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A través de mi piel
Author: 
Trios
21-Aug-2019
299
A través de mi piel
Un matrimonio se plantea una situación y trama un plan, pero...¿Encontrarán lo que tanto desea el marido?.
De nada me sirve ser impaciente. Las cosas llevan su curso y por más que me arrebate, no aceleraré los acontecimientos. (Mis reflexiones).

Si, soy amante de la música. Trabajo en mi casa y me gusta la tranquilidad. Ese es el motivo por el cual decidí instalar hilo musical en la vivienda. Dispongo de una amplia colección de música en todos sus géneros. Es una forma de no sentirme tan sólo mientras trabajo y, en realidad, me centro mejor mientras bailo números de un lugar a otro.

Y ahora os contaré, si es que puedo, como cambió mi vida…y la de mi mujer.

Anne Marie. Si, así se llama la francesa con la que estoy casado desde hace unos años. ¿Cómo la conocí?, su padre fue el artífice. Mi suegro dirigía un par de garitos en Badajoz. Garitos en los que se comerciaba con sexo. Unos problemas con Hacienda, unos números no declarados y…allí estaba yo. Soy el “limpiador” de basuras y estafas. Soy contable.

Y como no os quiero aburrir con detalles que nos perderían por senderos peligrosos, os diré que una vez solventados los problemas con Hacienda, mi suegro falleció, heredando sus dos garitos, Anne Marie. Y ahí vino el problema. Siendo yo conocedor de los inconvenientes que podían surgir con las cifras, entre ambos, Anne Marie y yo, decidimos casarnos, vender los garitos y venirnos a vivir a la capital. Y dejé de ser un excelente contable para convertirme en un adicto al sexo. Os contaré, ya sin más dilación, mi corta trayectoria hasta llegar a ser un auténtico “vicioso”.

Anne Marie tiene en la actualidad 29 años. Es morena, menuda de cuerpo y de estatura media. Es todo un portento de vitalidad. Interesada en todos los temas, pasa a destacar por su curiosidad, inteligencia…y sobre todo, por su físico. Nuestra relación funcionaba bien, de eso no hay duda, aunque he de reconocer que es muy liberal y eso nos había causado algún que otro problema menor, solventado siempre sin recelos. Su forma de comportarse con la gente, yo diría que excesivamente cariñosa, su ligereza al vestir y sus habituales gustos por el lujo…no han contribuido precisamente a que nuestra relación, en sus inicios, fuera un remanso de tranquilidad. Pero la quiero. Y es por ello que soportaba con estoicidad todos sus devaneos.

Aquél día, día en el que me iban a instalar el sistema de hilo musical en mi vivienda, Anne Marie no quiso soportar la presencia, que se presumía larga, de los instaladores de “Notas y Sonidos” en nuestra residencia. Decidió, con muy buen criterio, quitarse de en medio. Un poco de piscina por la mañana, y unas compras por la tarde, serían todas sus tareas para ese día…hasta llegar la noche.

La piscina transcurrió con cierta normalidad. Fue, cómo no, objeto de lascivas miradas de todos los hombres con los que se cruzaba. Si, eso le agrada. Lo ha manifestado una y otra vez, por lo tanto, no debe sorprenderme que, en alguna ocasión, salga a la calle medio desnuda, enseñando más de lo permisible. Aquella mañana, Anne Marie, enseñaba lo normal en una piscina. Si exceptuamos el tanga (o hilo como se conoce esa prenda en otros lugares), su cuerpo, pechos incluidos, aparecía desnudo a la vista de todos los ojos. ¡Cómo han cambiado las piscinas!, antes no se podía mostrar más allá de lo permitido y ahora, incluso hay zonas reservadas para el nudismo integral.

Podríamos decir que no ocurrió nada relevante, pero mentiría. Anne Marie, como dije antes, es muy curiosa…y, si se me permite, descarada. Y su descaro la llevó, independientemente de pasar revista a toda persona, hombre o mujer, presentes en la piscina, a encararse con un hombre maduro que, mientras tomaba el sol, se enfrascaba con sumo interés en la lectura de un periódico. Parecía refugiarse tanto de las miradas de la gente, como de los comentarios que hacían al pasar junto a él. Extrañada por este hecho, Anne Marie redobló su interés. Tal fue su insistencia y su descaro que, para no variar, el hombre se dio cuenta que estaba siendo objeto de las miradas insistentes de mi mujer. En un par de ocasiones, levantó la vista del periódico y la miró. Ambos se sonrieron. Si bien el hombre no parecía tener interés alguno en esa joven descarada, no es menos cierto que le llamó poderosísimamente la atención la desvergüenza de Anne Marie. Y su cuerpo, ¿Por qué no?. Sus pechos firmes, sus nalgas pronunciadas y sus piernas perfectamente moldeadas en sus formas…no podían pasar desapercibas para el insensato que devoraba aquél panfleto lleno de política, sucesos, deportes y…anuncios de sexo.

Anne Marie es impulsiva, a veces retorcida en extremo y, como dije antes, excesivamente curiosa. Y eso la llevó a jugar a los detectives con aquél hombre. Este, como no podía ser de otra forma, no tardó en observar que Anne Marie no sólo le miraba, si no que le seguía por las instalaciones del complejo deportivo. Y claro, cuando una mujer, cuando una pequeña Venus se descara de esa forma, o bien busca algo o bien ofrece algo.

Intrigado, y presumiblemente aburrido, se dispuso a marcharse de la piscina. Emprendió el camino de los vestuarios mientras Anne Marie le observaba desde lejos. Rápidamente, ella tomó el mismo destino por distínto camino. Apresuradamente, Anne Marie se despojó del tanga y se enfundó un vestido blanco translúcido. ¿Ropa interior?, ¡Para qué!. No, no es de esas mujeres que, sobre todo en verano, usen ropa interior.

Salía del vestuario femenino cuando vio que aquél extraño abandonaba el complejo veraniego. Como una gacela, a punto de ser atrapada por una leona hambrienta, salió disparada tras él. La suerte estaba echada. Ese rostro era conocido. Y tenía que averiguar quien era. Aunque para ello pareciera una buscona.

Ya en la calle, se detuvo inquieta al ver al hombre parado en la acera. ¿Qué estaría esperando?. Cuando el taxi se acercó lentamente, el hombre elevó su brazo en clara señal para que se detuviera. Anne Marie, como antes dije, es inteligente. Se abalanzó hacia el taxi a la vez que el hombre. Ambos se quedaron parados. Sus miradas se encontraron, pero el hombre ganó el asalto.

