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Caperucita roja.
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Textos humorísticos
03-Sep-2019
79
Caperucita roja.
La pequeña Caperucita que travesaba el bosque para ir a visitar a su abuelita quedó atrás hace mucho tiempo, y ya no tiene miedo a lo que sabe que la espera en el bosque
¿Ya lo tienes todo, hija?- preguntó a su hija, que la llevaba entres sus brazos una cesta con algunas medicinas para su abuela y algo de comida preparada por su madre.

- Sí mamá- dijo la chica sonriendo, deseosa de salir de casa para emprender el camino hasta la casa de su abuela.

- No olvides que debes tener mucho cuidado en el bosque, y bajo ningún concepto te quites la capa- le recordó la mujer poniendo el tono solemne que siempre empleaba cuando su hija tenía que atravesar el bosque.

- Ya lo sé, mamá, no te preocupes- dijo acercándose para dar un abrazo de despedida a su madre.

La mujer, cuando rodeó con sus brazos el cuerpo de su hija se dio cuenta de que la estaba tratando con demasiado mimo, atrás había quedado la pequeña niña a la que arropaba por las noches y que se mostraba temerosa cuando se hablaba del lobo que habitaba los bosques que rodeaban la aldea. Caperucita ya se había convertido en toda una mujer, pese a ser un poco más baja de la media de las chicas de la aldea, los pechos de la muchacha ya se habían desarrollado casi por completo y bajo el vestido ajustado que llevaba se podían ver unas curvas que hacían que los muchachos más intrépidos de la aldea ya hubiesen intentado seducirla.

Al salir de la casa, Caperucita notó un poco de aire frío sobre su rostro y se puso la caperuza de su capa, tapando así su larga melena de pelo rubio. La muchacha, que era muy conocida en su aldea por su amabilidad, sobretodo con los niños, saludó a media docena de madres antes de que lograra abandonar la aldea para adentrarse en el bosque.

Ya dentro del bosque, rodeada de naturaleza y árboles altos y frondosos por todos lados, el viento se hizo imperceptible, al igual que la luz, por fortuna la chica, después de muchos años atravesándolo, conocía los senderos mejor iluminados.

Caperucita alzó la mirada para ver por donde venía la mayor cantidad de luz y así saber la posición del sol en aquel momento, que le indicaba cuanto quedaba para anochecer. La muchacha redujo la marcha cuando vio que aún la quedaban como mínimo 5 o 6 horas de luz para un camino que siempre la llevaba, cuando la hacía a pie, aproximadamente cuatro.

A la joven le gustaba ir a visitar a su abuela, no solo porque siempre aprendía algo con ella, sino también por el trayecto en el que atravesaba el bosque en el que tenía mucho tiempo para pensar el sus cosas. Prácticamente ninguna persona se atrevía atravesar aquella masa de vegetación por miedo a encontrarse con la enorme bestia que lo habitaba.

Caperucita no mostraba miedo alguno ante la posibilidad de encontrarse con aquella bestia, ya que su abuela, que era medio bruja, se había encargado de tejer para ella una capa que la protegería si era necesario.

La muchacha sonrió a medio camino cuando se encontró con “su lugar especial”, no era nada del otro mundo, no estaba especialmente escondido, pero al no haber gente que pasease por aquellos senderos, Caperucita podía siempre parar allí para comer algo antes de continuar su viaje.

Caperucita se abrió la capa, ya que en aquella zona del bosque daba bastante el sol y se acomodó en una de las zonas de hierba verde que crecía a escasos metros del lago. La muchacha comió sin prisa, masticando bien cada bocado a medida que iba notando como el sol cada vez calentaba con más fuerza. Caperucita sonrío y comenzó a quitarse la ropa.

La chica, desde que había comenzado a comer había estado pensando en cosas que poco a poco la habían estado calentando, como por ejemplo imaginar lo que sucedería si alguien de su aldea la viese allí desnuda, la muchacha se imaginó la cara que pondrían sus padres si la encontrasen en una actitud tan indecorosa, o alguna de las madres de sus alumnos.

