.

-¡Túmbate en el sofá!....

-No se me quitará. Habré de tomar algún analgésico. ¡Esto es una mierda!

-Posiblemente debas someterte a la extirpación de parte del cuello. Me dice ella en tono de broma.

-Ya. Contesto sin ganas de continuar la burla.

-Yo también tengo un dolor en la espalda. Llevo unos días así y no hay manera. Pero las mujeres sómos más sufridas que vosotros. Un pequeño “tiquismiquis” y os creéis morir.

-Ya-Insisto de nuevo-, lo que ocurre es que cada uno siente su dolor.

-Egoísta. Replica ella.

-Lo soy. Asevero yo.

Vuelve su vista hacia el periódico. Y yo vuelvo a quejarme. Otra vez me mira con desagrado.

-¿Sabes?, ahora seré yo quien se queje del dolor de espalda que siento. ¿Qué te parece?

-Si te quitaras de delante del chorro de aire frío que suelta el aparato éste-Digo señalando el aparato de aire acondicionado-, tal vez no te dolería la espalda. Luego estás con esa camiseta….que parece que…

-Estoy en casa. Procuro estar cómoda. Responde ella.

Patricia lleva una camiseta de tirantes ajustada a su cuerpo. Un pantalón corto me dejaba ver sus largas y moldeadas piernas. Sus 35 años recién cumplidos me sacan de quicio cada dos por tres. Casi todas las noches, exceptuando alguna, nuestros cuerpos se funden en uno sólo antes de dormir.

Miro el televisor y tonteo con el mando a distancia. Reviso los canales de la antena parabólica uno a uno. Sin interés. Sin ganas de nada. Sin buscar nada en concreto. Patricia me está leyendo algunos anuncios que hay impresos en el periódico. Nada interesante. Al menos para mí, que no para ella, pues no para de leer y leer anuncios. Definitivamente estoy aburrido y dolorido. Y algo cabreado.

-Me voy a preparar un café con hielo. ¿Quieres uno?. Pregunto rutinariamente.

-Si. Hazme uno por favor. Me vendrá bien. Contesta ella sin exteriorizar nada que llame mi atención.

Regreso al salón con una bandeja en las manos y la deposito encima de la mesa. Saboreo el café con autoridad. Patricia es más sensible y bebe despacio sin apartar la vista del periódico. Es el momento de centrarme en el mando a distancia de nuevo. Patricia me habla.

-¡Mira!, ¡Mira este anuncio!-Exclama alborozada-, “Masajista profesional. Me desplazo. Total disponibilidad”. ¿Llamamos a este teléfono?

-¿Para qué coño vámos a llamar?. Pregunto con cierta indignación.

-Para enterarnos en qué consiste. Ver cuanto cobra. ¡Qué se yo!, esas cosas.

-¿Quieres darte un masaje? Pregunto.

-No. Pero no nos vendría mal. Tu cuello y mi espalda……necesitan reparaciones.

-Si. La verdad es que si. Pero para eso deberíamos acudir a un especialista. Un profesional no creo que se anuncie en un periódico de mierda.

-¡Eso es que lo dices tú!, ¡Pues anda que no se anuncia gente en los periódicos!....

-Ya, ya, ya. Pero ese tipo de anuncios me huelen mal.

-A ti todo te huele mal-Responde ella y añade-, de todas formas se nos presenta una tarde aburrida. Y la verdad, no te veo con ganas de moverte del sillón.

-Pues la verdad es que no tengo ningún interés en sacar mi culo de aquí. Digo señalando mi asiento.

-¿Por qué no llamas y te enteras de qué va eso?. Me pregunta.

-¿Dónde, al anuncio?. Pregunto.

-Si. Tal vez no sea como piensas. Igual hasta vienen a casa y nos arreglan el cuello y la espalda.

La miro de soslayo. Me tiene cabreado. Estoy aburrido y el cuello me está dando por el culo sin cesar. Pienso que tal vez sea una buena idea, pero no estoy seguro. No quiero desairarla.

-¡Anda, dame el periódico!, llamaré a ver que cojones me cuentan. Digo con desgana.

Patricia me da el periódico y me indica el anuncio. Lo leo con atención. Y llamo.

-Sí. ¿Dígame?. Me contesta una voz de varón.

-Si, buenas tardes. Mire llamo por el anuncio del periódico.

-¿Desea un masaje?. Me pregunta mi interlocutor.

-Quisiera información.

-No hay problema. Sólo voy a domicilios. Los precios varían, dependiendo del masaje, desde los 60 euros hasta los 250.

-Ya. ¿Pero qué tipos de masajes ofrece?.

-Todos. Desde masajes de relajación a masajes Tántricos. ¿Para quién es el masaje que desea?

-Para mí y para mi mujer. A mí me duele el cuello y a mi mujer la espalda.

-No hay problema. Los dos masajes serían 120 euros. Una hora total.

-¿Necesitaría algo para el masaje, no sé, algún lugar concreto?.

