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Vini, vidi, vinci
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Orgías
04-Sep-2019
67
Vini, vidi, vinci
Cesar se dirige a resolver la disputa de los herederos de la corona de Egipto como albacea del difunto rey Ptlomeo. En las luchas por el poder una de sus hijas sabrá mejor que nadie como hacer uso de sus armas de mujer para conseguir cumplir sus ambiciones.
Vini, vidi, vinci.

Mar Mediterráneo, año 47 A.C.

El trirreme navegaba plácidamente por las calmadas aguas del mare Nostrum. Los desgraciados esclavos empujaban afanadamente los remos que dirigían a la embarcación en dirección sureste. La noche era luna llena y unas velas iluminaban el camarote personal de aquella expedición comandada por el conquistador de la Galia y vencedor sobre Vircengitorix. Dentro de ella el estratega que estaba empezando a ser muy popular en Roma se disponía a realizar una misión puramente personal acompañado por su más leal y mano derecha.

La republica estaba decayendo, tras la dictadura de Sila las terribles luchas de poder tensaban la situación. Los patriarcas de las nobles casas romanas confabulaban para quedarse con las riquezas de unos territorios cada vez mayores y el senado ya no hacia las adecuadas funciones negociadoras. La situación entre la plebe los senadores era insoslayable a un conflicto que se iba a producir más pronto que tarde. El acuerdo de la separación de los dominios entre el triunvirato era tremendamente inestable y tras la caída de Craso se impuso al protector de las tradiciones republicanas, Pompeyo en la batalla Frasalia. Los senadores temiendo represalias aceptaron a regañadientes el mandato único. Ahora con la situación estabilizada se dispone a cumplir un requerimiento pendiente de gran interés diplomático.

- Aún no me has dicho a donde vamos – dijo su acompañante.

- Ya estamos suficientemente lejos de Roma. Y creo que podemos estar tranquilos de no recibir sorpresas por parte de rivales. Así que ya te lo puedo decir. Nuestro destino es Alejandría. Vamos a realizar una visita al reino de los Ptlomeos.

- ¡Egipto! Pero ese país está en plena guerra civil.

- Exacto. Desde que falleció su último rey sus hijos se disputan el dominio.

- Ya veo por dónde vas. A rio revuelto ganancia de pescadores.

- Divide y vencerás, amigo mío.

- Por lo que tengo entendido esa dinastía es una familia de locos.

- Lo que discurre a nuestro favor. ¿No estimado Marco Antonio? Philipo era un putañero y un corrupto que llevo a su país a un desgobierno de corrupción. Su nación se le rebelo y su hija mayor se hizo con la corona. Pidió ayuda a nuestra querida ciudad a cambio de una cantidad de grano y oro que tardarán décadas en pagar. Así que llevamos a nuestras legiones y sofocamos el estallido popular.

- Y degolló a su hija.

- Si, una familia interesante.

- Y tan interesante. Se casan entre los hermanos.

- Ya conoces su ley de los Lágidas. Su tradición dice que se debe impedir que la sangre se debilite mezclándose con otros. Pero no te confundas es pura formalidad.

- ¿Y que es ese papiro que estás leyendo, Cesar?

- Esto amigo mío, es el testamento de Philipo. Vamos a Alejandría porque soy el albacea del difunto rey.

- Pues entonces vamos a darle un palo a un avispero ya muy revuelto. Los hermanos están en una lucha encarnizada por quedarse con la corona de su padre.

- Y nosotros vamos a ir a imponer la voluntad de su padre y … mirar por los intereses de Roma.

- Explícate supremo pontífice.

- Tú sabes que hay dos grandes partidos enfrentados para imponer su voluntad. Cleopatra es la reina casada con su hermano Philipo. Pero la otra hermana, Arsinoe, acusó a Cleopatra de imponer su voluntad a su hermano pequeño

- El joven está metido en una refriega entre hermanas.

- Por nuestra parte lo que hay que es restablecer el status quo con Roma. Desde que Cleopatra fue expulsada a Siria cuando perdió los otros hermanos están intentando anular el pago de la deuda que tenía su padre.

- Sabes Julio que eso no es tolerable. Los graneros de Roma quedarían secos si se interrumpe el suministro de trigo por parte de Egipto.

- Pero los egipcianos sufrían hambre. Como yo suelo decir el préstamo bueno es el que no se pide. Ya es muy tarde, dentro de unas semanas llegaremos a nuestro destino, vámonos a dormir.

