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Gays
23-Sep-2019
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Sexo
Un trabajador de la construcción conoce a un chaval en el tren de cercanías y nunca se podría imaginar la experiencia sexual que iba a experimentar.
Como es habitual, a las 6 :30 cogí el tren de cercanías que me acercaba al intercambiador del centro la ciudad para luego subir al metro e ir al trabajo. Como es habitual, en la parada siguiente, el chaval se sentó frente a mi. Como es habitual, yo llevo los auriculares puestos para oír música mientra leo el periódico gratuito que me dan a la entrada de la estación y como es habitual, el chico no me quita la mirada de encima a no ser que yo levante la mirada y entonces la baja o mira para otro lado. Así día tras día.

El chaval es un mozalbete de unos veintipocos años, fornido, de pelo castaño, se le ve rudo como si trabajara en la construcción como yo: pelo corto, barba de varios días, vestido con pantalones y botas de trabajo, chupa de cuero marrón muy gastada, camisa abierta y camiseta de botones unos días y de tirantes otros por cuyo escote asoma el vello del pecho que se adivina peludo y fuerte, muy fuerte, no sólo el pecho sino los brazos que, aunque enfundados, se notan musculados al igual que sus muslos. Tiene un aspecto basto pero no está nada mal. Sus ojos pequeños son color aceituna y tiene unos labios carnosos y rosados. Lo que más me gusta de el es el aire tímido de no sostener la mirada.

A mi me gusta ir con calzones de tela para que se note mi verga tamaño salchichón y se balanceé mientras ando (más de una vez he tenido encuentros gracias a esta estrategia, aunque la verdad es que no estoy nada mal, ya os contaré).

Cuando nos bajamos en el intercambiador, dejo que vaya por delante para poder observar su poderoso culo, redondo y prieto que balancea al andar. Se que lleva calzoncillos de algodón porque se marca en los glúteos que aprietan el pantalón y se que tiene una buena pieza entre las piernas porque cuando se sienta frente a mi en el vagón, se forma una bolsa en la entrepierna que me hace babear.

Yo, por mi parte, me siento y abro las piernas para que mi longaniza esté cómoda así como mis dos pelotas. Desde que me di cuenta que el chavalote me miraba, también me abría la camisa y dejaba que viera mi pecho cubierto de vello bajo la camiseta blanca. Comencé a saludarle y me gustaba que se ruborizara. Estábamos jugando a la seducción y eso me encantaba. Yo soy maricón desde niño, aunque mi aspecto diga lo contrario, y esos juegos me vuelven loco.

Un día decidí abordarle, por lo que me levanté, me quité los auriculares y me senté a su lado.

-Hola, buenos días.

Bajó la mirada y su cara se tornó rojiza.

- Coincidimos desde hace tiempo y no hemos hablado nunca. ¿Como te llamas?.

- Arturo.

- Hola Arturo, tienes nombre de rey. Yo soy Jacob.

...Silencio.

- Si te molesto me voy.

- No por favor (sonrisa tímida), no te vayas (ligera mirada a los ojos).

-¿Trabajas en la construcción no?

- Si en...

- Da igual... yo también... llevo una escavadora. Estoy bien, está bien pagado.

- Yo soy peón.

- Vives por mi barrio ¿no?.

- No se donde vives...

- Pero coges el tren una parada después de la mía por lo que supongo que debes vivir cerca de mi.

-Entonces seguro que si.

- Bueno, esta es la última parada, aquí nos separamos. Mañana te veo.

- Si... nos vemos...

Le dejé alejarse y me regodeé en el movimiento de su culo... un culo que iba a ser mío... sí o sí.

JACOB

A Jacob le gustaban los tíos desde que tenía uso de razón, pero vivía en una ciudad pequeña cerca de la capital y aquello no estaba bien visto, por lo que sólo se liberaba cuando engañaba a sus padres y se iba a la ciudad a buscar lo que pudiera encontrar... y normalmente lo encontraba. Era un chico alto y fornido, no podemos decir que fuera guapo pero si atractivo: nariz grande, labios finos que escondían una sonrisa cautivadora, ojos marrones y pequeños, pero pícaros. Según crecía se desarrollaba formándose en un hombretón fuerte, el pecho se le cubrió de vello y la polla le creció al igual que los cojones, por lo que las chicas se lo rifaban (pobres), el mozo sólo tenía ojos para otros mozos y las chicas se desesperaban por la ignorancia que demostraba por ellas.

A los 18 años decidió alistase a la legión. Había visto en la televisión y en revistas a aquellos hombres con las camisas abiertas hasta la cintura enseñando sus pechos velludos y morenos, marcando paquete con aquellos pantalones verdes que se ajustaban a la cadera y que le excitaban tanto que se pajeaba mirando las fotos. Se alistó y le destinaron a Melilla.

