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Placeres desenfrenados
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Interracial
27-Aug-2019
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Placeres desenfrenados
El haber conocido a aquel hermoso hombre de piel morena en aquella fiesta a la que ambos habían sido invitados por la empresa, hizo que la mujer se entregara a los más cálidos placeres sin el más mínimo condicionante. Aquel viaje a Valencia hizo que la relación entre ellos se consolidara aún mucho más…
Dejando la maleta a mi lado y la cazadora de piel sobre ella, tomé asiento en uno de los taburetes que quedaban libres frente a la barra de la cafetería de la estación de Chamartín y dirigiéndome al camarero que atendía le pedí un café con leche y un donut de los que aparecían tras el cristal del mostrador. Una vez me senté, saqué la pitillera de mi enorme bolso bandolera y abriéndola cogí el primer cigarrillo Camel de aquella mañana de cielo nublado y tiempo desapacible que, según había escuchado en la radio al levantarme, parecía iba a adueñarse de Madrid al menos hasta el lunes por la tarde. Bueno, lo cierto es que aquello poco me importaba pues iba a pasar los próximos cinco días en compañía de Dominique, mi bello y espléndido amante de origen senegalés al que había conocido apenas cuatro meses antes en una fiesta del trabajo a la que ambos habíamos sido invitados.

En el momento en que la llama del mechero entró en contacto con el fino cigarrillo calmé mis ansias de nicotina dando una breve pero profunda bocanada lo cual provocó que las primeras volutas gris azuladas de humo ascendieran por encima de mi cabeza envolviendo el aire en una ligera neblina para acabar, al instante, disgregadas en la nada. Tras unos segundos volví a aspirar nuevamente del cigarrillo llenando mis pulmones con la letal sustancia y, guardando el mechero en el interior del bolso, dejé reposar suavemente el pitillo sobre el cenicero.

Mientras esperaba la consumición miré un momento mi reloj de pulsera observando con tranquilidad que aún quedaban veinte minutos largos hasta la hora de salida del Alaris que debía llevarme junto a mi amado. Mirando en derredor mío percibí el bullicio de la cafetería a esas horas de la mañana con los camareros yendo de un lado a otro con cafés, zumos, bocadillos y bollería variada mientras los clientes no hacían más que reclamar sus consumiciones y hablar entre ellos en animadas conversaciones.

Las mesas aparecían llenas de gente igual que la amplia barra en la que una pareja de sesentones de bien cuidados cabellos canosos se colocaron junto a mí pidiendo al momento dos zumos de naranja naturales y dos croissants. Los dos vestían de forma muy elegante y refinada, se veía a una legua que debía ser gente bien acomodada. El hombre vestía camisa blanca, pantalón gris oscuro de vestir y chaqueta austríaca verde de aquellas clásicas que tanto me han gustado siempre. Ella, por su parte, llevaba un vestido negro largo y por encima un hermoso abrigo granate de paño con grandes botones negros. Un gran bolso negro de mano, unas medias tupidas igualmente granates y unos bonitos zapatos negros de alto tacón completaban el conjunto de aquella mujer de buena figura y todavía apetecible pese a su edad.

Pronto abandoné mi interés por aquella pareja dando una nueva bocanada a mi cigarro del cual se desprendieron nuevas volutas haciendo que lentamente se fuera consumiendo de forma un tanto precipitada. La gente pagaba y rápidamente marchaba camino de sus trabajos o del tren que debía llevarles como a mí hacia su próximo destino.

Señorita, perdone el retraso pero a estas horas ya se sabe. Aquí tiene su café con leche bien calentito y su donut –exclamó con la mejor de sus sonrisas el joven camarero que me atendía.

Oh gracias, muchas gracias –respondí sonriendo amablemente mientras agarraba entre mis dedos el sobre de azúcar del cual vertí, como era costumbre en mí, sólo la mitad de su contenido pues siempre me ha gustado el sabor amargo del café. Aún tengo un cuarto de hora antes de que mi tren salga camino de Valencia –le informé a aquel guapo camarero al que le eché a bote pronto unos diecinueve años, veinte o veintiuno a lo sumo, no más.

Colocado frente a mí y sin dejar ahora de fregar platos, tazas y cucharillas como si en ello le fuera la vida, la voz juvenil del muchacho tuvo la agradable consecuencia de devolverme a la realidad de aquella mañana en la cafetería de la estación, sentada frente a mi consumición minutos antes de iniciar mi viaje junto a Dominique. Tras remover mínimamente el contenido de la taza con la pequeña cucharilla y de dar un pequeño sorbo a mi café, sentí la mirada inquisitiva de aquel moreno camarero clavada, de forma un tanto disimulada, sobre mis pechos y mis pezones los cuales abultaban irremediablemente bajo la lana de mi blanco vestido de cuello cisne.

Al parecer la rápida masturbación que mis dedos me habían provocado durante la ducha de la mañana no había tenido el suficiente efecto reparador sobre mis más perversos sentidos. Los hermosos ojos de un marrón profundo de aquel muchacho recorriendo mi figura y mis más que evidentes encantos de mujer apenas entrada en la treintena, provocó que creciera en mí una sensación de desazón que sólo pude aplacar mínimamente carraspeando tras dar una nueva chupada a mi cigarro.

Aquella mañana y pensando en la cercanía de mi encuentro con Dominique horas más tarde, no pude evitar masturbarme en la ducha nada más levantarme. Siempre me ha gustado masturbarme y hacer el amor durante la mañana, siempre ha sido para mí el momento más propicio para poder recorrer con mis manos mi cuerpo y mis formas o para entregarme en brazos de mi pareja. Para mí aquello se convirtió desde bien joven en todo un ritual pudiendo así disfrutar de los placeres que el sexo puede dar en todas sus muchas vertientes.