~ ~ ~ ~

Palacio real de Alejandría.

Arsinoe estaba furiosa y destrozaba toda la cerámica con la que se encontraba. La pequeña flota de Cesar había llegado y sabía lo que eso implicaba. Su hermano Philipo trataba a duras penas de calmarla.

- ¡Querida hermana! ¡Para ya!

- ¡No lo entiendes! ¡Esto es un desastre!

- ¿Desastre, por qué? Cesar era amigo de nuestro padre.

- Roma solo mira por lo suyo. Y querrán que sigamos pagándole en trigo las fiestecitas del cabrón de nuestro difunto padre. Y no nos lo podemos permitir. Las calles están descontentas y los graneros escuálidos.

- ¿Por qué llamas de esa manera a mi padre?

- Recuerda lo que le hizo a nuestra hermana. Le hicimos un funeral de estado pero el miserable merecía que lo hubiésemos dejado su cadáver en mitad del desierto para festín de la alimañas.

- Pero es el representante de Roma. Nuestro principal acreedor y debemos recibirle como si fuera un monarca.

- No es un monarca aunque desde que derroto a Pompeyo se comporte como tal. Pero mi mayor temor no es él. Estoy seguro que la rastrera de tu esposa-hermana intentará sacar provecho de la situación.

- ¡Venga! Cleopatra esta en Siria, demasiado lejos para preocuparnos de ella.

- Pero.. ¿Qué intenciones trae Cesar? No las veo.

~ ~ ~ ~

Afueras de la ciudad de Alejandría

Un hombre procedía a entrar en una Jaima muy decorada. Su respiración entrecortada denotaba que había estado corriendo durante mucho tiempo.

- ¡Shabaka! No entres corriendo en mis aposentos. Y menos sin anunciar previamente tu entrada. Tendré que castigarte.

- Lo siento mi reina. Pero es muy importante.

- Cuenta

- Ha llegado una pequeña flota al puerto. Sus velas son romanas.

- ¿Romanos?

- He conseguido averiguar quién es el jefe. Es el mismísimo Cesar.

- ¡Cesar!- respondió sorprendida Cleopatra

- Así es, mi reina.

- Y viene acompañado por Marco Antonio.

Cleopatra se detuvo como a reflexionar. Rascándose la barbilla.

- Cesar y Marco Antonio … ¡Hmmm!

- ¿Cual son sus ordenes mi ama?

- Sal un momento de aquí. Pero estate listo porque te necesitaré. Llama a mis sirvientas.

- A sus ordenes

El esclavo se retiro haciendo reverencias hasta desaparecer por la entrada. A los pocos minutos un par de mujeres entraban en la tienda.

- Iras, Charmión. No hay tiempo que perder. Rápido. Esta noche debo estar más seductora que nunca. Y vosotras también.

La más joven de ellas, Charmión, tenía la típica tez de las egipcias. Piel ligeramente oscura, ojos negros, su cuerpo era esbelto y definitivamente su rostro era muy atractivo, había cumplido recientemente 19 años. Iras, más mayor, de 26, era de origen helénico. Rubia, ojos claros, de porte alto. Habían sido instruidas desde pequeñas para servir adecuadamente a la reina de Egipto. Su función era ayudar en todo lo que precisase su monarca como ahora que le preparaban un relajante baño con leche de cabra. O alisarle el pelo, o labores de maquillaje.

- Dices que también nosotras.- pregunto la mayor

- Si, vosotras también. Así que arreglaros como para recibir a un rey.

- ¿Rey? ¿Qué rey?

- Vamos a visitar a Julio Cesar. Nos infiltraremos en el palacio e intentaremos negociar con el romano.

- ¿A .. palacio? – pregunto asustada Charmión. – Eso … es peligroso.

- Ya no queda más remedio.

- Pero … y nosotras …

- Vosotras me vais a ayudar a convencer a los romanos para que apoyen mi causa.

- ¿Cómo? –preguntaron al unísono las sirvientas.

- Nosotras 3 nos vamos a follar a la cúpula que ha venido de visita.

- ¡¿¿¿Qué???! – protestaron avergonzadas.

- Es una orden y la cumpliréis eficientemente.

- ¡Pero mi señora!- se quejó Charmión

- Ni peros ni nada. Debéis hacerlo con entusiasmo. Esta noche debéis comportaros como las mejores putas de nuestro reino.

