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Métodos alternativos de pagar el alquiler (3)
Author: 
Dominación
25-Aug-2019
126
Métodos alternativos de pagar el alquiler (3)
Es sábado y tengo todo el día para comprobar hasta que punto es cierto que Verónica me deja hacerle todo lo que quiera.
Me desperté plácidamente con las primeras luces de la mañana. Era un gustazo poder tener unos momentos de tranquilidad en la cama sin escuchar la alarma del despertador sonando de forma frenética para que me levantase y me pusiese en marcha. Tanteé mi mesilla de noche en busca del móvil y lo desbloqueé para ver la hora. Aún era muy temprano, pero no me extrañó lo más mínimo, pues me había acostado pronto. A punto estaba de devolverlo a la mesilla y seguir durmiendo, cuando me llamó la atención ver que tenía un mensaje de texto, recibido a altas horas de la mañana. Sin pensarlo dos veces, lo abrí.

Era de Verónica. En el mensaje me explicaba que, como no le había dado ninguna instrucción sobre la hora a la que debía levantarse, se había quedado despierta surfeando por internet con el ordenador, por lo que con toda seguridad me despertaría antes que ella, y se disculpaba por si acaso esperaba yo otra cosa. Me froté los ojos, adormilado, aún no del todo consciente de a qué diablos venía aquello.

“Oh, claro” recordé de golpe: el trato, que, aparentemente de la nada, había cambiado nuestra relación de simples compañeros de piso a… bueno, a… ¿cómo definirlo? La palabra que me venía involuntariamente a la mente una y otra vez era “esclava” y “amo”, pero me negaba a aceptarlo. ¿Era una esclava si asumía voluntariamente dicho estado y del mismo modo podía revertirlo en un instante? No parecía probable. ¿Cuál era el término adecuado, entonces? Tampoco “criada” parecía definir bien la situación, ya que sus obligaciones iban mucho más allá... No era fácil para mí catalogar nuestra relación, en gran parte porque no quería extralimitarme sin saber cuál era la opinión de Verónica. Mi parte más salvaje me gritaba que ella era mía para hacer lo que quisiese, que me pertenecía incondicionalmente. Mi lado más frío y racional me susurraba que eso no era verdad y me aconsejaba que no me dejase llevar, ya que ella era una chica inestable que, igual de rápido que había aceptado el trato, podía deshacerlo, y por tanto debía andar con pies de plomo para tratar de no “pasarme”, pues eso podría provocar que ella decidiese acabar con la relación. Por si esto fuese poco, mi lado más humano, mi conciencia se podría decir, me aseguraba que aquella situación no estaba bien, que Verónica tenía problemas serios de autoestima y de confianza, y que era mi obligación ayudarla a superar el bache en lugar de aprovecharme de su debilidad. Por último, mi parte más pueril estaba aterrada por si alguien llegaba a enterarse de todo… ¿Qué pensarían mis amigos de mí? ¿Me tacharían de pervertido o de machista? ¿Me darían la espalda? ¿Se reirían? ¿Me despreciarían? Eran cosas que no me podía quitar de la cabeza.

Allí tumbado, aún con el móvil en la mano, mi mente discutía a cuatro bandas sin parar. A veces me decantaba por un lado y a veces por otro, pero no conseguía sacar una conclusión clara. Así que, aunque tenía una oportunidad de oro para recuperar el sueño perdido de toda la semana, decidí levantarme para tratar de aclarar mis ideas. Con pasos pesados y aún adormilado, me dirigí a la habitación de Verónica, que tenía la puerta entornada. Dudé un instante, pero al final la abrí con suavidad y la penumbra de su interior se disolvió poco a poco, revelándome a mi dormida compañera.

Verónica respiraba con lentitud, abrazada a la almohada con brazos y piernas, ajena a todo, tranquila. Mi intrusión no la despertó y tampoco lo hizo la luz. Tenía la habitación hecha un desastre, toda llena de ropa arrugada y desperdigada por el suelo. Había libros, revistas, envoltorios de comida (e incluso un plato sucio) abarrotando su mesa y su estantería. El “uniforme” que le hacía llevar estaba en el respaldo de una silla, ella llevaba puesto un pijama. Una semana atrás, la visión de todo aquel caos me habría llenado de resentimiento, pero ese día no. Me quedé allí de pie, contemplando su figura tranquila rodeaba de aquel mar de desorden, descubriendo poco a poco cuanto había cambiado mi opinión de ella. De repente, todas sus faltas se me antojaban insignificantes y era incapaz de entender que yo hubiese podido albergar malos sentimientos hacia aquella criatura… Sacudí la cabeza, incómodo, pero no podía olvidar su sonrisa de ayer, después de casi ahogarse al tratar de comerme la polla.

No quería admitirlo, pero la evidencia era aplastante: estaba empezando a sentir algo por Verónica. Era estúpido, porque la conocía desde hacía años y jamás me había fijado en ella: ni su personalidad ni su físico me habían parecido nunca nada espectacular… pero ahora la veía con otros ojos. Resultaba de lo más irracional, porque lo único que había cambiado era que me había dado cierto poder sobre ella, pero ni por dentro ni por fuera era distinta. Fuese cierto o no, siempre se ha dicho que las mujeres son más pasionales y los hombres más lógicos, así que decidí tratar de encarar aquella situación de forma analítica, tratando de hacer honor a mi sexo.

Si ella era igual, pero yo la veía distinta, el que tenía que haber cambiado era yo. Mi opinión de Verónica había mejorado, eso no se podía negar. ¿Y a qué se debía? A que, hasta cierto punto, ahora me pertenecía. Dentro de mi algo se revolvió, porque algunas partes de mi mente no querían aceptarlo, pero estuviese o no estuviese bien, fuese o no fuese lo correcto, esa era la verdad. Me gustaba poseerla, me gustaba sentir que era mía. Tal vez no lo fuera y aquella idea solo estuviese en mi cabeza, lo admito, pero esa sensación era la que me hacía verla con otros ojos. Solo tuve que pensar en qué pasaría si ella cancelaba el trato para confirmarlo: si dejaba de ser mía, de pronto su atractivo se desvanecía como el humo. Un pinchazo de culpabilidad acompañó a esta revelación, porque a mi entender, no era algo intrínseco en ella lo que me gustaba: no importaba que fuese Verónica o cualquier otra chica, lo que la hacía especial era el trato y no ella misma. Sentí que eso no era justo, que la estaba engañando. Oí sus palabras claras en mi mente: “Te cansarás de mí”. Tragué saliva, incómodo. Ella sabía lo que sentiría incluso antes de que yo mismo fuese consciente de ello. Verónica sabía que no estaba loco por ella y que lo que realmente me gustaba era que no me negara nada. Y ya vaticinó que, cuando ya no hubiese límites que quisiese romper, cuando no quedasen novedades y lo que ella me ofrecía dejase de ser tan apetecible… Entonces sería yo quien rompiese el trato. Ayer aquello se me antojaba surrealista, ¿qué clase de hombre rechazaría a una mujer siempre dispuesta a complacerle? Pero ayer la lujuria me nublaba el pensamiento y hoy no. A regañadientes, tuve que admitir que podía pasar. Podía cansarme de ella. “Me ofreces el paraíso” le había dicho… ¿Podía cansarse uno del paraíso? Me entristecía pensarlo, pero era posible. Tal vez lo más razonable sería cortar aquello de raíz, antes de que Verónica se hiciese ilusiones, antes de que se acostumbrase a vivir así. No sería fácil decirle que ayer tenía razón y que, en realidad, todo había sido palabrería porque estaba cachondo. ¿Y después, qué? ¿La echaba del piso? ¿La dejaba quedarse como antes, arriesgándome a volver a acumular yo rencor y ella impotencia? No parecía haber ninguna decisión correcta…

Entonces ella soltó un gemido adormilado y se colocó boca arriba, soltando la almohada. A través de la fina tela de su pijama se adivinaban sus pechos: pequeños pero pesados… llenos. Me rasqué la nariz, sin poder apartar la vista. Fantaseé que se los estrujaba con fuerza, que jugaba con ellos hasta hartarme… Me costó unos segundos percatarme de que nada me impedía hacerlo. De nuevo, aquella realidad: ella era mía. Y conforme aquel pensamiento volvía a inundar mi mente, la sangre llenó mi miembro, endureciéndolo, haciéndolo crecer. Seguía sin respuestas a todas aquellas preguntas que me bombardeaban, pero habían pasado a un segundo plano. Todas esas inquietudes pertenecían a otra persona que, si bien compartía cuerpo conmigo, no era yo. Cuando estaba así de excitado, dejaba de ser el mismo y me convertía en alguien mucho más decidido, con las ideas claras. ¿Renunciar a Verónica? ¿Qué estupidez era aquella? ¿Cómo podía siquiera pensarlo? Nadie se cansaba del paraíso, eso era evidente.

Me tumbé junto a ella y, sin esperar un instante, deslicé mi mano bajo la camisa de su pijama y tanteé con avidez hasta que encontré uno de sus pechos. Lo estrujé tal como deseaba, con fuerza, sintiendo como su carne se apartaba frente a mi avance y trataba de adaptarse a la nueva situación que le imponía. Verónica soltó un gemido ahogado, pero no abrió los ojos. Empecé a masajearle el pecho, pero pronto eso dejó de ser suficiente. Con la mano que tenía libre le levanté el pijama, revelando su cuerpo desnudo. Vi entonces el cardenal del día anterior y, por un instante, volví a ser yo mismo, con mis dudas y mis inquietudes. “La verdad es que me ha gustado”, había dicho, refiriéndose al cardenal. Ninguno había querido hablar más del tema, pero aquel moratón era un recordatorio de que teníamos una conversación pendiente. Aquel fogonazo de dudas se apagó cuando Verónica soltó otro gemido. “A la mierda”, pensé. Y le agarré el pecho magullado con fuerza. Su espalda se arqueó, sobresaltada, y eso presionó su cuerpo contra mis manos. Yo deslicé mis dedos hasta el lateral de sus tetas, con los pulgares debajo de su carne y las presioné hacia mí. Se le endurecieron los pezones y soltó un gruñido, a mitad entre dolorido y placentero. La miré y vi que estaba empezando a abrir los ojos.

—Buenos días —la saludé, mientras hacía cada vez más fuerza.