Me había levantado pronto y directamente me había encaminado hacia el baño abriendo, a continuación, el telefonillo buscando calentar el agua antes de meterme a la ducha. Pronto la imagen de Dominique junto a mí se apoderó de mis pensamientos haciéndome recordar el último encuentro tumultuoso y tan lleno de lujuria que tuvimos en la soledad de aquella habitación de hotel. Mis manos se convirtieron en las suyas, en aquellas manos suaves y de un delicioso color chocolate que tanto me gustaban cada vez que recorrían mis muslos, mi vientre y mis pechos. Al tiempo que el agua tibia de la ducha caía sobre mi cabeza bajando luego por mis pechos y el resto de mi cuerpo hasta acabar en el blanco suelo camino del desagüe, la esponja ocupaba mis pechos y mis caderas con la reconfortante caricia del jabón.

¡Dominique te deseo, te deseo tanto! –pensaba fantaseando bajo el agua con la feliz idea de ser sus manos las que masajeaban mi cuerpo llenándolo con la sustancia blanquecina que tanto me gustaba.

Aquellas manos que habían acariciado mis caderas y mis húmedas nalgas haciéndome vibrar de pura emoción en compañía de aquel hombre al que tanto deseaba. Sus manos de largos y delicados dedos jugaron con mis pezones acariciándolos hasta hacerlos crecer de forma desmesurada para, instantes después, pellizcarlos con fuerza inaudita hasta hacerme gemir desesperadamente en busca de un placer desconocido hasta entonces. Pronto se apoderó de mi sexo recorriendo con sus dedos mi rajilla bajo la que se escondía el sensible órgano del placer femenino, el pequeño clítoris indefenso y tan necesitado de las caricias de aquel macho que tenía la encantadora virtud de conseguir hacerme turbar el entendimiento por entero.

Teniéndome cogida por detrás, con una pierna levantada y bien apoyada en la pared, me hizo volver la cabeza besándome de forma furiosa y obligándome a abrir la boca permitiendo así el paso irrefrenable de su rosada y húmeda lengua camino de mi paladar. Besaba de forma maravillosa haciéndome sentir la calidez de sus labios carnosos sobre los míos mientras el roce de sus dedos continuaba abriéndose paso entre mis labios vaginales camino del escondido tesoro.

Me notaba mojada y terriblemente excitada ante el incesante ataque de aquellos dedos tan negros y que tan bien sabían acariciarme haciéndome prorrumpir en auténticos lamentos satisfechos. Cada caricia era más profunda y excitante que la anterior buscando ahora el botoncillo el cual enseguida reaccionó al tratamiento enderezándose bajo las yemas de aquellos dedos de artista perfectamente conocedor de los placeres del sexo.

Gemí ahora con fuerza mordiéndole los labios levemente mientras mis manos se apoyaban con angustia creciente sobre la pared llena de la humedad del agua que caía por encima de ella. Mis jadeos y sollozos se mezclaban con sus gruñidos de macho necesitado de ir mucho más allá en aquel maravilloso avance sobre cada uno de los más recónditos rincones de mi anatomía.

Mientras me hacía sentir su horrible humanidad apoyada sobre mis nalgas y sin dejar un momento de empujar sobre mí, noté cómo sus dedos enfilaban mi coñito y mi estrecho agujero posterior tratando de entrar dentro de ellos. El dedo corazón y el índice de su mano derecha buscaban entrar en mi vagina aprovechándose de la humedad que mis muchos jugos le ofrecían mientras, por otro lado, el grueso dedo corazón de la otra mano escarbaba en mi estrecho culito intentando lograr que el anillo anal se fuera dilatando paso a paso. Una vez entró en mi interior empezó a follarme primero de forma lenta haciéndome ahogar mis gemidos en su boca la cual me hacía sentir su cálido aliento cada vez que nuestros labios se separaban de manera fugaz. El roce de sus dedos se fue intensificando segundo a segundo haciéndose ahora mucho más rápido y violento según iba ganando en velocidad.

Dios, lo hacía tan bien que no podía menos que retorcerme entre sus brazos sintiendo el azote de aquellos dedos tan expertos recorriendo mis dos agujeritos sin darme descanso alguno. No iba a tardar mucho en alcanzar mi placer entregada a las caricias de Dominique, aquel maravilloso muchacho que tan bien sabía adular cada centímetro de mi piel. Abandonando su dedo el estrecho agujero de mi culo, agarró el telefonillo de la ducha encarándolo hacia mi coñito haciéndome sentir de ese modo el calor del agua sobre el mismo. Di un grito de profundo placer al notar la fuerza del agua junto al roce continuo de los dedos de mi compañero por encima de mi inflamado clítoris el cual recibió aquellas agradables caricias desencadenando en mí un sinfín de sensaciones que llenaron mi cuerpo de la cabeza a los pies.

Me corro… me corro… ¿por qué tienes que estar tan lejos, maldito? –exclamé casi gritando mientras el orgasmo visitaba mi entrepierna y sobre mi rostro resbalaba el agua caliente y reparadora de la ducha.

Aquellos hermosos recuerdos abandonaron mi cabeza volviendo al fin a la realidad de todo aquello que me rodeaba, a la realidad de la cafetería y al tren que debía coger sin falta en unos minutos. Volví a mirar la esfera del reloj y vi que eran las ocho y media con lo que apenas quedaban ya diez minutos para la salida del tren. Cogiendo el billete que descansaba en uno de los bolsillos del bolso observé que indicaba las 8.42 como hora de salida y las 12.25 como hora de llegada a Valencia así que guardándolo nuevamente llamé al joven camarero que me había atendido pidiéndole la cuenta con la mejor de mis sonrisas.

Serán dos con cincuenta, señorita –me indicó tan pronto como pudo responder mi petición mientras volvía a notar su mirada sobre mis pechos, esta vez de forma mucho más procaz e insistente.

Aquí tienes, el resto es propina para el amable camarero. Quizá cuando vuelva de Valencia pase a verte –dije dándole tres euros mientras le guiñaba el ojo y le miraba con una sonrisa picarona pintada en los labios.