-Si, si. ¿Supongo que disponemos de una cama?. Con eso es suficiente. No obstante, puedo llevar mi camilla plegable. Por lo demás, yo llevo en mi maletín todo lo necesario. ¡Ah, y unas toallas!.

-No hay problema con eso. Le respondo.

-Bien, usted decide.

-Déme unos minutos. ¿Puedo volver a llamarle en unos minutos?. Pregunto.

-No hay problema-Me responde-, pero si me llama alguien en estos instantes, habré de atender la llamada. ¿Comprende?.

-Desde luego. No tardaré en volver a llamarle. Digo comenzando a alterarme.

-De acuerdo. Cuando guste. Buenas tardes.

El tipo se despide de mí con la seguridad de que no volveré a llamar. Miro a mi mujer que está a la expectativa.

-¿Qué te ha dicho? Me pregunta.

-¡Pues nada!, que da masajes. Que cuestan entre 60 y 250 euros. Que nos cobraría 120 por dos masajes. Que vendría aquí, y que necesita una cama y unas toallas. Digo haciendo un resumen de lo escuchado.

-¿Y de los masajes?, ¿Qué te ha contado?. Me pregunta Patricia.

-Nada. Dice que da todo tipo de masajes. Desde los de relax hasta los Tántricos.

-¿Tántricos también?. Me pregunta Patricia.

-Eso dice.

-¿Y es un hombre, no?

-Yo he hablado con un hombre. No creo que fuera una maricona.

-¡Idiota!. Me dice ella sonriendo.



La devuelvo el periódico y me centro en el mando de nuevo. La veo que observa el anuncio con interés. Pasa las hojas con avaricia. Me imagino que buscará algo. Al fin lo deja. Lo cierra. Lo dobla. Lo suelta encima de la mesa.

-¿Qué hacemos?

-¿Qué hacemos de qué?. Pregunto.

-¿Qué en qué habéis quedado?.

-En nada. Le he dicho que le volvería a llamar si nos interesa.

-¿Y le llamarás?

-¿Quieres que le llame?. Pregunto con interés.

-Podría ser interesante. Contesta Patricia.

-¿Interesante?.

-¡Total, no tenemos nada que hacer!, ¿No te apetece un masaje?.

Pienso en lo que me dice Patricia. Es cierto que la tarde se presenta como muchas otras tardes. Aburrida. Pero siento desgana. Una desgana gigantesca. Los canales que voy revisando en la televisión por satélite me están cabreando. Se que al final estallaré y pagaré mi mal humor con algo.

-Un masaje-repito en voz alta-, tal vez sería una forma de que la tarde pase más rápidamente.

-¡Pues llama otra vez!. Exclama Patricia.

-¿Quieres que llame?. Pregunto.

-Si. Puede solucionar nuestros problemas, ¿No te parece?.

-No sé. Pero si quieres, llamo.

-Si, llama. Igual ya no puede venir porque le haya surgido algo. Dice ella.

Teléfono en mano, presiono la tecla “rellamada”.

-Si. ¿Dígame? Contesta la mísma voz de antes.

-Mire, le he llamado hace unos minutos.

-Si. Escucho a través del auricular.

-Pues… que estamos interesados en sus servicios.

-Sólo ha de decirme a qué hora y darme su dirección.

-No sé….espere un segundo por favor-Digo antes de tapar con mi mano el auricular y mirar a Patricia-, de inmediato le doy una respuesta.

Explico a mi mujer lo que me acaba de comentar la voz, y ambos decidimos que venga a las 5 de la tarde. Y si no puede, que nos diga a qué hora puede venir.

-¿Podría venir a las 5?. Pregunto.

-¿Dónde debo acudir?. Me pregunta.

-Si, perdón. Es en la calle Caleruega, 52, 7º E.

-Bien….podría estar ahí en media hora. Me contesta.

-¡Ah!, ¿Está usted cerca, eh!

-En la calle José del Hierro.

-Si. Cerca-Afirmo-, entonces le esperamos. ¿Anotó la dirección?.

-Si, si. No ha problema. Ya la tengo.

-De acuerdo pues. Contesto.

-De acuerdo. Me dice a la vez que cuelga el teléfono.

Miro a Patricia mientras dejo el teléfono en su lugar. Tal vez no sea buena idea. El eco repite mi frase y la lanza al exterior de mi garganta.

-Tal vez no sea buena idea, Patricia.

-¿Va a venir, no?. Pregunta ella.

-En eso hemos quedado. En media hora estará aquí. Eso dice. Vive en José del Hierro.

-Aquí mísmo. Comenta Patricia.

-Si.

-¿Hay que preparar algo? Me pregunta ella.

-Ni le he preguntado ni me ha dicho nada. Será mejor que esperemos a que venga. ¿No crees?.

-Tal vez. En cualquier caso, pondré sábanas límpias en la cama. Y sacaré unas toallas. ¿Con cuatro o cinco bastará?. Me pregunta Patricia.

-¡Oye, que no va a masajear a todo el bloque!. Exclamo a la vez que gesticulo con las manos.