Antes de darse cuenta, Caperucita ya estaba desnuda del todo, mostrando sus pequeños pero redondeados y bien formados pechos, que estaban coronados con pezones pequeños y marrones, que en aquel momento estaban buen duros. Para no quemarse ante aquel sol, que cada vez brillaba con más intensidad, la chica sacó un bote de cristal con un ungüento que comenzó a echar y extender por todo su cuerpo, comenzando por sus piernas finas y de piel suave, subiendo lentamente para entretenerse en sus caderas y nalgas duras y pequeñas, para acabar llegando a sus pechos, que amasó con cariño procurando no tocarlos demasiado para no excitarse aún mas.

La chica entonces sacó una navaja de su cestita y se la pasó por el dorso de su mano viendo que cortaba los pelillos de su mano con tan solo pasarla por allí. Caperucita se mostró encantada con como su padre se había esmerado en afilársela con la escusa de la que usaría para defenderse en caso de ser atacada o para cortar alimentos, la chica volvió a excitarse cuando llevó el filo a su sexo y comenzó a rasurarse, no quería ni imaginar lo que su padre pensaría si viese a su “inocente niña” haciendo aquello en medio del bosque.

La muchacha llevaba en secreto lo de rasurar sus partes íntimas, ya que sabía que si su madre lo descubriera no tardaría en deducir, de manera equivocada, que se estaba viendo con algún hombre, el único motivo por el que hacía aquello era porque la gustaba acariciar su vagina y no notar ningún molesto pelo por allí.

Caperucita disfrutó con el rasurado durante algunos minutos, acariciando con aquel filo su pubis y viendo como este poco a poco se iba librándose de todo el pelo que allí crecía. La chica cerró la navaja después de pasarse la mano por su pelada vagina y se levantó para ir a guardar la navaja con el resto de sus pertenencias. Pero se quedo quieta cuando escuchó como desde detrás de unos arbustos se escuchaban pisadas de animal, un animal grande y pesado.

- ¡Lobo, si eres tu sal ya!- dijo la chica elevando su tono de voz.

De la maleza, al oír el tono de Caperucita, el Lobo salió, se trataba de un animal casi tan alto como la chica, de cerca de 4 metros de largo, de fuertes músculos cubiertos de pelaje negro. La bestia tenía un hocico afilado, mirada de ojos castaños y una boca repleta de dientes enormes.

- No es necesario que me intentes intimidar, Lobo- dijo la chica sin mostrarse temerosa ante en recién llegado- Ambos sabemos lo que quieres, pero no te lo daré hasta que me lleves a la casa de mi abuelita.

- ¡Maldita sea, Caperucita, no soy un maldito caballo!- exclamó el lobo indignado.

- Eres la forma más rápida que conozco de llegar a la casa de mi abuelita- dijo la chica mirándolo con firmeza, no era la primera vez que tenían una conversación como aquella y sabía que la ganaría. Caperucita se acercó, sin molestarse en ponerse ni una prenda de ropa encima, hasta la posición de su interlocutor. La chica extendió sus manos para acariciar el fuerte cuello del animal, recorriendo su pelaje desde allí hasta su pecho- Además, si lo haces te complaceré como a ti te gusta.

- Te podría tomar por la fuerza si quisiera- dijo el lobo con su voz ronca. La muchacha sonrió un poco.

- Eso es cierto, pero sé que te gusta que te ponga las cosas fáciles y te complazca por mi propia voluntad, si tu eres bueno conmigo yo seré buena contigo, ya lo sabes, Lobo- le dijo rodeándose su grueso cuello con los brazos y susurrándole al oído- Además todo el tiempo que perdamos con esto será tiempo que pierdas de mi pago por tus servicios.

Lobo gruñó fuerte, descontento por haber perdido de nuevo y tener que ceder a las exigencias de aquella chica, pero se dejó caer en el suelo, para que Caperucita pudiese montar sobre él.