Sin darle tiempo a responder me puse en pie, apoyé la cazadora sobre mi brazo y agarrando la maleta di media vuelta y empecé a caminar de forma un tanto provocativa aunque no exagerada camino del andén donde debía esperarme mi tren. Era plenamente consciente de que la mirada del muchacho estaría incrustada en mi redondo trasero y que aquella imagen provocaría en él una intensa emoción que tal vez acabaría tranquilizando con una buena paja a mi salud o en compañía de su novia o de alguna joven amiga.

Aquella mañana había escogido un conjunto cómodo pero que subrayase al mismo tiempo mis bellas formas. Quería provocar a Dominique y que no pudiera aguantar las ganas por hacerme suya en cuanto me viese. Vestía aquel blanco vestido entallado y de manga larga bien combinado con un delgado cinturón negro. Por otra parte, unos leggings blancos y mis preciosas botas negras tipo amazona, que tan bien remarcaban mis estilizadas piernas, constituían el complemento perfecto para mi vestuario.

Al fin subí al vagón buscando mi asiento tras dejar la maleta en el compartimento reservado a tal efecto. Algunos de los viajeros iban colocando sus bolsas de mano en el compartimento superior que había por encima de los asientos. Asiento 11 V indicaba mi billete así que, buscando a un lado y a otro y tras andar unos pasos más, encontré finalmente el asiento que me correspondía junto a la ventanilla. Siempre me ha gustado el asiento de la ventanilla pues de esa manera el viaje se hace algo más entretenido teniendo la posibilidad de disfrutar del paisaje. Me senté en mi butaca abriendo a continuación el bolso y sacando del mismo la revista que había comprado en la librería al llegar a la estación. Echando un postrero vistazo a mi reloj vi que el tren estaba a punto de ponerse en marcha y cómo los viajeros de última hora se iban acomodando en sus asientos. Finalmente y con una ligera sacudida apenas perceptible, el tren se puso en marcha iniciando el camino que debía llevarme junto a mi bello amante africano.

Pronto abrí mi revista empezando a hojearla y olvidándome del resto de la gente por unos minutos. El viaje de más de tres horas se hizo agradablemente corto escuchando música de mi mp3 o echando alguna que otra cabezada de vez en cuando. Al despertar de mi último sueño advertí, con cierto contento, la belleza del paisaje levantino y el soleado y radiante tiempo mediterráneo dándonos la bienvenida a Valencia.

Pasada media hora llegamos a Valencia bajando con prontitud al andén tras recoger la maleta. Una gran impresión me produjo la belleza de la estación, un precioso edificio de estilo modernista en el que destacaba la gran marquesina de estructura metálica que enmarcaba toda la edificación. Los hangares conservaban el espíritu de las viejas estaciones decimonónicas y el enorme hall era un verdadero hervidero de gentes yendo de un lado a otro. Escapando hacia la calle por uno de los laterales ingresé en el bullicio de la ciudad esperando encontrar pronto un taxi que me acercase rápido a mi tan deseado destino.

No tardé mucho en localizar uno en la misma parada de taxis y, tras meter la maleta en el maletero del coche, subí al mismo indicándole la dirección al maduro taxista que me había tocado en suerte.

Voy al Paseo de la Alameda. Tengo un poco de prisa… por favor, si es tan amable de llevarme lo antes posible se lo agradecería –le comenté al hombre con mi voz melodiosa.

No se preocupe que en un cuarto de hora estamos allí –respondió solícito sin dejar de observarme un solo segundo a través del amplio retrovisor.

Sin más puso el coche en marcha internándonos al momento en el tráfago de la gran urbe, tan llena de prisas y de sonidos de cláxones. Bien acomodada en el asiento me puse a mirar a través de la ventanilla pensando que, en pocos minutos, me encontraría en brazos de Dominique amándonos como desesperados. Las calles pasaban una detrás de otra parando, de vez en cuando, en algún molesto semáforo que hacía detener el loco discurrir del vehículo. Más de una vez pude ver la mirada del hombre clavada en mi entrepierna en busca de algún rincón oculto de mi anatomía que pudiese alegrarle agradablemente el día. Olvidándome de él continué disfrutando de la locura de la ciudad; siempre me ha gustado imaginar las vidas de todas aquellas personas, especie de pequeños individuos cada uno con sus propias historias y sus propios problemas. El clima cálido y radiante invadía las calles por entero, nada que ver con el encapotado y ventoso que había dejado horas antes en Madrid.

Atravesando uno de los puentes de la ciudad por encima del antiguo cauce del río, desembocamos en un bonito paseo donde el taxista me preguntó dónde parar. Mirando la agenda donde llevaba la dirección, se la indiqué llegando en segundos frente al edificio de apartamentos en el que vivía Dominique. El inmueble era de unas diez plantas y de estilo moderno y ecléctico fusionando en la fachada la arquitectura del hierro y del cristal. Con cierto nerviosismo me metí en el espacioso ascensor pulsando con urgencia el botón del ático donde se hallaba la vivienda de mi ocasional amante. Realmente no sabía muy bien dónde podía llevarme todo aquello pero lo que sí sabía positivamente era que sólo quería disfrutarlo mientras durase, sin pensar en nada más.

Notaba la respiración desbocada según el ascensor iba subiendo planta tras planta. Al salir al rellano del último piso pronto encontré la puerta que buscaba apretando, sin esperar más, el botón de llamada. La puerta se abrió segundos más tarde, apareciendo tras ella la figura hermosa y esbelta de Dominique cubierto sólo por un bonito albornoz de color azul celeste, con cuello chal y cinturón anudado a la cintura. Las zapatillas, a juego con el albornoz, le hicieron parecer a mis ojos sensualmente atractivo e irresistible. Tantas eran las ganas por verle que no pude menos que lanzarme sobre él una vez traspasé el umbral de su casa.