-Mejor tenerlas preparadas. Luego no quiero que las tenga que pedir. ¡Además yo qué coño sé!.

-¡Pues anda que yo!.

Patricia se aleja a nuestra habitación. En diez minutos lo ha preparado todo. Me llama para verlo. La cama recién hecha. Seis toallas blancas. Un poco de perfume esparcido en el habitáculo.

-Ya está. Listo. Estará al llegar ¿no?.

-Si-Digo mirando el reloj de nuestra habitación-, no sé, tal vez deberíamos haber elegido otro lugar.

-No tenemos otro. No tenemos más camas. ¡Y no será porque no te he dicho mil veces que pongamos una cama en aquella habitación!

No tiene sentido poner camas en las otras habitaciones. Nunca recibimos visitas que se queden a dormir en nuestra casa. Y nunca tendremos hijos. No si no los adoptamos. Patricia no puede concebir. Eso no nos causa problemas, pero tampoco quiero hacer mención al detalle. No quiero que Patricia lo recuerde otra vez, aunque me consta que de vez en cuando, sobre todo cuando vemos críos pequeños, recuerda su problema y se siente mal. Afortunadamente ya vamos superando el asunto. Y en el fondo, algunas veces nos alegramos de no tener que estar pendientes de esos pequeños gamberros egoístas. Mis sobrinos dan fe de lo que digo. Son la muestra.

Sentados en el salón, no paro de mirar el reloj de pared. Faltan 10 minutos para que den las 5 de la tarde. He dejado el dinero preparado. 120 euros descansan en dos billetes de 50 y uno de 20 sobre una de las dos mesillas de la habitación.

El video-portero nos avisa que nuestro huésped está abajo. Le abro después de unos segundos. Esos segundos me han permitido escrutar su rostro.

-Ya viene. Ya está aquí, Patricia.

-¿Ya sube?

-Si.

Efectivamente, en tres minutos se oye el timbre de la puerta. Me dirijo por el pasillo lentamente y abro la puerta con cierto temor.

-Buenas tardes. Soy Nilo. Encantado-Dice a la vez que me estrecha la mano como si me conociera de toda la vida-, ¿Puedo pasar?.

-Si, si, pase, pase.

Es un tipo alto. Unos 40 años. Buen aspecto. Moreno de piscina. Ojos negros. Pelo negro. Posiblemente con algo de tinte. Porta una pequeña maleta en su mano. Zapatos negros a juego con su pantalón. Suéter azul. Le invito a tomar asiento después de presentarle a Patricia.

-Bueno Nilo, usted nos dirá….

-Por favor. Tutéeme. Llámeme simplemente, Nilo. Me advierte.

-Gracias. A mí me puede llamar Oscar. Y ella-Digo señalando a mi mujer-, como le dije, es Patria. Mi mujer. ¿Quiere tomar algo fresco, Nilo?

-Un vaso de agua por favor. Hoy tenemos un día de cuidado. Muchas gracias.

Con un primer sorbo que aclara su garganta y le sirve de refresco, pues Patricia ha puesto hielos en su vaso, Nilo toma la palabra.

-Bien, creo recordar que me dijo que usted tenía un problema en el cuello y su esposa en la espalda. ¿No es cierto?-Pregunta a la vez que yo asentí-, en este caso con un simple masaje de relajación conseguiremos un alivio pronunciado. No obstante, como hago siempre, me gustaría explicarles la oferta que pongo a su servicio. Soy quiromasajista profesional, masajes terapéuticos, de relajación, celulitis, estiramientos, relajación de cuerpo y mente, ayurvédico y tántrico, son mis especialidades. Naturalmente, cada masaje tiene un costo distínto. El más económico es el que les puede servir, y el más caro es el tántrico. Hay diferencias sustanciales entre los distíntos tipos de masaje. Un masaje ayurvédico tiene múltiples beneficios. Efectos positivos en el cuerpo y en la mente. Tengan en cuenta que los masajes nos ayudan considerablemente a eliminar toxinas, lo cual mejora la circulación sanguínea y linfática, tensiones, estrés, tanto físico como mental, y en definitiva, dejan el cuerpo y la mente en un estado de paz y reposo. Estos masajes se aplican con aceites vegetales y así conseguimos que la piel se hidrate y adquiera un brillo y una elasticidad notoria. Para terminar les hablaré del masaje tántrico. Aunque ustedes no deseen este masaje, es bueno que conozcan sus efectos. No en vano es el más costoso. El masaje tántrico es una grata experiencia para el cuerpo y la mente. Es una experiencia sensitiva. Con ella buscamos, hasta conseguir, explorar el camino que recorremos hacia nuestro bienestar. En un masaje tántrico, mis manos en este caso, pasarían por todo el cuerpo del masajeado. Espalda, caderas, glúteos, vientre, piernas, son sólo algunas de las partes masajeadas. Evidentemente nos detendríamos en las zonas erógenas del hombre y de la mujer. Es un tipo de masaje fijado en la búsqueda del placer sin ningún tipo de tabú, dónde evidentemente, la persona masajeada pone sus propios límites. Lo detiene cuando desea. Es el más trabajoso para el masajista, de ahí su precio, 250 euros.