El ambiente del cuartel le volvía loco, los hombres duchándose juntos, las instrucciones, los deportes, el uniforme... todo le parecía hecho para el... menos el sexo que parecía que no existiera o si existía era solo para hablar de novias o de ir de putas. Pero un día... un día oyó una conversación entre dos compañeros que hablaban de un local en el que sólo iban tíos, legionarios, marroquíes y guiris. A esos últimos les encantaban los legionarios y pagaban por que les follaran o les mamaran. Sin pensarlo dos veces, se acercó a ellos y les dijo que quería acompañarlos a ese local del que hablaban. Le preguntaron si era maricón y él les dijo que si sin pensarlo dos veces. Le dijeron que podría ir pero que era un secreto que no podía desvelar porque serían el hazmereir de toda "la bandera". Jacob les dijo que estaba acostumbrado a guardar ese secreto.

Era un local decorado al estilo marroquí, con muy poca luz, en el que los clientes eran todos hombres jóvenes y adultos, unos con aspecto militar, otros claramente de la región y otros no podían negar ser guiris. Comenzaron a beber y los dos compañeros le dijeron que el primer día, en agradecimiento, debía hacérselo con ellos. A Jacob le importaba un huevo con quién iba a follar y sus camaradas no estaban nada mal por lo que aceptó encantado.

Aquel día, la ración de sexo fue la hostia. Cuando entraron en el reservado, los legionarios se desabrocharon las camisas dejando sus fuertes pechos al aire y se desabrocharon las braguetas. "A ver quien la tiene más grande". Por supuesto fue Jacob el que ganó. Los otros dos no pudieron más que tirarse como perras a sobar la entrepierna del novato y a mamar y comer el chorizo que les presentaba el chaval. Le comieron la longaniza y los cojones, le bajaron los pantalones y le lamieron el culo. Uno de ellos (Márquez), dijo que esa tranca la quería en su culo y el otro (Flores), dijo que mientras le follaban, le comería el rabo.

El final fue una corrida espectacular a tres bandas. Una vez finalizada, volvieron a la barra, brindaron y quedaron en volver al local en otra ocasión, pero que esa noche cada uno por su cuenta.

A Jacob se le acercó un hombre con aspecto rudo de idioma desconocido. Se sentó junto a él y acarició su pierna con las suya, al ver que al legionario le agradaba la caricia, llevó su mano al muslo y lo fue subiendo hasta la ingle. El chico abrió la pierna dando permiso para que la mano llegara a su paquete, el extranjero le acarició notó como se empinaba el miembro del español y bajó la cremallera de la bragueta para comprobar si era verdad lo que notaba en su mano. Cuando se dio cuenta de que no había trampa le ofreció a que le siguiera a una zona oscura y allí se bajó los pantalones para que el chico le follara. Gemía y aullaba como una virgen mientras nuestro héroe se saciaba entrando y saliendo de ese ojete rosado hasta que estallaron sus cojones y le preñó a lo bestia a lo que el guiri respondió con una gran corrida.

Esa fue la primera de las muchas noches en las que Jacob y sus amigos acudieron a ese local en el que se ofrecían mil posibilidades de practicar sexo.

Así pasaron los tres años por los que había firmado fidelidad a la Legión, allí aprendió a conducir camiones, a sacarse el carnet de mecánico y a utilizar transportes pesados.

Día tras día me se sentaba al lado de Arturo y así me enteré de que vivía en una casa compartida con otros chicos trabajadores, que había nacido en un pueblo de Segovia que era el único hijo varón de la familia, que trabajaba en un nuevo barrio que se estaba construyendo a las afueras de la capital etc. etc. Hasta que un viernes me decidí a invitarle a venir a casa a tomar algo y ver unas películas. - Los viernes por la tarde no se trabaja en la construcción por lo que no te voy aceptar que me digas que no.

Ese mismo día, a las siete de la tarde, sonó el portero automático.

Me quedé mirando al chavalote que estaba frente a mi. Se había afeitado, olía a colonia, llevaba puestos unos pantalones "cargo" beige y una camisa azul clara (no llevaba camiseta por lo que el vello de su pecho lucía bajo el cuello desabrochado de su camisa), de invité a entrar apartándome de la puerta. Cuando entró se quedó parado mirando el suelo. -¿Pasa algo?- le pregunté.

- Pasa que no lo he hecho nunca con un tío y quiero que lo sepas.

- Pues has elegido una XXL para que te desvirguen.

- El tamaño no me importa... Seguía mirando el suelo, luego levantó levantó la cabeza y me miró. - Me he metido por el culo cosas más gordas... seguro... pero núnca lo he hecho con un tíó.