-Necesito el taxi, si no, te lo cedería. ¿Te puedo llevar a algún lugar?.

-¿En qué dirección vas?- Preguntó ella.

-Hacia el Parque de las Avenidas. Si vas de camino…

-¡Claro!, yo voy a la Avenida de América…voy de compras.

-En ese caso, sube. Te acerco a la Avenida de América y luego continúo hasta el Parque de las Avenidas. No me desviaré mucho.



Anne Marie se adentró en el vehículo y los ojos del taxista y de su cliente perdieron sus miradas entre el hueco que ofrecieron sus piernas y su escote. Sus pechos bailaron escandalosamente y su sonrisa fue algo más que una invitación…pero nuestro hombre no cayó en tentaciones alocadas. Caminaba seguro.

-Me llamo Anne Marie. Soy francesa. Pero soy muy española.

-Encantado, Anne Marie. Yo me llamo Azazel…

-¡Jesús, qué nombre!-Exclamó ella-, debes estar de broma…

-No. Es mi nombre real. Ya sé que es muy extraño, pero es ese. En realidad me llamo Gabriel Azazel, pero todos me llaman Azazel.

-¿Y qué significa?…quiero decir…¿Qué significado tiene?. Nunca había oído algo semejante.

-Azazel es el nombre con el que se conocía a Satanel. ¿Y ahora me preguntarás que quién era Satanel?. Bien, era el abanderado de los ejércitos del infierno. Ese era Satanel.

El taxista no daba crédito a lo que escuchaba. Una tía buenorra y un loco que se llamaba o se hacía llamar Azazel…y que, para colmo, tenía un nombre cuyo significado era de un siniestro total. Pensó en su interior que, si bien no parecía correr riesgos de cobrar su servicio, tenía que llegar cuanto antes al destino y bascular a esos dos locos. Notó como su vello se erizó y recordó cuando se manchó los calzoncillos al sentir, meses atrás, el filo de la navaja cerca de su cuello.

-Me tomas el pelo-Dijo ella mientras componía un gesto de incredulidad-, no puede ser.

-Así es como me llamo. Pero puedes llamarme Gaby. Tal vez te resulte más cómodo.

-¿Eres un demonio?- Preguntó con picardía.

-Si. Lo soy. Un auténtico demonio.

-Ja, ja, ja…¿Y me vas a llevar al infierno?...ja, ja, ja- Preguntó a modo de broma.

-Ya vivímos en el infierno- Respondió Azazel.

-Oye, ¿Te conozco de algo?- Se interesó Anne Marie.

-Lo dudo-Respondió él-, no olvido las caras fácilmente, pero puede que me hayas visto en alguna revista.

-¿Sales en las revistas?. ¡Si ya decía yo que tu cara me sonaba!.

-Y en televisión…

-¿También?.

-Presento un programa en el Canal 33. “Las noches de Azazel”. Por eso me llama todo el mundo, Azazel. ¿Lo has visto alguna vez?.

-No, no recuerdo.

-Va en la banda nocturna. Trata sobre fenómenos extraños, paranormales…un rollo. Pero tiene audiencia.

El taxista, confundido, sintió como sus vellos se afilaban nuevamente. Si antes, esa pareja, le resultaba extraña, ahora sentía pavor.

-Nunca lo he visto. Al menos no me suena…

-Es lógico. Se emite a las tres de la madrugada. A esa hora ya no queda mucha gente viendo la tele, y menos, interesados en temas…podríamos decir…oscuros.

-Vaya.

-Si, tengo un contrato firmado con la cadena para los próximos dos años. No me pueden echar a menos que me indemnicen. Ya sabes como va esto. Se graba un piloto, y si funciona, tal vez se emita. Tuve suerte al principio. Ahora me mantengo. Tengo buenos contactos.

-Interesante, sin duda.

-No te creas. Paulatinamente vamos perdiendo audiencia, aunque de momento, nos sostenemos. ¡No son horas de emitir un programa así!. Pero es lo que hay. Si no cambiamos la banda horaria, a un “prime time”, no saldremos adelante. Tarde o temprano, estaremos abocados al final.

-Llegamos- Dijo Anne Marie al ver como el taxi cruzaba la calle Cartagena.

-Si. Oye, si quieres…te puedo invitar a una copa…luego me daré un paseo hasta mi casa. No tengo prisa y…

-Cuando no me cediste el taxi, parecías tener mucha, pero…¡Acepto!- Exclamó con cierto alborozo ella.

-Dé la vuelta y nos deja en la puerta de Hontanares, por favor-Ordenó el presentador al taxista-. Creí que eras una de esas que se pasan el día mosconeando a mi alrededor en busca de un autógrafo o cosas peores…

-¿Cosas peores?.

-Si. Ya sabes. Una fotografía tomada a destiempo, un…

-Entiendo.

El taxi se perdió entre el caos circulatorio y ellos entraron en la cafetería. Mientras consumían un par de batidos, Azazel recibió una llamada de teléfono. Tras unos minutos, en los que su gesto se tornó en una mueca de preocupación, finalizó la conversación.

-¿Va todo bien?. Preguntó Anne Marie, al ver el rictus que reflejaba su rostro.

-¡Oh, si, si!. No es nada. Unas pequeñas incidencias en mi contabilidad. Nada preocupante.

-Mi marido es contable.

-¿Contable?.

-Si. Podríamos decir que…resuelve…incidencias- Alargó la “s” en demasía.

-¿Qué clase de incidencias?.

-Pues no sabría decirte. Sólo sé que mi padre tuvo problemas con Hacienda en una ocasión y él lo solucionó. Ese fue el motivo por el que nos conocimos y mas tarde, nos casamos.

-Tal vez sería interesante hablar con tu marido.

-¿Tienes problemas?.

-En realidad, no lo sé. Yo tengo unos ingresos fijos…y unos gastos de difícil justificación. Al parecer, hay menos gastos de los que he declarado a Hacienda. No sé, seguro que me investigan y…

-Si te sirve de ayuda, podría ponerte en contácto con él.

-¿Serías tan amable?. No me fío mucho de los gestores que llevan mis cuentas. Al menos me gustaría conocer otra opinión.