Mi cara debe ser prima hermana de la gilipollez. La de mi mujer podría representar la cara de la fascinación. Mientras yo no entiendo nada de lo que nos explica Nilo, mi mujer, absorta en sus explicaciones, va más allá. Es más incisiva. Ella sí ha entendido las definiciones.

-Si no entiendo mal, el masaje tántrico es la búsqueda del placer del cuerpo ¿no?.

-Así es…

-Patricia. Dice ella para recordarle su nombre.

-….Patricia. Primero se busca la total relajación del cuerpo, y la mente se prepara para el placer. Placer interrumpido por el masajeado cuando lo estime oportuno, aunque esto último que le digo, no ocurre nunca. Todo el mundo quiere llegar al final.

El silencio reina en nuestro salón. Nilo se ha callado. Patricia medita. Yo fumo. Es incómodo. En verdad no entiendo muy bien lo que nos ha explicado Nilo. Sólo he retenido las cantidades. 60 y 250 euros. El toma la palabra de nuevo.

-Bien, ¿Qué tipo de masaje desean?. Pregunta con interés.

-En realidad nunca me han dado un masaje-Dice Patricia-, por lo tanto no podría inclinarme por uno o por otro. Siento unas ligeras molestias en la espalda, aquí-Dice tocándose hacia la columna-, pero supongo que serán producto de algún movimiento brusco que haya hecho. El masaje ayurvédico y tántrico parecen interesantes, pero….

-Son dos masajes distíntos. Con cualquiera de ambos, podríamos solucionar esos pequeños problemas que siente en su espalda. Tanto uno como otro son muy completos. Hay diferencias, claro está, diferencias que ya les he explicado. La diferencia entre uno y otro son apenas 50 euros. Evidentemente el más completo es el masaje tántrico, por lo que les he comentado. Finaliza con la obtención del placer.

-¿Tú que dices, Oscar? Me pregunta mi mujer.

-¿Yo?...yo…discúlpeme Nilo-Y dirigiéndome a ella-, yo estoy un poco en fuera de juego. No sabría que decir. Sus explicaciones-Continúo, pero ahora dirigiéndome a él-, han sido interesantes. Muy profesionales. Pero francamente no me he enterado de mucho. Simplemente tengo, corrijo, tenía una pequeña molestia en el cuello, que afortunadamente no reviste importancia y hasta creo que tiende a desaparecer. Sinceramente no creo necesario que me preste sus servicios. Tal vez pueda ayudar a mi mujer con su espalda, pero en cuanto a mí, podemos prescindir en esta ocasión.

-No obstante Oscar, le podría dar un masaje relajante. Le hará bien. Y en cuanto a usted, Patricia, en sus manos está. Dice Nilo mientras intercambia su mirada entre ella y yo.

-Para un completo ¿Qué necesitaría?. Se interesa Patricia.

-¿Un tántrico?. Pregunta Nilo.

-Si, un completo…..lo que ha dicho usted. Dice ella.

-Que se duche, una hora, y buena predisposición. Responde el.

Patricia me mira. Trata de hablarme con los ojos. Pero yo, torpe de mí, no me doy cuenta de que lo que realmente quiere es someterse a las manos de Nilo. Desea el completo. Desea el más caro. Está dispuesta a que nos gastemos 250 euros. La verdad, me escuece la cifra.

-Haz lo que quieras. Yo no me daré ningún masaje. El dolor de mi cuello va remitiendo. No creo que sea necesario someterme a un masaje. Pero tú puedes darte el completo que dice Nilo.

-Está bien. Me daré, bueno, me dará usted un masaje de esos….

-¿Tántrico?. Pregunta de nuevo.

-Si. Responde ella.

-En ese caso, si es tan amable, puede ducharse mientras yo me preparo. ¿Podrían indicarme el lugar donde trabajaremos?

-Si. Acompáñeme-Le digo a la vez que me pongo en pie-, es por aquí.

Los tres. Los tres y la maleta levitante nos dirigimos al dormitorio. Al dormitorio dónde noche tras noche mi cuerpo se junta con el de Patricia y nos fundimos entre gritos de placer. La cama impoluta, con sábanas blancas, las toallas del mismo color y los tres billetes dejados por mi encima de la mesilla, nos aguardan.

-Vaya a ducharse Patricia. Yo mientras, iré preparando mis cosas. Ordena Nilo.

-Deberías darte un masaje Oscar. Me dice mi mujer.

-Si, debería aprovechar. Podría darle uno económico. Le relajaría al menos.

-Gracias. Lo pensaré. Digo sin mucho interés.

Patricia se pierde en el cuarto de baño. Yo me quedo al lado de Nilo siguiendo con interés sus preparativos. Abre la maleta, extrae de ella un pantalón blanco y una camiseta del mismo color.