Tras cerrar la puerta con un golpe de pie, me cargó por la cintura arrinconándome y estampándome contra la pared sin dejar un solo momento de besarme uniendo sus carnosos labios a los míos de forma apasionada. Rodeándole el cuello con mis brazos le devolví aquel beso abriendo mi boca y dejando que su lengua entrase en contacto con la mía de manera desesperada hasta formar una sola. Al culminar el beso, Dominique abandonó mis labios para dirigirse a mi cuello el cual empezó a lamer y besar con exquisita dulzura haciéndome gemir débilmente.

Sí, mi amor... tenía tantas ganas de verte… te he echado tanto de menos… eché de menos el olor de tu cuerpo, tus caricias descontroladas, escuchar tus palabras lascivas endulzando mi oído… –exclamé con la voz entrecortada por el tremendo deseo que me embargaba.

Yo también te eché de menos…, estos quince días se me han hecho eternos –me confesó mi joven amigo con su melodioso y romántico acento francés mientras sus manos recorrían mis redondas formas por encima del vestido.

Como dije al inicio del relato había conocido a Dominique en Madrid, en una fiesta en la que ambos habíamos coincidido invitados por la editorial en la que los dos trabajábamos. De veintiocho años, dos años más joven que yo, nacido en un pueblecito cercano a Saint Malo, en la Bretaña francesa y de padre francés y madre senegalesa, trabajaba en la delegación de Valencia como fotógrafo y diseñador gráfico dentro de la unidad de diseño. Nada más cruzar nuestras miradas, me sentí irremediablemente atraída por aquel bello moreno de rasgos y facciones tan varoniles y guapo a rabiar. De conversación fluida y amable, Dominique sabía cómo tratar a una mujer, sabía ser atento y delicado y supongo que eso fue lo que me atrajo de él.

Teniéndome cargada contra la pared, aquel agraciado animal de piel de ébano no hacía más que acariciar mis muslos buscando levantar mi vestido camino de rincones mucho más excitantes y oscuros. Ambos respirábamos con fuerza sin dejar de mezclar nuestras lenguas un solo instante en el interior de mi boca. Lo deseaba tanto que no paraba de acariciarle su cabeza perfectamente afeitada mientras le besaba con inaudita fascinación y sin dejar de llevarle contra mí tratando de sentir su cuerpo junto al mío. El aliento cálido de mi guapo compañero golpeaba contra mi mejilla haciéndome sentir deseada por aquella especie de gorila que, estaba segura, no iba a tardar mucho en hacerme suya.

Sus manos de largos dedos lograron finalmente levantarme la tela del vestido apoderándose de mis nalgas las cuales manoseó por encima de la prenda que las cubría. Separándose unos segundos de mí, fijó sus oscuros ojos en mi rostro y volviéndose a acercar me besó ahora de un modo mucho más tierno haciéndome suspirar de emoción. Yo no dejaba de jadear sintiendo sobre mi boca fresca sus gruesos labios y sobre mi cuerpo sus poderosas manos que lo estrujaban de un modo un tanto brusco pero que, en esos momentos, resultaba para mí totalmente encantador. Dominique presionó contra mis temblorosos labios los cuales se abrieron anhelantes por acoger una vez más la húmeda lengua que me ofrecía.

Dominique, te deseo… se me ha hecho tan larga la espera… no creía poder desearte tanto… -dije junto a su oído mientras mi excitada figura no hacía más que estremecerse entre sus brazos.

Haciéndome con su pequeña orejilla se la chupé primero para luego comérsela con decisión notando cómo mi amante se encabritaba bajo la caricia que mis labios y mi lengua le propinaban. Apretándome aún más contra la pared me hizo sentir su terrible humanidad pegada a mi entrepierna. Aquel roce provocó en mí un inmenso placer notándome ligeramente mareada durante unos breves instantes.

La primera vez que me enfrenté a Dominique creí perder el sentido imaginando que la razón me abandonaba por completo. Su torso tan masculino, brillante y musculoso hizo que enloqueciera entregándome a la dura tarea de disfrutar del cuerpo de aquel tremendo macho. Su miembro largo, larguísimo, resultaba realmente portentoso produciendo en mí un cierto temor del que aún hoy en día no he podido librarme. Mucho había leído y escuchado del famoso mito del pene de los hombres de piel morena pero debo reconocer que lo que aquel muchacho poseía superó todas mis expectativas una vez lo tuve ante mí deseoso por recibir mis delicadas caricias.

Y ahí lo tenía junto a mí continuando con su lento avance tratando de meter las manos bajo mi vestido. Poco a poco lo fue consiguiendo adueñándose de mis curvas y ascendiendo por mi piel hasta alcanzar mis senos los cuales recibieron los cuidados de sus manos con enormes muestras de alegría. Bajando sus manos agarró el vestido y subiéndolo de forma premiosa me hizo levantar los brazos para de ese modo lograr que acabara desapareciendo por encima de mi cabeza. Lanzándose sobre mis rotundos pechos, Dominique empezó a chuparlos y lamerlos, acariciándolos de forma delicada pero desenfrenada al mismo tiempo. Envolviendo los pezones con sus labios los fue mordiendo y devorando levemente lo cual hizo que irremediablemente crecieran bajo el contacto con sus dientes.

Silvia, ¿te gusta lo que te hago? –preguntó mostrándose tremendamente alterado tras abandonar unos segundos tan deliciosa ocupación.

Oh sí, es estupendo –respondí con voz trémula y sin dejar de acariciar su cabeza mientras lo llevaba hacia mí pidiéndole que siguiera.

Mi bello compañero siguió y siguió con aquel dulce tormento chupando mis pechos y mis pezones cada vez de forma más audaz. Yo gemía una y otra vez con cada roce que sus labios y sus dientes ejercían sobre mi piel y sobre mis sensibles pezones. Bajando hacia abajo empezó a darme pequeños besos en el abdomen y aquella caricia tuvo la feliz consecuencia de hacer que mi piel se erizara sin remedio al tiempo que mis gemidos ganaban en mayor intensidad.