- Y estás seguro de querer...

- Contigo si... seguro... quiero que me folles.

ARTURO

Desde pequeño, el chico disfrutaba del placer anal mientras cagaba. Quiso que ese placer no fuera únicamente en esa situación pues su ano le pedía más, así que comenzó a entrenarse a darle gusto. Se metía los dedos pringados de aceite, luego lo hizo en la ducha cubiertos de jabón, lo intentó con la pastilla de jabón que entraba y salía con facilidad hasta que un día se coló entera dentro de él. Al hacer el esfuerzo de expulsarla y lograrlo, notó un placer tal que su pequeña polla se hinchó. Eso le gustó tanto que siguió haciéndolo hasta que el jabón le pareció poco, por lo que buscó otras herramientas que le dieran más placer. Parecía que su pequeño ojete no tenía suficiente y le pedía más por lo que buscó y encontró placer en meterse una zanahoria, un pepinillo, el mango de un destornillador... mientras su polla iba poniéndose cada vez más grande y dura. Fue cuando se metió un huevo duro y lo cagó cuando se corrió por primera vez, aquello le causó tanto placer que lo volvió a hacer a menudo. Luego vino el placer de comerse por el culo un pepino rugoso... aquello fue la hostia... notar el masaje de la rugosidad en su ano... como entraba y salía, era tal la excitación que se corría sin remedio, pero su culo quería más... necesitaba que el placer llegara más dentro así que lo probó con un calabacín y también fue entrando, con más dificultad, pero entró y entró, notó como pasaba por barreras que quería impedirlo, pero al fin lo logró con gemidos de placer y entró entero y al expulsarlo gritó de gusto, notar como salía le produjo tal éxtasis sexual que tuvo una eyaculación de caballo.

Según se hacía mayor, su cuerpo fue cambiando. Las labores del campo y en las obras de construcción fueron formando un cuerpo musculado, la genética le regaló un espeso vello que le cubría el pecho hasta la garganta y bajaba por los abdominales hasta espesarse alrededor de su polla y abrigar sus huevos. Por cierto, que la polla también había tomado una dimensión exagerada para su edad.

Cuando cumplió los 18 años decidió irse a la capital para emanciparse y poder vivir su sexualidad libremente. Encontró trabajo en la construcción y el morbo de ver a sus compañeros quitarse la camisa y quedar con el torso desnudo o en camiseta de tirantes de diversos colores, así como ver sus piernas desnudas y velludas surgir de sus pantalones cortos, le hicieron pasar noches agotadoras a base de pajotes y de penetración de diversos objetos.

Fue en esa época cuándo coincidió con Jacob en el vagón del tren. La imagen de aquel hombre le excitó, tan macho, tan atractivo, con la cabeza rasurada y la barba crecida, con un pollón que volvía loco y que no dejaba de observar desde el asiento de enfrente. El día que se sentó a su lado quiso morir de vergüenza, pero el hombre se comportó con educación y el roce de su muslo con el suyo, el de su fuerte brazo con el suyo, le ponía de tal manera que tuvo que comprarse unos calzoncillos ajustados para que no notara su empalme matutino, el calor que emanaba su cuerpo y la visión de su pecho cubierto de vello, así como los labios finos pero con cierto morbo de querer morderlos, le hacían temblar de excitación que la calmaba por la tarde a base de pajotes y de penetraciones pensando que era el mástil de ese maravilloso hombre.

No dio crédito cuando le invitó a ir a su casa... pero fue

Le hice pasar al cuarto de estar, le invité a que se sentara en el sofá. Me senté a su lado y di al play. Mientras en la televisión comenzaba la película porno-gay que había elegido. Miré a Arturo pensando qué hacer o qué decir. Al final me decidí por lo más clásico, acerqué mi cara a la suya, le sujeté el cuello y le besé los labios.

-¿De verdad es la primera vez?

- Con un hombre sí, y quiero disfrutar de una follada contigo porque me gustas y creo que tienes un instrumento que me puede hacer gozar-. (Más de una vez había dejado que se levantara Jacob antes que él al final del trayecto y le miraba la entrepierna con deleite, miraba como el badajo se balanceaba bajo sus pantalones y se relamía pensando en que ese pedazo de embutido entrara en su culo alguna vez. Y ahí lo tenía... a su disposición), abrió los labios para recibir el primer morreo de su vida (y no se iba a arrepentir).

Lamí sus labios y sus dientes hasta que el instinto del joven le hizo abrir la boca y recibir mi dura y viril lengua. Aquel momento fuer fundamental para Arturo que confirmó que eso era lo que había querido toda la vida, que un hombre de pelo en pecho le hiciera suyo. Y su culo respondió con vida propia.