-¿Podría…?-Pregunta señalándome la ropa que acaba de sacar de su maleta-, necesitaría cambiarme. No se si puedo hacerlo aquí o…tal vez…

-No. No hay problema-Respondo-.Puede hacerlo aquí mísmo. Le dejaré sólo.

-No. Está bien. Esperaré. Cuando su mujer acabe iré al baño y allí me cambiaré. Es lo habitual. No se preocupe. Muchas gracias de todas formas.

Patricia entra en la habitación. Viene envuelta en una bata de raso color rosa. Se ha duchado rápidamente. Mientras tanto, Nilo ha colocado al menos 5 o 6 botes de distíntos aceites sobre la mesilla. Muy cerca de dónde reposan los tres billetes. Los miro con desdén. Nilo también los ha ubicado. Ahora habré de colocar junto a ellos, al menos otros tres hasta completar los 250 euros requeridos por Nilo.

-Ya estoy lista. Dice ella.

-De acuerdo. Si me disculpan, voy a cambiarme. De inmediato estoy con ustedes.

Nilo nos deja a solas. Son apenas tres minutos. Escucho la cisterna del baño. Deduzco que ha orinado. Trato de aprovechar esos tres minutos.

-Oye, ¿El masaje ese que te va a dar….?, ¿Cómo se llamaba?

-Tántrico o completo. Me responde Patricia.

-¿Que tienes puesto debajo de la bata?

-Nada. ¡Que voy a tener!

-¿Estás desnuda?

-¡Claro!. Me van a dar un masaje. ¡Tendré que estar desnuda, no!

-¿Pero del todo?. ¿Desnuda del todo?.

-Si Oscar. ¿No sabes por lo que vas a pagar 250 euros?, ¿No has escuchado sus explicaciones?

-Si, pero no me he enterado muy bien.

-Pues es un masaje tántrico cuyo fin es dar placer.

-¿Dar placer?.... ¿Qué quieres decir exactamente?

-Que me tocara el cuerpo entero.

-¿Todo?

-¡Claro!. Ya lo ha dicho.

-Pero…. ¿Todo, todo?

-Creo que si Oscar.

-¿Y no te importa?..... ¿No te importa que te toque ahí?

-Es un masaje. Ahora que si quieres no me lo doy….

-No, no. Que te lo dé. Igual hasta yo mísmo me animo.

-Sería lo razonable. Los dos. Así podríamos hablar de nuestras diferentes experiencias. ¿No crees?

La conversación llega a su final. Nilo ha regresado. Viene vestido con un pantalón blanco y una camiseta del mismo color. Resalta su pelo negro y el moreno de su piel.

-Bien, extenderemos una toalla grande encima de la cama-Dice a la vez que toma una de las toallas y la extiende en el centro de la cama. Observo que viene descalzo-Ahora, túmbese encima de la toalla, Patricia.

-¿Me quito la bata? Pregunta ella.

-Si, desde luego.

Patricia se desata el cinturón de la bata y se la saca por los brazos. De espaldas a nosotros. Nos muestra sus glúteos firmes. Su espalda derecha. Sus largas piernas. Apoya una rodilla encima de la cama y se tumba boca abajo. De inmediato, Nilo, extiende otra toalla y cubre el centro de su cuerpo, tapando así su culo y parte de la espalda y muslos. Retira la almohada de la cama y me la da. La pongo encima de un silloncito que tenemos en la habitación. Me quedo de pies. En un lado de la habitación para no molestar sus movimientos.

-Puede sentarse aquí-Me dice Nilo señalándome un lugar preferencial entre la cama y la pared. Cerca de la mesilla. Al lado de mi mujer-, use ese sillón. Estará más cómodo.

Me acerco al silloncito y dejo la almohada encima de un sinfonier, y me traslado, junto a mi butaca, al palco de honor. Tomo asiento y pienso que voy a ver todo perfectamente. Miro a Nilo. Ha abierto un recipiente y vierte un poco líquido sobre sus manos. Lo deja de nuevo en su lugar y frota una contra otra hasta que adquieren un brillo y una suavidad inmediata. Es aceite. Me apetece fumar pero no tengo tabaco. Lo he dejado en el salón y no me quiero ausentar de allí. Observo a Patricia. Está tensa. Su cabeza está girada hacia la izquierda. No puedo ver su cara. Sólo su pelo negro dándome la espalda. Sus brazos extendidos yacen inertes con las palmas de sus manos mirando al techo. Las manos de Nilo se posan en la espalda de Patricia. Lentamente frota con suavidad. Resbalan a cámara lenta por toda la zona. Su cuello no es olvidado. Las manos también se toman su tiempo en acariciar ese cuello. Vuelve a la espalda. Los hombros. Los costados. Los bultos de carne de sus pechos aplastados contra el colchón sobresalen por los laterales de su cuerpo. El los acaricia también. Vuelve de nuevo a los brazos. A sus manos. A su espalda otra vez. Sus caderas son ahora objetos de sus deslizamientos de manos. El aceite huele a almendra. Es un olor pertinaz. Obstinado diría yo, que a fin de cuentas es lo mismo. Las piernas de mi mujer están juntas. La toalla protege su intimidad. Sus antebrazos buscan la espalda de Patricia. Con ellos acaricia y masajea a la vez. Otra vez el cuello. Ahora los pechos en su parte más externa. Las caderas de nuevo. La espalda al fin. Allí se entretiene más de lo habitual hasta el momento. Masajea con clase. Con sabiduría. Con sus manos abiertas va marcando el contorno que ofrece desde sus axilas hasta su cintura. Así una y otra vez. Cada vez con más presión. Con más precisión. Sus dedos pulgares se deslizan de arriba abajo por su columna. Uno a cada lado. Varias veces. Por fín se da un respiro. Breve. Vuelve a la carga. Sus manos, ahora sin presión, acarician de nuevo su espalda. Desde el cuello hasta su cintura.