Ella se quedó sin aliento y se incorporó para tratar de rebajar la presión que yo estaba ejerciendo, pero yo la empujé contra la cama de nuevo y apreté un poco más.

—¿Qué…? —musitó ella, desorientada.

Entonces dejé que la tenaza se relajara un poco y mis dedos resbalaron por su piel, permitiendo que su carne volviese a una posición normal. Verónica soltó un suspiro de alivio, pero se quedó de nuevo sin aliento cuando, al llegar a sus pezones, empecé a acariciárselos.

—Ufff —gruñó, con los ojos cerrados de nuevo.

Ya no quedaba ni rastro de aquella figura relajada que me había encontrado al abrir la puerta, ahora todo su cuerpo estaba tenso, concentrado en seguir el recorrido de mis manos por sus pechos. Con el índice y el pulgar de cada mano le atrapé los pezones y tiré de ellos hacia mí. De nuevo empezó a arquearse, pero, en cuanto la vi moverse, la solté. Ella permaneció unos segundos con la espalda ligeramente elevada, pero pronto volvió a dejarse caer. En el instante en que su espalda tocó el colchón, volví a atrapar sus pezones y a tirar de ellos. Verónica soltó una exclamación de sorpresa y, rápida como el rayo esta vez, arqueó la espalda para seguir el movimiento, pero de nuevo la solté.

—Estate quieta —la reprendí.

Ella tragó saliva y asintió. Por tercera vez, tiré de sus pezones… pero en esta ocasión, ella se quedó quieta. Vi cómo se contraían sus hombros, tratando de combatir su instinto natural, luchando contra sí misma. Tiré un poco más y sentí como la delicada piel de sus areolas se tensaba. Verónica empezó a respirar entrecortadamente, incapaz de aguantar más. Solo entonces, cuando sentí que había alcanzado su límite, la liberé. Ella soltó un gemido de alivio largo y grave, que le vació los pulmones de aire. De nuevo tragó saliva y entreabrió los ojos para mirarme y dedicarme una tímida sonrisa. Lo vi en sus ojos, le había gustado.

—¿Te diviertes? —preguntó.

—Ya lo creo —le aseguré—. Eres mi juguete favorito.

Su sonrisa cambió de placentera a divertida.

—¿Soy tu juguete? —repitió.

Con un movimiento rápido y contundente, volví a aprisionarle ambos pechos, ignorando su pregunta. Esta vez los empujé hacia arriba, tensándolos y revelando la piel de la parte inferior, que estaba muy pálida, pues siempre estaba oculta. Ella soltó un grito de sorpresa y me agarró instintivamente por las muñecas para detenerme. Ambos nos quedamos quietos y yo enarqué una ceja, confiado. Ella se mordió el labio inferior y, muy poco a poco, retiró las manos de mis muñecas, entregándose.

—Buena chica —la felicité.

Dejé de tirar de sus pechos y empecé a amasarlos con más suavidad. Verónica volvió a cerrar los ojos y se dejó hacer. Aproveché aquella pequeña isla de calma para ordenar mis pensamientos.

—¿Alguna vez has tomado la píldora? —le pregunté sin dejar de masajearla.

Ella asintió sin abrir los ojos.

—Bien, pues quiero que ahora luego bajes a la farmacia y compres condones, píldoras y lubricante anal —le dije.

Verónica abrió un ojo y me hizo un gesto con la mano para hacerme ver que lo había entendido, antes de volver a cerrarlo. Durante un minuto permanecí en silencio, pensando en qué más quería de ella. Nuestro trato original había derivado hacia el sexo rápidamente, pero lo cierto era que incluía más cosas.

—¿Qué te apetece comer hoy? —le pregunté.

Ella volvió a mirarme y, por su expresión, trataba de averiguar si la pregunta iba con segundas. Me reí y sacudí la cabeza.

—No, lo digo en serio —insistí—. Si pudieses elegir lo que fuera: carne, pescado, pasta, verdura… ¿qué elegirías?

Verónica se restregó un ojo y se encogió de hombros.

—No sé —confesó—. Lo que sea.

Yo le estrujé las tetas para que se centrara y ella se quedó sin aire.

—Cabrón… — gimió.

Pero siguió sin responder, así que me puse a pensar en qué me apetecía a mí.

—Pues lasaña —anuncié—. ¿Qué te parece?

Ella se paró a pensar y al final asintió.

—Hace mucho que no como lasaña —comentó—. Me apetece.

Yo asentí también.

—Pues luego miramos como se hace —la informé.

Ella me miró, extrañada.

—Pensaba que decías comprarla hecha —objetó—. Yo no sé hacer, nunca he hecho.

No iba a ser fácil superar toda aquella inseguridad. Le solté las tetas y deslicé mis manos por su cuerpo, hasta su pantalón de pijama. Sin esperar un segundo, le levanté el culo con una mano y con la otra tiré de la tela hacia abajo, hasta que le llegó a los tobillos y cayó sobre el colchón. Le abrí las piernas y le metí la mano entre ambas, rozando su coño de pasada, pero deteniéndome solo en la entrada de su culo. Todo su cuerpo se tensó al notar mis intenciones.

—Y hasta ayer nunca te habían metido un dedo por aquí —observé—. Siempre hay una primera vez para todo.

Empecé a apretar, pero entre que estaba tensa y que la postura no era la adecuada, no entró. En realidad no lo pretendía, solo quería incordiarla, así que seguí retirando el dedo lo justo para que se relajase y entonces volver a la carga, haciendo ahora círculos, ahora movimientos verticales alrededor de su ano. Enseguida noté como su sexo se hinchaba y se abría ligeramente, ya que, lo admitiese ella o no, aquello la excitaba. La miré a los ojos y vi que estaba un poco colorada. Con la mano que tenía libre recorrí su coño de arriba abajo, sin profundizar, notando como, poco a poco, iba humedeciéndose, señal de que mi ataque estaba surtiendo efecto.

—No sé si sabré hacerla —dudó ella, jadeante—. No me quedará bien.

Le deslicé dos dedos dentro del coño y empecé a masturbarla sin problemas, pues estaba ya muy mojada.

—Pues a la siguiente te saldrá mejor —repliqué—. Se acabó lo de pizza, hamburguesa, pizza, hamburguesa…

Aceleré el ritmo con el que la masturbaba y seguí presionando mi dedo contra su culo. Su pelvis empezó a acompañar mis movimientos y cada vez que su entrepierna subía y bajaba, sentía que la resistencia de su ano mermaba. Así que bañé ese dedo bien en sus fluidos y volví a hacer presión, ahora con intención de meterlo. Aceleré el ritmo con el que la tocaba y su cuerpo ya no paraba quieto. Mantuve la presión firme y constante y, lentamente, mi dedo fue deslizándose por su recto.

—Aaaah…. aaaah…. aaaah —gemía ella con cada sacudida, cada vez más rápido y más fuerte.

Al final mi dedo entró hasta el fondo y entonces empecé también a masturbarla por el culo. Cuando le sacaba los dedos del coño, le metía el de detrás, y luego al revés, para que, de ese modo, sintiera en todo momento como alguna parte de mí la penetraba. Intentó seguir acompañando cada sacudida, pero no podía mantener el ritmo de ambas manos y pronto se quedó sin aliento, por lo que se limitó a respirar acaloradamente mientras todo su cuerpo temblaba y se tensaba. Traté de no emocionarme en exceso para no acelerarme más de la cuenta, y me concentré en mantener un ritmo constante y lo bastante rápido como para sentir como la excitación de Verónica iba acumulándose poco a poco, como sentía cada vez más placer y como temblaba cada vez con más violencia. Cuando empezó a levantar la pelvis de forma inconsciente supe que estaba muy cerca del orgasmo, así que aceleré bruscamente. Ella arqueó el cuerpo y se incorporó ligeramente, con la boca entreabierta y la respiración muy agitada. No podía más, estaba a punto de estallar…

Y entonces paré. En cuanto me detuve ella se dejó caer sobre la cama y avanzó su entrepierna hacia mis manos, buscándome.

—Sigue, sigue —me pidió, ansiosa—. No he llegado.

Yo sonreí y me limpié las manos en su pierna.

—Lo sé —la informé—. No quiero que te corras aún.

Ella me ignoró y se llevó la mano a su sexo, pero yo la intercepté y se lo impedí.

—Quieta ahí —la reprendí.

Ella suspiró, frustrada.

—Haré lo que me pidas, pero déjame correrme —me suplicó—. Por favor.

Yo me tumbé a su lado y me bajé los pantalones, dejando mi polla a la vista.

—Hasta que yo no me haya corrido, tú no te correrás —le expliqué.

Verónica se incorporó sin demora y, resuelta, se metió mi miembro en la boca. Empezó a chupármela con avidez, agitada, impaciente de que me corriese para poder liberarse aquel fuego que la quemaba por dentro.

—Más despacio —la reprendí—. No tengas prisa.

Mi compañera me miró, frustrada.

—No me aguanto… —se quejó, suplicante.

—Claro que aguantas —respondí, inflexible—. Ves lento hasta que yo te lo diga.

Ella suspiró, exasperada, pero no volvió a quejarse. Empezó a chupármela de nuevo, esta vez lentamente, dejándome disfrutar sin prisa de su boca y de la situación. Sentía su ansia por correrse en cuánto me apretaba con los labios y en la fuerza que hacía con la lengua al lamérmela, y de nuevo me maravilló que me obedeciese hasta el punto de combatir sus propios instintos básicos.

—Buena chica —murmuré, complacido—. Te puedes tocar, pero no te corras.

Sin dudar un instante, Verónica se llevó una mano al coño y empezó a masturbarse. Un gemido de alivio le llenó la boca en cuanto sus dedos empezaron a recorrer su sexo y pareció calmarse un poco… pero no duró. Conforme iba acercándose al clímax, su ritmo subía, incapaz de controlarse.

—No te aceleres —la regañé—. O me tendré que pensar si te dejo correrte o no.

La amenaza surtió efecto y de nuevo bajó el ritmo tanto de su mano como de su boca. Yo sabía que, a esa velocidad, por mucho que estuviese disfrutando, no era probable que me consiguiese correr, así que podía alargar la situación tanto tiempo como quisiese. ¿Cuánto debía hacerlo?

—Has intentado tocarte sin mi permiso —reflexioné en voz alta—. Vas a tener que esmerarte mucho para enmendarte.

