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Ansiedad
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Hetero
20-May-2019
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Ansiedad
Poco a poco se fue dejando llevar, desapareció, o más bien desaparecí yo. Se acariciaba los pechos, primero suavemente y poco a poco con más fuerza, con rabia. Sus dedos frotaban el clítoris y se retorcía de placer. Se metía uno, dos, tres dedos y se follaba con fuerza.
El día que lo asumí llegué tarde a casa. Inesperadamente. No pude avisar. Todo estaba oscuro pero estaba seguro de que Sandra no había salido. Sólo tuve que girar levemente la llave para entrar. - Hola -. Nadie contestó. El piso inferior estaba vacío. Subí las escaleras y entré en nuestra habitación. Una delgada línea luminosa marcaba la frontera entre el dormitorio y el baño. Me acerqué con la intención de sorprenderla, se estaría dando una ducha. Por si la situación era algo más íntima fui sigiloso. Unos ligeros gemidos salían del interior del baño. Agudicé el oído y percibí el sonido apagado de un motor. Una vibración imperceptible. Se estaba masturbando. Me di la vuelta y decidí darle tiempo esperando en el salón. Sentí como las fuerzas, tan esquivas para mi, abandonaron también mis piernas.



...



Ya hacía más de un año desde la primera vez. No había cambiado nada, no tenía sentido, pero fue el principio y entonces no lo sabía. Al día siguiente volvió a suceder, pero seguía pensando que era algo pasajero, un mal momento. La vez siguiente, dos semanas después, se repitió la escena. Ya estaba preparado. Sandra, de rodillas, completamente desnuda y arrodillada entre mis piernas, se esforzaba succionando mi polla que parecía empeñada en huir a otros mundos. Me apretaba los huevos, me miraba fijamente con media sonrisa y el rostro transformado por el deseo. Nada servía. No cobraba vida.



Nada había sucedido en mi vida que lo justificara. Todo seguía las mismas pautas de normalidad, igual que unas semanas antes, pero ya no podía. Era un hombre acabado, un desecho, un castrati, bueno, un impotente. Sandra no se arrugó como yo, seguía intentándolo cada cierto tiempo. Yo notaba que cada vez espaciaba más sus desesperados intentos por reanimarme, ni el boca a boca ni el masaje cardiaco daban resultado. Encefalograma plano. Un día me dijo que teníamos que buscar ayuda.



Lo intentamos a conciencia. Médico de cabecera, urólogo, sexóloga, psicóloga, psiquiatra. Me faltó recurrir a la imposición de manos, pero eso, estoy seguro de que no habría tenido efecto alguno. Ningún tratamiento, ningún medicamento hacía revivir aquel desecho, otrora orgulloso mástil de masculinidad. Probamos con juegos sexuales, juegos de rol, disfraces, repasamos el diccionario de insultos y palabras obscenas de la A a la Z. Los ilustres y sesudos académicos de la RAE andan aún a la búsqueda de algún término que me excite de tal manera que me devuelva la sangre a la cabeza.







Yo notaba que Sandra, a pesar de su paciencia y sus esfuerzos, empezaba a cansarse de la situación. Ese día, cuando sentí como gozaba en el baño con un trozo de goma frío e insensible y lo hacía sin recurrir a mi, supe que había llegado el momento de tomar una decisión. Aún no sabía cuál iba a ser esa decisión, pero notaba que mi matrimonio se me escapaba entre los dedos y yo seguía queriendo a Sandra.



A veces, cuando algo parecía que nos ponía cachondos, una escena en una película, una situación morbosa en la calle, cualquier excusa, corríamos a la cama ansiosos y Sandra se afanaba nuevamente por hacer revivir a aquel ser inerte. No había nada que hacer. Entonces me dedicaba a darle placer con la boca, con los dedos. Sandra gemía, pero su piel no se erizaba, no temblaba. Un día le pedí que se masturbase para mi.



