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Amante desconocido
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Interracial
21-Aug-2019
227
Amante desconocido
Y me corrí cerrando los ojos y rendida bajo los designios de aquel hombre al que me sabía unida por entero, aquel hombre que tantas sensaciones me había hecho sentir haciéndome gozar de varios de mis mejores orgasmos. Jamás había sentido con mi marido lo que aquel hombre me había hecho descubrir...
Tumbada en la cama y con una ligera sonrisa dibujándose en mis labios, estirándome mientras los rayos solares de la mañana entran a través de las rendijas de la persiana recuerdo aquella agradable aventura que me sucedió hace un tiempo y que cambió para siempre mi vida sexual abriéndome a nuevos mundos hasta entonces completamente desconocidos para mí.

Soy una mujer madura de treinta y tantos largos años y cercana ya a traspasar la difícil etapa que suponen los cuarenta. Ya se sabe aquello de entrar en una nueva década de nuestras vidas y todo lo que eso supone para una mujer. Con el paso de los años y las preocupaciones familiares y laborales fui entrando irremisiblemente en carnes sobrándome algunos kilos de más que logré mantener a raya gracias a grandes esfuerzos en forma de ciertas dietas.

Algo bajita y de larga cabellera rizada y morena que me cae a media espalda, los ojos grandes y de un precioso tono verdoso y unos labios finos y bien perfilados, lo que más destaca en mi apenas metro sesenta son mis generosas formas, mi redondo culete y esos grandes pechos que aún se mantienen firmes pese a la edad.

Como decía las preocupaciones del negocio familiar hicieron que me fuera abandonando poco a poco ganando los consabidos kilos de más a los que todas tanto tememos. El hecho de trabajar con mi marido hacía que las discusiones entre ambos fueran continuas alargándose incluso al llegar por la noche a casa con lo que ninguno de los dos dejábamos de lado el maldito trabajo un solo segundo. Unos meses atrás los problemas se acentuaron hasta límites insospechados pues varios de los clientes no nos pagaban y además se juntaron las facturas de unos proveedores a las que difícilmente podíamos hacer frente. Por suerte la situación mejoró algo relajándose la situación en la que nos encontrábamos.

Todas estas tensiones ayudaban al hecho de que las relaciones se fueran distanciando más y más. Llevábamos meses sin hacer el amor y llegábamos tan cansados a la cama que lo único que hacíamos era darnos la espalda y empezar a dormir como dos benditos. Pese a ello nos queremos como el primer día disfrutando de nuestros hijos y de nuestra monótona vida en común.

Mi marido es un tío que todavía se conserva bien y sé positivamente las muchas oportunidades que ha tenido de acostarse con alguna que otra vecina o con alguna de las guapas mujeres con las que se cruza a causa del negocio. Sin embargo, sé que nunca lo ha hecho confiando plenamente en él cada vez que tiene que marchar de casa. Con lo que yo le daba y, desde hace un tiempo, con las caricias matutinas con las que él mismo se tranquilizaba durante la ducha parecía tener bastante. Yo, por mi parte, también me masturbaba de tanto en tanto fantaseando con algún guapo actor de los que salían en la tele. De esa forma insulsa y tan anodina íbamos pasando los días, las semanas y los meses tan solo pensando en los problemas diarios que el negocio nos iba planteando.

Hasta que llegó un momento en que me subía por las paredes de las ganas de sexo que tenía. Y en vez de encontrarlo en mi marido no sé qué me pasó por la cabeza para ir a buscarlo fuera de casa. De ese modo y aprovechando una de las escapadas de mi esposo, por mi cabeza no pasaban más que turbias imágenes en compañía del guapísimo Denzel Washington, ese pedazo de actor que me ha gustado de siempre y que me ha acompañado en tantas y tantas de mis solitarias sesiones imaginándolo retozando allí junto a mí.

Conocía todas sus películas de pe a pa, es guapo, lo que se dice realmente guapo con ese atractivo elegante y una sonrisa y una mirada que pa qué… Vamos que cada vez que lo veía no podía menos que humedecerme incontrolablemente bajo las braguitas devorando aquella presencia imponente y el irresistible encanto que le otorga su aparente frialdad. Ese gesto serio que le acompaña y que se rompe en ocasiones con una espectacular sonrisa que me hacía perder absolutamente la razón.

Llevaba dos días masturbándome sin descanso y el furor uterino que me consumía por dentro no disminuía un ápice. Me masturbaba por la mañana al despertar en la cama, luego en la cocina, tumbada en el sofá viendo la tele, en la ducha fantaseando con la idea de ser amada por aquella gruesa herramienta que imaginaba enorme y altamente complaciente. También por mi cabeza pasaban tórridas escenas en compañía de alguna hermosa hembra con la que poder revolcarme entre las revueltas sábanas de mi cama hasta altas horas de la madrugada. Jamás había tenido relación con ninguna mujer pero ya desde bien joven era algo que me provocaba grandes orgasmos fantaseando con la feliz idea de estar en brazos de algún ejemplar de mi mismo sexo. Por supuesto, nunca me pasó por la cabeza contarle nada de esto a mi esposo manteniéndolo en secreto y únicamente para mí.

Al fin era tanto mi deseo que un día me decidí y, aprovechando unos días que mi marido estaba fuera, compré el periódico y me puse a buscar entre los anuncios algo que me pudiese interesar. Jamás había hecho una cosa así y debo reconocer que me sentí extraña aunque también muy excitada y nerviosa como cuando de pequeña hacía algo que sabía que a mamá no le iba a gustar. La mayoría de anuncios estaban dirigidos al género masculino tanto los de mujeres como los de hombres pero casi al final de la página encontré un anuncio que me llamó poderosamente la atención: Hombre negro atractivo y masculino se ofrece a mujeres insatisfechas y con ganas de sentir una húmeda lengua recorriéndoles todo el cuerpo.

Allí estaba lo que buscaba, en aquel simple anuncio de grandes caracteres podía estar el remedio a todos mis problemas. Estuve toda una tarde inquieta perdida y sin parar de dar vueltas por casa sin atreverme a descolgar el móvil para llamar al número de aquel hombre que se anunciaba ofreciéndose a mujeres necesitadas de sexo como yo lo estaba en esos momentos. Por un lado me apetecía enormemente la idea de dar aquel paso, de probar algo nuevo con alguien desconocido con el que sabía que no iban a haber posteriores problemas. Pero, por otro lado, algo en mi interior me hacía pensarlo más, diciéndome que mi pobre marido no se merecía aquello, que tan solo era una idea loca y estúpida y que no podía hacerle algo así.

No sé si alguien dijo que el corazón siempre suele ir mucho más allá que la cabeza pero lo cierto es que, tras sopesar los pros y los contras y tras pensarlo mucho, acabé a la mañana siguiente cogiendo el aparato con mano trémula para marcar finalmente aquel número de teléfono. Sonó varias veces y nadie respondió ni saltó contestador alguno así que pensé que esperaría una hora para volver a llamar. Una vez más estuve toda aquella hora moviéndome por casa como un león enjaulado, sentándome a ver la tele un rato para, al momento, empezar a dar vueltas de una habitación a otra sin saber qué hacer para que las agujas del maldito reloj corriesen mucho más rápidas.