Sigue… sigue, cariño… me estás volviendo loca con tus caricias… tenía tantas ganas de tenerte junto a mí, de sentir el roce de tus dedos por encima de mi cuerpo –reconocí temblando con cada uno de sus besos.

Subiendo la cabeza, el muchacho se dirigió una vez más hacia mi rostro volviendo a explorar mi boca, reconociendo cada centímetro de mis labios anhelantes de sus cálidos y delicados besos. Cogiéndome por la barbilla, Dominique me dio un beso largo y profundo, un beso jugoso de esos que a cualquier mujer gustan tanto.

Tomando yo la iniciativa llevé mis manos al cinturón tratando de desatarlo lo antes posible en busca de aquel cuerpo tan fibrado y de aquellos músculos tan bien marcados. Luchando con el suave algodón del albornoz mis manos se internaron bajo el mismo entrando finalmente en contacto con el pecho de aquel hermoso animal de piel caoba. Era fornido pero al mismo tiempo delicado y bajo mi mano noté el corazón palpitante del muchacho pidiendo que mis caricias se hicieran mucho más intensas. Arañándole ligeramente el pecho con mis afiladas uñas me eché sobre él besándole el cuello de forma entusiasta sin poder evitar dar a conocer el terrible deseo que sentía por él.

De un modo desesperado apoyé mis manos sobre sus nalgas notándolas duras y abultadas bajo el fino albornoz que las cubría. Apretándome contra él volví a sentir su inmenso miembro apoyado sobre mi pubis. Se notaba ciertamente grueso y eso que todavía no se encontraba en su máximo esplendor cosa que, pese a todo, sabía que no tardaría mucho en suceder. Deseaba sentir la dureza descontrolada de aquel pene de cuerpo esponjoso y venas muy marcadas e hinchadas.

Soltando al fin el nudo que mantenía sujeto el cinturón, logré abrirle mínimamente el albornoz y mi mano buscó vivaracha el duro bulto de su entrepierna manoseándolo por encima del ceñido slip blanco que lo ocultaba. Se notaba durísimo y muy grueso y ya de un tamaño más que respetable pese a que aún no había alcanzado las formidables dimensiones que yo tan bien conocía.

Ya me encargaré yo de eso –pensé sonriendo para mí misma al tiempo que me mordía ligeramente el labio inferior imaginando todo aquello que aquel apuesto animal salvaje iba a ofrecerme.

Una vez más nuestras lenguas jugaron de forma resuelta forzando un combate atroz entre ellas. Dominique colocó sus manos sobre mis caderas y lentamente fue dejándolas deslizar arriba y abajo hasta alcanzar por detrás el inicio de mis piernas. Me acarició también las nalgas apretándolas con las yemas de los dedos de manera maravillosa. Yo, aprovechando la posición en la que estábamos, me abracé a él y empecé a frotarme contra su sexo el cual abultaba de forma provocativa bajo el blanco tejido.

Todavía no había disfrutado la visión de su pene y pensé que ya iba siendo hora así que, arrodillándome frente a él, me puse a lamérselo por encima del slip consiguiendo con ello que mi joven semental gimiera de forma ruidosa agradeciéndome de aquel modo mi encantadora caricia. Separándome de su entrepierna y enfrentada a la altura de su polla, observé con agrado la imagen de aquel bulto que parecía a punto de reventar escondido bajo la tela que lo oprimía.

Dando rienda suelta a mi deseo apoyé mi nariz sobre la tela del slip aspirando el olor a suavizante que el mismo desprendía y, agarrando la prenda por ambos lados, la fui dejando caer al suelo con parsimonia hasta que finalmente apareció orgullosa y feliz aquella negra culebra apuntando hacia el techo de manera entusiasta. No daba crédito a lo que veía pero, al verse libre de la molesta prenda, aquel hermoso instrumento pareció crecer aún más alcanzando aquella rigidez tan rotunda que me hizo abrir los ojos como platos. Debido a su excitación daba pequeños brincos hacia delante como si con ello quisiera desafiar las leyes de la gravedad manteniéndose tan duro y firme. Su polla se había desarrollado de un modo sensacional y no pude soportar por más tiempo la visión de aquella presencia tan inquietante y turbadora:

Me encanta… ¡Dios, es tan grande! –exclamé sin dejar de observarla un solo segundo con mirada golosa.

Fue entonces cuando Dominique se deshizo del albornoz dejándolo caer suavemente al suelo y se arrimó más a mí situando el extremo de su polla a pocos centímetros de mi rostro. Tenía una erección de caballo, casi mitológica, pero lo que era más asombroso, fabuloso realmente, eran las dimensiones de aquel músculo, un gigantesco leño que me hizo enloquecer como la primera vez que lo vi. La tenía tan cerca que la veía contraerse frente a mí, podía sentir el fuerte olor a macho que desprendía. El muchacho se agarró el oscuro miembro con la mano y se empezó a masturbar él mismo de forma lenta sin dejar de mirarme con su mirada perdida.

Apoyando mi mano izquierda sobre su muslo le hice entregarme aquel bello tesoro haciéndole abandonar aquella tierna caricia que él mismo se proporcionaba. Dueña ahora de su destino, lo sostuve entre los dedos por la base y con la punta de la nariz fui subiendo por todo el tallo acariciándole con infinita ternura desde los testículos hasta la violácea cabeza. Retirando la piel del prepucio hacia atrás le obsequié con un delicado besito sonriendo a continuación al ver cómo gruñía de manera inevitable. Cogiéndome la cabeza entre sus manos el musculoso mandinga parecía esperar ansioso el momento en que mi boca y mi lengua entrasen en contacto con su horrible miembro viril.

Sin embargo aún debía esperar un poco más. Apartándome un poco hacia atrás me lo quedé mirando, observando su cuerpo de la cabeza a los pies. Evidentemente Dominique estaba muy bueno con aquella silueta tan brillante en la que destacaban sus músculos tan fornidos y masculinos. Acercándome a él le besé dulcemente sus velludos muslos para seguidamente sacar mi lengua lamiéndoselos de arriba abajo evitando en todo momento el contacto con su sexo.