-¡Hecho!. Anótate el teléfono y le llamas. Yo le hablaré de ti. Mira es el…692117025. (No marquéis el teléfono que me lo acabo de inventar).

-Gracias. Luego le llamaré. ¿Le molestará?.

-¡Oh, no!. Estará encantado de recibir un nuevo cliente. Con él tendrás más gastos, pero te solucionará el problema. Es un genio.

Anne Marie se quedó mirando fijamente a aquél hombre que rondaría los 50. Su porte era magnífico. Olía bien. Si, y desde que se enteró que presentaba un programa en el Canal 33, se sintió más interesada en él. Las bebidas se agotaron y ambos se observaron. La risa, al unísono, llamó la atención de los ocupantes de la mesa de al lado.

Anne Marie dejó de reír cuando el camarero llegó hasta ellos con dos nuevas copas. Los batidos habían sido sustituidos por sendos gin-tonic. Sintió que Azazel había mordido el anzuelo y probablemente, no lo soltaría. Cuando ella utilizara sus armas…él caería rendido. Sentía curiosidad por aquél hombre…¿Estaría dispuesto?. Desde que vio aquél cuerpo semidesnudo tumbado al sol, enfrascado en la lectura del periódico que aún portaba, se sintió extremadamente excitada. ¿Sería el elegido?. ¿Aceptaría esa extraña invitación?. Aquél titán de pelo negro, piel bronceada, ojos penetrantes y cuyo cuerpo soportaría unos 50 años, era lo que necesitábamos sin duda. ¿Sería capaz Anne Marie de convencerle?. Ella estaba segura. Lo haría y si había problemas…el suplicaría ante ella. Ante nosotros.

El nerviosismo de Anne Marie se controlaba a duras penas. Azazel, por el contrario, sentía inseguridad. Ella no quería tomar la iniciativa, aunque sabía que llegados a un punto, debería ser contundente. Pero mientras tanto, se dejaría querer por aquél diablo que en vez de hacerse llamar Gabriel, gustaba de ser requerido por ese horrible nombre, Azazel.

Le examinó con detenimiento. Cada mirada se sellaba con una aprobación. Su voz, sus gestos, su estilo…era el adecuado. Pensaba que yo no pondría pegas a semejante ejemplar. No era joven, no, pero tampoco era un ser en decadencia. Rondaría los 50, como habíamos hablado. No había señales visibles de una esposa en espera. Decidió atacar.

-¿Estás casado, Azazel?...ja, ja, ja…encuentro extraño llamarte así.

-Llámame Gaby si te resulta más cómodo. Aunque me gusta oírte pronunciar mi nombre.

-¿Te gusta?- Preguntó ella a la vez que se vencía ligeramente hacia delante acercando su cara a la de su demonio particular y mostrando sus pechos bajo el escote de su vestido.

-No. Me encanta. Tu voz…es…es… dulce. Emana armonía. Es como un aroma embaucador.

-Gracias-Dijo a la vez que su espalda reposaba nuevamente en el respaldo del sillón y su mano derecha tomaba la gran copa que el camarero había servido. Tras un trago, mientras depositaba la copa en la mesa, le miró a los ojos.

-Azazel…¿Estás casado?. Preguntó por segunda vez.

-¿Qué te hace pensar que lo estoy?.

-Yo no he dicho que lo estés. Te he preguntado…,curiosidad.

-¿Qué edad crees que tengo?. Preguntó Azazel.

-No sé…unos cincuenta…diría yo.

-52. Para ser exactos.

-Mi marido tiene 48. Eres mayor que él. Pero aún no has contestado a mi pregunta.

-No. No estoy casado. Nunca lo he estado.

-¿No te atraen las mujeres?. Preguntó con picardía.

-¿Acaso me ves pinta de que me gusten los hombres?.

-No sé…podría ser. Hoy hay mucho de eso. Hay armarios por todos los sítios…y puertas que se abren a cada instante.

-¿Y eso es malo?- Preguntó él.

-Noooo…que va. Al contrario, cada uno puede gustar de lo que quiera. Sólo hay que saber elegir.

-Si, supongo que sí-Hizo una pausa mientras la miraba-, ¿Te puedo preguntar algo?.

-Dispara-Retó ella-, pero que sea facilita. He tomado mucho el sol y no estoy muy lúcida, ja, ja, ja.

-Si estás casada…-Otra pausa interminable-, ¿Cómo es que estás aquí con un hombre de 52 años?.

Anne Marie sospechaba el sentido de esa pregunta. Estaba preparada para cuando surgiera. No olvidaba que en la piscina, se había pasado toda la mañana tras ese hombre y que él, en más de una ocasión, se había dado cuenta de su vigilancia. Tras un silencio prolongado, y queriendo aparentar la ofuscación que no sentía, respondió.

-No soy una puta.

-¡Por Dios, no he dicho semejante disparate!. Tan sólo…tan sólo-Balbuceaba visiblemente nervioso-, no sé…es extraño que una joven tan bella como tú…quiero decir…una mujer joven, casada…

-Comprendo. Creo que es mejor que me marche- Órdago a la grande de Anne Marie.

Ella se puso en pie. De inmediato Azazel se incorporó ligeramente y la tomó por el brazo. Anne Marie le miró con desprecio. Primero, su mirada se dirigió a la mano que la retenía por el brazo y después, al rostro de aquél ejemplar. El gesto duro le amedrentó.

-Disculpa. No pretendía…-Se justificó él cuando tomó consciencia de que apretaba su brazo.

-No hay por qué. He de marcharme.

-Te lo ruego. ¡Quédate!, acaba la copa.

Ella le miraba seria. La actuación de la duda era merecedora de un premio de reconocimiento. Tras unos segundos en los que pareció vacilar, tomó asiento nuevamente.

-Está bien. Acabaré mi copa y me marcharé.

-¡Oh, perdona!, por favor…yo sólo…no quise ser grosero…tú debes entender…

-No digas nada más. Comprendo perfectamente tu desconfianza. Probablemente yo actuaría igual, pero no es el caso. He sentido que pensabas que era una puta. Que quería tu dinero.

Ante el cariz que estaba tomando la conversación, Anne Marie quiso suavizar la situación. Comenzó a dudar de su elección. Pero ella había salido en busca de un hombre, y ese demonio que tenía enfrente era el que había elegido. Apostó por jugar fuerte, como siempre.