Un movimiento ladino y la toalla es retirada. Sus glúteos aparecen ante nuestros ojos. Sus muslos. Sus piernas cerradas. El surco que marca la división de ambos glúteos es perfectamente visible. Ella se mantiene cerrada. Aunque relajada, la tensión de su respiración es notoria. Las manos de Nilo se fijan allá donde ambos glúteos se separan. Caricias con ambas manos separan con fuerza el surco. Su ano es visible para los dos. Su grieta comienza a dejarse ver. Unos instantes más y abandona. Más aceite en sus manos. Vuelta a empezar. Los muslos, los gemelos, los pies. Los glúteos de nuevo. Siempre los glúteos. La mano es incisiva. Cada vez más. Surca una y otra vez el canal del ano. Sin profundizar. El cuerpo de Patricia brilla. Observo unos pequeños puntitos en su piel. Se ha erizado. Más aceite en las manos de Nilo. Casi puedo divisar el líquido con detalle. Vuelve con ellas al surco de sus glúteos. Ahora es mas profundo. Sus dedos recorren la zanja que los separa como si buscaran algún obstáculo. Su mano se para en medio del trasero. Queda quieta. Sus dedos no. Sus dedos indagan dentro, cerca del ano. En el ano. Le veo masajear su ano. Resbalan los dedos hacia abajo. No lo puedo percibir con nitidez pero es seguro que esta acariciando su grieta. El cuerpo de mi mujer lo pone de manifiesto. Se tensa más. Se agita más. Abandona el lugar y se centra en sus muslos otra vez. Brevemente. Es un respiro. Vuelve al ano, a la raja. Observo el movimiento de sus dedos. Son rápidos. Se mueven con agilidad. Es claro que están inspeccionando el interior del cuerpo de mi mujer. Ella ha separado sus piernas ligeramente para facilitar la penetración de esas falanges. No aguanto más. Me pondo en pie. Nilo ni se inmuta. Sigue a lo suyo, que no es otra cosa que acariciar ese coño embadurnado de aceite. Ahora lo veo claro. Sus dedos, dos al menos, están dentro de Patricia. Ella no dice nada. Está inerte, pero tensa. El silencio reina en la habitación. Sólo se escucha el resbalar de los dedos de Nilo entrando y saliendo de ese coño.

Al fin los saca de tan recóndito lugar. Patricia descansa. Vive agitada, pero descansa. Me siento tenso. Violento. Celoso. Con la mente alterada. Mis ojos han visto lo que mi mente no puede asimilar. Trato de ordenar. De responder como yo mísmo. Nilo habla. Rompe mi desazón para estrangularla y hacerla más ofensiva.

-Dése la vuelta Patricia.

Ella se gira. Boca arriba está más espectacular aún. Sus pechos respiran después de haber estado aplastados contra el colchón. Sus piernas están semiabiertas. Sin descaro, pero incitando. Sus brazos siguen alineados a lo largo de su cuerpo, ahora con las palmas de sus manos acariciando la sábana. Nilo toca el cuerpo otra vez. La maquinaria se pone en marcha de nuevo. Mi corazón late deprisa. O lento. Ya ni lo sé. Comienza en los hombros, baja a los pechos, al vientre. De nuevo a los pechos. Masajea con ternura. Con mimo. Sus pezones. Siento ganas de orinar. La miro. Miro su cara. La veo allí, tumbada en la cama, boca arriba, dejándose hacer. Me pervierte la visión. Me duele. Me alboroza a la vez. Me excita. Me humilla. Veo esas manos morenas en sus pechos, jactándose de sus pezones. Veo como se endurecen por los tocamientos y las caricias. Observo el vientre de Patricia subir y bajar al compás de esa respiración excitada. Miro más abajo. Su grieta rapada deja ver una ligera separación de sus labios. Recuerdo esa abertura esperando mi pene. Noche tras noche. Es mía. Me pertenece. Ahora es violada por otras manos. Los pechos siguen siendo objeto del deseo de esas manos expertas. Los pezones permanecen duros. Desafiantes. Las manos bajan al vientre. Más abajo aún. Al lugar dónde el nuevo vello quiere romper y aparecer. Rodea la vagina y se fija en el interior de sus muslos. Con presteza. Con sensibilidad. La misma sensibilidad que usa para acariciar, ahora si, la raja que se ofrece semi abierta. Su mano izquierda se apoya en el vientre de Patricia y la derecha hace su trabajo. Frota con empuje, con delicadeza a la vez, con insistencia.