Verónica me miró y vi en sus ojos cuanto deseaba llegar al orgasmo… Pero no replicó.

—Te la estaré comiendo todo el tiempo que quieras —me aseguró—. Todo el día y toda la noche, si hace falta.

Yo sonreí, sorprendido, y Verónica continuó dándome placer. Ella entendía que quería que le siguiese el juego y al final lo había aceptado. Y si en esta situación, con ella desesperada por alcanzar el orgasmo, decidía seguir mis instrucciones, no veía en que otra situación se iba a negar a hacerlo. ¿O tal vez era al revés, estaba tan cachonda que no pensaba con claridad? ¿Tal vez se rebelaría si la presionaba mucho en temas no sexuales? El tiempo lo diría.

Los movimientos de Verónica eran lentos, pero no por ello faltos de motivación: iba dejando resbalar mi polla por su boca hasta su garganta, deteniéndose solo al llegar al fondo. Al parecer, poder llevar ella el control del ritmo la ayudaba mucho a no sentir náuseas y apenas se escuchaban unas ligeras arcadas aquí y allá, aunque aún notaba como se tensaba su cuerpo al pasar por el punto que ella me había explicado que le costaba. Si seguía mejorando a ese ritmo, no tardaría en perder por completo las arcadas reflejas. Sería todo un logro.

Pasó un buen rato sin ningún cambio: Verónica mamándomela sin prisa mientras se tocaba y yo tumbado, dejando vagar la mente mientras disfrutaba de la suavidad y la delicadeza de sus labios. Tenía los huevos hinchados y empezaban a molestarme, así que decidí que ya era suficiente.

—Lo has hecho muy bien —comenté con voz ronca—. Ya puedes acelerar.

Verónica suspiró, aliviada, y sin esperar un segundo, empezó a chupármela frenéticamente. Yo me retorcí, sorprendido, pero ella no me dejó escapar y se la siguió metiendo sin parar, ansiosa por mi leche. Sentí como mi excitación se disparaba y la agarré del pelo mientras acompañaba los movimientos de su boca con los de mi cadera.

—Joder, qué bien lo haces —gruñí, mientras la forzaba a que me la comiese hasta el fondo sin descanso.

Ella apenas se tensó, aceptó mi polla sin problemas, mientras gemía desbocada. Se estaba masturbando a toda velocidad y supe que ella tampoco tardaría en correrse. En ese momento no podía pensar y ni se me pasó por la cabeza detenerla. Me arqueé al notar como llegaba al orgasmo y la primera descarga de semen le llenaba la boca. La atraje hacia mí para que se la metiese más hondo y la siguiente descarga le dio directamente en la garganta. Noté como ella se retorcía y gemía de forma ahogada: también se había corrido. La mantuve sujeta para que no se apartase, y hasta que no acabé de descargar todo en su garganta no la liberé. Tragué saliva mientras sentía como todo mi cuerpo se relajaba y se quedaba sin fuerzas. Ella se sacó mi miembro de la boca y aspiró todo el aire que pudo, aunque aún se entretuvo en lamerme el capullo para quitarme los restos de semen que habían quedado adheridos. Luego se tumbó a mi lado y se me quedó mirando.

—¿Qué tal? —me preguntó, acalorada.

Yo solté el aire de mis pulmones de golpe, vacío de energía.

—Genial —le aseguré—. Estoy rendido.

Ella me dedicó una ligera sonrisa y se levantó para asearse.

—¿Qué hora es? —me preguntó en voz alta desde el baño.

Yo no sabía cuánto tiempo había pasado y no me había traído el móvil, así que respondí con un “temprano”. El sueño empezaba a vencerme de nuevo y, viendo que aún quedaba todo el día por delante, me rendí a sus placeres allí mismo, en la cama de Verónica.

Me despertó algo pesado cayendo al suelo y generando un ruido sordo. Abrí los ojos de golpe, sobresaltado y miré a mi alrededor. Estaba oscuro, pues alguien había cerrado la puerta de la habitación. Tanteé a mi alrededor, pero Verónica no estaba conmigo. Me levanté y, guiándome por la luz que se filtraba por debajo de la puerta, llegué hasta el pomo y salí de la habitación. El sol me golpeó de lleno y tuve que cerrar los ojos para evitar quedar deslumbrado. Avancé casi a tientas hasta el baño, donde me lavé la cara y pude empezar a ser persona.

—¿Verónica? —pregunté en voz alta.

Oí unos pasos que se acercaban y la cabeza de mi compañera de piso se asomó al baño. Estaba vestida y se había maquillado ligeramente. Estaba guapa.

—Buenos días —me saludó—. No te quería despertar, lo siento.

Y, tan rápida como había aparecido, se fue en dirección a la cocina. Yo la seguí con pasos lentos y vi que estaba guardando la compra. Se le había caído al suelo un paquete de carne picada, que deduje era lo que había hecho el ruido que me había despertado.

—He mirado por internet como hacer la lasaña y ya he hecho la compra —me informó, animada—. También he ido a la farmacia, las cosas están en el salón.

Yo me rasqué la cabeza, algo abrumado.

—¿Llevo mucho rato dormido? —pregunté.

Ella se encogió de hombros y siguió guardando la comida. Me quedé observándola unos segundos, pero me sentía fuera de lugar, así que la dejé allí y fui a mi habitación, donde comprobé la hora en el móvil. Aún quedaba para la hora de comer, pero había pasado un buen rato.

Me guardé el teléfono y fui al salón, donde efectivamente había una pequeña bolsa de farmacia. Saqué de él una caja de preservativos de una marca que no solía emplear, un dispensador de plástico que contenía el lubricante y otra caja más con los anticonceptivos. Me rasqué la cabeza, embotado. Sin toda aquella determinación y falta de perspectiva que tenía mi otro yo, ver aquellas cosas me producía malestar. ¿Cómo era posible que Verónica me dejase decidir sobre algo tan personal como era su propio reloj biológico? No le había preguntado si le parecía bien tomar la píldora, le había dicho que la comprara y ella lo había hecho, sabiendo exactamente para que era. Durante el sexo, no me resultaba tan extraño que cumpliese mis órdenes, se podía considerar una especie de “juego”, pero aquello… Aquello demostraba hasta qué punto me estaba dando control sobre ella. Sentía que no estaba bien, que no era correcto. ¿Con qué derecho le daba yo instrucciones a Verónica? No, esa no era la pregunta correcta.

—¿Está todo bien? —me preguntó mi compañera de piso a mi espalda—. No sabía que marcas prefieres y no te quería despertar, así que he escogido las que me han parecido.

La pregunta correcta era como podía Verónica estar de acuerdo con todo esto. Era algo que podía pasar por alto cuando empezaba a pensar con la polla, pero no ahora. Así que me giré hacia mi compañera de piso y compartí con ella mi inquietud directamente.

—¿De verdad te parece bien el trato? —inquirí.

No se lo esperaba y no le hizo gracia: su rostro se ensombreció y se quedó muy quieta.

—¿Por qué me preguntas eso? —quiso saber.

Verónica se cruzó de brazos. En un instante la situación se había vuelto incómoda.

—Quiero saber qué piensas de todo esto, nada más —contesté, poniéndome también a la defensiva.

—Ya lo hablamos ayer —observó ella—. No veo para que tenemos que volver a hacerlo.

Era cierto. Pero con quien había hablado ayer no era yo del todo.

—Ahora mismo me cuesta entender que pasa por tu cabeza —me sinceré.

Ella se encogió de hombros, tratando de mantenerse parca.

—Pus fuiste tú quien lo explicó —me recordó—. No me gusta tomar decisiones.

Yo sacudí la cabeza. No, eso no era suficiente para mí.

—Necesito algo más que eso —insistí—. Explícamelo con tus propias palabras.

Verónica bufó.

—¿Tengo que repetir otra vez cuánto me gusta que me des órdenes? —masculló, irritada.

—Te lo digo en serio —me defendí—. Quiero saber qué piensas de verdad.

Ella se rascó la barbilla. Parecía cada vez más incómoda.

—No me apetece hablar del tema —me confesó, molesta—. ¿No podemos seguir así sin más?

Yo vacilé. Tampoco quería hablar del tema, era mucho más agradable ignorarlo todo... pero en el fondo sabía que no podría dejar de darle vueltas jamás si no lo abordábamos. Así que, una vez más, decidí que mejor ahora que luego.

—De rodillas —le ordené, tajante.

Verónica parpadeó, confusa. Yo le mantuve la mirada unos segundos, y al final, a pesar de que no estaba contenta conmigo, se puso de rodillas, con la espalda recta como un palo.

—Los brazos cruzados a la espalda —continué con tono firme.

Esta vez no hubo demora, mi compañera obedeció al instante, aunque con expresión ceñuda.

—Apoya el culo en los tobillos —le dije.

De nuevo, cumplió mi instrucción al momento. Verónica empezaba a mirarme con ojos extraños, como tratando de sondear mi mente. El enfado dio paso a la preocupación rápidamente.

—Ahora inclínate y apoya la frente en el suelo —le mandé.

De nuevo tardó en reaccionar, se quedó mirándome fijamente, en una súplica muda para que detuviese lo que fuese que me proponía hacer, pero su tono arisco me había irritado y no me apiadé. Me mantuve firme en mi orden y finalmente ella claudicó: se agachó lentamente y apoyó la cabeza en el suelo, quedando en una postura muy vulnerable, a mi merced. Yo estaba completamente fuera de su campo visual, por lo que Verónica no tenía ni idea de que estaba haciendo. Aun así, no dijo nada. Avancé hacia ella y me quedé a escasos centímetros de su cabeza. Permanecí observándola unos segundos, luego levanté el pie derecho y, lentamente, lo llevé hasta su costado izquierdo. Una vez lo tuve ahí, moví el pie hacia la izquierda, empujando a Verónica, que perdió su precario equilibrio y cayó de lado. No trató de levantarse y siguió sin decir nada, permaneció con las rodillas flexionadas y los brazos en la espalda, apoyada en su hombro, costado y pierna. Dejó escapar el aire y recostó la cabeza en el suelo, dejando la mejilla pegada a las frías baldosas. Parecía abatida y le temblaba el mentón.

—Explícame qué pasa —dije con tono serio.