Chúpamela Silvia, vamos chúpamela de una vez –me pidió de forma entrecortada mientras trataba de acercar su terrible mástil a mi boca.

Subí hacia arriba jugando con su vientre dándole besitos que lo hacían estremecer de placer. Una vez más bajé recorriendo el interior de sus muslos para volver a subir alcanzando finalmente el grueso pene el cual acaricié dándole suaves lametones con la punta de mi lengua. Luego teniéndolo sujeto entre mis dedos le pasé la lengua por todo el tallo hasta llegar a sus huevos. Envolviéndolo con mis labios di un paso más en mi avance y me lo metí con algo de dificultad hasta la garganta empezando a succionar con ganas y moviendo mi cabeza adelante y atrás haciendo que mis labios resbalaran por toda la superficie de aquel pene tan grueso y venoso.

Al llegar a la redonda cabeza la chupé haciendo pequeños círculos con la lengua. Luego escupí sobre el hinchado y cárdeno glande y le miré mientras esparcía con mi mano la espuma de mi saliva por toda su rocosa y venosa masculinidad. El guapo muchacho se mostraba un tanto inquieto pero, mi sonrisa de complicidad, hizo que su rostro congestionado adquiriese un gesto beatífico entrecerrando los ojos y dejándose llevar por el enorme placer que mi boquita le estaba dando.

Con los ojos cerrados, Dominique se agitaba temblando, mantenía el equilibrio a duras penas y no dejaba de gemir ruidosamente animándome a seguir. Realmente lo estaba disfrutando enormemente, agarrándome con fuerza la cabeza y empujándome contra él para que continuara con aquel tratamiento. Mis manos se apoyaban firmemente sobre sus muslos, de manera que sólo mi boca mantenía sujeta su hermosa herramienta. Él no dejaba de mirarme a los ojos igual que yo no dejaba de mirarle a él gozando del tamaño de aquel coloso que tenía por polla.

Viéndolo a punto de estallar y cercano al orgasmo, detuve mi feroz ataque permitiéndole descansar y tomar aliento. Poniéndome nuevamente en pie acerqué mis labios a los suyos recibiendo su húmedo y descontrolado beso mientras, cogiéndome entre sus brazos, me llevaba con irrefrenable brusquedad por todo el espacioso estudio hasta dejarme aplastada contra el amplio ventanal por el que entraban los radiantes rayos del sol valenciano.

Pegándose a mí con desesperación noté su cálido aliento golpear contra mi cuello y mi hombro. Con su hercúleo pecho apoyado en mi espalda, Dominique me agarró con fuerza por la cintura llevándome contra él y haciéndome sentir todo aquel deseo que lo embargaba por dentro. Me deseaba con locura como yo le deseaba a él. Deseaba que me hiciera suya y sentirme atrapada por aquella desbocada demencia que nos envolvía a los dos. Llenando mis oídos de palabras tiernas y obscenas a un tiempo, cogió con fuerza mis leggings y los fue bajando por mis muslos y mis rodillas hasta acabar haciendo tope con el borde de las botas. Luego hizo lo propio con mis diminutas braguitas haciéndolas seguir el mismo camino que habían llevado los leggings. De ese modo mi exquisito y rollizo trasero quedó frente a él esperando recibir sus ardientes caricias.

El muchacho de piel de ébano besó la fina piel de mi cuello la cual se hizo tremendamente vulnerable al roce de sus labios haciéndome gemir de un modo un tanto escandaloso al mismo tiempo que notaba cómo mis cabellos se erizaban de puro placer. Sus manos reconocían y examinaban todo mi cuerpo, acariciando la hinchazón de mis pechos y trazando pequeños circulillos por encima de mis pezones endurecidos como auténticos pitones. Dominique se movía por mi liso vientre y con cada uno de sus masajes respondía yo con aquellos movimientos convulsivos que las palmas de sus manos producían en mí. Verdaderamente debo reconocer que aquel muchacho sabía perfectamente qué puntos de mi anatomía tocar en cada momento para conseguir sacarme los mayores escalofríos. El portentoso moreno me empujaba de forma furiosa contra el frío cristal como si la tremenda ansiedad que le consumía quisiera escapar a través de cada uno de sus músculos.

Yo, mientras tanto, mordía enloquecida mis labios para así ahogar los gemidos placenteros que trataban de escapar sin control de mi boca. Una de mis manos se adueñó de la suya, tomándola y llevándola hacia mis piernas para luego juntar éstas con fuerza apresando ambas manos en mi interior. Notaba mi entrepierna terriblemente mojada, me parecía casi estarme meando de lo excitada que me hallaba recibiendo el calor de su mano por encima de mi rajilla. Los carnosos labios mordisquearon ligeramente el lóbulo de mi oreja al tiempo que sus dedos pellizcaban uno de mis pezones. Suspiré temblando de emoción y empecé a mover su mano arriba y abajo frotando y martirizando mi húmeda vulva con aquel lento resbalar.

El rítmico masajeo se intensificaba segundo a segundo, notaba mi cuerpo perlado de sudor y entonces Dominique llevó dos de sus dedos a mi boca haciéndome probar el sabor salado de mis propios jugos y el olor penetrante de mis partes más íntimas. Retirando los labios que lo cubrían, se apoderó de mi clítoris rozándolo delicadamente con la yema de sus dedos, caricia que hizo que el diminuto botoncillo respondiera con prontitud poniéndose duro como el granito.

¡Oh sí, sí… qué bueno es esto! Sigue cariño, sigue… no tardaré mucho en correrme –le avisé incitándole a insistir en la fascinante ofensiva que me regalaba.

¿Te gusta lo que te hago? Llevaba tanto tiempo esperando este momento –aseguró en voz baja mientras sus dedos no paraban de maltratar mi inflamado y altanero clítoris.