-Bien, pongamos que soy una puta, que no lo soy, pero…si lo fuera…¿Cuánto pagarías por acostarte conmigo?. Tras un silencio prolongado, el suspiro de Azazel se dejó escuchar por Anne Marie.

-Nada.

-¿Naaaaada?-Preguntó ella incrédula.

-Absolutamente nada. ¿Te sorprende?.

El gesto de Azazel había cambiado a la vez que expulsaba la palabra “Nada”. Ahora se percibía seguridad en sus gestos, en su rostro…en sus palabras. Era como mirar a la cámara noche tras noche. Hablar al vacío. Anne Marie pensó, trató de averiguar el momento justo en el que se produjo el cambio que ella advirtió. Sin referencias, con escasez de tiempo para el análisis, quiso tomar la iniciativa que sentía haber perdido. Ese viejo la despreciaba. No estaba dispuesto a pagar ni un solo euro por acostarse con ella. Por segunda vez pensó que tal vez se había equivocado en la elección.

-¿Te acostarías conmigo?

-¡Desde luego!, ¿Cuándo?. Preguntó él no exento de chulería.

Ella pensó que era el momento. Después de todo, nada arriesgaba. Si no era Azazel, sería otro. Pero si él era el elegido, ella tomaría las riendas de inmediato.

Un día antes:

-Si, mañana, aprovechando que van a instalar el Hilo Musical, saldré en su busca-Dijo Anne Marie.

-¿Y si no encuentras a la persona adecuada?- Pregunté desde la desesperación.

-Tranquilo, lo encontraré. ¿Quién se puede resistir a mis encantos?. Me iré a la piscina, un buen lugar para ligar, y si no hay suerte, me iré de compras. Bueno, de compras también me iré. Pero no te preocupes, alguien se fijará en mí y yo le destrozaré. ¿Quién me puede negar algo?.

-Nadie. Pero…no sé. No quiero un jovenzuelo que dude. Quiero que sea un hombre normal, dispuesto, sano…y que te guste, claro está.

-Esta vez saldrá bien. Te lo prometo.

Si, hasta la fecha no había salido nada bien. Bien es verdad que sólo habíamos probado dos veces, pero la primera, el individuo no pasó de la puerta, y la segunda…se echó a llorar antes de empezar. Simplemente se acojonó. Tal vez eran muy jóvenes, muy inexpertos, inseguros de lo que realmente querían, o tal vez nosotros fuimos demasiado explícitos en nuestros deseos. Ellos, sea como fuere, habían huido. Uno desde la puerta, al verme, el otro, temiendo por su ¿vida?. ¡Qué se yo!. Por eso, quería que esa vez fuese la decisiva. Ya no habría más oportunidades. Mi búsqueda se iniciaría por otros registros. Otros lugares más accesibles. Pero habría que pagar y eso era justo lo que no deseaba. Le quitaba morbo al asunto.

Anne Marie estaba tan entusiasmada como yo. En ningún momento noté que mi oferta dañara sus sentimientos. Alegre y curiosa, desde el principio se puso a mi disposición.

-¿Cómo le entrarás?- Pregunté ante mis dudas.

-Como siempre. Me lo ligaré, me dejaré querer y una vez esté segura de su predisposición, vendré a casa con él.

-Tiene que ser mañana. Casi exigí.

-No te preocupes.

-Mañana, Anne Marie. De lo contrario, yo mísmo le buscaré en algún lugar.

-Tranquiloooooo…si hay suerte igual no tienes que esperar a mañana. Podría ser hoy mísmo.

-Ya sé que te lo he preguntado más veces, pero…¿Estás segura de querer hacerlo?...quiero decir si…

-¡Qué sí!. Ya lo hemos hablado. Sabes que estoy dispuesta…pero ¿Y tú?, ¿Lo estás tú?.

-Si, Anne Marie. La desazón me quema la vida. Lo necesito. Quiero vivir ese instante.

-Pero…¿Eres consciente de lo que ofreces, verdad?-Me preguntó.

-¡Claro, por Dios!. Tiene que ser así. De lo contrario no sería una experiencia placentera.

-Pues entonces, no te preocupes. Déjalo de mi cuenta. Mañana será el comienzo de una nueva vida. O… tal vez esta noche.

La vida tiene estas cosas. Cuando sorprendí al padre de Anne Marie en uno de sus dos garitos, esa quemazón me atrapó. Desde entonces no paré de darle vueltas a la cabeza. Mi suegro, yaciendo en un camastro junto a otro hombre y una chica de las que trabajaban en uno de los locales, era una imagen demasiado lacerante para mí.

No se lo conté a Anne Marie, claro está. Era su padre. Pero empecé a verla, a imaginarla, follada por otro hombre a la vez que…yo me follaba al otro hombre. Ese ser sin rostro, ese cuerpo arremetiendo contra el de mi mujer, mi joven mujer…Ufffffff…ardía en el infierno cada vez que lo imaginaba.

Una tarde, recién iniciado el café, salió la conversación de los tríos y esas cosas. Curiosamente, Anne Marie se mostró abierta. Fue la oportunidad que yo esperaba para desvelar mi inquietud. Y, siendo hija de quien era, habiendo frecuentado aquellos locales y sus gentes, Anne Marie no dijo que no. Dijo “Si eso es lo que deseas, no hay inconveniente, pero quiero que sepas que tendrás que ver como otro me folla”. Si, y eso era lo que me empezó a quemar. Ver como otro arremetía contra su cuerpo. Pero yo necesitaba a ese otro. Necesitaba esa prolongación del deseo para entregarme al ocaso sexual. Y ella, en contra de lo previsible, me lo iba a permitir. Tendríamos un trío.

Al día siguiente, cafetería Hontanares:

Ella había preguntado claramente. La pregunta no ofrecía otra respuesta. ¿Te acostarías conmigo?. Era sencillo. Si o no. Eso era todo. Pero no, había más. Y ese “más” era el que había que tejer con paciencia. Azazel había respondido sin inmutarse, como si de una broma se tratase.

-¡Desde luego!, ¿Cuándo?-Preguntó él no exento de chulería.

-Esta noche-Dijo a la vez que le miraba a los ojos.

-¿Y por qué hay que esperar hasta esta noche?. Vivo aquí al lado…

-Sería en mi casa.

-No te entiendo, Anne Marie- Se extrañó él.

-Existe un problema. Un problema que tendremos que negociar.

-¿Negociar?. Preguntó Azazel.