Y Verónica se echó a llorar. Se acurrucó todo lo que pudo y se tapó la cara con las manos. Una punzada de culpa me azotó, porque yo ya sabía que ella no estaba bien. Lo sabía, pero me había esforzado por no pensar en ello, dando por sentado que podría aprovecharme de la situación sin darle más vueltas, sin tener en cuenta sus motivos… Pero, por suerte o por desgracia, no podía ser tan mezquino. No permanentemente, al menos.

—Está claro que no estás bien —apunté—. Así que haz el favor de decirme por qué coño has aceptado ser mi… esclava.

La palabra me salió sola, “esclava”… Desaparecido el atractivo sexual, el término me resultaba perturbador. Ella no reaccionó, siguió sollozando tirada en el suelo. Esperé un tiempo de cortesía a que se calmara, pero Verónica no parecía dar muestras de estar recomponiéndose.

—No vas a solucionar nada ahí tirada en el suelo, autocompadeciéndote —le recriminé—. Cuando quieras hablar, me avisas.

Dicho esto, me di la vuelta y me dispuse a irme.

—Espera —me pidió ella, al fin.

Yo me detuve y me giré para mirarla. Verónica no parecía tener intención de moverse, pero por lo menos tenía sus ojos clavados en los míos. Yo me mantuve callado, esperando que dijese algo más.

—… ya sé que no voy a solucionar nada así —murmuró, abatida.

—¿Entonces por qué lo haces? —inquirí al instante.

Ella se encogió de hombros.

—No puedo evitarlo —se lamentó—. No sé qué hacer conmigo misma.

Yo apreté los puños, frustrado por toda aquella autocompasión.

—¿Y cómo te las has arreglado todos los años que llevas viva? —le pregunté—. Cuando te conocí no parecías ni la mitad de perdida que ahora.

Verónica desvió la mirada, triste.

—Cuando era pequeña, todo era más fácil —me explicó—. Solo había un camino correcto y tenía que seguirlo. Eso se me daba bien…

Mi compañera se enderezó lentamente, hasta quedar sentada con las piernas cruzadas. Seguía cabizbaja.

—Pero mi vida se parece cada vez menos a eso —continuó—. Ya no hay un camino, hay miles de ellos, y ya no sé qué debo hacer. Quiero hacer las cosas bien, pero sencillamente no sé cómo.

Me miró a los ojos.

—Tú sí que sabes lo que tienes que hacer —observó—. Tienes suerte.

Lo dijo con envidia, como culpándome de su situación. Resoplé, molesto.

—Yo no tengo todas las respuestas —gruñí—. Lo único que hay que hacer es elegir un camino y seguirlo. Y si te equivocas, pues pruebas otra cosa. No es que sepa siempre lo que tengo que hacer, pero en caso de duda, hacer algo suele ser mejor que no hacer nada.

Verónica negó con la cabeza.

—Yo no puedo —me aseguró—. Necesito saber que lo que hago está bien o no puedo hacerlo.

Me crucé de brazos.

—Pues entonces no harás nada nunca —la reprendí—. Pero eso tampoco te gusta, ¿verdad?

Ella negó de nuevo.

—No puedo soportar pensar que no sirvo para nada, que no aporto nada al mundo —confesó—. Me hace sentir… como una mierda.

Empezaba a pensar que Verónica necesitaba algo más que desahogarte, le hacía falta un psiquiatra, pero me abstuve de comentárselo.

—Pues si no intentas hacer cosas, no veo qué puedes hacer para arreglar tu situación —me sinceré.

—Yo tampoco lo veía —respondió—. Pero ahora sí. Esto.

Verónica se levantó y se limpió las lágrimas de las mejillas.

—Tú me puedes decir que tengo que hacer, porque tú sí que lo sabes —me explicó—. Y puede que al resto del mundo le de igual lo que yo haga, pero a ti no. A ti te aporto.

Avanzó hacia mí y me rebasó.

—Esta es la forma que tengo de encarar mis problemas —concluyó, sin dejar de andar—. Voy a hacer la lasaña.

Y dicho esto, desapareció en la cocina. Yo me quedé allí de pie, abrumado. ¿Esta era su forma de encarar los problemas? Su forma de EVITAR los problemas, más bien. Y encima se había escabullido, dejándome con la palabra en la boca…

Decidí seguirla a la cocina. Cuando entré, había sacado una cebolla de la malla y la estaba pelando. Si se dio cuenta de que yo había aparecido a su lado, no me lo hizo notar.

—Tarde o temprano tendrás que enfrentarte de verdad a tus problemas —le hice ver—. No puedes esconderte de ellos para siempre.

Ella acabó de pelar la cebolla y empezó a cortarla como si tal cosa.

—¿Me has oído? —insistí, irritado.

—Pues échame —dijo de golpe. Se quedó muy quieta, mirando la cebolla—. Si no me quieres aquí, si el trato no te parece bien, échame. Pero no me des lecciones.

Me miró a los ojos. Parecía exhausta.

—Yo quiero esto —me aseguró con voz quebrada—. Pero si tú no quieres, dilo.

Dudé.

—No es eso —me defendí—. Es solo que no veo que todo esto sea bueno para ti.

—¿Por qué no? —me preguntó.

Yo me acerqué a ella y la agarré de los hombros.

—¡Porque estás evitando tus problemas! —exclamé—. Tarde o temprano tendrás que decidir qué quieres hacer con tu vida.

Verónica apretó los labios y se zafó de mis manos de un tirón.

—Ya te lo he dicho, sé lo que quiero —me aseguró—. Quiero saber qué tengo que hacer. Y quiero aportarle algo a alguien.

El significado de sus palabras no se me escapó… Y de pronto todo encajó como un puzle.

—Tú no quieres esto como algo temporal, ¿verdad? —descubrí, inquieto.

Verónica negó con la cabeza, muy seria. El corazón me latía a mil por hora. Toda aquella situación se me antojaba completamente desconectada de la realidad.

—¿No tienes sueños? ¿O metas? —insistí, atónito— ¿No quieres, no sé, formar una familia? ¿Tener un trabajo y ganar tu propio dinero? ¿Recorrer el mundo? ¿Tener una casa?

Ella volvió a negar, con más aplomo.

—No —me aseguró—. Te lo repito, lo único que quiero es saber qué debo hacer y aportarle algo a alguien. Nada más.

Yo sacudí la cabeza, aturdido.

—¿Me tomas el pelo? —mascullé—. ¿Quieres… esto? ¿Ya está?

Verónica compuso una sonrisa irónica.

—“Me das el paraíso y aún te parece poco” —dijo, citándome.

Yo solté una carcajada nerviosa. Aquello era demencial.

—¿Paraíso? —me burlé—. Lo único que he hecho es follarte la boca y meterte dedos por el culo. ¿Quieres eso toda la vida?

—Sí —me aseguró, cada vez más decidida, desafiante incluso—. Y quiero cocinar para ti, limpiar la casa y cualquier otra cosa que me pidas.

Yo negué con la cabeza. Aquello era incomprensible.

—¿Para siempre? —recalqué, incrédulo—. No llevamos ni tres días haciendo esto. Lo que pasa es que estás hecha un lío, no estás pensando con claridad.

Verónica me aguantó la mirada unos segundos, pero al final pareció claudicar, exasperada. Cogió de nuevo el cuchillo y siguió picando cebolla.

—Vale, lo que tú digas, estoy loca —dijo con tono cortante—. Si no me vas a ayudar a cocinar, vete a tomar por culo.

Me sorprendió tanta hostilidad en una persona que en general era tan tranquila. Debía ser un tema realmente delicado para ella.

—Yo no he dicho que estés loca —me defendí, también irritado.

Ella bufó.

—Crees que nadie cuerdo querría lo que yo quiero —me recriminó—. Eso es lo mismo que decir que estoy loca.

Touché.

—Admitirás que no es muy normal —apunté, descolocado.

Ella dio un golpe seco con el cuchillo en la tabla de cortar y se giró hacia mí, furiosa.

—¡¿Y qué debería querer?! —chilló—. ¿¡Trabajar para empresarios con el corazón podrido por el dinero!? ¿¡Ser como ellos!?

Yo me amedrenté, porque aún empuñaba el cuchillo. Ella se dio cuenta de mi preocupación y soltó el cubierto. Parecía estar al borde de un ataque de nervios. Yo tampoco estaba relajado, precisamente.

—Mis padres siempre me han hecho sentirme culpable por no aspirar a nada —me explicó, de nuevo al borde del llanto—. Y ya no aguanto más.

Intenté decir algo, pero Verónica continuó.

—Lo único que quiero es que alguien me acepte como soy —se lamentó—. ¿Tan horrible es?

Intenté pensar en algún argumento para convencerla de que se equivocaba, de que tenía que esforzarse... Pero me quedé en blanco.

—No —dije, sin pensar.

Verónica parpadeó un par de veces, aturdida.

—¿Qué? —murmuró, cauta.

Yo me rasqué la barbilla. En realidad, ¿Cuál era el problema? ¿Qué a mí no me parecía bien la forma que había elegido para ser feliz? ¿Qué sus sueños eran distintos a los míos? Se me antojaba un motivo repugnante para negarle alguien la felicidad.

—No es tan horrible —repetí.

Verónica siguió allí plantada, sin reaccionar. Soltó un “ah” y se puso a mirar al suelo. Yo tampoco sabía que más decir y no me apetecía seguir allí.

—Creo que a los dos nos vendría bien un rato a solas —mascullé—. Me voy a dar una vuelta.

Ella asintió mecánicamente. Me di la vuelta, cogí las llaves, la cartera, el móvil y salí del piso.

No tenía ningún destino en mente, así que salí a la calle y me puse a caminar en línea recta. Necesitaba pensar, aclarar mis ideas. Habían pasado muchas cosas en un periodo de tiempo muy corto y no había tenido tiempo de procesarlas bien. Dejé la mente en blanco un rato, tratando de calmar mis nervios.