Apenas unos segundos más tarde aprisioné con fuerza su mano, curvándome hacia atrás buscando su boca con la mía mientras mi mano acariciaba su nuca atrayéndolo hacia mí para que me besara. Disfrutando de aquel mágico instante, cerré los ojos y permaneciendo completamente inmóvil noté como todo en mi cabeza me daba vueltas… las piernas parecían no querer sostenerme… y, de pronto, mis jugos me abandonaron por entero llenando sus dedos con la calidez de mi incontenible orgasmo. Cansada y satisfecha abrí los ojos observando cómo Dominique se inclinaba sobre mí besándome con exquisita dulzura mientras yo me iba recuperando lentamente del placer sufrido.

Ha sido maravilloso, mi amor… te quiero… te quiero tanto… –comenté mientras mi mente volvía paso a paso de aquel mundo de placeres tan sublimes y desenfrenados.

Mi bello amante africano no me dejó descansar mucho pues enseguida me hizo abrir las piernas situándose agachado entre ellas. Meneé mis nalgas lascivamente invitándole a continuar aquella hermosa sesión de sexo que parecía no tener fin. Volviéndome de cara a él y bien sujetas mis piernas con sus manos, Dominique acercó su rostro a mi concha haciéndome sentir el calor de su respiración sobre mi sexo. Un gesto de falsa vergüenza se apoderó de mi cara al sentir los dedos del muchacho acariciando con delicadeza mi coñito, revestido con aquel triangulillo de vello castaño oscuro que permitía distinguir los pliegues de mi rajilla.

Enseguida se apropió de mis labios vaginales recorriéndolos en su totalidad y retirándolos a los lados para dejar aflorar el delicioso órgano del placer femenino. Centrándose en él lo acarició unos segundos con la yema del dedo y luego se juntó aún más a mi coño hasta dejar la boca pegada al mismo. Gemí con fuerza recibiendo con gran placer la caricia del hombre sobre la humedad de mi almeja. Mis manos acogían su cabeza animándolo a continuar con lo que me hacía de aquel modo tan fantástico. Dominique jugueteaba con la punta de su lengua por toda mi abertura, lamiéndola y chupándola y envolviendo con los labios el inflamado clítoris, cosa que me hizo estremecerme de placer entre sus manos antes de que él dejara a un lado tan maravillosa tarea.

Me encanta comértelo… eres tan bonita Silvia, tan bonita… -exclamó acercando nuevamente su cara para que su lengua se apoderase de mi coño provocándome un fuerte respingo al experimentar aquella sensación sobre mi vulva.

Me vuelves loca Dominique… me vuelves completamente loca con lo que me haces –jadeé notando perdido totalmente el control sobre mis sentidos.

Dominique me lamió no sólo el agujero del coño sino también mi estrecho culo lo que me hizo temblar con aquellas caricias tan arrebatadoras y que tanto me complacían. Cayendo sobre él alcancé un nuevo orgasmo que grité sin reprimir mis emociones, ocupando la habitación con mis lamentos y con mis cariñosas palabras, por aquel hombre que tan bien sabía como tratarme.

Levantándose cuán largo era, me volvió hacia el cristal dándole una vez más la espalda y, restregándose sobre mí, sentí todo su vigoroso aparato incidir entre las cachas de mi culito. Comenzó a pasear sus manos por mi cintura subiéndolas a mis senos y bajándolas rápidamente como si no quisiera que las notara. Echándome hacia delante mi joven amante me besó en la nuca con dulzura y mucha lujuria para luego ir bajando lentamente por toda la espalda la cual humedeció con su saliva haciendo que un ligero escalofrío recorriese toda mi columna vertebral.

Masajeaba mis pechos de forma deliciosa acariciando mis pezones circularmente y mostrando especial interés en la rosada aureola de los mismos. Moviendo mis caderas adelante y atrás yo sólo pensaba en tener su negro y jugoso sexo dentro de mí. Volviendo la cabeza hacia él abrí mis trémulos labios y susurré al fin las mágicas palabras que seguro que mi amigo llevaba rato esperando:

¡No aguanto más… vamos Dominique, fóllame… lo deseo tanto! –le ordené de la forma más insinuante que pude encontrar.

Con mi culo rocé levemente su polla calentándome más y más. Lentamente acerqué la cabeza de su barra de carne a mi coñito para luego sentir aquel roce por mi vello púbico, por mis ingles. La tan deseada penetración era ya inminente pues mi querido semental se mostraba ansioso por entrar dentro de mi cuerpo. Sus gestos y sus gruñidos desesperados así me lo hacían ver. Tomando la iniciativa, Dominique llevó el grueso glande a la entrada de mi sexo y lentamente fue empujando buscando que mis labios se fueran dilatando para, de ese modo, permitir el tan apetecido acoplamiento.

Tuve que morderme los labios con fuerza como la primera vez que me lo hizo. Aquel músculo era demasiado grande para mi estrecho coñito, una barra de más de veinte centímetros que me dejaba completamente sin respiración cada vez que traspasaba mis entrañas. Aguantando como pude aquella presión, apoyé las manos con fuerza en el cristal y poco a poco fui sintiendo cómo aquella polla iba entrando haciéndome poner los ojos en blanco. Gemí ahogadamente intentando hacerme al tamaño enorme de su miembro.

Dominique se quedó quieto unos segundos permitiendo que mi vagina se fuera acomodando a semejante intruso. Tras unos segundos de relajo, el muchacho inició un lento bombeo entrando y saliendo para ir adquiriendo a cada momento un mayor ritmo.

¡Muévete, vamos más deprisa… qué gusto me das! -jadeaba yo cada vez que notaba el empuje salvaje del encabritado instrumento sobre las paredes de mi vagina.