Sacaba la lengua para que se la lamiera y luego yo le mordía el labio con pasión, así una y otra vez mientras nos calentábamoso y mientras nos desnudábamos, le quité la camisa para acariciar el pecho velludo de mi chico deteniéndome en los pezones que ya estaban duros como gravilla. Arturo metió sus manos debajo de mi camiseta y me acarició la espalda tan dura como mis pechos. Retiré un tirante de la camiseta dejando mi teta velluda al aire y le dije que

me la mamara y que me la mordiera... y noté como su lengua humedecía mis duros pezones y luego retiró el vello para poder morderlos, lo que me produjo tal escitación que no pude más que meter mi mano por su pantalón para agarrar su nabo y apretarlo. De un tirón se lo quité para dejar al aire aquel regalo de los dioses. Un rabo espectacular salió de su escondite. -¿Cómo es que tenías esta maravilla escondida?.

Le arranqué el pantalón y le dejé sólo con las deportivas. Ahora el chaval era todo mío y el rubor de su cara me lo confirmaba, una tímida lamida de su lengua por sus gruesos y rosados labios acabó por ponerme a mil.

Me quedé mirando unos instantes la pieza que tenía a mi disposición. Los ojos aceituna semicerrados, los labios inflamados, un cuerpo de piel clara pero recio, musculado y velludo, que quitaba el hipo. Sus piernas eran poderosas al igual que sus glúteos y la polla... Dios mío... un pollón enorme de piel clara decorada por venas gruesas del mismo color y arropada por un espeso vello rizado que le bajaba por los cojones y corría hacia el ano.

Los jadeos y el bombeo de la follada que procedía de la televisión hizo que saliera de mi éxtasis y le pregunté que si quería ir al dormitorio o nos quedábamos allí.

- Aquí está bien- Me respondió. - La peli me pone.

Decidí que mi chico probara el sabor a macho y untando mi dedo con mi miel se la di a probar y su reacción fue un espasmo de su caño que dejó escapar un torrente de su fluido, me mojé los dedos de su líquido y se lo di a probar. Me lamió los dedos con glotonería. - Este es tu sabor a macho- le dije. Su cuerpo reaccionó tensando sus músculos. Miró mi mástil babeante y mis huevos depilados, acercó su mano a ellos y los apretó como si quisiera ordeñarlos, entonces me fui girando para darle una mamada y mi polla acarició sus labios que se abrieron para alojar mi fruto maduro en su boca mientras yo lamía el líquido que fluía de su capullo. Nos mamamos como terneros la ubre de la vaca. Cuando me sacié levanté sus poderosas piernas para que abrazaran mis brazos dejando su culo a mi disposición. Con ayuda de su líquido le lubriqué su entrada y ante mi asombro, su ojete se abrió como una boca hambrienta. Puse mi glande en el centro y me dispuse a penetrarlo.

- No hagas nada... no fuerces...

Me quedé quieto y ante mi asombro su culo fue devorando poco a poco mi tronco, lo abría y cerraba mientras se comía mi tallo y gemía y se retorcía bajo mi mirada. Yo, presa de una excitación nueva, dejaba que se comiera mi tranca mientras mi cuerpo se tensaba y se inclinaba hacia atrás dejando que todo mi placer se alojara en mi rabo. El chico se revolcaba de placer, levantaba los brazos dejando ver sus velludos sobacos, era todo un espectáculo ver como su cuerpo se retorcía, como se mordía los labios, como sus ojos perdían la visión. Toda su vida estaba alojada en su recto y su esfínter que me comía el rabo y me daba un placer como nunca había recibido. Así estuvimos un largo tiempo. Le miraba la cara de éxtasis, cómo se mordía los gruesos labios como si fueran frutas, cómo el sudor iba cayendo por su frente y por sus axilas, cómo su olor a macho impregnaba la habitación y cómo entraba en mí como si fuera una droga. Me dejé llevar por la pasión y dejé que me devorara mi miembro mientras observaba la expresión de lujuria de su cara.

Noté como se tensaba, como se agarraba al brazo del sofá, y como su polla aumentó de tamaño mientras su esfínter se estrechaba en torno a mi manubrio y un espasmo hizo que de su caño brotara un chorro de lefa que le llegó hasta su boca, y otro, y otro... mientras me mordía la salchicha con su esfinter y hacía que me corriera emitiendo gruñidos de placer hasta que me vacié en su interior. Arturo se desmadejó después del orgasmo y yo no pude contener la tentación de lamer su leche que le humedecía los labios y que se había alojado entre el vello de su pecho y su abdomen.

Continuara...
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