Si no solucionas esto de manera urgente te volverás loca sin remedio –pensé para mí misma mientras observaba las imágenes borrosas y sin sentido alguno que pasaban en esos momentos por la televisión.

Aquella noche había podido conciliar el sueño tan solo unas pocas horas, despertándome de madrugada empapada en sudor y completamente excitada. Miré al reloj despertador de la mesilla y vi que el mismo marcaba las tres y diez de la madrugada. A través de los visillos echados del amplio ventanal de mi dormitorio pude escuchar cómo la lluvia caía a golpes, chocando contra los cristales y sin parar de gotear de manera persistente sobre el alféizar de la ventana. Al parecer había tenido uno de aquellos sueños que solían acompañarme por las noches desde hacía unos cuantos días. Necesitaba alguien que calmase mis ansias de sexo y debía encontrarlo pronto fuese quien fuese.

Llevé una de mis manos bajo la larga camiseta que cubría mi cuerpo y metiéndola entre mis piernas encontré mi sexo empapado y sediento de caricias. De ese modo y sin esperar más tuve que empezar a masturbarme acariciándome a buen ritmo imaginándome en compañía de un buen macho que me lamiese sin descanso mis duros pechos y mis gruesos pezones hasta enloquecerme por completo. Un buen macho al que entregarme y que supiera cómo saciar la terrible tensión que me consumía por dentro.

Recordé el video que había visto con mi marido en el que un bellísimo muchacho le comía el coñito a una jovencita hasta hacerla correr de gusto para luego follársela una y otra vez por todos sus agujeros arrancándole grandes berridos de placer. En mis más oscuros pensamientos el bellísimo muchacho me besaba el cuello y las orejas para enseguida hacerme arrodillar entre sus piernas ofreciéndome el pedazo de carne más grande que jamás había visto. Sin hacerme mucho de rogar se la empezaba a comer chupándola primero con algo de timidez para, al instante, acogerla entre mis labios hasta donde permitía la capacidad de mi pequeña boquita.

Una vez estaba bien dura y haciéndome poner de rodillas, aquel guapo semental me comía ahora él el coñito saboreándolo con gran maestría hasta hacerme correr entregándole todos mis jugos. De espaldas a él sentía cómo me clavaba hasta la raíz su gran polla follándome sin darme respiro mientras chupaba y lamía mi orejilla llenándola con su cálida saliva. Así estuvo un gran rato martilleándome y diciéndome palabras soeces al oído hasta acabar corriéndonos como auténticos salvajes. Grandes cantidades de ardiente semen colmaban mis entrañas golpeando contra las paredes de mi vagina y llenándome así por entero.

Volviendo a la famosa mañana estuve toda aquella hora fumando un cigarrillo tras otro y sin dejar de mirar un solo momento el lento discurrir de las agujas del reloj. Los segundos pasaban lentos y premiosos, los minutos mucho más… así que pueden imaginar la tortura que supuso para mí el transcurrir de toda aquella hora. Serían cerca de las doce y media cuando volví a agarrar mi pequeño teléfono Nokia marcando uno tras otro los números correspondientes al teléfono de aquel hombre al que imaginaba el salvador de todas mis preocupaciones.

Nuevamente volvió a sonar una y dos veces para, al tercer tono, escuchar el descolgar al otro lado de la línea. Una voz como de unos treinta años me respondió y a punto estuve de colgar sin decir nada. Mi falta de respuesta hizo que aquella voz tan grave y masculina volviese a responder contestándole yo al fin temblándome la voz y casi tartamudeando. Le dije que llamaba por el anuncio que había visto en el periódico contestándome él tras unos segundos de conversación que aquello era algo que hacía de manera esporádica. Podía ser solo compañía por unas horas, podía ser sexo en cualquiera de sus variantes, podía ser una salida para una reunión de negocios o bien un simple masaje relajante si así lo deseaba…

Estuvimos hablando como unos cinco minutos sintiéndome cada vez más y más envuelta por aquella voz que tantas cosas me sugería. Estuvimos hablando de varias cosas, del servicio que quería, del precio del mismo al cual no puse objeción alguna pues no tenía ni idea de nada de todo aquello. Tan solo le dije que estaba de paso en la ciudad y que necesitaba compañía y pasar una buena noche junto a alguien a lo que me contestó de manera un tanto misteriosa que no me preocupase de nada que él ya sabría cómo tratarme. Me preguntó dónde quedar y la hora diciéndole yo que me iba bien sobre las nueve en el apartamento que había alquilado por unas horas.

Una vez colgué tras haberle dado la dirección, pensé que ahora sí me había vuelto completamente loca. Nuevas objeciones pasaron por mi cabecita imaginándome en mi propia casa y en brazos de aquel hombre al que no conocía de nada. Pensé en volverle a llamar y cancelar la cita pero enseguida el deseo volvió a apoderarse de mí haciéndome pensar de un modo distinto para ver de qué modo esconder todas las cosas que pudieran dar a entender mi situación de casada y bien necesitada de un buen rabo que calmase mi galopante ninfomanía.

De esa manera recogí todos los retratos en los que aparecíamos mi marido y yo así como las ropas que había por en medio y las pocas fotos familiares que descansaban en las repisas de la librería del salón. Realmente consideré el hecho de que mi casa no parecía para nada un apartamento de paso pero tampoco me preocupó en demasía lo que aquel muchacho pudiese pensar y la imagen que se pudiera llevar. Como tampoco me preocupó en demasía el hecho de ser descubierta por alguna de las vecinas. Por parte de Paula no había el menor peligro de que mi marido supiese algo pues, en más de una ocasión había sido yo quien la había servido de coartada en sus diversiones con aquel jovencito con el que se acostaba desde hacía ya unos meses. En cuanto a las comadres del tercero y del quinto, aquel par de cincuentonas mal folladas por sus esposos pensé que, a aquellas horas de la noche, habría pocas o nulas posibilidades de que se pudiesen cruzar en la escalera con mi guapo compañero. Comí poca cosa, apenas una ensalada de pollo, tomate y queso y unos riquísimos guisantes con zanahoria como acompañamiento a un sabroso salmón a la plancha. Recuerden mis problemas de sobrepeso…

Después de comer me eché un rato en el sofá volviendo a mi cabeza una vez más aquellos deseos de polla que parecían no querer abandonarme un solo segundo. Una vez más me sentía alterada y excitada y una vez más tuve que calmar mis ansias de sexo llevando mis dedos bajo la braguita acariciándome de nuevo hasta acabar corriéndome como una perra. Me levanté peor de lo que estaba cuando me eché y sin parar de mirar el reloj veía cómo éste no avanzaba al ritmo que yo quería.

¡Maldita sea, sólo son las cuatro y media y aún queda un buen rato hasta que venga! –pensé apagando el cigarrillo en el cenicero con fuerza.