Caperucita, satisfecha consigo misma, se dirigió a la orilla del río para recoger sus cosas, y cubrir su cuerpo con la capa, tan solo con la capa, ya que su ropa interior y vestido lo metió en la cestita para dirigirse de nuevo hacia la que sería su montura. A la muchacha le daba mucho morbo montar a un animal salvaje como era Lobo y se veía incrementado por la agradable sensación que la daba el suave pelaje del animal sobre su sexo recién depilado.

Pese a ser un animar muy grande, Lobo se movía con gran agilidad entre los gruesos y altos árboles que les rodeaban, no soltándose Caperucita del cuello de su montura en ningún momento, no sería la primera vez que se caía y tenía que inventarse alguna excusa ante sus padres para que no considerasen que era una empresa peligrosa atravesar el bosque ella sola, perdiendo así todos los placeres complementarios que allí encontraba.

Tal y como esperaba, aquel viajes que la llevaría un par de horas si no contase con la velocidad de su acompañante, lo recorrió en menos de 20 minutos. Como era lógico y para no preocupar a su abuela, que no sabía nada a cerca de la buena relación que tenía con el monstruo que habitaba el bosque, la muchacha tenía un lugar alejado de la cabaña de su abuela donde podía descabalgar de Lobo e ir caminando hasta la casa de su abuelita, pero claro, antes tendría que pagar el transporte.

- Que prisa te has dado hoy, Lobo- dijo la chica juguetona, acercándose al animal, que la miraba fijamente con sus grandes ojos castaños- Creo que me echabas mucho de menos.

- Deja de hablar y págame por traerte- dijo en animal con su voz ronca enojado por la actitud de Caperucita. La muchacha se acercó al animal y le acarició el lomo, acuclillándose cuando llegó a los cuartos traseros, encontrándose con la verga de Lobo, dura y la punta totalmente enrojecida, deseosa de ser tocada.

- Esta palanca dice que si me echabas de menos- dijo la chica agarrando con su mano derecha la verga del lobo, y con la izquierda sobándoles los testículos grandes, duros y calientes con los que contaba.

Caperucita observó satisfecha que Lobo no hizo ningún comentario ante lo que acababa de decir, en su logar soltó un largo y grave gruñido, señal de que llevaba al menos una semana suspirando porque Caperucita fuese a visitar a su abuelita y así poder pasar un rato con ella.

La muchacha se quitó la capa y la tiró lejos de donde estaba para quedar totalmente desnuda a disposición de su montura; ya había repetido aquello en demasiadas ocasiones como para no saber lo rudo que se ponía Lobo cuando se excitaba de verdad.

Caperucita clavó sus rodillas bajo el lomo de Lobo y estiró sus brazos para comprobar la longitud de aquella verga, la única con la que había estado en toda su vida. Lobo seguía tan bien armado como siempre, con un pene que era algo más largo que el antebrazo de Caperucita y de una anchura bastante superior, estando rodeado de gruesas venas que palpitaban bajo sus dedos.

Caperucita abrió la boca de forma enérgica, después de dar unas cuantas lamidas a la cabeza de la verga del animal y asegurarse de que no la daría un tirón por sobre esforzar su boca, en sus primeros encuentros con Lobo el cuerpo la quedaba muy dolorido, especialmente su sexo, pechos y boca, con lo que siempre procuraba tomar precauciones para que nadie sospechase a cerca de lo que hacía cuando se internaba en el bosque.

Lobo no tardó en comenzar a moverse por si mismo y meter de forma un poco más violenta su verga en la garganta de la chica, pero no empleándose con excesiva fuerza, no quería hacer enfadar a su “ordeñadora” favorita. La bestia añoraba el tiempo pasando, cuando Caperucita apenas estaba descubriendo el sexo… que fácil que era intimidarla y hacer con ella lo que quería. Para su desgracia la chica había madurado rápidamente y se había convertido en una muchacha decidida que no había tardado en ofrecer su cuerpo al lobo, pero desde luego imponiendo unas condiciones que a Lobo cada vez le costaba más respetar, ya que deseaba follar a Caperucita con violencia, sin tener que preocuparse por no hacerla daño.