- Señora.. – se quejó desconsoladamente Iras

- Una queja más y os haré azotar a las dos. No os hagáis las mojigatas que habéis sido instruidas en estas labores también.

- Mi ama, yo … aún no he estado con un hombre. – subrayo Charmión

- ¿Virgen aún?- preguntó extrañada Cleopatra, la esclava asintió - Deja de apurarte, jugara a nuestro favor. A los hombres les gustará. Debéis comprender una cosa. En esta miserable vida las mujeres debemos usar nuestras armas, nuestros coños. Me haré con el poder sea como sea. Aunque tenga que ordenar a todas mis súbditas que se follen a todas las legiones romanas. No sería mala idea. Así se dejarían sus dineros aquí y nos quitaríamos gran parte de la deuda del estado.

Las sirvientas empezaron a sentir nauseas al pensar de que su ama hablaba en serio. Egipto, su amado Egipto, convertido en el lupanar del mediterráneo para desfogue de los soldados romanos. Intentaron leer en la mirada algún tipo de señal de ironía pero no lo vieron. Ya conocían a su ama que tenía estos arranques maquiavélicos. Pero como esclavas que eran debían obediencia. Muy a su pesar siguieron preparándose para infiltrarse en la ciudad.

~ ~ ~ ~

Palacio Real, Alejandría

Julio Cesar, Marco Antonio se retiraban a sus aposentos de invitados. Sus caras eran de disgusto y discutían acaloradamente.

- Malditos Ptolemaicos. – se quejaba amargamente Cesar- Son unos testarudos. Esto no quedará así

- Habría que acabar con esta dinastía. Son una panda de conspiradores. – inquirió Antonio –

- Lo son desde que se fundó este reino. El primer Ptlomeo era un lugarteniente de Alejandro Magno y él y todos los sátrapas le traicionaron asesinándole. Así se subdividió el gran imperio macedonio en muchas partes. Y llevan varios siglos guerreando entre ellos. Lo dejaremos por hoy. Estoy cansado de discutir con esa familia.

Se oyeron unos toques en la puerta.

- ¡Numicius!- ordenó Marco Antonio - Acércate a averiguar quién es.

El centurión abrió la puerta a asomarse. Estuvo hablando con alguien pero al poco volvió a entrar e informó.

- ¡Mi general! Son un hombre y dos mujeres. Por sus vestimentas son esclavos. Aunque tienen un acento extraño les he entendido. Ya que hablan romano.

- ¿Y qué quieren?

- Dicen venir en nombre de Cleopatra

- ¿Cleopatra? De acuerdo, hazles pasar.

Los esclavos entraron en la estancia. Estaba muy decorada con motivos egipcios. Intentando destacar el glorioso pasado del país, pero a la vez con comodidades típicamente romanas. Con multitud de majares a disposición de los invitados y unas camas muy grandes donde tumbarse. El hombre portaba una alfombra enorme sobre su hombro, las mujeres portaban unos cofres. El esclavo se dispuso a hablar.

- Les traigo presentes de la reina.

- ¿De la reina? ¡Aja! – dijo Cesar

Los esclavos soltaron sus cargas en el suelo. El esclavo fue especialmente delicado al soltarla. Las mujeres abrieron los cofres y estaban atestados de oro y piedras preciosas. Los romanos quedaron anonadados y sus miradas brillaron instantáneamente de avaricia. El esclavo se retiro haciendo reverencias, abandonando la estancia. Las esclavas se quedaron.

Julio Cesar miro con atención la alfombra enrollada. Tuvo una extraña intuición y golpeo con su pie la alfombra y esta se desenrollo y apareció una mujer dentro.

- Los regalos de Cleopatra son especialmente generosos. – se burló

Cleopatra mostraba signos de disgusto al ser descubierta y quejándose levemente del puntapié recibido en la espalda. Se puso en pie intentando mostrar un mínimo de orgullo. Tenía unas curvas vertiginosas que volverían loco de deseo al más pintado, además estaba marcadas gracias al vestido rosa semitransparente que le daba un toco sensual irresistible.

- ¿Cesar? Tenía que veros. Perdonarme que os interrumpa- Se agacha para besarle la mano .Mientras le deja una esplendida visión de su escote y roza sensualmente sus labios contra su mano

- Así que es usted Cleopatra. Tiene una curiosa forma de entrar en las cumbres diplomáticas

- No tenía más remedio. Deseaba ardientemente veros. Tengo cosas que ofreceros que seguramente le interesarán - Le toma de la mano y le invita a sentarse juntos en un diván.