Mi móvil vibró al poco, había recibido un mensaje, pero no estaba preparado para seguir hablando con Verónica (en caso de que fuese ella), así que lo ignoré. Decidí que iba a abordar la nueva información poco a poco. En primer lugar, el hecho de que Verónica no tuviese objetivos en la vida, más allá de estar en un lugar del que se sintiese parte. Me costaba aceptarlo, lo veía más como una “fase”, fruto probablemente de lo deprimida que estaba. Cuando uno tiene hambre lo único que quiere es comer, cuando uno está cansado lo único que quiere es dormir y cuando uno está deprimido lo único que quiere es dejar de sentirse mal. Me hubiese encantado concluir así, pero ella había dicho algo que aún zumbaba en mis oídos. Había dicho que sus padres no lo aceptaban, y si lo había hablado con ellos, era porque no era un tema nuevo, sino algo que venía de lejos. Y aunque no fuese así, por lo menos debía plantearme que fuese cierto. ¿Qué era lo que buscaba la gente de la vida? ¿Formar una familia, triunfar, marcar la diferencia? Al final todo se reducía a hacer lo que tu naturaleza te demandaba, fuese lo que fuese. Verónica no había decidido voluntariamente que no le llamase la atención la gloria o explorar el mundo, así había nacido, con aspiraciones mucho más humildes.

Entendía porque sus padres se mostraban contrarios a esa idea, porque la convertía en una persona vulnerable, dependiente de otros para alcanzar la felicidad, y veían los peligros que representaba. No me costaba visualizar interminables discusiones en los que ambos progenitores intentaban inculcar en la mente de su hija algo de “sensatez” y en las que Verónica, por su propia naturaleza, mostraba poca resistencia y prometía esforzarse, solo para volver a la casilla de salida en cuanto se descuidaban. Al final parecían haberse rendido, manteniéndose a distancia para observar cómo, sin su protección, Verónica se hundía. Seguramente pretendían que ella misma se diese cuenta de su error, pues a ellos no les escuchaba, y solucionase por sí misma la situación o buscase su ayuda. Durante todos aquellos años siempre había considerado a los padres de Verónica como gente intolerante, estricta y autoritaria, pero la información de la que disponía ahora arrojaba nueva luz sobre el asunto. Me pregunté qué opinarían si se enteraban de nuestro trato. Seguramente se horrorizarían, sus peores temores hechos realidad. Pero yo no era su padre, no necesitaba verla destacar para sentir que mi semilla había prosperado. En el fondo, ¿qué problema tenía con que Verónica quisiese aquella vida? Personas diferentes querían cosas diferentes y eso no invalidaba los objetivos de nadie. Me parecía inusual, pero no era malo. Le había dicho que sus aspiraciones no eran malas, y me di cuenta de que no era palabrería, respetaba su decisión.

Lo que me llevaba a un nuevo tema. Si Verónica estaba exactamente donde quería estar, ya no tenía sentido considerar el trato como una especie de apaño que acabaría cuando ella se pusiese las pilas. Suponiendo que ella no cambiase de actitud y siguiese como hasta ahora, la situación se alargaría en el tiempo… para siempre. Ella parecía estar de acuerdo, pero, ¿qué opinaba yo? No tendría sentido seguir pensando en ella solo como “mi compañera de piso”. Seguir con el trato significaba que, si quería pareja, debía ser Verónica. Si me quería casar, debía ser con Verónica. Si quería hijos, debían ser de Verónica. No me planteé siquiera tratar de compatibilizar una relación amorosa con mi trato con Verónica, era simplemente descabellado. Tampoco me planteaba estar con ella hasta que encontrase algo mejor y dejarla tirada, porque se me antojaba algo increíblemente cruel: Verónica estaba depositando en mí todo su futuro y eso era una responsabilidad tremenda. Tenía que decidir si aceptaba la situación con todas sus consecuencias… o no.

El móvil volvió a vibrar y esta vez sí que lo miré. Tenía dos mensajes de Verónica. En el primero, el que no había mirado en su momento, me pedía por favor que volviese. El segundo me encogió el estómago: “He llamado a mis padres, me vuelvo con ellos”. Me quedé mirando la pantalla del dispositivo, consciente del poco tiempo que tenía para tomar una decisión. Si no hacía nada, Verónica se iría y desaparecería de mi vida. Ya no tendría que mantenerla y podría empezar a llevar una vida normal. Tres días atrás, me habría parecido la mejor noticia que me podrían haber dado, pero hoy no. Me di cuenta de que no quería que se fuese. Me asustaba el compromiso que representaba que se quedase, pero eso no cambiaba el hecho de que quería seguir con ella.

Así que me di media vuelta y corrí hasta el piso, moderadamente resuelto. Llegué al portal y subí los escalones de dos en dos. Llegué a mi puerta y conseguí encajar a la primera la llave en la cerradura a pesar de mi exaltación. Abrí de golpe y vi a Verónica con porte derrotado, sujetando una maleta. Nos miramos a los ojos.

—¿Qué haces? —le pregunté, casi sin aliento.

Ella sorbió los mocos y negó con la cabeza.

—No me quieres aquí —replicó con un hilo de voz—. Lo entiendo, no pasa nada.

Sus padres seguirían tratando de cambiarla y ella seguiría intentándolo para tratar de complacerlos. Bajo su tutela y si la ataban en corto, era muy probable que volviese a estudiar y que encontrase trabajo eventualmente. Podría llevar una vida normal… pero no necesariamente una vida feliz. Tal vez encontrase algo o a alguien que la llenase, tal vez no. ¿Podía yo competir con eso? ¿Estaba lo que yo le ofrecía a la altura?

—No te puedo prometer que vaya a estar contigo para siempre —le confesé—. Y seguramente lo mejor sería que no te dijese nada y que te fueras… pero quédate conmigo.

Verónica no dijo nada, siguió con la maleta agarrada, muy tiesa. Pero me prestaba atención, así que seguí hablando.

—Si de verdad es esto lo que quieres y no es fruto de tu depresión, no volveré a dudar de ti —le aseguré—. Así que, si estás segura de que lo que sientes es sincero, quédate.

Ella miró la maleta y luego volvió a mirarme.

—Ya le he dicho a mis padres que vengan… —murmuró, indecisa.

Yo bufé con desprecio.

—¿Y eso es lo que te preocupa? —inquirí—. Si eliges quedarte aquí, tarde o temprano vas a tener que dar muchas más explicaciones. Si no puedes hacerlo, es mejor que te vayas.

Empezó a temblarle el labio y agachó la cabeza para tratar de ocultarlo.

—Yo… —dudó.

—Céntrate —la corté, porque no teníamos demasiado tiempo—. No pienses en que es lo que quieren tus padres, ni yo, ni la sociedad, ni nadie. Piensa solo en lo que tú quieres.

Verónica tragó saliva.

—Yo… me quiero quedar —titubeó tras reflexionar unos segundos.

Me dio un vuelco el corazón, pero necesitaba algo más de contundencia.

—Es una decisión muy importante —insistí—. ¿Estás completamente segura?

Ella asintió con la cabeza muy despacio y dejó caer la maleta al suelo. Me miró a los ojos.

—¿Y tú… estás seguro? —preguntó, inquieta.

Yo asentí también, no era momento de compartir con ella mis inquietudes.

—¿Y qué le digo a mis padres? —dudó ella.

Me encogí de hombros.

—Pues que habíamos discutido, pero ya lo hemos arreglado —le sugerí—. Aunque tarde o temprano tendrás que contarles la decisión que has tomado, aunque sea en líneas generales.

Verónica se frotó el brazo, nerviosa. Hacía tiempo que no hablaba con sus padres y estaba claro que no le apetecía nada hacerlo.

—Voy a deshacer la maleta —dijo al fin y se escabulló a su habitación.

Yo fui al baño y me lavé la cara, mentalmente exhausto. Me quedé allí, tratando en vano de relajarme, hasta que finalmente sonó el timbre. Me asomé al salón y vi cómo Verónica avanzaba con paso vacilante hasta el telefonillo y descolgaba. En el otro lado de la línea alguien dijo algo.

—No, lo siento, no voy a bajar —respondió Verónica con un hilo de voz—. Me quedo.

Quien estuviese abajo no pareció conforme, porque Verónica desbloqueó la puerta del portal y colgó.

—Va a subir mi madre —dijo mientras se giraba a mirarme.

—Ánimo —respondí, sin saber qué más decir.

Ella asintió, inquieta. Al poco se abrió la puerta del ascensor y entró una mujer con un gran parecido con Verónica. Yo nunca había visto a sus padres en persona, pero no me costó encontrar similitudes entre las dos mujeres.

—¿Qué pasa, hija? —preguntó la mujer, sin saludar siquiera. No le dio un beso ni le dedicó la más mínima sonrisa.

—Lo siento, no tendría que haberos llamado —se disculpó Verónica atropelladamente, nerviosa—. Dile a papá que lo siento.

La mujer apretó los labios y sondeó a su hija, tratando de averiguar qué pasaba. No sacó nada en claro y Verónica no dio muestras de que fuese a decir nada más, así que la mujer dejó vagar la mirada por el interior del piso… y me vio.

—Hola —la saludé, correcto.

—¿Quién es? —quiso saber la mujer, dirigiéndose a su hija pero con los ojos clavados en mí.

No era una pregunta fácil. Me di cuenta que tendríamos que haber convenido por adelantado qué iba a responder a aquella pregunta.

—Es… —vaciló ella, que se giró para mirarme.

Tenía que pensar algo rápido.

—Su novio —acabé yo—. Encantado.

Aquello sorprendió a las dos mujeres por igual.

—No sabía que tenías novio —le recriminó la madre a Verónica.

Ella me dedicó una mirada extraña, pero volvió a girarse hacia su interlocutora.

—No llevamos mucho —se excusó la hija.

La mujer me escrutó con desconfianza.

—¿Es quién te está manteniendo? —quiso saber.

Directa al grano. Yo asentí y Verónica se puso colorada.

—¿Y a ti te parece bien? —me increpó.

Yo me encogí de hombros.

—Cada cual decide que lo hace feliz —respondí, tratando de ser diplomático.

La madre de Verónica suspiró, cansada. Le dedicó una larga mirada a su hija, tratando de decidir que debía hacer.

—Ya eres mayorcita para tomar tus decisiones —le dijo por fin—. Tú sabrás lo que haces.

Ella asintió, aliviada de que su madre no la presionara más. La mujer volvió a mirarme, y descubrí en sus ojos… temor. ¿Qué clase de hombre era yo y qué me impulsaba a mantener a Verónica? Su inquietud era más que razonable. Me alegré de ver en aquella señora un gesto que indicara que genuinamente le preocupaba su hija.