En un arrebato de deseo, el animal sacó su verga de la boca de la muchacha, soltando su glande una mezcla de líquido preseminal y saliva de Caperucita. La lamedora tenía lagrimas en los ojos por la incontable cantidad de embestidas que acababa de recibir, pero aun así en su mirada podía ver el deseo de esta por ser satisfecha sexualmente.

El lobo, usando su hocico para no dañar a la chica, la empujó haciendo que esta cayese al suelo. La muchacha cayó al suelo de espalda, soltando un quejido de dolor, pero sonriendo mientras separaba las piernas y colocaba sus manos sobre sus pechos, para auto-estimularse aquella zona mientras que Lobo usaba su lengua con la zona más íntima y sensible de la muchacha: su sexo.

Como siempre que recibía la larga lengua del animal en aquella zona, la muchacha no pudo contener sus exclamaciones de placer, gritos que se hacían más agudos tras cada movimiento, llegando la lengua del lobo desde el empapado y depilado sexo de labios rosados, hasta el pequeño ano de la muchacha que cada vez estaba más dilatado debido a la atención especial a la que Lobo acostumbraba a someterlo.

- No pienses que te voy a dejar que me la metas por ahí- dijo Caperucita con firmeza, sorprendiéndose cuando su amante dio un salto y colocó sus enormes patas delanteras, una a cada lado de la chica, para a continuación bajar la cabeza para quitar las manos de Caperucita de sus propios pechos para encargarse el mismo de lamerlos.

- Vamos, Caperucita, seré cuidadoso- dijo mientras pasaba enérgicamente su lengua sobre los firmes y redondos pechos de la muchacha, saboreando los pequeños y marrones pezones que en aquel momento estaban duros como piedras.

- Ambos sabemos que no te sabes controlar cuando estás así de caliente- contestó la muchacha estirando sus pies, para colocar uno a cada lado de la impresionante verga de la bestia para pajearlo suavemente.

Lobo, que cada vez salivaba con mayor intensidad, dejó de insistir con el tema de desvirgar analmente a su amante, y continuó lamiendo mientras Caperucita seguía moviendo sus pies entorno a la verga del animal, al tiempo que colocaba sus manos sobre la cabeza de pelaje suave de su lamedor y lo acariciaba con cariño; cosa que sabía que a Lobo le volvía loco de placer.

- Échate sobre tu lomo, Lobo- le dijo Caperucita juguetona- ya verás como no te arrepientes.

El animal, curioso por saber lo que su amante tenía preparado para él, se dio la vuelta de manera violenta, para quedar apoyado sobre su lomo, quedando su verga, que estaba en aquel momento en su tamaño máximo, apuntado al cielo.

Caperucita, que no quería que aquella vigorosa erección se perdiese, agarró la polla del animal entre sus pequeñas manos para continuar pajeándolo, mientras se acercaba, para que la dura, palpitante y húmeda verga del animar se restregase contra sus pechitos.

La muchacha se movía de forma delicada, mientras manejaba la enorme herramienta de Lobo, acariciando las gruesas venas que recorrían su falo, con sus dedos, metiendo su lengua en el agujero de la punta del pene de lobo, sujetándose los pechos ella misma para subir y bajar lentamente para que este notase como sus atributos de mujer estrujaban su verga dura como el acero…

La chica tan solo necesitaba ver la boca del lobo para saber cuánto tiempo más podría seguir jugando con él antes de que el animal no pudiese contener sus instintos y fuese este el que comenzase a llevar la iniciativa.

Viendo que la salivación del animal estaba siendo cada vez más abundantes, y que ella aún no estaba preparada para recibir aquella verga, decidió soltarla para restregar su empapado sexo por los grandes y peludos testículos de su amante, mientras que con las manos le acariciaba su también peludo pecho, ganando así tiempo para que su sexo se lubricarse lo suficiente.

- Creo que ha llegado el momento de que descarguemos lo que llevas acumulado este mes- dijo Caperucita agarrando con una mano cada uno de los enormes testículos del animal, que palpitaban bajo sus dedos.