Los primeros jadeos y suspiros irrumpen en la habitación. Miro su cara. Los ojos cerrados. Su labio inferior es mordido con sus dientes superiores. Su cara refleja placer. Los dedos de Nilo han penetrado dentro de su vagina. Dos de ellos, como avanzadilla más dispuesta, exploran tratando de extraer hacia el exterior el flujo que mana confundido con el aceite de almendras. Los valientes índice y corazón permanecen dentro. Hacen movimiento de retracción, acariciando el punto G. Cansados tal vez, giran sin salir del refugio que los acoge. Escarban hacia abajo. Vuelven a girar y vuelven a acariciar el punto G. Mi mujer trata de juntar sus piernas. Sus gemidos ya son constantes. Sus jadeos visibles. Su agitación patente.

Los dedos exploradores abandonan la vagina. Dejan su lugar al dedo pulgar. Penetra como si de un pequeño pene se tratara. Esta perfectamente coordinado con el dedo corazón que se afana por profundizar a través del ano de mi mujer. Patricia no para de emitir esos sonidos que yo conozco bien. Esos sonidos que agradecen la penetración que la hago noche tras noche. Esos sonidos que son la víspera del orgasmo. Abandonando el pudor, manifiesta su deseo, su placer, su locura. Cada vez más. Cada vez más escandalosamente. Nilo la abandona en espera que ella cree infinita.

Deja caer su cabeza de lado. De mi lado. Me mira. La miro. Creo adivinar en su mirada un deseo. Desea mi pene. Desea un pene con urgencia. Un pene que la colme y la haga gritar de placer. Me noto hinchado. Mi pene esta duro. Sometido bajo los calzoncillos y el pantalón, está a disgusto. Quiere exteriorizar su furia. Pero no es el momento. Es el momento de Nilo. Y de sus manos. Y de sus dedos. Ella lo sabe. Pero ha perdido el juicio. La moral. Los sentimientos. Todo ha sido abandonado por el deseo de gritar su orgasmo. Implora algo. Implora compasión. Que se apiaden de ella. Quien sea. Lo veo en su cara. Tal vez desea que Nilo la penetre. Tal vez quiere abrazar su cuerpo a la vez que el la embiste.

Como un cómplice en el silencio. Como un invitado descarado. Como un poseso embaucado me uno a su cuerpo. Mis manos se fijan en sus pechos. La beso. La beso en el instante en que los dedos visitadores toman la morada de nuevo. Ahora vienen con el arsenal preparado. Ya no paran. Han traído refuerzos. Índice, Corazón y Anular han entrado irrumpiendo con suavidad. Su respiración se entrecorta de nuevo. Sus jadeos vuelven a escucharse otra vez. Más intensos. Tan intensos como los movimientos de frotación que ejerce la mano de Nilo. Patricia quiere temblar. Quiere sentir ese orgasmo que llega y se frena atendiendo las órdenes de Nilo. Mis manos acarician con ternura sus pechos. Su frente. Su rostro. Las de Nilo castigan su vagina. Las convulsiones sacuden su cuerpo. Quiere pero no puede ahogar el grito desgarrador. El chillido profundo me impresiona. Miro a Nilo. Suda. Sigue enviando fuerza a esos dedos. Mi mujer tiembla. Se está corriendo. Las convulsiones se suceden una tras otra. Está embadurnada de placer.

Nilo desciende lentamente en sus movimientos. Se une con su mano al canto del placer. Abandona la osadía y la convierte en ternura. Su caricia es compasiva. La vagina de ella lo agradece. Junta sus piernas atrapando la mano. Parece como si no quisiera desprenderse de ella nunca. Quisiera soldarla a su coño.



Ella nos mira. A los dos. Nos sonríe. Nos sonríe como si estuviera ebria. Y lo está. Lo está de placer. Nunca ha sentido eso. Nunca antes había imaginado que sensaciones así, se pudieran sentir. Me mira con ternura. Su mirada después enfoca a Nilo. Le mira con agradecimiento. Quisiera pagarle. Pagarle olvidándose de los 250 euros que nos ha costado ese orgasmo. Patricia me mira de nuevo. Nuestras miradas se hablan. Ambos pretendemos lo mismo. Ambos sentimos igual. Ambos acariciamos la misma posibilidad. Pero ambos sabemos que con el orgasmo en su fin, el encanto se rompe. Ambos sabemos que desde ese instante seremos otras personas. Nilo también lo intuye.



Mis ojos se abren. El techo es mi visión. Mi cuerpo yace reposado. Estoy desnudo. Mi brazo doblado descansa sobre mi frente. Quiero recordar por qué estoy desnudo encima de mi cama. Cierro los ojos de nuevo. Necesito visionar mis recuerdos. Escrutarlos uno a uno. Repaso mentalmente lo sucedido después de las convulsiones de mi mujer.