Sentándome ahora en la butaca que daba a la ventana, pensé en leer un rato pero tampoco aquello solucionó mis nervios pues me resultaba completamente imposible concentrarme en todas aquellas letras y frases que llenaban mi campo de visión sin producir el menor efecto. Al menos tuve la suerte de poder conciliar al fin el sueño despertándome mucho más tarde sin saber, en un primer momento, qué hacía allí y dónde me encontraba. Por fortuna no tardé mucho en volver a recuperar la noción del tiempo y echando una ojeada el reloj vi que el mismo marcaba las seis de la tarde pasadas.

¡Dios mío, si he estado durmiendo casi dos horas! –exclamé mientras me levantaba acomodándome las ropas que habían quedado ligeramente pegadas a mi cuerpo.

Cada vez quedaba menos tiempo para que mi desconocido visitante viniese así que me dirigí a la cocina en busca de algún buen remedio que refrescase mi garganta la cual notaba irritada y reseca. Agarrando de la nevera la botella de zumo, llené el vaso hasta arriba para beberlo de un solo golpe llenando de nuevo el vaso esta vez hasta la mitad. Tras calmar levemente mi sed, encaminé mis pasos hacia el dormitorio pensando la ropa a elegir para causar la mejor impresión posible a aquel macho de voz tan grave y masculina. Una buena ducha me tranquilizó y tras la misma estuve revisando el armario largo rato sin decidir el atuendo que ponerme. Algunas prendas y vestidos me parecían excesivamente recatados y otros demasiado sugerentes y atrevidos, de manera que creí conveniente mostrarme lo más fresca y natural posible. Por otra parte, pensé que la ropa que llevase no iba a importar mucho pues pronto desaparecería ofreciéndome desnuda a aquel hombre sin la menor vergüenza.

Finalmente y tras mucho rebuscar me decanté por una camiseta estampada roja que mostraba insinuante uno de mis hombros, unos vaqueros blancos que se ceñían por entero a mis formas y para acabar aquellos elegantes mocasines bicolor rojos y grises con algo de tacón que tanto me gustaban y que tan bien realzaban mi silueta. Sí amigos, pese a mis kilitos de más una todavía mantenía su toque de coquetería femenina y su propia autoestima al alza. Mirándome al espejo del baño me di unos toques de maquillaje aquí y allá, un toque ligero de perfume y luego con una cinta recogiendo mis cabellos me veía perfecta y con ganas de recibir a aquel completo extraño.

Llegada la hora de la cita escuché sonar dos veces de manera firme aunque poco insistente el botón de la puerta. Me encontraba inquieta, cachonda y me gustó aquello de la puntualidad de aquel hombre. Ni dos minutos antes, ni dos minutos después de la hora prevista. Aquello de la falta de puntualidad era algo que me sacaba de quicio, os lo puedo asegurar. Así que el toque puntual de mi visita actuó en mí como un elemento aún más favorable para él. Frente al espejo del vestíbulo me arreglé mínimamente los cabellos con los dedos y respirando profundamente abrí la puerta encontrándome por fin con mi tan esperada visita.

Era aún mejor de lo que mis locos pensamientos habían podido imaginar. Como de unos treinta años tal como su voz me hizo pensar al oírle por teléfono y bastante más alto que yo, confieso que me sentí fuertemente intimidada y empequeñecida frente a la formidable figura de aquel hombretón de piel tan fina y oscura. Mediría más de metro ochenta le eché al primer vistazo y aquella sonrisa tan franca y natural me subyugó al momento haciéndome perder el mundo de vista. Dios mío, aquel hombre era tan, tan guapo que nada más verle frente a mí sentí una irrefrenable necesidad de ser besada por sus labios grandes y carnosos, una necesidad irrefrenable de sentirme acogida entre aquellos brazos y pegada a aquel cuerpo tan masculino y viril.

Allí en la puerta y teniéndole ante mí me quedé boquiabierta sin saber cómo actuar ni qué decir. Realmente la impresión de la presencia de aquel hombre me había dejado petrificada pegada a la puerta, quieta como una lerda y sin invitarle a pasar. Vestía de manera informal con aquella moderna cazadora color chocolate por encima de un jersey fino de cremallera en tono mostaza, aquellos pantalones verde oscuro de pinzas y calzaba unos preciosos botines marrones de ante. Supongo que percatándose de mi más que evidente nerviosismo como no podía ser de otra manera y sonriéndome mostrando su larga hilera blanca de dientes, tuvo que ser él quien carraspeara débilmente consiguiendo sacarme del estado de trance en el que me encontraba.

¿Puedo pasar? –preguntó educadamente y sin dejar de sonreírme de manera divertida.

¡Oh, sí claro! Pero qué estúpida soy, perdona pasa –exclamé echándome a un lado y permitiéndole entrar dejando tras de sí un masculino aroma, una sutil fragancia a manzana, canela y sándalo que evocaba un espíritu aventurero y un intenso deseo por los viajes exóticos.

Pese a su edad aquel hombre parecía tener mucho camino recorrido mostrando una gran seguridad en sí mismo. Aquella actitud logró tranquilizarme mínimamente haciéndome recuperar una pequeña parte de la confianza que creía haber perdido frente a aquel tremendo animal de rasgos tan marcados. Le hice seguirme a través del pasillo hasta llegar al salón donde le invité a sentarse mientras le ofrecía algo de beber.

Cualquier cosa estará bien, gracias –respondió amablemente a mi invitación sin dejar un segundo de sonreírme aprovechando la cercanía entre ambos para mirarme de arriba abajo con aquella mirada tan oscura e intensa.

Está bien, enseguida le traigo algo que le refresque –dije sonriéndole a mi vez antes de darle la espalda escapando del salón como alma que lleva el diablo.

Le había gustado, sí. Estaba completamente segura de ello. A pesar de mi inexperiencia en esas lides supe que le había gustado desde el momento en que vi cómo me miraba, traspasándome por completo con sus bonitos ojos. Sin poder evitarlo noté cómo un intenso cosquilleo se apoderaba de mí subiéndome por los muslos hasta alcanzar mi excitada y caliente entrepierna.

¡Dios mío, estaba cachonda perdida y allí tenía al fin al hombre tan deseado! –pensé apoyándome en el mármol de la cocina tratando de recuperarme de la horrible sensación que aquel atractivo muchacho había creado en mí.

Volví a su lado ofreciéndole una de las copas de oporto para, seguidamente, tomar asiento junto a él.

¿Un poco de oporto va bien? –pregunté tímidamente al tiempo que cruzaba coquetamente mis piernas dejando reposar mi copa sobre la mesa.

Sí perfecto, muchas gracias señora –respondió él tomando un corto sorbo para luego imitarme dejando su bebida encima del cristal.

Por favor tutéame o me harás sentir mayor de lo que soy –le pedí riendo como una tonta.

Como prefieras. Si así lo deseas así lo haré –exclamó con voz misteriosa volviendo a dar un trago mucho más largo a su copa el cual dejó resbalar a través de su garganta.

Y dime… ¿cómo te llamas? –le pregunté a bocajarro esperando su pronta respuesta.