Mis pechos chocaban con el gélido cristal a cada golpe de riñones que me daba. Creía ver las estrellas; aquella dura herramienta me quemaba por dentro. Humedecí mis labios pasando la lengua por encima de ellos y notando mi garganta reseca. Quise gritar, pero mi boca se negó a emitir sonido alguno. El movimiento se hacía más rápido saliendo su horrible humanidad casi por entero y volviendo a clavarse de una sola vez entrando hasta el fondo. Los testículos golpeaban contra mis nalgas sintiéndolo pegado a mí entrando y saliendo cada vez con más fuerza.

Había perdido la cuenta de los orgasmos que me había arrancado y sin embargo aquel inmenso animal no hacía más que apretarse contra mí sin dar muestra alguna de cansancio. Chillé como una perra insultándole como si de ese modo la mezcla de dolor y placer que invadía mi cuerpo pudiese disminuir mínimamente. Dominique me cogió de la cintura llevándome hacia él como si fuese una muñequita y yo recliné la cabeza en su hombro dejándome hacer por completo. Besó mi frente, mis mejillas, mi nariz para acabar haciéndose con mis labios que recibieron su boca con malsana ansiedad.

Permitiéndole que acariciase con mayor facilidad mis senos, una gran sorpresa me llevé cuando noté que su polla salía de mi coñito buscando con rapidez el estrecho agujero de mi culo. Hasta aquel momento nunca había tratado de follarme por ese camino y ciertamente debo reconocer que un gran temor se apoderó de mí imaginando que aquel grueso pedazo de carne pudiese entrar en mi interior. Sin embargo, gracias a lo empapada que estaba y a la lujuria que me envolvía, cedí a sus deseos dejando que su gran barra negra penetrase mi esfínter rompiendo con todo aquello que se encontraba por el camino.

Si había gritado y chillado al sentir su miembro en mi vagina, podéis suponer lo que experimenté al notar cómo empezaba a sodomizarme aquel inmenso pene que pensaba que iba a destrozarme por dentro. Sorprendentemente y tras unos segundos de descanso, empecé a notar cómo el intenso dolor se transformaba en un placer desconocido hasta entonces, un sentimiento lascivo y completo como jamás había sentido antes.

¡Me quema… me quema pero me gusta tanto... Dominique, dámela toda… dámela toda, por favor…! -le pedí aullando y sintiéndome morir por dentro.

Moviéndose con mayor decisión aprovechándose de mi total entrega agarró mis caderas con firmeza para posicionarse mejor detrás de mí. Su pene entraba y salía a gran velocidad retorciéndome yo entre sus manos, con la razón completamente perdida, cada vez que golpeaba contra mis paredes. Tirándose sobre mí se apoderó de mis pechos manoseándolos con sutileza y seguridad al mismo tiempo. El muchacho de piel morena me tomaba sin consideración alguna, como si fuera un trapo y sin dejar de follarme un solo segundo con su horrible humanidad.

Me apretaba mucho contra su figura rocosa y el roce continuo de su pene en mi culito hizo que mi sexo respondiese poniéndose como una brasa. Para calmar aquella calentura llevé mis dedos a mi entrepierna acariciándome yo misma de manera furiosa. Saliendo de mi culito escuché el "chof" anunciándolo para, enseguida, notar cómo volvía a atravesarme hasta acabar haciendo tope con sus huevos.

Me matas, me matas… por favor, déjame… no aguanto ya más… me estás matando de gusto –exclamé mientras una lágrima caía humedeciendo mi mejilla.

Él, ignorándome por completo, empezó a moverse de forma violenta sin dejarme respirar y dándome con todo lo que tenía. El joven semental sodomizaba mi ano salvajemente, echándome contra el cristal sobre el que resbalaba mi contraído rostro con una expresión de enorme satisfacción. Mis senos oscilaban moviéndose arriba y abajo y sin control alguno mientras mi trasero se estremecía y agitaba con cada una de sus embestidas. Mis rodillas se doblaban pareciendo empezar a dar signos de debilidad y notando cómo un nuevo placer me visitaba. El orgasmo me invadió recorriéndome todo el cuerpo en espasmódicos movimientos que contraían mis músculos y mis últimas energías.

Al mismo tiempo sentí como Dominique se convulsionaba detrás de mí. Escapando de mi interior echándose hacia atrás, sacó el grueso ariete lo cual aproveché yo para volverme hacia él arrodillándome a sus pies. Mirándole a los ojos observé como su polla estallaba sobre mi rostro mientras mi fatigado compañero gritaba su placer arqueando el cuerpo hacia atrás y doblando las piernas. Una enorme cantidad de líquido vainillado salió de su negra manguera inundándome por entero, allí arrodillada como estaba y deseosa por recibir los fluidos de mi joven amante. Sentí brotar su esperma a borbotones salpicándome los dos primeros trallazos sobre la nariz y el ojo, el cual tuve que cerrar con rapidez. Las dos siguientes andanadas fueron a dar sobre mis labios y mi barbilla y sobre mis cabellos castaños los cuales embadurnó con su denso y viscoso semen.

Sin separar mi mirada de la suya hice acopio de su líquido blanquecino con los dedos y con la lengua, llevándomelo a la boca y saboreándolo para así disfrutar de toda la potencia masculina de mi hombre, de aquel hombre que tanto me hacía sentir cada vez que me encontraba entre sus brazos. Tumbándolo en el suelo junto a mí, lo acerqué y uní mis labios a los suyos besándolo con inusitada delicadeza para luego, como fin de fiesta, meterle la lengua entregándole el sabor de su propio semen el cual degustó como yo había hecho instantes antes.

Apartándose de mí Dominique me dedicó un último beso en la mejilla antes de acogerme entre sus poderosos brazos en los que me entregué totalmente relajada y dichosa. Los ojos se me cerraban dibujándose en mi rostro una inevitable sonrisa de satisfacción. Sentí su brazo aferrado a mi cintura y su cuerpo pegado al mío apretándome con fuerza contra él. Al fin nos quedamos dormidos en una sinfonía interminable de suspiros y ronroneos y con las manos y las piernas entrelazadas…
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