—Por favor, no te aproveches de ella ni le hagas daño —me rogó con voz tensa—. No se lo merece.

Verónica rompió a llorar y su madre desvió la mirada, también descompuesta.

—Lo siento mucho, hija —se lamentó con voz quebrada—. Ojalá hubiésemos sabido ser mejores padres.

Dicho esto, salió de la casa y se metió en el ascensor. Verónica se dejó caer al suelo y se abrazó a las rodillas, pegando la cara a sus piernas. Estaba hecha polvo. A mí la boca me sabía a vómito y me pregunté si sería el peor ser humano del mundo por haberme interpuesto entre madre e hija. Avancé con pasos lentos hasta la puerta y la cerré. Verónica seguía hecha un ovillo, incapaz de contenerse.

—Tu madre te quiere mucho —comenté con voz ronca.

Ella asintió, aun con la cara pegada a sus muslos.

—Creo que podéis arreglar las cosas —reflexioné, tratando de consolarla—. No tienes por qué echarlos de tu vida, aunque no hayas elegido lo que ellos querían para ti.

Verónica sacudió la cabeza y, con una repentina oleada de energía, se levantó bruscamente y se dirigió a la cocina.

—Voy a seguir con la lasaña —dijo atropelladamente.

Yo traté de agarrarla cuando pasó por mi lado, pero se zafó de un tirón.

—Verónica —la llamé, pero ella me pidió que me detuviese con un gesto.

—Por favor —gimió—. Déjame.

Desapareció en la cocina y, una vez más, me quedé allí plantado sin saber bien que hacer conmigo mismo. Era evidente que Verónica necesitaba tiempo para tranquilizarse y, la verdad, yo también, así que, en vez de seguirla, me fui a mi habitación y encendí el ordenador. La mente tiene una capacidad asombrosa para ponerse en piloto automático y dejar de pensar, y eso fue precisamente lo que hice: me puse a leer noticias y artículos de opinión sin dedicarle un solo pensamiento a la situación en la que me hallaba inmerso.

Conseguí así matar el tiempo el resto de la mañana, hasta que alguien tocó mi puerta. Era, por supuesto, Verónica. Se había puesto el uniforme y ya no parecía al borde del colapso nervioso. Un rato a solas le había sentado bien, o por lo menos esa impresión daba.

—Ya está la comida —anunció con tono neutro.

Yo asentí y entre los dos pusimos la mesa, en silencio. La lasaña tenía buena pinta y, cuando la probé, estaba buena. Verónica también la probó y noté su alivio al comprobar que no le había quedado incomestible.

—Está muy buena —le aseguré, tratando de animarla—. Cuesta creer que sea la primera vez que has hecho lasaña en toda tu vida.

Verónica compuso una leve sonrisa, pero, dado todo lo que había pasado, fue un gesto que agradecí.

—Me alegro —respondió en voz baja.

Se la veía agotada y, pensándolo bien, era normal: había dormido muy poco por mi culpa y sin duda había sido una mañana intensa. Me costaba creer que se mantuviese despierta.

—Ahora échate una siesta —le propuse—. Te vendrá bien dormir un rato.

Verónica asintió mecánicamente y terminamos de comer en silencio. Recogimos todo y, sin mediar palabra, ella se metió en su habitación, cerrando la puerta tras de sí.

De nuevo no sabía que hacer conmigo mismo y, de pronto, entendí perfectamente la necesidad que tenía ella de hacer algo, cualquier cosa, para no sentirse inútil. Aunque no tenía por qué, fregué los platos y los cacharros que Verónica había utilizado y ordené la cocina lo mejor que supe. Hice mi cama, me aseé y me vestí. Barrí, fregué el suelo, quité el polvo de las estanterías y, cuando no quedó nada más por hacer, volví a sentarme frente al ordenador dispuesto a malgastar lo que quedaba de día. Un amigo del trabajo me llamó para preguntarme si iba a salir de copas esa la noche, y le dije que me lo tenía que pensar. No me apetecía salir con todo el tema de Verónica a flor de piel, y menos emborracharme, por temor a que se me escapase algo y lo acabara sabiendo toda la empresa. Cuando no me quedó nada que mirar en el ordenador, me puse a leer un libro y cuando me aburrí me puse la televisión. Estaba inquieto y no podía centrarme en nada, pero no vi adecuado hacer otra incursión a la habitación de Verónica, porque la chica necesitaba descansar y tranquilizarse. Empezaron a echar una película que no había visto, así que decidí verla y estuve entretenido un buen rato.

Aún no había acabado cuando se abrió la puerta de la habitación de mi compañera y salió frotándose los ojos. Yo le dediqué una ligera sonrisa y ella me la devolvió, cosa que agradecí. No se sentó en el sofá conmigo, sino que fue directa a la cocina, pero volvió a aparecer tras un breve minuto.

—¿Has limpiado todo? —me preguntó.

Yo asentí. Verónica se quedó allí plantada, desconcertada.

—¿Y qué hago? —dudó.

Yo me encogí de hombros.

—Lo que quieras —le respondí—. Siéntate a ver la película, por ejemplo.

Ella se rascó la barbilla, indecisa, pero al final se sentó a mi lado y vimos lo que quedaba de la película juntos. Seguramente ella no entendió del todo lo que pasaba porque ya estaba muy avanzada la trama, pero no hizo ningún comentario ni me pidió que le hiciese un resumen.

En cuanto acabó, Verónica se me quedó mirando, expectante. Yo enarqué una ceja, confundido.

—¿Qué hago ahora? —insistió.

Yo resoplé, contrariado.

—Ya no hay nada que hacer —le hice ver—. Ponte a leer o lo que te apetezca.

Ella no se dio por vencida.

—¿Voy preparando la cena? —sugirió.

Yo negué con la cabeza, frustrado.

—Verónica, por Dios, relájate un poco —le reprendí—. No voy a estar todo el día dándote órdenes, ponte a hacer algo que te apetezca.

Ella vaciló un instante, pero volvió a la carga.

—Me apetece cumplir tus órdenes —replicó.

Yo solté una carcajada sardónica. Me estaba haciendo sentir incómodo, no quería que pensase que TODA su vida giraba exclusivamente alrededor de mis deseos. No es que no me gustase que fuese solícita, pero también quería tiempo para mí y no me quería sentir responsable de ella a todas horas. De nuevo, tocaba usar palabrería para que viese aquello desde otro punto de vista.

—¿Te acuerdas cuándo, en la universidad, estábamos en período de exámenes? —le pregunté.

Verónica asintió, tratando de ver a dónde quería ir a parar.

—Nos pasábamos todo el tiempo estresados, porque sabíamos que debíamos estudiar a todas horas —le recordé—. Y no sé tú, pero yo me sentía mal cuando hacía cualquier otra cosa, incluso dormir.

Ella se mostró de acuerdo. Tenía la mirada triste, tal vez por recordar aquella época de su vida y como había acabado.

—Pero cuando acababan todos los exámenes, ¿te acuerdas de lo relajados que nos sentíamos? —insistí—. De repente ya no teníamos responsabilidades y era una liberación.

Verónica volvió a asentir.

—Pues no te sientas como si estuvieses permanentemente en período de exámenes —le pedí—. Piensa que, cuando ya no hay nada que hacer, eres libre.

Se quedó pensativa, analizando mi discurso. Yo había supuesto que ese era su problema, que pensaba que tenía que estar haciendo tareas todo el rato. No era una forma de pensar demasiado sana.

—Cómo si estuviese de vacaciones —sugerí.

Aquello la sorprendió.

—¿De vacaciones? —repitió.

Le palmeé un muslo, tratando de animarla.

—Te lo has ganado —le aseguré, sonriendo.

Verónica inspiró profundamente y dejó escapar el aire poco a poco. Luego me dedicó una sonrisa de alivio muy sincera.

—Hacía mucho que no tenía vacaciones —confesó.

Al principio no lo entendí, porque ella no trabajaba, se pasaba el día sin hacer nada. Pero, sí lo pensaba detenidamente, uno solo tiene vacaciones cuando tiene trabajo. Los parados no están permanentemente de vacaciones, están permanentemente como estudiantes en temporada de exámenes, sabiendo que deberían estar estudiando (o trabajando, en su caso) y no lo hacen. Sentí lástima por Verónica, aunque fuese la causante de su propia desgracia.

—Gracias —murmuró, emocionada—. De verdad.

Se acomodó en el sofá y se puso a mirar al techo. Volvió a respirar hondo y soltó una carcajada.

—Joder, qué bien me siento —me aseguró.

Yo sonreí, satisfecho de que por fin dejase de mortificarse. Entonces ella me miró de nuevo y vi que me quería decir algo, pero no se atrevía.

—¿Qué? —pregunté.

Ella se mordió el labio, indecisa, pero al final se armó de valor para vocalizar su duda.

—Antes le has dicho a mi madre que eras mi novio —me recordó.

No preguntó nada directamente, pero estaba claro a qué se refería. ¿Lo había dicho solo porque era una explicación sencilla a la situación complicada… o era la verdad?

—Lo he dicho para sacarte de un apuro —respondí con sinceridad.

No quería que hubiese ningún malentendido, pero aquello la decepcionó, aunque intentó que no se le notara.

—Entiendo… —murmuró, alicaída.

Yo me rasqué la cabeza, incómodo.

—Pero es un tema del que vamos a tener que hablar —continué—. Aunque sea para ponernos de acuerdo en que vamos a decirles a los demás si preguntan.

Verónica asintió y se quedó pensativa. Yo esperé a que se aclarase.

—Tú me gustas —me confesó de golpe, con voz tranquila, como si hablase del tiempo—. Desde hace años.

Aquello me pilló completamente por sorpresa.

—¿En serio? —pregunté—. ¿Y por qué nunca me has dicho nada?

Ella se encogió de hombros.

—Porque yo no te interesaba —respondió—. Le entrabas a bastantes chicas cuando salíamos todos por ahí, pero a mí no.

Era cierto que nunca había demostrado interés por ella, pero en parte era porque no quería meter la pata con gente a la que tenía que ver todos los días en clase y en casa. Pero eso no significaba que, de haber sabido que ella quería algo conmigo, no hubiese aceptado acostarme con ella.

—Si hubiese salido mal, habría sido muy incómodo seguir los dos viviendo en el mismo piso —me defendí.

—Con Marta te acostaste —me recordó.