No, por favor. Nada de preguntas ni nada de nombres, ¿de acuerdo? Creo que resultará mucho más cómodo para los dos. ¿No lo crees así?

Sí claro. Perdona por mi indiscreción, no fue mi intención molestarte –dije un tanto cohibida ante su rápida contestación.

No te preocupes cariño. No resultó para nada molesto ni ofensivo. Es sólo que creo mucho más impersonal no conocer ciertos datos de mis clientas. ¿Lo entiendes verdad? –preguntó zanjando de aquella manera la discusión con un postrero trago a su copa.

Tras sus últimas palabras asentí con un leve movimiento de cabeza tratando de empezar un nuevo tema de conversación que resultase mucho más provechoso para ambos. Estuvimos un rato hablando de cosas sin importancia y yo no sabía dónde meterme sabiéndome deseada y devorada por aquella especie de ave de rapiña bien segura de poder atrapar pronto a su presa. Mientras sentía su mirada clavada en cada centímetro de mi cuerpo, a lo lejos escuchaba el suave caer de la lluvia rebotando una y otra vez contra el cristal. Sin poder mantener por más tiempo aquella inquietante mirada encima de mí, tuve que levantarme dirigiéndome a la ventana donde me puse a mirar la lluvia caer sin descanso. Llevaba días sin parar de llover, a ratos de forma débil, a ratos con mucha mayor insistencia.

A través de los mojados cristales pude observar la lenta caída del anochecer y la forma confusa de las luces de las farolas y de los coches correr a lo largo de la calle mientras la lluvia arreciaba con mayor fuerza sobre el frío pavimento. Entre las primeras sombras del crepúsculo pude entrever a la multitud anónima y silenciosa correr de lado a lado con sus paraguas abiertos, algunos de ellos mirando los escaparates aún iluminados de las tiendas, otros cruzando a toda prisa con el semáforo en verde en un inmenso tránsito de caminos desconocidos que me hacían preguntarme adónde llevarían. Siempre me ha gustado ver llover y disfrutar del gentío de la calle, con aquel loco suceder de gentes extrañas para mí, mostrando la soledad y el desamparo de la gran ciudad devoradora de tantos y tantos sueños.

¿En qué piensas? –le escuché preguntarme detrás de mí.

Siempre me ha gustado el goteo de la lluvia y ver a la gente correr de aquí para allá. Es algo que me relaja enormemente –declaré sin volverme a él y sin dejar de centrar mi atención en el abundante discurrir de la lluvia.

Lo sabía allí mismo, muy cerca y en esos momentos necesité su compañía junto a mí, sentirme acariciada y abrazada por unas manos y unos brazos masculinos que me acompañaran haciéndome sentir amada y querida. Un profundo silencio se apoderó de la habitación y sólo esperaba el instante en que se acercara a mí y me envolviera entre sus brazos.

Es extraño, a mi me ocurre algo parecido –le oí decirme junto al oído empezando yo a temblar sin remedio al notar cómo me enlazaba deliciosamente por la cintura llevándome contra él.

Nuevamente pude notar aquel olor masculino que tanto me había gustado al dejarle entrar en mi casa. Me estremecí por entero teniendo la presencia de aquel hombre tan pegada a mí haciéndome sentir su enorme humanidad y sus manos apoyadas delicadamente sobre mi barriga. Permanecimos quietos frente a la ventana viendo la lluvia caer durante unos segundos que al menos a mí se me hicieron eternos. Echándome su cálido aliento por encima del pelo pronto sentí sus besos sobre mi hombro desnudo y mi cuello acabando por último en la orejilla la cual envolvió con sus labios haciéndome poner rígida al conseguir arrancarme un profundo suspiro de satisfacción. Me gustaba todo aquello, aquel ataque tan directo e inesperado por parte de mi amante el cual acompañaba aquel dulce tormento con las caricias indiscriminadas que sus manos producían sobre mis muslos recorriéndolos arriba y abajo.

Ámame… sí ámame… lo necesito tanto –musité en voz baja dejándome llevar por las manos de aquel hombre cuyo recorrido había cambiado de objetivo haciéndose ahora con mi espalda y una de mis nalgas la cual recogió entre sus dedos apretándola con desesperación.

Un nuevo suspiro escapó de entre mis labios demostrándole con ello lo mucho que me gustaba aquello que me hacía. Pegándome ahora yo a él removí mi trasero por encima de su entrepierna buscando excitarlo con ello. Y lo logré, claro que lo logré. Satisfecha y sin poder evitar una sonrisa aviesa, noté cómo su miembro empezaba a responder creciendo a marchas forzadas bajo la tela del pantalón que lo cubría. Deseaba con locura que me hiciera suya y entregarme a él de manera desenfrenada y sin pensar en nada más. Avanzando en su lento ataque se hizo con mis pechos los cuales manoseó por encima de la tela que los cubría. Gemí una vez más y arqueando mi cuerpo hacia atrás, agarré su cabeza con mi brazo llevándolo contra mí al tiempo que dejaba descansar la cabeza sobre su hombro permitiendo con ello que me chupara el cuello consiguiendo con su caricia que mi respiración se acelerase aún mucho más.

Afuera en la calle seguía lloviendo siendo ya noche cerrada, pero ya casi no me enteraba de ello entregada como estaba al agradable suplicio que mi amante me provocaba con cada una de sus íntimas caricias. Volviéndome hacia él parpadeé viendo cómo me cogía por el mentón y, sin darme tiempo a decir nada, le entregué mi boca que pronto se vio envuelta por aquellos carnosos labios besándonos de manera exquisita y con suma delicadeza. Temblé como una colegiala al sentir sus labios apoderarse de los míos al mismo tiempo que sus manos acariciaban mis costados haciéndose finalmente dueñas de mis caderas. Yo, por mi parte, dejé que mis brazos se amoldaran a la perfección por detrás de su cuello y ladeando levemente la cabeza busqué su boca besándonos una vez más de manera deliciosa. Aquel beso pronto se hizo más sensual e intenso provocando el muchacho con su lengua que entreabriese yo mis labios mezclándose así nuestras lenguas en el interior de mi boca. Un nuevo estremecimiento me corrió de pies a cabeza gimiendo nuevamente mientras disfrutaba de aquellos húmedos y cálidos labios que tan loca me volvían.

Nos separamos unos segundos sin decir palabra ninguno de los dos, tan solo mirándonos fijamente a los ojos mientras el deseo se apoderaba irrefrenablemente de ambos. Tomé la iniciativa y con mis manos le ayudé a despojarse de la cazadora buscando con mis dedos su cintura tratando de alcanzar la brillante piel por debajo del jersey. Hacía rato que me moría de ganas por hacer aquello, por gozar del roce con aquella piel que tantas ganas tenía de acariciar. Subí por su pecho con mis manos y con urgencia malsana conseguí sacarle el jersey por encima de la cabeza. Sin aguantar más me lancé sobre su pecho besándolo y lamiéndolo sin parar para, seguidamente, hacerme con uno de los pezones el cual chupé y chupé hasta hacerle gemir de placer. Poco después bajé mucho más abajo dándole pequeños besitos sobre su vientre plano, sobre aquella tableta de chocolate que tan loca me tenía pero cuidando muy, mucho de no alcanzar aún sus pantalones. Sabía que cuánto más alargase el tan esperado momento mucho más lo disfrutaría después.