Caperucita corrió hasta su cestita para sacar de ella una pequeña manta de color azul, que acostumbraba a usar cuando montaba algún picnic, para ponerla sobre la roca de mayor tamaño que había en el claro. Una vez la colocó, la muchacha se echó sobre la piedra quedando su abdomen pegado a la manta y sus piernas, totalmente abiertas, un poco colgando.

A la chica no le gustaba mucho que Lobo la tomase así. Desde que había comenzado aquella relación había deseado hacerlo ella sobre él, pudiendo así marcar los tiempos de las penetraciones, pero el animal necesitaba llevar la voz cantante ya que Caperucita iba demasiado lento para su gusto y si ella era la encargada de moverse no solo acabaría agotada, sino que tardaría horas en lograrle hacer acabar.

El sexo de la muchacha comenzó a chorrear cuando escuchó las pisadas del gigantesco animal acercándose poco a poco, hasta que finalmente notó como el frío hocico de la bestia pasaba por su sexo para después darla una larga e intensa serie de lametazos que llegaban desde su sexo, cada vez más mojado, hasta su ano. Lobo tan solo se detuvo, cuando sobre su sensible lengua notó lo duro que estaba el clítoris de su amante: estaba lista para él.

Caperucita, sabiendo lo que se la venía encima, separó las piernas lentamente dejando que su empapado y rosado sexo quedase aún más expuesto, para que el animal colocase su enrojecida verga sobre él. Para poder meterla poco a poco y poder controlarse, Lobo coloco sus patas delanteras a la altura de los costados de Caperucita, pudiendo notar esta el caliente aliento del animal sobre su espalda.

Sin avisar, el animal embistió con suavidad la vagina de su amante, que acogió sin dificultades la gruesa punta de su verga. Caperucita soltó un suave quejido de dolor y Lobo un gruñido de satisfacción al sentir la presión de los músculos vaginales de la chica apretando su durísima verga.

El animal se recreó unos segundos en su posición de poder, y cuando consideró que caperucita ya estaba recuperada del primer impacto, volvió a embestirla, pero en esta ocasión sin detenerse, penetraciones suaves que iban introduciendo su verga en el interior de la chica centímetro a centímetro.

La muchacha no tardó en comenzar a emitir una serie de sonidos, mezcla de placer y dolor, ya que le gustaba sentir la dura polla de Lobo en su interior, sentirla palpitar en su interior, pero siempre era doloroso al principio y aquel era el precio que estaba dispuesta a pagar por el éxtasis que después alcanzaría.

Al animal no tardó en unirse a los gemidos de Caperucita e hizo que estos fuesen tragados por sus fuertes gruñidos, mientras el sexo de la muchacha comenzaba a lubricar con abundancia cuando notó las patas delanteras del animal, se colocaban una a cada lado de su cabeza: eso solo podía significar que Lobo no tardaría en comenzar a embestir con fuerza.

A Caperucita siempre se le hacía corto el periodo desde que comenzaba a sentirse bien con la verga del animal en su interior, y el momento que este elegía para penetrarla con violencia y poder alcanzar su orgasmo. La muchacha, que después de repetir aquella operación durante muchos meses sabía lo que más la convenía, separó sus piernas lo más que pudo para poner todas las facilidades posibles al animal para que penetrase y no la hiciese mucho daño.

La chica soltó gritos de dolor, mientras que clavaba sus dedos sobre la piedra en la que estaba acostada, al tiempo sentía el cálido pelaje de Lobo sobre su espalda, y la larga lengua de este pasando por sus orejas, empapando con algo de saliva su larga melena de pelo rubio.

En animal tan solo relajó sus violentas embestidas cuando notó como sus grandes testículos chocaban contra el empapado sexo de Caperucita, que jadeó excitada al sentir como por fin había logrado albergar la gruesa y palpitante polla del animal, momento el que su vagina no necesitaría ceder más y podría así comenzar a recibir el colosal placer que aquella verga palpitante, sabía que era capaz de darla.