Yo puse una mueca. Cierto. Marta también había sido compañera de piso mía y era verdad que me había acostado con ella dos veces, pero ambas fueron antes de irnos a vivir todos juntos. Además, lo habíamos hablado y ninguno quería nada serio, así que no fue nada incómoda la “ruptura”.

—No es lo mismo, no éramos aún compañeros de piso. —objeté—. Además, también podrías haber intentado algo tú, ¿no?

Verónica negó con la cabeza.

—No se me da bien ligar —se excusó.

Aquello era una bobada.

—El pescador que no tira la caña, por muy buen cebo que tenga, no pesca —le recriminé.

Ella se encogió de hombros, como dando a entender que ya nunca lo sabríamos. El tema tampoco llevaba a ninguna parte, así que decidí dejarlo estar y volver a lo que sí lo hacía.

—Por ahora, si nos preguntan, decimos que estamos juntos —le dije—, pero creo que es pronto para tomar esa decisión.

Verónica asintió, aunque parecía molesta.

—Pero igual te tengo que comer la polla, ¿no? —me echó en cara.

Yo entendía que era un tema delicado y complicado, así que decidí ignorar su puya para evitar discutir.

—Una cosa es el trato y otra muy distinta lo que sentimos el uno por el otro —maticé, tratando de ser diplomático—. No tengo intención de acostarme con otras mujeres, si es lo que te preocupa. Pero eso no significa que te quiera o que te vaya a presentar a mi familia.

Verónica se rascó el brazo, pensativa, pero al final volvió a asentir, aunque no convencida del todo.

—Bueno —claudicó.

Me alegré de dejar el tema zanjado, por lo menos por el momento. Ella me miró a los ojos de nuevo, expectante.

—¿Te preocupa algo más? —le pregunté, tratando de dar pie a que hablara.

Aún tardó unos segundos en aclarar su mente lo suficiente como para hablar.

—¿Entonces… ya está? —dudó—. ¿Ya es oficial?

Yo me rasqué la cabeza, consciente de a qué se refería. Trataba de no pensar en todas las implicaciones del trato, pero lo cierto era que ambos habíamos decidido, en pleno uso de nuestras facultades mentales, continuar con aquello. Así que sí, era oficial, e iba a tener que acostumbrarme. Aunque las palabras se me atragantaban porque aún no había consenso en mi mente, hice un esfuerzo para decir en voz alta lo que ambos sabíamos.

—Eres mía —respondí.

Verónica asintió, conforme.

—Dilo —le pedí, con repentina urgencia.

—Soy tuya —repitió ella.

Eran dos palabras extremadamente comunes, pero juntas formaban un mensaje muy poderoso. Eran las palabras mágicas que despertaban algo primario en mi interior.

—Otra vez —insistí.

A mi compañera no se le pasó por alto la fuerza de mi voz, ya empezaba a conocerme y supo que buscaba. Bajó del sofá y se deslizó entre mis piernas con movimientos lentos.

—Soy tuya —dijo con voz sugerente—. Haré lo que sea por complacerte… amo.

Yo enarqué una ceja, sorprendido, y ella soltó una carcajada, avergonzada.

—¿Demasiado exagerado? —preguntó.

Yo negué con la cabeza, aunque lo cierto era que había sonado extraño.

—Me ha gustado —admití—. Es solo que no me lo esperaba.

Verónica asintió y me miró expectante. Yo sonreí y le hice un gesto con la cabeza para que hablara.

—Va, dame alguna orden —me pidió.

Yo le hice un gesto para que se levantase y ella obedeció, solícita. Mi polla empezaba a despertarse.

—Quítate el uniforme —le dije.

Verónica se sacó el top por la cabeza y después se bajó las mallas. Se llevó las manos a las bragas y me miró, buscando confirmación de si debía quitárselas también. Yo asentí, y ella se quedó completamente desnuda. Al no decirle nada más, se quedó de pie frente a mí, a la espera. Mi miembro ya estaba completamente despierto y no pude dejar de maravillarme una vez más de que la horrible relación que teníamos Verónica y yo, se hubiese convertido en esto.

—Todo esto me pone mucho —le confesé.

Ella sonrió, alagada. Le hice un gesto para que se acercase y ella obedeció. Sin ningún miramiento, llevé una de mis manos a su coño y le toqué los labios. Estaba húmeda.

—Y parece que no soy el único —comenté, burlón.

Verónica se ruborizó un poco pero no apartó la mirada. Seguí recorriendo su sexo sin prisa, mientras trataba de decidir que quería hacer.

—¿Cuándo empieza a hacer efecto la píldora? —le pregunté.

—A la semana de empezar a tomarlas, más o menos —respondió.

Yo asentí y quité la mano.

—Trae un condón —le pedí, resuelto.

Verónica fue hasta la mesa, abrió la caja y sacó un preservativo. Vino hasta mí y me lo ofreció, pero yo negué con la cabeza.

—Pónmelo tú —le dije, mientras me desabrochaba el pantalón y sacaba mi polla.

Ella se arrodilló frente al sofá y abrió el envoltorio. Sacó el condón con cuidado y me lo colocó en la punta. Yo la agarré por la muñeca y la detuve.

—Sin manos —añadí.

Ella soltó un bufido, divertida.

—Ya me extrañaba —comentó.

Le solté la muñeca y sujeté yo el condón. Me lo puse apenas un centímetro, para que se mantuviese en el sitio y dejé que Verónica siguiese. Ella se llevó las manos a la espalda y empezó a empujar el preservativo con los labios, muy despacio, para que se fuese desenrollando correctamente. Noté como se ayudaba con la lengua y como tuvo que retroceder un par de veces cuando se le resbalaba el condón de los labios, pero perseveró y fue avanzando. Cada vez tenía que profundizar más y lentamente fuimos llegando hasta su garganta, donde al parecer, empezó a tener problemas. Tuvo una pequeña convulsión y salió a respirar.

—Es más difícil de lo que pensaba —se quejó, colorada por el esfuerzo.

Yo sonreí y me quité el cinturón del pantalón. La agarré de un hombro y la empujé a que apoyase el pecho sobre el sofá, para tener acceso a su espalda. Ella no se resistió a que la moviese, y tampoco lo hizo cuando usé el cinturón para atarle las muñecas. Luego tiré del cinturón y ella volvió a quedar arrodillada. Me miró a los ojos, sonriendo. Parecía disfrutar con la situación.

—Sigue —le ordené.

Verónica asintió y volvió a deslizar mi polla en su boca. Se entretuvo en lamérmela sin profundizar y yo no me quejé. Al final volvió a la carga y llegó hasta donde se había quedado el condón, pero le costaba hacerlo avanzar. Decidió cambiar de táctica, y en vez de intentar hacerlo avanzar con un movimiento continuo, empezó a empujarlo a golpes, como si me la estuviese comiendo. No sabía si era para darme a mí el gusto o porque realmente el nuevo método le funcionaba, pero embestida a embestida, el preservativo fue avanzando por la zona más profunda de mi pene, hasta que finalmente llegó al fondo.

—Bien hecho —la felicité.

Ella intentó salir, pero yo le puse una mano en la nuca y la retuve. Empecé entonces a hacer suaves movimientos de cintura, metiéndosela y sacándosela levemente, pero siempre dentro de su garganta. Verónica no solo no se resistió, sino que empezó a recorrer mi miembro con la lengua, buscando complementar mis movimientos.

—Me tienta correrme otra vez con tu boca —le confesé, aumentando un poco el ritmo.

Ella giró un poco la cara para mirarme, pero yo la volví a colocar recta para que mi polla entrase bien.

—Ahí quieta —la reprendí.

Aguanté un rato más, pero ella empezó a tensarse y a ponerse roja, aunque no hizo intento alguno de apartarse. ¿Qué haría si yo no la dejaba salir? Dejé de moverme y de presionarla en la nuca, pero no quité la mano. Solo tenía que levantar la cabeza y podría respirar, yo no estaba oponiendo resistencia... Verónica se contrajo y tosió, pero siguió sin moverse. Me quedé mirándola, apreciando como se le marcaban las venas del cuello, cada vez más preocupado. Al final no pude aguantar más y aparté la mano. Al instante, Verónica se sacó la polla de la garganta y aspiró aire con desesperación, con la cara completamente roja. Gotas de sudor le recorrían la frente y el cuello. Dejó caer la cabeza contra el sofá, respirando aún con ansia.

—Te ibas a ahogar —observé, inquieto.

Verónica negó con la cabeza y volvió a erguirse. Se le había corrido un poco el maquillaje.

—Sí que te ibas a ahogar —insistí—. ¿Por qué no has salido?

Ella carraspeó y me sonrió.

—Me has dicho que me estuviese quieta —respondió.

Yo bufé, incrédulo.

—No me habrías dejado ahogarme —insistió Verónica.

Me encogí de hombros. Depositaba mucha confianza en mí, tal vez demasiada. A pesar de que había decidido aceptar su forma de ser, aún me iba a costar acostumbrarme completamente a aquella situación.

—Adrede no —maticé—. Pero por accidente puede pasar. No sé exactamente cuál es tu límite.

Verónica se limpió la saliva que le corría por la barbilla en el hombro y me dedicó una sonrisa pícara.

—Ya lo irás descubriendo —me aseguro—. Es cuestión de práctica.

Solté una carcajada y le coloqué bien un mechón de pelo que le cruzaba la frente.

—Te encanta que te folle la boca, ¿eh? —bromeé.

Verónica sonrió también.

—Sí, me vuelve loca —respondió, complaciente.

Recordé la discusión del día anterior por aquel tema, y tuve que admitir que estábamos haciendo progresos. Era buena señal.

—Pues malas noticias, por ahora se acabó —le dije mientras la agarraba de la cintura y la atraía hacia mí.