De nuevo volví a subir por su cuerpo mordisqueándole y soplándole ahora ligeramente sobre el otro pezón, haciéndolo de forma muy suave para, abandonándolo instantes después, subir hasta su boca besándonos con total complacencia por parte de los dos. Sus manos me abrazaban con fuerza teniéndome bien sujeta por la espalda y yo gemía entregada a aquel hombre maravilloso con el que pensaba pasar la mejor noche de mi vida. Ya no me acordaba de mi marido ni de nada de todo aquello que me rodeaba. El resto del mundo ya no existía para mí, sólo deseaba gozar de aquella noche acompañada por aquel impresionante hombre de piel morena que estaba bien segura sabría sacar de mí los mayores placeres.

Mientras nos besábamos, sus manos bajaron a mis caderas empezando a acariciarlas por encima de la tela tejana del pantalón. Las removió arriba y abajo apretándolas con decisión y de ahí pasó a mis nalgas y mis muslos logrando con ello que mis jadeos aumentasen de volumen. Me agitaba entre sus manos y no dejaba un momento de gemir y pedirle más y más. Si aquello era el paraíso puedo jurar que no quería que nunca se acabase.

¡Desnúdame… vamos muchacho, desnúdame! –le pedí con voz entrecortada mientras me apretaba a él todo lo posible.

Nervioso como yo, mi compañero me deshizo con rapidez de la camiseta quedando ante él desnuda viendo cómo su gesto aprobaba todo aquello que veía. Aquella mirada hizo que mi autoestima creciera mucho más y me acercara a él besándole nuevamente enredando mi hambrienta lengua con la suya. Cogiéndome con fuerza me empotró contra la pared y con sus manos recorrió mi cuerpo devorándolo igual que hizo con sus labios y su lengua. Se adueñó de mis pechos rozándomelos con sus dedos a través del blanco sujetador que los ocultaba a su vista. Enseguida agarró los tirantes deslizándolos hacia abajo tras mi mirada de asentimiento y, soltando de manera avezada el cierre que mantenía aquella prenda sujeta, logró retirar el sujetador dejándolo resbalar al suelo.

Una vez mis pechos quedaron libres, me trasladó hasta el sofá donde me hizo tumbar boca arriba apoyando la cabeza sobre la almohada. Sentándose a mi lado se lanzó sobre ellos iniciando un lento suplicio con los labios y la lengua. Teniéndolos bien sujetos entre las manos empezó a lamerlos y chuparlos haciéndome sentir en la gloria. Tan pronto lamía débilmente los pezones como los chupaba con mucha más fuerza mordisqueándolos incluso con los dientes. Todo aquello hizo que mis pezones se encabritaran sin remedio respondiendo a sus caricias con prontitud. Echada hacia atrás cerré los ojos mientras no podía más que gemir feliz ante el dulce ataque que aquella boca me producía. Enredé mis manos en su cabeza atrayéndolo aún más hacia mí y aquello provocó que sus caricias ganasen en intensidad jugueteando con su lengua sobre los oscuros pezones.

Abandonó al fin mis pechos entre mis lamentos de queja y entonces me deshice yo misma de los tejanos permitiéndole la imagen de mi cuerpo desnudo, tan solo cubierto por el diminuto tanga que ocultaba a su vista la imagen de mi más íntimo tesoro. Haciéndome elevar las piernas me estuvo observando unos segundos empapándose con la imagen excitante de mi cuerpo desnudo la cual, estaba segura, no hacía más que provocarle las más turbias ideas. Me revolví entre sus manos pero aquello sólo sirvió para que agarrase más fuerte mis piernas empezando a pasar su lengua una y otra vez arriba y abajo. De ese modo se dedicó a lamer mis pies chupándome incluso los dedos de los mismos, caricia que mi esposo jamás había soñado siquiera en hacerme. De ahí fue subiendo lentamente por la pantorrilla hasta alcanzar el interior de mi muslo de donde volvió a bajar hasta llegar a la rodilla. Aquel mismo camino lo repitió de forma exacta por la otra pierna haciéndome jadear con agradecimiento.

Aquel muchacho besaba mi piel con absoluta maestría y yo me sentía nerviosa y estremecida notando como recorría con sus dedos mi vientre, mi cintura y mis pechos sedientos de sus caricias. Llevó sus labios a mis muslos y allí estuvo saboreándolos y humedeciéndolos jugando con su lengua sin descanso. Yo no paraba de soltar tenues gemidos que parecían disolverse en el calor de la habitación o más bien podría decir en el calor que mi cuerpo desnudo desprendía.

¿Te gusta lo que te hago, querida? –me preguntó levantando ligeramente la cabeza de entre mis piernas.

Me encanta… es estupendo –respondí casi musitando y sin dejar de revolverme con cada una de sus caricias.

Alargando como pude mi mano logré enlazar su cabeza por la nuca y acercándolo más a mí le incité a que dirigiese sus dardos envenenados hacia mi excitado coñito el cual notaba terriblemente mojado bajo la minúscula prenda que lo cubría.

Vamos cariño, cómemelo… llevo rato esperando que lo hagas –le pedí temblorosa mientras flexionaba las piernas tanto como pude.

Será un placer, señora –dijo abandonando la invitación que le había hecho al tuteo.

Con mis piernas dobladas me las hizo levantar y poco a poco fue dejando resbalar el tanga por ellas hasta que finalmente desapareció entre sus manos. Llevándolo a la nariz lo estuvo oliendo disfrutando de los cálidos efluvios que mi entrepierna había producido. Aquello me gustó enormemente, ver como aquel muchacho respiraba los aromas de mi sexo hizo que me sintiera orgullosa y satisfecha en brazos de mi guapo acompañante. Ciertamente aquello era mucho más de lo que podía esperar pues nunca mi marido había hecho algo así. Al parecer aquella maravillosa noche no hacía más que ofrecerme sorpresa tras sorpresa y eso que no hacía más que empezar.

Obligándome al fin a abrir las piernas vi como hundía su cabeza entre ellas y no pude evitar dar un respingo de satisfacción deseando que fuese mucho más allá. El contacto tan esperado de aquella lengua hizo que alcanzase mi primer orgasmo, un orgasmo cálido y nunca antes sentido en brazos de otro hombre que no fuese mi marido. No me sentí culpable por ello y lo único que deseaba en esos momentos era que aquello no acabase nunca y gozarlo al máximo. Con el cabello alborotado y la mirada en blanco, pensé marearme de puro placer, del placer que aquel hombre me hacía vivir.