-Si. Mi marido.

-Esa es la razón por la que te digo que yo vivo aquí al lado. Mi casa está vacía. No vivo con nadie. Si quieres…podemos irnos ahora.

-No. Ha de ser en mi casa.

-¿No está tu marido?. Preguntó Azazel dudando de que existiese tal marido.

-Ese es el inconveniente. Si está.

-¿Entonces?...

-Te contaré algo. Tal vez así te puedas hacer una idea.

Anne Marie tomó un nuevo sorbo del gin-tonic y se dispuso a ser breve.

-Mi marido quiere que otro hombre se acueste conmigo. El tiene ese deseo, esa fantasía. Pero él ha de estar presente. El quiere ayudar-Azazel la miró desconcertado, ¿Por qué un hombre con semejante ejemplar habría de querer entregar a su mujer a otro?.Se mantuvo en silencio y valoró las palabras que escuchaba de esa mujer-. El hombre que me lleve a casa tendrá que complacer a los dos-¡Bingo!.

Azazel, consciente de lo que planteaba Anne Marie, se retorció en su sillón. Aún así tuvo fuerzas para preguntar sin perder la compostura.

-¿Os gustan los tríos?.

-Si. Pero no los convencionales. El trato es el siguiente: Te vienes a casa conmigo, me follas y dejas que mi marido te ayude.

-¿Pero cómo me va a ayudar?.

-El me entregará a ti cuando estés preparado.

-Disculpa, Anne Marie. No entiendo nada. Aunque he de reconocer, que sin querer sacar conclusiones prematuras, me da la sensación de que hay algo extraño en todo esto que me cuentas. Sé sincera, por favor.

-Está bien. Mi marido desea ver como me follan. Pero la persona que lo haga, deberá permitir que él prepare su cuerpo. Deberá permitir…sus caricias.

-Yo no soy gay.

-Lo supongo. Pero…¿No dejarías que mi marido te acariciara con tal de poder disfrutar de mí?

-No soy un estrecho, eso que quede claro. Pero, sinceramente, no me veo…

-¿Y te ves disfrutando de mi cuerpo?.

-Eso depende.

-De si te dejo o no, ¿Verdad?.

-Puede.

-Pues te dejo. Pero has de dejar que mi marido te toque. Esa es mi condición. Nuestra condición. ¿Aceptas?.

-Deduzco que tu marido es conocedor de todo lo que me cuentas, ¿no?.

-Por supuesto. Está hablado. No habrá problemas…siempre y cuando dejes que él participe…a su manera.

-¿Hay algo más que deba saber?. Preguntó Azazel.

-Si, una cosa más. Hace tiempo que queremos llevar a cabo esto que te he contado, pero por unas u otras razones, nunca terminó bien. En realidad-Se silenció mientras evocaba los recuerdos-, nunca lo llegamos a empezar.

-¿Y eso?-Preguntó Azazel.

-Sólo ha habido dos ocasiones en las que hemos estado cerca de consumarlo, pero en ambas, las personas que nos iban a acompañar, se echaron para atrás. Sintieron miedo. Uno era muy joven y pensó, supongo, que tal vez le íbamos a hacer algo, el otro…bueno, del otro ni hablamos.

-Si acepto lo que me ofreces, ¿Hay algo más que deba saber?. Te lo pregunto por segunda vez. No me gustan las sorpresas.

-No. Pero permíteme una pregunta nada más…¿Has mantenido alguna relación gay?.

-No. Nunca.

-¿Y bien?. Preguntó ella.

-¿Y bien, qué?.

-Que si te interesa.

-Mira…yo no quiero líos. Tu oferta es muy generosa, pero…

Los labios de Anne Marie se estrellaron contra los suyos antes de que Azazel pudiera terminar la frase. La lengua penetró en la boca del demonio y se fundió con ella. Al retirarse ambas bocas, Anne Marie mordió el lóbulo de su oreja y se despidió con una caricia en su cuello. Azazel se estremeció. Desde que había visto a esa joven ninfa aquella mañana, quiso algo más. Y ahora lo tenía en bandeja…pero había un pero. Yo.

-Voy al baño. ¿Me acompañas?.

-Si. ¿Si quieres?.

Ambos se pusieron en pie y se encaminaron hacia el baño. Anne Marie tomó de la mano a Azazel y lo introdujo en el baño. Dirigió la mano del hombre bajo su vestido y ésta se dejó impregnar por su humedad. La mano vigorosa y experta no dudó. Aconcabada se apretó entre las piernas de ella. Con su dedo corazón pudo tantear su ano y con su pulgar el clítoris. El deseo estaba expuesto. Anne Marie palpó por el exterior del pantalón el bulto que había crecido entre las piernas de ese hombre. A duras penas, mientras recibía los besos, el aliento de Azazel, bajó el cursor de la cremallera y penetró en el interior. La masa de carne era vigorosa. Ella no había podido ver su pene aquella mañana, pero le pareció extremadamente voluminoso. Asegurándose de la excitación de Azazel, se desprendió de él.

-Si quieres más, en mi casa te podrás servir.

-¿A qué hora?- La impaciencia de Azazel se dejó notar. Sus órdenes las daba su pene, sus deseos, mi mujer.

-Ya. Si quieres, ya. Podemos irnos ya.

Y en efecto, Anne Marie y Gabriel Azazel salieron de Hontanares y llegaron a mi casa donde yo, no hacía mucho que los instaladores habían finalizado, probaba una y otra vez el mando que activaba el sistema de hilo musical.

Cuando sonó el timbre de la puerta me extrañé. Era muy pronto para que Anne Marie regresara, pero rápidamente pensé que tal vez los instaladores de Notas y Sonidos habían vuelto en busca de algún material olvidado.

Al abrir la puerta los vi. Ella, radiante, con su vestido blanco, preciosa, como siempre. El, encarnando a la perfección la siniestralidad. Sus ojos, su mirada fría, su rostro impenetrable, sus movimientos seguros, su olor. Caí en la bajeza más absurda ante ese hombre.

-¡Hola cielo!. Es…Gabriel Azazel- Me dijo a la vez que él me tendía la mano y yo la estrechaba con fuerza y aparente cordialidad.

-Encantado-Atiné a decir.

-Es presentador de un programa de televisión. En el canal 33- Detalló Anne Marie a la vez que accedían al interior de nuestra vivienda.