Ella se dejó guiar y se subió al sofá, avanzó con las rodillas, quedando abiertas de piernas sobre mí. Sin esperar un segundo, la hice descender lentamente y la penetré. Ella suspiró y soltó un gemido lento y grave. Disfruté unos instantes de su calor sin moverme, pero pronto volví a guiarla con mis manos, que permanecían sujetas a su cintura, para que empezase a subir y bajar. Verónica tuvo que recolocarse un poco para poder hacer el movimiento sin apoyarse con las manos, y avanzó su cuerpo contra el mío, pegándome las tetas a la cara. Seguí manejándola con mis manos para que fuese despacio, pero no tardé en soltarla para que fuese ella misma quien hiciese el movimiento. Con las manos libres, me dediqué a recorrer su cuerpo hacia arriba, hasta sus pechos, pero no me entretuve demasiado con ellos, porque los tenía a la altura de la cara y tenía otros planes. Me metí uno de sus pezones en la boca y lo saboreé con la lengua. Ella se irguió un poco para que pudiese acceder mejor a sus tetas y siguió llevando el ritmo. Deslicé mis manos hacia abajo, hasta llegar a su culo. Se lo agarré con fuerza y Verónica soltó un gemido. Empecé entonces a llevar yo el ritmo, sujetándola de las nalgas para que no se moviese y penetrándola yo con movimientos de cadera. La posición no me dejaba acelerarme mucho, pero no me importó.

—Qué gusto —murmuró Verónica, que parecía más predispuesta a dejarse hacer que a llevar ella misma el ritmo.

Noté como el pezón que estaba lamiendo se endurecía y no pude resistirlo: acerqué mis dientes a su suave carne y apreté. Verónica dio un respingo y se apartó un poco, pero yo retiré una de las manos de sus nalgas y la sujeté de la espalda, obligándola a volver a avanzar hacia mí. Apreté un poco más y sentí como todo su cuerpo se tensaba. Intentó girarse para alejar su pecho de mi boca, pero yo seguí su cuerpo, resuelto a no dejarla escapar, mientras aceleraba el ritmo con el que la follaba todo lo que la postura me permitía. Estaba desatado.

Apreté aún un poco más y Verónica soltó un gemido dolorido, mientras seguía tratando de alejarse, aunque sin verbalizar ninguna queja. Reduje un poco la fuerza del mordisco y ella suspiró, aliviada. Volví a apretar un instante y ella chilló, tratando de apartarse cada vez con más ímpetu. Llevé la mano que aún tenía en su nalga a su ano y empecé a hacer presión con el dedo para penetrarla. Su instinto natural la empujó a tratar de alejarse del dedo, lo que la acercó de nuevo hacia mi boca, y volví a morderla. Ella gimió y trato de volver hacia atrás, pero redoblé mis esfuerzos con el dedo y ya no supo hacia donde recular. Respiraba entrecortadamente.

—No aguanto más —me aseguró—. Para, por favor.

Dejé de hacer fuerza con el dedo y le liberé el pecho. Verónica cerró los ojos y soltó un largo gemido de alivio a todo volumen. Tenía el pezón enrojecido y aún se observaba el cardenal que le había hecho el día anterior. Ambas marcas me gritaban que entre ella y yo aún no estaba todo resuelto, que aún quedaba por lo menos una conversación pendiente… Aunque yo ya sabía que, fuese consciente ella o no, Verónica disfrutaba cuando la trataba bruscamente, y el gemido que acababa de soltar era prueba de ello. Los dos estábamos quietos y ella me miraba con inquietud, sin saber qué hacer. Yo sonreí con confianza.

—Claro que aguantas —le aseguré.

Ella tragó saliva y permaneció inmóvil.

—Vamos a hacer un experimento —le propuse—. Si aguantas hasta que yo esté satisfecho, te podrás correr. Si no, no.

Verónica suspiró, exasperada.

—Eres un cabrón —se quejó.

A pesar de sus palabras, no se sacó la polla de dentro, y tampoco opuso resistencia cuando atraje una vez más su cuerpo hacía mí y me metí uno de sus pezones en la boca. La notaba en guardia, pero no tenía prisa, me dediqué a recorrerlo con mi lengua, disfrutando de la situación. Empecé también a follarla de nuevo, y sentí como poco a poco se iba relajando. Fui paciente y no intenté nada durante un rato, hasta que, cuando consideré que ella estaba suficientemente centrada en disfrutar de mi polla, le presioné una vez más el ano con mi dedo. Ella, instintivamente, apretó el culo y avanzó el cuerpo, y yo aproveché para atrapar su pezón entre mis dientes. Verónica soltó un chillido y se revolvió, pero seguía maniatada y su capacidad de resistirse era limitada. Retrocedió, pero yo mantuve el dedo firme y empezó a hundirse en su culo. Ella gruñó y trató de apartar el culo de mi dedo mí mientras alejaba el torso de mí, pero yo se lo impedí con la mano que tenía a su espalda y la atraje de nuevo hacia mi boca. Apreté de nuevo y, finalmente, Verónica decidió que prefería proteger sus pezones, por lo que empezó a retroceder el cuerpo, apretando su ano contra mi mano nuevamente. Ella gimió audiblemente cuando mi dedo empezó a introducirse dentro de ella… pero entonces lo saqué de golpe y, en vez de uno, puse dos, que presioné con fuerza contra ella. Verónica jadeaba sin descanso, como un animal atrapado.

—No puedo, no puedo… —repetía como un mantra, tratando de alejarse simultáneamente de mi boca y mis dedos, sin éxito.

De nuevo, el dolor del pezón pudo más y empezó a hacer presión contra mis dedos, que ya estaban haciendo fuerza para entrar. Esta vez no los retiré, dejé que se fuesen deslizando lentamente dentro de ella, hasta que entraron hasta los nudillos. Verónica resoplaba, tratando de controlarse, pero parecía al límite de su resistencia. Yo tenía la polla dura como una roca y ella chorreaba sobre mí. Empecé a masturbarla también por el culo, con los dos dedos.

—No puedo más… no puedo… —continuaba ella, con la mirada perdida.

Le liberé el pezón y ella soltó un grito de placer.

—Puedes —insistí—. O no te correrás.

Ella negó con la cabeza, pero yo no me detuve, y volví a atrapar su pecho. Ahora que mis dedos ya estaban dentro de su culo, ya no parecía tener dudas sobre en qué dirección debía huir y trataba por todos los medios de alejarse de mi boca. Yo la empujaba con la mano que tenía en su espalda para mantenerla cerca y poder así ir soltándole mordiscos, que ella respondía con gemidos y gritos ahogados.

Un escalofrío me recorrió la espalda de golpe, y noté que ya no aguantaba más. La polla me iba a explotar y necesitaba correrme. Le saqué los dedos del culo, le liberé el pecho y la tumbé sobre el sofá. Me coloqué sobre ella y empecé a embestirla con todas mis fuerzas mientras apretaba los dientes, incapaz de contenerme ni un segundo más. Verónica gemía también, desbocada. Llegué al orgasmo casi al instante y descargué todo mi semen en el preservativo. No podía dar ni una embestida más, así que, tras unos segundos de recuperar el aliento, me aparté de encima suyo y me quedé sentado, rendido.

Verónica jadeaba a todo volumen y permaneció tumbada, aún con las manos atadas a la espalda. No tenía expresión de alivio, seguía con todo el fuego dentro de ella… No se había corrido. Fruncí el ceño, molesto conmigo mismo por haberme acelerado tanto. Ella me miró a los ojos, acalorada.

—He aguantado —me aseguró.

Yo asentí. Se notaban las marcas de mis dientes en su pecho, había hecho bastante fuerza. Ahora que me había corrido, me sentía culpable por haberle hecho eso.

—Deja que me corra —me suplicó, mientras movía su sexo de lado a lado, tratando de llamar mi atención.

Como tenía las manos atadas a la espalda ella no llegaba a tocarse, por lo que, sin mi consentimiento, ella no podía hacer nada. Pero ya no me apetecía incordiarla más... Bueno, tal vez una última cosa. Me levanté del sofá y me quité el condón con cuidado. Me acerqué a donde estaba Verónica y se lo acerqué a la cara.

—Abre la boca —le pedí.

Ella la abrió completamente, sabiendo que pretendía. Apreté el preservativo y dejé que el semen fuese goteando hasta su boca. Cuando lo hube exprimido del todo, lo dejé junto a ella en el sofá.

—Trágatelo —le ordené.

Verónica cerró la boca y tragó. Luego volvió a abrirla para mostrarme que efectivamente no quedaba nada.

—Buena chica —la felicité.

Deslicé una mano hasta su coño, le metí dos dedos y empecé a masturbarla. Lo cierto fue que no me costó apenas conseguir que se corriese, por lo que debía estar a punto cuando yo me había corrido, lo que, debo admitir, fue un alivio para mi vanidad.

Verónica suspiró, exhausta también. No se resistió ni un poco cuando le di la vuelta y la liberé del cinturón. La dejé en el sofá tumbada y yo fui al baño a pegarme una ducha rápida para quitarme el sudor. Cuando acabé, miré el móvil y vi que tenía un mensaje de mi amigo, preguntándome si finalmente me apuntaba a tomar algo o no. Decliné la invitación y le prometí que la semana siguiente, sin falta, iría, asegurándole que tenía un buen motivo para no acudir.

Salí del baño y vi a Verónica, que seguía en la misma posición en la que la había dejado. Parecía pensativa.

—Ya está la ducha libre —la informé.

Ella asintió, se levantó y se metió en el baño. Yo me puse ya el pijama (uno de los pequeños placeres de la vida, en mi opinión) y me puse a ver la televisión. Verónica no tardó en salir de la ducha, desnuda excepto por una toalla.

—¿Qué quieres cenar? —le pregunté nada más verla.

Ella se encogió de hombros y recogió del suelo su uniforme. Yo tampoco tenía muy claro que quería… Era sábado por la noche, normalmente salía a cenar por ahí y, en realidad, era lo que me apetecía. Seguramente aún estaba a tiempo de decirle a mi amigo que me apuntaba, pero no me fiaba de mí mismo si bebía, y con toda seguridad bebería si salía con él. Contemplé a Verónica mientras se ponía las bragas, las mallas y el top. Me vino un plan alternativo a la mente.

—¿Quieres que salgamos a cenar? —sugerí.

Ella levantó una ceja, sorprendida.

—¿Tú y yo? —dudó.

Yo asentí. Verónica se lo pensó un instante.

—¿Cómo una cita? —preguntó.

Yo solté una carcajada y me encogí de hombros.

—Algo así —admití, divertido.

Ella fingió que se lo pensaba mientras sonreía.

—Bueno, está bien —anunció—. Pero no te creas que me voy a acostar contigo en la primera cita, no soy de esas.

Ambos nos reímos con ganas.

Por lo que parecía, aquel día estaba lejos de acabar.
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