Recuerdo con claridad cómo me desnudé a requerimiento de Nilo. Patricia lo deseaba. Deseaba que yo sintiera placer. Hablaba del masaje. Les dejé hacer. Me veo tumbado en la cama. Patricia sentada al lado de mi cuerpo sigue las instrucciones que Nilo redacta. Mi pene ungido de aceite de almendras es vilipendiado. Con rigor, con presteza, con deseo, la mano de Patricia sube y baja por mi pene duro. Sus dedos forman un anillo alrededor de mi prepucio. Abarcan la longitud completa. Siguen las directrices de Nilo, que de vez en cuando ayuda en la tarea guiando su mano. El glande es tratado con interés. El frenillo inspeccionado con detenimiento. Los testículos son sopesados con la otra mano. Exijo eyacular. Quiero explotar. Cierro mis ojos. Los abro justo cuando Nilo se desembaraza de su camiseta. Está mojada. Es su sudor. Las dos cabezas se centran en mi pene. Las caricias de las manos de Patricia van y vienen por el cilindro rígido. No escucho nada. Me siento evadido por completo. Ellos hablan. Nilo explica a Patricia cómo debe continuar. Vuelvo a cerrar mis ojos.

Al abrirlos veo que Patricia ha cambiado su postura. Se ha situado a los pies de la cama. De pies. Inclinada entre mis piernas. Levanto la cabeza al notar sus labios en la mitad de mi pene. La succión es lenta. Con mimo. Lubrica, aún más, con su saliva, como si pretendiera enfriar esa carne que ha sentido dentro cientos de veces. Nilo masajea su espalda. Parece seguro del trabajo de la alumna y la permite continuar sin dejar de observarla. Situado a su espalda, sus manos resbaladizas acarician su vientre, sus pechos, su espalda, su vientre de nuevo. Patricia es como un pez, resbala entre sus manos poderosas, pero no escapa al hechizo. Sentir las manos de Nilo en su cuerpo y hacerme sentir a mí la suyas, la excita más.

Su cuerpo sigue inclinado sobre el mío. Nilo continúa tras ella. Sus manos van y vienen por sus pechos y su vientre con pasmosa parsimonia. Patricia succiona más y más. Levanto una y mil veces mi cabeza para encontrarme con su mirada. Deseo rogarla que me masturbe ya. Necesito acabar. Pero ella sigue a lo suyo.

La mano vigorosa e incansable de Nilo aparece entre las piernas de Patricia. La vagina es su prioridad. La está masturbando de nuevo. Con descaro. Ambos nos miramos. Admito la derrota. La situación sostenible. Dejo caer mi cabeza sobre el colchón. Me abandono en la boca de mi mujer. Mis bufidos son cada vez más continuados. Tomo aire y lo suelto con violencia. Necesito eyacular. Me inclino sobre la cama apoyándome en mis codos.

Allí está ella. Con su felación extrema. Las manos de Nilo separan sus piernas. Entre la pirámide que forman sus muslos y el borde de la cama, aparece el hercúleo de Nilo. Arrogante. Lo presiento. Lo sé y me dejo caer con mi espalda sobre el colchón. Vencido. Superado.

Con precisión rectilínea, su miembro se adentra en la vagina de mi mujer. Hasta el fondo. Hasta el útero. Instalado allí, se vence sobre su espalda y provoca que ella tumbe sus pechos en mis piernas. Siento el semen lentamente acudiendo a mi glande. Las manos de Nilo se unen a las mías en ambos lados de la cama. Arremete contra el cuerpo de Patricia. Con suavidad. Con deleite. Con elegancia y ritmo.

Patricia deja escapar sus ayes de placer. Libera mi pene y acerca su boca a la mía. Me besa con rabia. Con furor. Su cuerpo se pega al mío y el de Nilo al de ella. Mi pene prisionero entre su cuerpo y el mío explota. Las salvas escapan calientes. Las noto en mi vientre. En su vientre. Sus ayes son constantes. El “ay” se instala en su boca. En sincronía con los envites de Nilo. Un último envite del miembro extraño acorta el “ay” y lo deja en una larga “a” solamente. Otra vez los estertores. Otra vez la convulsiones de su cuerpo.

Nilo cesa en sus arremetidas, pero permanece dentro de mi mujer. Afloja sus manos y libero los brazos. El se mantiene inclinado sobre ese cuerpo al que ha brindado dos orgasmos. Cierro mis ojos.

Mis ojos se abren. El techo es mi visión. Mi cuerpo yace reposado. Estoy desnudo. Mi brazo doblado descansa sobre mi frente. He recordado todo. Giro mi cabeza deseando que sólo haya sido un sueño. La imagen no ofrece dudas. Mi mujer descansa, con los ojos cerrados, a mi lado. Tras su cuerpo, Nilo la abraza despierto.
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