-¡Ah!. Exclamé por emitir algún sonido más que por mostrar entusiasmo ante la revelación.

Anne Marie actuó como una anfitriona perfecta. Azazel colaboró con la soltura habitual de un presentador televisivo y rápidamente dejé claro que yo era contable, lo cual aprovechó para comentarme los problemas que suponía que comenzaría a tener con Hacienda.

Tras veinte minutos de charla animada, en los que, como ya dije, nos insertamos en el mundo de los números, llegó la hora de la verdad. La hora de asumir el motivo de su visita. Yo no sabía por donde atacar, él, más fluido en sus comentarios, quizás tampoco, pero…estaba Anne Marie.

-Joaquín, le he explicado a Gaby los que pretendemos-Aquello ya comenzó a excitarme-, y bueno…estamos aquí.

Yo no sabía que decir, ni por donde atacar, ni que hacer. Sólo sentía morbo al imaginar la escena, pasión por vivirla, deseos de consumarla. Pero mi mujer, es mucha mujer. Tomando fuerzas de donde me podía alimentar, es decir, de Anne Marie, de su seguridad, empecé a hablar.

-Bueno…he de reconocer que todo esto puede parecer muy extraño para ti, Gaby, pero es algo que tanto mi mujer como yo hemos hablado en reiteradas ocasiones. No se, hay algo que nos empuja a desear vivir una situación como la que te ha comentado Anne Marie. Eres una persona pública, a la que imagino curtida en mil batallas y con una mente abierta ante semejante propuesta. Estás aquí, y eso es mucho. Eso significa que aceptas…o que al menos estás dispuesto a lanzarte a esta aventura que deseamos vivir…

-Si he venido, que os quede claro, es por acostarme con tu mujer- La voz, el tono desafiante e incluso amenazador de Azazel, me dejó pálido, secó mi boca y subrayó el verdadero motivo por el cual él estaba en nuestra casa.

-Claro, claro…-Respondí a duras penas.

-En realidad es eso lo que pretendemos, Gaby-Intervino Anne Marie-, no queremos ni deseamos una continuidad. Nada debe unirnos en el futuro, aunque tú salgas por la televisión y sea inevitable verte en alguna ocasión.

-Yo tengo claro todo. Vosotros sois los que tenéis que estar seguros de lo que queréis. Una vez empezado el juego, no nos podremos volver atrás. Tú, Anne Marie, me atraes mucho para privarme de ti. Si, te deseo.

-Pero hay unas condiciones…-Comenzó a decir Anne Marie.

-Lo sé. Se trata de un trío- Replicó él.

-Si, pero en realidad lo que nosotros queremos es que…

Gabriel Azazel me interrumpió de nuevo. Con esa seguridad y esa maestría que da saberse superior, con ese poder de seducción adquirido programa tras programa mirando a la cámara, con esa voz…me minimizó para dejarme, dejarnos, enteramente en sus manos.

-Tú quieres que me folle a tu mujer. Quieres verlo. Necesitas correrte de gusto mientras ves como se la clavo. Lo haré, si. Y puede que si te portas bien, te permita que estés muy cerca de nosotros cuando la penetre con violencia.

-Pero nosotros no queremos violencia, deseamos que las cosas sean…

-Serán. Serán, Joaquín. ¿Lo haremos aquí?, por mí no hay problema. Es un lugar idóneo. Vuestro salón es amplio, bien decorado, confortable. Tendremos más amplitud de movimientos.

Azazel se encontraba sentado sobre un sillón amplio, de asiento bajo, de cuero negro…cuando me quedé clavado sobre su imagen. Oscuro, tenebroso, algo inmortal, por primera vez me pareció el mismísimo demonio. Por primera vez comprendí que habíamos cometido un error y que lo que estaba a punto de suceder o de comenzar no era lo deseado por Anne Marie ni por mí. Pero ya era tarde. Azazel ordenó y Anne Marie, obedeció.

-Sería bueno que te quitaras el vestido para que te viéramos desnuda- Exigió él.

Anne Marie levantó su vestido lentamente y, en un arrastre doloroso, la tela gaseada recorrió su cuerpo hasta salir por su cabeza. La voluptuosidad que nos proporcionó la imagen de ella, desnuda, fue impactante tanto para el demonio como para mí. Sus pechos, hermosos pechos, comenzaron a danzar al compás de los movimientos que ella imprimía a su cuerpo. Azazel volvió a exigir.

-Ahora, deberías acercar esa silla, Anne Marie. Nos servirá para que Joaquín se siente en primera fila.

Anne Marie acercó una de las sillas que se cobijaban bajo la mesa del salón y, ante la inminente orden del presentador, me incorporé para sentarme sobre su asiento. Acomodado a escaso metro y medio del lugar que ocupaba ese tipo, pude oler su aroma. Me intrigaba su aroma. Observé a Anne Marie. Desnuda, impecable, bronceada, jugosa, deseosa…La imagen de ella me laceraba el corazón. Sólo pensar lo que iba a ocurrir me provocaba un nerviosismo y un temblor interior que se aliaban con el miedo que comencé a sentir cuando Gabriel se incorporó del sillón donde se encontraba.

Lentamente su cinturón, caro donde los hubiera, salió de las presillas de su pantalón. La hebilla brillante, bien podría haber sido de oro. Aunque demasiado ostentoso para llevar un cinturón cuya hebilla podría haber sido de oro, lo cierto es que Azazel cubría su cuerpo con mucho dinero. Su vestimenta así lo reflejaba.

Con el cinturón en la mano, agitándolo en un balanceo que lo único que provocaba era que me mareara, se acercó hasta mí. Anne Marie le observaba desde su asiento.

-Ahora, Joaquín, jugaremos a vuestro juego. Pero lo vamos a hacer a mi manera-Dijo mientras sonreía maliciosamente-, tú serás inmovilizado para que no puedas tocar.

Sin apenas tiempo para protestar, ya le tenía tras de mí, sujetando mis manos fuertemente y, tras pasarlas entre los barrotes de la silla, noté como con su cinturón inmovilizaba algo más que mis manos. Si, si me levantaba, la silla viajaría conmigo.

-No te preocupes, Joaquín, vosotros tenéis ganas de vivir una experiencia y yo, aprovechando vuestra generosa invitación y con la complicidad de mi participación, voy a saciar otra que me quema desde hace tiempo.