Cesar se quedó prendado del pecho así como de las excitantes curvas que se adivinan tras el rosado vestido de su interlocutora.

- ¡¡Hmmmm!! Menos mal que parece que la visita a Egipto se está poniendo agradable. Después de la desagradable reunión que he tenido con el resto de su familia empezaba a creer que en esta tierra no se trataba bien a sus invitados.

Cleopatra percibe la atracción que ocasiona en cesar y sonríe satisfecha.

- Dejarme que os hable al oído, este palacio está lleno de espías. No debéis fiaros de mi hermano.- El aliento cálido, la voz sensual y el perfume que desprende la Reina nublen los sentidos del Cesar

- Ya me he percatado de esa circunstancia. Por lo que veo puede que su hermana tengo cosas interesantes con las que negociar con Roma. Estoy empezando a ver cual será la política de la republica después de este encuentro.

- No lo dudes Cesar, podemos ayudarnos mutuamente.... Tengo mucho que ofrecer a un hombre como vos - Su boca se acerca a la del Cesar.

La presencia sensual de la mujer está debilitando el raciocinio del general que de forma involuntaria va cayendo presa de la lujuria. Una lujuria contenida que creía ya muerta debido a que ya no tenía relaciones con su esposa. Ahora empezaba a imaginar cómo sería tener de compañera a esa ardiente mujer que de forma solapada le resultaba tan irresistible.

- ¡Oh! Que puede la gran reina de Egipto ofrecer a un hombre como yo.

- Cesar Os puedo ofrecer el más dulce placer, el poder en este Reino,... No os imagináis cuantos sueños os puedo cumplir.

- Déjame saborear un poco de esa dulzura.

Sus labios se ofrecen al cesar de forma lasciva y el cesar se abalanza sobre ellos atrapado por el poder de seducción de Cleopatra

Cleopatra llevo sus labios al cuello de Julio Cesar que se dejo hacer sin poner reparos. La lasciva lengua recorrió lujuriosamente la nuca del general. El romano jadeo levemente ante la caricia. La reina rio en sus adentros viendo como su objetivo empezaba a cumplirse. Mientras sus sirvientas se decidieron por entretener a los otros dos invitados presentes en la habitación. La joven Charmión tímidamente se acerco al soldado encargado de la guardia. Este se sintió inicialmente intimidado ante la situación. Charmión se decidió por él al ser el más joven y esperando instintivamente un trato más gentil. Iras se encargo de darle un adecuado servicio al ayudante de Cesar. Y no se ando por las ramas. Intento quitarle la armadura pero desconociendo las vestimentas romanas se encontró con que no podía. Marco Antonio se desvistió ayudando del apuro a la griega. Una vez solventando el problema le beso apasionadamente la sirviente que fue correspondido con ardor por el militar.

Charmión estaba pasándole internamente mal al ser novata en estas lides y además la vergüenza y humillación de sentirse cual ramera para satisfacer los apetitos de esos extranjeros. Solamente se atrevía a acariciar levemente el pecho del soldado que se estremecía ante el tacto femenino.

Cleopatra era muy conocedora de las habilidades que precisaba para sus objetivos. Parte de su servidumbre había sido instruida en los secretos de la diosa del amor Hathor. Como era el caso de Iras. Las cuales no dudaban en compartir sus secretos con las damas de la nobleza. Era cuestión de enardecer lentamente a su “victima” hasta hacerlo suspirar. Julio Cesar se dejaba atender por la que le parecía una encarnación de Venus. Ya desnudo recibía la delicada caricia de la lengua de la reina sobre sus pezones.

Iras era muy experta en las artes amatorias y conocedora de una de las mayores debilidades masculinas procedió a realizar una de sus mayores especialidades, la felación. Así que se arrodillo ante su “cliente”. Empezando desde los testículos que los recorría con su lengua palpando la bolsa de la vida que allí se guardaba. Metiéndoselos delicadamente en la boca mientras Marco Antonio se fascinaba de lo agradable que empezaba a sentirse.

- ¡Cesar! ¡Qué gran idea haber venido aquí! Es como si estuviéramos disfrutando de unas merecidas vacaciones en el lupanar de Caelia

Su comandante en jefe no atendió a las palabras de su compañero de armas. Cleopatra le invito a tumbarse en una de los muebles-cama y retirándose el vestido se monto sobre él cogiendo con su mano el pene e insertándoselo en su vagina. La calidez de aquella oquedad hizo suspirar al romano cerrando los ojos. Cleopatra sonreía al ver como este era presa del placer.