Respirando con dificultad volví a notar el roce de aquella húmeda lengua acompañada de dos de sus dedos por encima de mi rajilla y no pude hacer otra cosa que coger sus mejillas mientras cerraba los ojos creyéndome morir de gusto. Agarrándolos entre sus dedos abrió de manera experta los labios echándolos a los lados y sentí el contacto de su lengua jugueteando con mi clítoris, caricia que me hizo retorcer gimiendo ahogadamente. Incorporándome sobre mis codos, fui testigo de excepción de la escena tan llena de lujuria que representaba ver la cabeza de aquel hombre degustando mi lubricado coñito mientras sus dedos ingresaban audaces llenando las paredes de mi vagina tratando de hacerme enloquecer. Tan pronto jugueteaba con su lengua golpeando sobre mi inflamado clítoris como se dedicaba tan solo a echarme su cálido aliento por encima de mi frondosa mata de vello cosquilleándome y haciéndome estremecer de emoción.

Mi pequeño botoncillo se enderezó sin remedio buscando el roce con aquella sonrosada lengua que tan bien sabía tratarlo. Mis gemidos y sollozos no hacían más que crecer en intensidad y estaba bien segura que no tardaría mucho en volver a correrme. Le pedí, casi le supliqué que siguiera con sus caricias devorando mi sexo con su lengua y sus labios. Mientras lo hacía aquel tipo no dejaba de frotar con una mano uno de mis pechos al tiempo que mantenía la otra apoyada en el hermoso espectáculo que representaba mi desnuda nalga. Yo no paraba de gemir entrecortadamente y mi respiración se aceleraba de manera inevitable a cada momento que pasaba disfrutando de aquella boca diabólica que tanto me hacía sentir.

¡Me vuelves loca… me vuelves loca! –apenas pude decir antes de llevar mi mano a la boca mordiéndola con fuerza al advertir la llegada de un nuevo orgasmo mucho más profundo, intenso y prolongado.

Viéndome disfrutar de aquel modo, el atractivo moreno envolvió mi clítoris con sus labios y aquello supuso para mí una nueva sensación, si cabe aún más placentera, sintiéndome correr imparable una corriente eléctrica de la cabeza a los pies. De esa forma tan formidable me corrí como si me meara llenando su boca con mis jugos los cuales bebió saboreándolos de manera frenética hasta dejarme completamente limpia.

Acostándose sobre mí el muchacho me acarició el revuelto cabello echando a un lado el pequeño mechón que caía sobre mi frente. Yo poco a poco me iba recuperando de mi último placer abriendo lentamente los ojos y encontrándome con los suyos clavados en mí. Sonreí agradecida y atrayéndolo hacia mí le hice que me besara juntando suavemente nuestros labios.

Dime pequeña, ¿qué has sentido? –me preguntó buscando en mis ojos satisfechos la respuesta a su pregunta.

Un gran placer –reconocí con aquellas simples palabras pero que tanto significado encerraban en sí mismas. Jamás había disfrutado de este modo… ha sido realmente fantástico.

Me alegro cariño –susurró en voz baja mientras me agarraba la barbilla volviendo a besarme.

Con la respiración aún acelerada y algo de dificultad logré ponerme en pie y con un movimiento de mi mano le hice sentar en la misma posición que yo había adoptado segundos antes. Había llegado al fin el momento de poner en marcha todas mis artes femeninas que esperaba fuesen suficientes para aquel bello adonis hecho hombre. Al tiempo que me dejaba besar el cuello por sus ardientes labios, enterré mi mano en busca de aquel bulto que imaginaba grueso y de grandes dimensiones. No me equivoqué un ápice pues lo que aquel hombre escondía bajo el pantalón parecía enorme y mucho más grande que el de mi esposo. Así estuve masajeándole un largo rato entre mis dedos viendo como iba creciendo más y más. A duras penas conseguí ahogar el lamento que buscaba escapar de entre mis labios sintiendo bajo mi mano el tamaño tan y tan largo de aquel pene.

Indagando con mis dedillos solté la hebilla del cinturón pasando a deshacerme del botón para luego bajar la cremallera dejándolo libre de molestas cortapisas que perjudicaran mi deseado avance. Levantando su culo ligeramente permitió que le bajara el pantalón quedando ante mí cubierto solamente con el calzoncillo el cual apenas podía mantener a buen recaudo la presencia creciente de aquella enorme culebra. Mirándole a los ojos tuve que humedecerme los labios para así poder calmar mínimamente la descontrolable lascivia que me envolvía. Imaginé la cara de deseo que debía mostrar, allí junto a aquel hermoso animal de piel oscura que se presentaba ante mí tan excitado y necesitado de unas caricias que lo tranquilizasen. Una sensación de angustia se apoderó de mí sintiéndome poseída por el loco deseo que aquel miembro provocaba en mí.

¡Dios mío! ¿Qué es eso que guardas ahí? –pregunté asustada mientras mis manos no hacían más que sopesar el grosor de aquella polla que parecía cobrar vida con el dulce masajeo que mis dedos le daban a través de la tela que lo tapaba.

Es toda para ti… vamos disfrútala y acaríciala, es tu turno preciosa –pronunció bajándose él mismo el calzoncillo dejando aparecer el más enorme pene que nunca había visto.

Al ver el terrible espectáculo que me ofrecía me quedé paralizada, absolutamente sin habla frente a aquel monumento a la naturaleza, perfecto ejemplar de la raza humana. Negro como el tizón aquel largo instrumento se presentó ante mí apuntando hacia el techo mostrándose soberbio y orgulloso. De tallo brillante y venas bien marcadas, aparecía curvado hacia la izquierda y perfectamente circuncidado con su rosado glande al aire. Tuve que hacer uso de ambas manos para poder abarcarlo por entero y abriendo con algo de timidez mis labios saqué mi lengua golpeando levemente aquella palpitante cabeza. El muchacho gruñó disfrutando de mi tan esperada caricia. Y en esos momentos y sin aguantar más mis deseos por hacerlo, llevé aquel miembro a mi boca envolviéndolo con mis labios de manera suave y deliciosa.

Saboreé lentamente sus testículos que aparecían duros y bien cargados del semen que pronto me daría. Recorrí todo aquel tronco de arriba abajo y de abajo arriba y nuevamente engullí lentamente aquel champiñón jugando con mi lengua a lo largo de su miembro hasta acabar humedeciéndolo por completo. Soltando un gemido tenue de placer el muchacho juntó sus dedos a mis labios dándomelos a chupar cosa que hice de manera perversa y obscena metiéndolos y sacándolos de mi boca sin apartar un segundo mis ojos de los suyos para así excitarle aún más.

Segundo a segundo fui acompañando mis caricias con el lento masturbar de mis dedos por encima de su largo tronco. El ritmo de mi mano fue ganando en velocidad moviéndose de forma mucho más rápida y sensual haciendo que mi amante de aquella noche se estremeciera removiéndose sobre el sofá mientras hundía sus manos en mi larga melena ayudándome en mi dulce proceder.

Chupé y chupé, lamí y lamí sin descanso aquel negro monolito que tan loca me tenía y no cejé un instante en mi empeño de darle el mismo placer que él me había dado minutos antes. No todos los días se puede gozar de un hombre como aquel y menos en mi caso que jamás se había dado la oportunidad para ello.