-Pero nosotros-Empecé a decir-, nosotros no queremos que esto…

-Tranquilo. Todo saldrá bien. Ahora, tu mujer, te quitará el pantalón y te dejará desnudo de cintura para abajo. ¿Te importa?. Supongo que no-Dijo sin que yo pudiera contestar-, lo pasaremos genial. Anne Marie, intenta quitar el pantalón a tu marido. Estará más cómodo y nosotros también.

Anne Marie se incorporó, desnuda, con sus pechos candentes de lujuria, y con una media sonrisa, se deshizo del cinturón, del botón, de la cremallera y, mientras yo ahuecaba mi cuerpo sobre la silla, tiró de mis pantalones y calzoncillos hasta mis rodillas. Mi pene inerte, casi temeroso, pareció recluirse aún más entre mi ingle y mi muslo. ¿Era vergüenza lo que ese miembro sentía o simplemente era temor al ver al demonio en nuestro salón?. Pronto descubrí el poder de Azazel.

-Y ahora, Anne Marie, con tu marido dispuesto, creo que podemos obsequiarle con una demostración de lo bien que lo vamos a pasar.

-Pero todo esto, Gaby…quiero decir… que todo esto de atar a Joaquín a la silla, no es…

-¿No es qué?.

-Nosotros lo que queremos es…

-Me lo habéis explicado muy claramente. Y yo os lo voy a dar. Pero ya os lo he dicho, a mi manera. No te preocupes, todos saldremos beneficiados y…satisfechos.

-¿Pero era necesario atarme a ésta silla?-Protesté desde la total inmovilidad.

-Si. Y es necesario que tu mujer te haya desnudado.

-¿Y si quiero parar?, ¿Y si quiero dejar esto?. No acaba de convencerme la historia tal y como se está desarrollando.

-En ese caso, querido Joaquín, me iré de inmediato.

La sonrisa burlona, la mirada abrasiva, la gravedad de su voz, y el gesto de sus manos, me indicaron claramente que ya no habría vuelta atrás. Y me daba miedo. Pero cuanto más miedo sentía yo, curiosamente, Anne Marie, más confiada se mostraba.

Mis labios se secaron al igual que ya se había secado mi lengua con anterioridad. El cielo de mi boca parecía una lija contra la que se rascaba mi lengua para arañar algo de saliva. Sentí los temblores de mi cuerpo mientras abrí la boca para pedir, en una enajenación sexual motivada por mi vicio, que no se fuera de nuestra casa. Que queríamos vivir esa experiencia que le habíamos confiado.

-Bien, en ese caso, Anne Marie, acércate. Ven, agáchate frente a mí y toma mi miembro en tus manos. Quiero que lo poseas con tu boca, quiero que tu marido te vea, quiero que tus palabras sean tus caricias.

Obediente hasta extremos desconocidos, si, y tal vez perturbada ante semejante autoridad, Anne Marie se arrodilló ante el demonio y con dos dedos fue descendiendo el cursor de su cremallera. Con lentitud, recreándose en lo que hacía, sin mostrar impaciencia, Anne Marie extrajo el miembro de Azazel hasta dejarlo libre. Su pene, no sin ser pequeño, mostraba signos evidentes de impaciencia. Cuando mi mujer cayó con su boca sobre la cabeza de aquella prolongación del diablo, me removí violentamente sobre mi asiento. Noté la excitación. Azazel venció su cabeza hacia atrás en claro signo evidente de complacencia y dejó que ella actuara a su libre albedrío. Anne María sabía lo que hacía. Siempre lo supo.

El despertar envidioso de mi pene, me llamó la atención. Cabeceó un par de veces de izquierda a derecha sobre mi muslo, antes de elevarse y otear entre mis piernas como esa boca, esa boca que le había acogido tantas y tantas veces, ahora se adueñaba de otro ejemplar más robusto y más potente.

-Tócate el coño mientras me la chupas. Premiemos a tu marido, Anne Marie.

Anne Marie obedeció sin rechistar. Su mano derecha descendió hasta su entrepierna y allí, con sus dedos juntos, se escurrió entre la abertura desesperada. Azazel me miró. Su mirada abrasiva me penetró desnudando mi interior, como si quisiera arrancar de mi alma hasta el último vestigio de la autoridad que yo tenía sobre mi mujer y mi casa. Yo ya no era dueño de nada. Ni siquiera lo era Anne Marie. Tenía la sensación certera de que Azazel se había apoderado de todo. El ordenaba y nosotros obedecíamos sin dudar. Yo, yo no era nadie. Un ser atado con ese cinturón propiedad del demonio, un ser atado a una silla mientras su mujer abrazaba con sus labios un pene que no era el mío y su mano surcaba el valle de su placer.

Gaby incorporó a Anne Marie y pude ver su pene brillante, arrogante, desmesurado en tamaño, hinchado de placer, hastiado de ira…

-Ven. Empálate sobre él-Dijo a la vez que tomaba asiento y sujetaba su pene para que mi mujer se lo ensartara hasta el fondo.

Si Azazel era el mismo demonio, si su nombre indicaba que era el encargado de guiar a los ejércitos del infierno, Anne Marie era una sacerdotisa del sexo que prendería la hoguera en la cual yo ardería por aceptar la debilidad de mi carne.

Yo y mis vicios. Quería sodomizar a ese hombre para que, a través de él, Anne Marie me sintiera dentro, pero…estaba atado, amarrado con el cinturón de nuestro invitado, sujeto a una silla que ni me permitía elevarme tan siquiera, y ni mucho menos andar. Estaba hablado, pero ¿Con quién lo habíamos hablado?, ¿Con una persona interesada en el tema o con un demonio que nos tenía atrapados?.

Anne Marie se elevaba y se dejaba caer sobre la lanza vigorosa de Azazel. Cada vez más dentro, cada vez con más ímpetu, cada vez más viciada. Mi pene, lejos de calmar su curiosidad, clamaba a través de su erección y dureza la atención que no tenía. Estaba empalmado viendo como se follaban a mi mujer. Observaba el pene de ese presentador mientras el coño de Ana Marie lo absorbía y lo devolvía al salón de nuestra casa. Y sentí envidia.

Gaby apretaba las nalgas de ella mientras aupaba sus caderas al encuentro con tan cálida hembra. Mi pene alborotado amagaba con expulsar algo por el meato, mis testículos hinchados acumulaban mis deseos. Ellos, demonio y sacerdotisa, seguían follando ante mi presencia. Desparramada, Anne Marie, besó en los labios al demonio y eso, estoy seguro que fue eso, hizo que él aullara mientras los ardientes espermatozoides se apoderaban del útero de ella.