Charmión apenas podía hacer nada y la excitación de su amante ya le resultaba insoportable y al ver que su compañera no iba a más tomo el mando de las operaciones pero a su modo. Llevándose por la enervación del momento la hizo girar bruscamente colocándola sobre uno de los sofás en perrito y bruscamente. Charmión realizo un amago de protesta que bloqueo ante la mirada que le dispensaba Cleopatra. De forma torpe y desconsiderada apunto su rígido y engrandecido pene hacia el sexo de la esclava. No comprendía porque le estaba costando entrar.

Iras seguía llevando a las nubes a Antonio. Subiendo con su lengua por todo el tallo sin dejar piel sin recorrer por su traviesa lengua. Sin postergarlo más comenzó con el anhelado momento que esperaba el capitán. Se metió el glande en la boca y ahora su lengua y sus labios acariciaban esa sensible zona. Sus ojos fijos en los del romano que se cerraron instantáneamente como palideciendo en las sensaciones. La mujer sabía muy bien la técnica que aprendió hacia tiempo. Con ritmo creciente con mamadas pausadas al principio se lo iba metiendo en su boca cada vez más profundamente. Marco Antonio creyó enloquecer cuando su partenaire llego a introducirse la totalidad de su miembro y sentir en su glande las caricias de la garganta que parecía querer apretarle mientras los labios ahorcaban la base cerrándose con firmeza.

Charmión apenas pudo contener unos ligeros quejidos por el dolor. El soldado consiguió abrirse camino hasta romper el himen, comprendiendo así que era el afortunado que había estrenado a aquella joven. De esta forma comprendió un poco la situación y aflojo un poco la presión así como a proporcionar suaves caricias en la espalda de la sirvienta.

Cleopatra botaba sobre la pelvis del Cesar que ansioso quito el vestido de la parte superior. Para así alzarse e introducírselo ansiosamente en su boca. La excitación era tal que no dudo un momento en morderlos suavemente. La reina en vez de quejarse por un acto desconsiderada gimió profusamente como disfrutando del momento.

El afortunado compañero de Cesar ya le temblaban las piernas. Los jadeos eran escandalosos, su polla estaba creciendo ya en su máximo esplendor provocando que Iras tuviese ciertas dificultades para continuar la garganta profunda. Conocedora de las reacciones masculinas sabía que su amante estaba a punto de caramelo. Así que aumentó el ritmo todo lo que podía sin dejar de realizar mamadas bien profundas. El toque final fue que mientras acariciaba los testículos le hizo una sutil caricia en el perineo que llevo la consiguiente eyaculación portentosa que fue deslizándose por la glotis. Iras conocedora de lo que les gustaba a los hombres que tragasen su esencia y no dudo un momento en dejar que la erupción fuese entrando dentro de su ser.

Charmión estaba un poco más tranquila y ya no sentía molestias ya que su amante pareció deja de ser tan brusco pero su vagina recién estrenada era una situación tan excitante que Numicius no quiso esperar más así que llego al clímax derramándose en aquel volcán ligeramente ensangrentado.

Cesar estaba conociendo de primera mano las legendarias habilidades que ya se comentaban en los mentideros acerca de la reina de Egipto. En ese momento vivió la sensación del apretón pélvico que la reina estaba realizándole. Su verga estaba siendo literalmente estrujada. Un gemido que lleno la habitación fue el preludio de un orgasmo que jamás creyó que pudiese ser tan fuerte. Su polla eyaculo en el interior de la mujer. La presencio del tibio liquido fue la señal para gritar a Cleopatra para indicar su compañero lo bien que había disfrutado del acto.

Tras la explosión del placer llego la calma y tras unos minutos de recuperación la mente se le lleno de pensamientos al Cesar. Jamás había conocido una mujer como aquella. Las romanas, incluso sus prostitutas eran unas pobres frígidas comparadas con lo que él y sus compañeros de armas acababan de vivir. Definitivamente merecía la pena no perderse esas sensaciones que por ellas habría pagado la totalidad de la paga de todos los hombres que le habían acompañado a aquella expedición.

Al otro lado de la pared, mientras, el esclavo Shabaka se derrumbaba sobre la pared y a duras penas podía contener las lágrimas de rabia.

Continuará …
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