- ¡Muévete ahora!- pidió la chica después de unos segundos en aquella situación en la que Lobo no se movió ni un ápice. El animal al oírla rio con ganas.

- Si tantas ganas tiene muévete tú- dijo dejándose caer un poco para acariciar con su pecho peludo la espalda de la muchacha.

Viendo que Lobo la iba a hacer esperar antes de darla placer, decidió incorporarse un poco con las pocas fuerzas que la quedaban después de soportar las violentas penetraciones del animal, para comenzar a mover sus caderas con suavidad, notando como aquel duro falo, recorrido por grandes y palpitantes venas, se restregaba contra sus paredes vaginales.

Caperucita comenzó a gemir de manera escandalosa cuando finalmente llegó al punto que tanto placer la producía, teniendo aquella desproporcionada verga en su interior. La bestia sonrió satisfecha de haber hecho que Caperucita tuviese que gastar sus últimas fuerzas en busca de su placer, y acabó por colocar sus zarpas sobre la espalda de la muchacha para que descansase.

La muchacha gimió al notar las pesadas zarpas del animal sobre sus costillas, pero no dijo nada, ni siquiera cuando este clavó un poco sus uñas sobre ella, sabía que Lobo se ponía de aquella forma porque las penetraciones que iban a ir a continuación iban a ser aún más fuertes, y si la bestia no la sujetada seguramente podría sufrir una caída.

- ¡Vamos Lobo, fóllame duro!- dijo la chica estirando sus brazos y acariciando los costados de la bestia. El animal al oírla dio la primera embestida salvaje, haciendo que la chica soltase un grito de dolor, pero acabase con una exclamación de placer.

- ¿Así?- preguntó Lobo dejando su verga hundida lo más que le fue posible dentro del sexo de la muchacha.

- Sí- digo la chica a voz en grito, con los ojos llorosos por el dolor y placer que estaba sintiendo- Dame más, Lobo, lléname- dijo hablando aún más alto, provocando que el penetrador se excitase aún más y comenzase a penetrar con más violencia todavía.

Los fuertes jadeos de la bestia se tragaron los suaves gemidos de la penetrada, que sentía cada vez mejor como la dura polla de Lobo abriéndose paso en su interior. Caperucita adoraba aquel momento en el que el animal apoyaba sus patas delanteras sobre su espalda, para que esta no se moviese ante las cada vez más fuertes embestidas que el excitado animal la daba.

Pese a que Caperucita sabía que aunque contrajese sus músculos vaginales sobre la polla de la bestia, este a penas lo notaba nada, la chica seguía haciéndolo, tratando de dar al lobo una sensación aún más prieta.

Caperucita supo el animal estaba a punto de llenarla con su cálido esperma cuando notó como sobre su espalda, las garras delanteras de la bestia se clavaban suavemente sobre ella, señal de que ya no podía controlar más su excitación.

La muchacha gritó de dolor, pero aquel grito se convirtió en un gemido inusualmente fuerte de placer cuando la polla de Lobo descargó todo su esperma en el pequeño y húmedo sexo de Caperucita. La chica gimió de gusto, con los ojos empañados por las lágrimas, al sentir como los violentos chorros de esperma la llenaban por dentro y la lengua de su amante recorría las marcas que acababa de causarle.

Después de unos minutos, en los que ninguno de los dos se movió, tratando de alargar aquel placer unos instantes más, Lobo dio un par de pasos hacia atrás, observando excitado lo cedido que había dejado la vagina de Caperucita, de la que cayeron un par de pegotes se semen blanco y espeso.

- No te preocupes, Lobito- dijo la chica metiendo su mano entera en su sexo, para sacarla empapada de semen y llevársela a la boca para mirar a su amante de forma juguetona mientras, se lamía los dedos uno a uno- pasaré con la abuelita un par de día y regresaré con mi coñito estrecho de nuevo para ti.

- Estaré por aquí para cuando regreses- dijo el animal satisfecho de haber acabado con su ayuno sexual.
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