Violentos todos, ellos por el lance y yo por la imagen, Azazel se puso en pie liberándose de mi joven y bella esposa. Era mi turno. Le vi acercarse con su miembro duro, mojado, exageradamente arrogante y dispuesto…

Cuando Azazel me liberó de mis ataduras y me ordenó sentarme en el sillón, Anne Marie se apoderó de mi pene y en su boca, sólo con la presencia de ese hombre frente a mí, me olvidé de ella por primera vez. El acaparaba todo. Llenaba el salón mientras ella me lamía una y otra vez sin resultado visible.

-¡Basta ya!-Ordenó el presentador-. Ven, acércate, Anne Marie.

Ella dejó mi miembro abandonado y se acercó a Gaby. Azazel fue desabotonando su propia camisa mientras la cabeza de Anne Marie subía y bajaba a un compás lento para ella, placentero para él y doloroso y excitante a la vez para mí. La mano de mi mujer se plantó en el pecho desnudo del famoso mientras su boca seguía en su limpieza exhaustiva sobre el glande arrogante. Mecánicamente, y sin invitación alguna, me acerqué a ellos. Mi pene duro, violentado en exceso, rozaba el cuerpo de mi mujer como un miserable gato requiere nuestra atención y nuestro cariño. Quería hundirme dentro de su cuerpo, pero ambos sabíamos que en esa ocasión tendríamos que traspasar la barrera marcada por la sociedad. Era nuestro deseo, era nuestra ilusión, era nuestro vicio. Cuando tomé el relevo que me cedió Anne Marie, la polla de Azazel me pareció incluso más potente de lo que realmente era. Noté hormigueo, cosquilleo, desazón, dolor, vergüenza…todo a la vez. Su pene, sin experiencia alguna, era acariciado por mi lengua mientras mis labios lo apresaban y la mano de mi mujer masturbaba entre mis piernas todos mis deseos. Aquellas uñas recorriendo mi periné, avanzando hasta mi ano para volver, en un castigo sin precedentes, hacia mis testículos, mientras su otra mano embargaba mi miembro, apresando mi dureza, tensando mi prepucio, regocijándose de la imagen que los dos hombres estábamos ofreciendo, me hicieron perder el norte. Cuando ella, sabia y bella a la vez, abandonó el roce que imprimía a mi zona más sensible y su mano se perdió entre sus piernas, supe qué estaba pasando. La masturbación, las caricias, habían comenzado. Cerciorándose de la plenitud de humedad que se escapaba de su cuerpo, Anne Marie pidió, casi imploró su penetración…



Azazel mostró, entonces, una cara totalmente desconocida para nosotros. Gabriel Azazel se puso en píe. Su mano tomó la de Anne Mari y la giró de espaldas a nosotros a la vez que la conducía hasta la pared más próxima, la que daba al pasillo de nuestra entrada. Allí, una vez que su mejilla se pegó a la pared, mi pene buscó su ano. Con la ayuda y la paciencia necesaria, el lubricante permitió escurrirme no sin cierto dolor, dentro de ella. Alojado en su ano, repare en las manos de Azazel. Iban y venían a su antojo por mi espalda, erizando mi piel, calentando mis deseos…

Cuando Azazel, el presentador nocturno, embadurnado de lubricante, hincó su tridente en mi ano, creí desvanecer. Sus potentes brazos rodeaban nuestros cuerpos, el de mi mujer y el mío, sus potentes caderas empujaban con lentitud pero inexorablemente hasta el fondo de mi ano, y en arremetidas intencionadas, hacía que yo empujara dentro del ano de Ane Marie mientras ella, a su vez, masturbaba su clítoris al compás de un sonido ronco que salía de su garganta.

El monstruo anal estaba fundido. Yo sodomizaba a mi mujer y Azazel me sodimizaba a mi. Tres cuerpos, un mismo deseo. Tres sudores, un mismo olor. Dos personas, un demonio.

Cuando Anne Marie me ofreció su culo ante la llegada de su orgasmo, mi pene inspiró y expiró una y otra vez hasta soltar el semen que retenía mi cuerpo. En el fragor de la inquietud, del placer, del pensamiento que, una y otra vez, trataba de asimilar, noté como Gaby soltaba alguna gota de semen en mi interior.

Derrotados, sudados, vencidos por el viaje, nos dejamos caer sobre el mismo sillón. Sin palabras, sin hablar, sin gestos, sin reproches, y mientras que Azazel fumaba, Anne Marie me besó en los labios. Y entonces, la mano vigorosa de Azazel tomó por el cabello a Anne Marie y la tiró sobre sus muslos. Ella, incomprensiblemente dispuesta, mamó nuevamente esa verga potente ante mi envidiosa mirada. Azazel me había provocado un orgasmo.

Si bien es verdad que tanto Anne Marie como yo queríamos otra historia, no es menos cierto que mi afición por la sodomía la bautizó Azazel. Necesitaba ver como otro hombre penetraba a mi mujer a la vez que yo le penetraba a él, necesitaba follarme a mi mujer a través de la piel de otro, pero ese demonio me descubrió que hay otras formas, que hay otras sensaciones, que el campo es amplio. Y cuando los dos, unidos por nuestros miembros, nos aferramos al cuerpo en el que habitábamos, sentí algo más que placer.

Anne Marie se ha rebelado como una auténtica obsesa del sexo. Una ninfómana exultante de belleza. Un cebo perfecto para nuestros deseos. El que viene a nuestra casa, ha de follarnos a los dos. Así es, así ha sido y así será. Gabriel Azazel fue el primero en una larga lista, cada vez más amplia, de predispuestos a esas prácticas…y como nunca hemos pagado por sexo, nos da más morbo entregarnos a nuestros más bajos instintos.

Hoy, Anne Marie y yo, estamos más unidos que nunca. Somos una pareja estable, nos amamos, nos deseamos, y compartimos una codicia común, desear el mismo pene. Y muy de vez en cuando, mientras el sonido del hilo musical se apodera de nuestra casa, nuestros “ayes” de placer se mezclan para fundirse en una sincronizada armonía de pasión, cuando, a través de mi piel, otro se folla a mi mujer.

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