Así, así… córrete sí… dámelo todo, vamos cariño –casi grité mientras mi mano no hacía más que moverse arriba y abajo a gran velocidad esperando el momento en que explotara.

Pronto lo hizo expulsando una gran cantidad de aquel líquido blanquecino y viscoso que tanto me gustaba. Tras un gruñido seguido de un estremecedor grito de placer, vi aparecer el tan deseado semen de mi amante el cual saltó al aire como el chorro de un surtidor goteando parte sobre la tela del sofá mientras el resto caía sobre mi mano y mis dedos llenándolos con aquel espeso elixir masculino. Paso a paso mi mano fue perdiendo energía permitiendo el tan necesario reposo del guerrero. Pese a su poderío respiraba con dificultad tratando de encontrar las fuerzas perdidas. Tumbándome sobre él le abracé y besé de forma deliciosa mientras mi mano se apoyaba en su pecho notando la respiración relajarse muy lentamente tras el esfuerzo realizado. Debo decir que me encantó ver la imagen cansada y agotada de aquel animal de piel morena y no pude menos que llevar mis dedos a la boca disfrutando del sabor amargo del líquido masculino.

Echados en el sofá estuvimos recuperándonos sin dejar de decirnos cálidas palabras en busca de un nuevo encuentro que estaba segura no tardaría mucho en producirse. Además era algo que deseaba ardientemente, sentir el miembro de aquel hombre buscando los más íntimos rincones de mi cuerpo maduro y morir en sus brazos completamente entregada a él. Con la boca junto a su oído no paraba de decirle cosas tratando de provocarle con ellas al tiempo que con las manos acariciaba el vello de su pecho mezclando mis dedos entre sus pelillos. Por su parte, mi atento compañero no hacía más que recorrer mi cuerpo acariciándome la mejilla, el cabello y la espalda bajando hasta mis nalgas las cuales apretó sensualmente arrancándome un leve suspiro. Tras besarle enredando nuestras lenguas dentro de mi boca, apoyé mi mano sobre su sexo respondiendo éste con prontitud mostrándose listo para un nuevo combate.

Sonreí divertida y complacida observando lo fácilmente que respondía a mis estímulos y agarrándole entre mis dedos volví a masturbarle con lentitud sabiéndome dueña completa de aquel formidable macho. Él, por supuesto, no se mantuvo quieto dirigiendo sus dedos a mi coñito el cual se humedeció con rapidez al notar como buscaba llenar el interior de mi vagina. Gemí débilmente y reclamé con mi sumisa actitud que siguiera acariciándome mientras continuaba masturbándole moviendo mi mano arriba y abajo viendo cómo aquel dardo aumentaba de tamaño irrefrenablemente. ¡Era realmente portentoso!

Ya con su polla bien dura cogí un preservativo que sensatamente había dejado junto a mí y tras ponérselo, me coloqué sobre él dándole la espalda y con mi mano busqué aquel largo instrumento sujetándolo con fuerza. Arrodillándome sobre mi compañero me fui dejando caer ayudada por él que me tenía bien cogida por las caderas. De ese modo y centímetro a centímetro fui notando como aquella gruesa daga se enterraba hasta la mitad haciéndome poner los ojos en blanco. Un largo gemido salió de mi boca llenando las paredes de la habitación, un gemido que se hizo aún más fuerte una vez empujó una segunda vez entrando dentro de mí por completo. ¡Dios, ahora sí que creí morir de placer! Me quedé quieta unos instantes apoyada sobre él y haciéndome al tamaño descomunal de aquella abrumadora existencia. Con su pene totalmente dentro podía notar los testículos pegados a mi trasero.

La cabeza me daba vueltas y el pulso ganó en intensidad cuando, estando bien acoplada, empecé a moverme lentamente. Echándome hacia atrás apoyé mis manos sobre el respaldo del sofá y aquello fue utilizado por mi hombre para adueñarse de mis pechos pellizcando mis pezones obligándome a gritar de dolor. En aquella posición mis nalgas quedaban ante él ofreciéndole la estimulante visión de las mismas. Por otra parte, me permitía ser yo quien controlara la profundidad y llevara el ritmo de la follada meneándome de forma lenta o bien mucho más rápida según mi propio interés. Descendiendo sobre su eje me hacía penetrar o escapaba a su dominio siempre que yo así lo decidía. Los gemidos y jadeos de ambos se mezclaban cada vez que golpeábamos el uno sobre el otro. Sujetándome por las nalgas mi atractivo amante acompañó mis movimientos dándome suaves golpes de riñones. Ensartada de aquel modo y sin parar de mover la cabeza de un lado a otro gocé como loca cabalgando arriba y abajo y adelante y atrás. Por mi cabeza pasó la imagen del guapísimo Denzel fantaseando con la idea de estar siendo follada por él, martilleándome una y otra vez hasta hacerme correr cayendo rendida sobre él. Sin embargo pronto deseché aquella idea al pensar que con ello le era infiel a mi compañero de aquella noche.

Te siento… dios, cómo te siento –exclamé parando en mi movimiento mientras me humedecía los labios pasando la lengua sobre ellos.

Escapando como pude me deshice de él y alargándole la mano le animé a seguirme a la cama donde continuaríamos con aquello que habíamos empezado. Sin abandonar su pene ni un momento le hice acompañarme dócilmente viendo como cabeceaba mostrándose erecto y vanidoso ante mí. Así pronto cubrimos la distancia que separaba el salón de mi dormitorio estirándonos sobre el lecho abrazados y dichosos. Tumbados sobre la cama noté su grueso dedo acariciando mi vulva para, conteniendo la respiración y sin esperármelo, llevarlo hacia la entrada de mi ano tratando de presionar con él. Como respuesta a su caricia mi cuerpo se tensionó por completo y buscando retirarme de su lado le pedí que no continuara por ahí.

Tranquila querida, relájate… te prometo que iré con cuidado para no lastimarte –aseguró en voz baja mientras se llevaba el dedo a la boca para humedecerlo.

Sin querer escucharle me removí entre sus brazos tratando de escapar de allí. Aquel cabrón se había propuesto follarme el culo y pese a mis lamentos estaba segura de desear también aquello. Con los dedos llenos de su saliva apuntó sobre la entrada de mi estrecho agujero apretando ligeramente haciendo que mi anillo se fuera abriendo según yo me iba relajando poco a poco. Metió primero un dedo y luego otro más iniciando un leve movimiento circular que me hizo remover mis nalgas apeteciendo aquella caricia más y más a cada momento que pasaba. De pronto su otra mano se apoderó de mi vagina entrando sin pedir permiso y aquel doble tormento consiguió hacerme aullar al verme visitada por un nuevo orgasmo corriéndome entre las arrugadas sábanas de mi lecho matrimonial.

Sin permitirme el más mínimo descanso me agarró por la cintura y de forma autoritaria me llevó al borde de la cama dejándome con las piernas bien abiertas.

Fóllame… fóllame, por favor… por favor, no me hagas sufrir más –le supliqué allí tumbada y esperando su nuevo ataque que imaginaba poderoso y salvaje.

Sin decir nada me besó con sus gruesos labios golpeando con su lengua hasta llegar al paladar. Parecía completamente enloquecido y con la razón perdida como yo lo estaba deseándolo como nunca había deseado a nadie. Estaba mojadísima y con su fuerza brutal me hizo elevar una de las piernas dejándola apoyada sobre su hombro. Quedé ante él y con mi sexo ofrecido a sus más oscuros deseos sabiéndolo ahora sí dueño de mi destino. Era mucho más fuerte que yo así que nada podía hacer por impedir su avance.

Metiendo la cabeza entre mis piernas empezó a juguetear con mi sexo lamiendo la rajilla de arriba abajo, mordisqueando casi sin querer mi clítoris haciéndome sentir en la gloria. Retorciéndome como loca enganché las finas y negras sábanas de satén entre mis dedos apretándolas como si fuera lo último que hiciese en mi vida.

Sigue muchacho, sigue… ¿de dónde has salido?... eres verdaderamente maravilloso –chillé masajeándole frenéticamente la cabeza con la mano mientras mi cuerpo dejaba de responder a mi dominio pareciendo cobrar vida propia.

Una y otra vez estuvo acariciando con su lengua todo mi coño, saboreando frenéticamente los pliegues de mi sexo, el clítoris que envolvió con sus labios y al fin alcanzó el cálido nido de amor metiéndome la lengua mientras con sus manos tomaba posesión de mi culo y me acercaba impetuoso a su boca. Sollozando de emoción escuché su voz rozando imperceptiblemente el silencio de la noche para pedirme que abriera más las piernas. Mis gemidos se convirtieron en pequeños quejidos y tuve que atraerlo hacia mí para que continuara con sus encantadoras atenciones. Un paulatino ceremonial llenó mi piel de besos, mordiscos y pequeños circulillos excitado por los vagos lamentos que asomaban por mi garganta.

Poco después noté su duro músculo rozar mis glúteos y no pude evitar emitir un mínimo jadeo que se acalló en el suyo mientras su boca llenaba la mía con sus más locas pasiones. Me apoyé en sus muslos arañándolos sutilmente con las uñas y luego busqué sus preciosas nalgas frotándolas con verdadero fervor.

Métemela hasta el fondo… vamos métemela, mi amor –exclamé hiriéndome el labio inferior hasta hacerlo sangrar levemente.

Situando su polla a la altura de mi vagina lo sentí colarse dentro de mí metiendo con enorme cariño la redonda cabeza volviéndome a hacer tocar el cielo. Mis manos se enredaron una vez más entre las sábanas mientras ahogaba como pude un grito mezcla de placer y de dolor. Empujó más y creí que me iba a abrir en canal con aquel músculo gigantesco que me tenía loca desde que lo vi. Respiraba entrecortada notándome herida y llena de aquella barra de carne que, por fortuna, detuvo su impulso entrando sólo hasta la mitad. Nos besamos desesperadamente y busqué con mis manos algo a lo que poder agarrarme para poder soportar el dulce tormento que aquel hombre me hacía vivir. Era maravilloso y lo necesitaba allí junto a mí haciéndome sentir su horrible humanidad quieta entre las paredes de mi vagina.

Así empezó a embestir logrando al fin entrar hasta la raíz de mi ser y un sentimiento de puro deleite se apoderó de mí haciéndome suspirar saciada y complacida. Con las piernas bien abiertas me las hizo flexionar para facilitar la entrada y de ese modo estuvo entrando y saliendo un largo rato mientras yo no hacía otra cosa que dejarme hacer en manos de aquel maravilloso hombre. Parecía un pelele, un monigote en brazos de aquel hombre que no hacía más que empujar follándome sin descanso y sin dar muestra alguna de cansancio.

A los pocos segundos la naturaleza sabia me hizo tranquilizarme acompañándole en su lento movimiento. Nos estuvimos moviendo adelante y atrás, saliendo de mi coñito para enseguida volver a entrar empujando con todas sus fuerzas rebanándome por dentro hasta no poder más. Realmente sabía lo que se hacía moviéndose con habilidad pasmosa según el momento así lo requería. Tras tenerlo entero dentro de mí, salía quedándose quieto unos instantes y entonces resbalaba una vez más con decisión arrancándome con ello desconsolados lamentos de placer.

Así lo estuve recibiendo allí tumbada en la cama de mi dormitorio, quieta y sin moverme y notando poco a poco rebajarse el dolor que aquel miembro me producía. Tuve la extraña sensación de no ser yo quien era follada de aquel modo tan rudo y salvaje pero era yo, claro que era yo quien gozaba como una loca de aquel magnífico polvo. En una de sus últimas acometidas sus testículos se pegaron a mí clavándome contra la cama sin compasión alguna.

Lloré no sé si de dolor o del placer que sentía en compañía de aquel apuesto macho que tan bien sabía darme lo que yo tanto necesitaba. Estaba sintiendo la llegada de un nuevo orgasmo y el también la sintió ayudándome en mi búsqueda empujando dentro y fuera a velocidad de vértigo mientras chupaba mis oscuros pezones humedeciéndolos con su lengua desenfrenadamente. Y me corrí cerrando los ojos y rendida bajo los designios de aquel hombre al que me sabía unida por entero, aquel hombre que tantas sensaciones me había hecho sentir haciéndome gozar de varios de mis mejores orgasmos. Jamás había sentido con mi marido lo que aquel hombre me había hecho descubrir.

¡Me corro! ¡Me voy a correr, cariño! –anunció saliendo de mí al tiempo que se sacaba con rapidez el preservativo agarrándose la polla entre sus dedos.

Varias andanadas escaparon volando por los aires hasta caer finalmente sobre mi piel y las sábanas entre los gruñidos y lamentos sinceros de aquel tremendo animal de piel oscura. Me fascinó ver la imagen de aquel macho tan poderoso explotando bajo las caricias que tan bien había sabido prodigarle. Haciéndole poner en pie agarré su brillante instrumento y acercándolo a mis labios empecé a chupárselo hasta dejarlo bien limpio y libre de restos de semen.

Me ha encantado, mi amor… me has matado de gusto… ha sido maravilloso –exclamé abrazándome a él cansada y satisfecha viendo el reloj de la mesilla marcar las doce y media de la noche.

Fuera en la calle seguía lloviendo, goteando la lluvia de forma furiosa mientras notaba la respiración de ambos recuperarse tras el último combate mantenido, un combate que se repitió horas más tarde despertándole con mis caricias linguales para acabar entregándole al fin, pese a mis quejas, mi estrecho agujero gozando de los muchos placeres que la sodomía podía ofrecer a una mujer casada como yo.

Vuelvo a repetir que no me arrepiento ni me siento culpable de todo aquello y, como podrán suponer, durante meses repetimos aquel encuentro muchas otras veces aprovechando cada vez que mi marido se ausentaba de casa dejando a su mujercita aparentemente sola y sin necesidad alguna de nadie que la calmase…
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