Al principio se mostró tímida, pidiendo ayuda, como si no supiera qué hacer exactamente. Poco a poco se fue dejando llevar, desapareció, o más bien desaparecí yo. Se acariciaba los pechos, primero suavemente y poco a poco con más fuerza, con rabia. Sus dedos frotaban el clítoris y se retorcía de placer. Se metía uno, dos, tres dedos y se follaba con fuerza. La mirada perdida, la boca entreabierta, el tronco extrañamente contorsionado. Sacó del cajón el vibrador y lo chupó para lubricarlo. Estaba tan cachonda, tan necesitada, que se lo metió de un golpe. Su coño engulló la polla de goma y Sandra inició un frenético mete y saca que la llevó al éxtasis en pocos segundos.



Cuando recuperó la conciencia y se percató de que yo estaba arrodillado delante de ella, con los ojos fuera de sus órbitas y la mano derecha afánandose, sin suerte, en pajearme. Me sonrió, con un rictus indisimulado de nostalgia.



-- Gracias --



Ya sabía lo que tenía que hacer. Había tomado una decisión.







Tenía que buscarle un amante. Si no lo hacía yo lo haría ella tarde o temprano. Pensé que si yo estaba al tanto e incluso lo propiciaba, podría al menos mantener mi relación de pareja, sosa, vacía de pasión, pero ya se sabe que el amor supera todas las barreras. Que otra polla hiciera mi trabajo entre las sábanas era la única salida.



Lo cierto es que la idea de ver cómo un tío se follaba a mi mujer, cómo atravesaba su coño, como ella gritaba y se retorcía antes sus embestidas me producía cierto asco y mucho terror. Vale, también un poquito de morbo, pero lo desechaba inmediatamente. Sólo me hacía falta visualizar a Sandra chupando el rabo de ese tío, esa imagen me enloquecía de celos. Qué curioso que siempre imaginaba un amante generosamente dotado. Las cosas de la mente. Uno desea lo que no tiene.



Durante unos días busqué en internet. Foros de sexo, páginas de cornudos, chat liberales. Uno se sorprende de la cantidad de gente que está dispuesta a follarse a tu mujer y eso sin conocerla ni haber visto siquiera una foto. ¡Qué éxito! ¡Qué cantidad de cabrones! La realidad era que la mitad de los que me parecieron serios y tanteé se echaban atrás cuando les proponía conocernos en persona para tomar una decisión. Sólo estaban jugando. Otros se excedían en la obscenidad, no era lo que buscaba. De otros no me gustaba su lenguaje vulgar o su escritura insulsa. Un par de ellos quedaron conmigo. Tuve la prevención de pedirles que fueran identificables y al verlos descarte la opción. Si quería que Sandra disfrutase no podía provocarle arcadas. Iba a ser más complicado de lo que pensaba.



La fortuna se alió conmigo una tarde. Empezaba a no ver salida tampoco por este camino cuando Paco se cruzó en mi camino. Hacía más de 15 años que no nos veíamos. Había cambiado, algo más maduro, pero seguía manteniendo ese porte de galán que lo hacía triunfar cuando compartíamos andanzas juveniles.



Debo reconocer que lo primero que pensé al reencontrarme con Paco era que daba el perfil; perfecto para follarse a mi mujer. Creo que andaba algo obsesionado con el tema. Nos tomamos unas cervezas esa tarde y, lógicamente, llegaron los recuerdos de los buenos tiempos de juventud, locura y desenfreno. Después nos contamos cómo nos iba la vida. No podíamos quejarnos. Paco se había divorciado, pero parecía encantado. Vuelvo a ser libre, decía, aunque reconoció que había perdido práctica o parte de su encanto irresistible para las mujeres.



Varias veces había intentado acercarse a jóvenes hermosas y éstas lo habían rechazado amablemente. Paco, le dije, debes pensar que tus objetivos han evolucionado. Debes centrarte en las mujeres maduras, separadas, divorciadas, incluso casadas insatisfechas. Olvídate de las jóvenes, ellas te ven como un maduro salido en busca de un polvo. Difícilmente les vas a interesar. Paco me dio la razón con un gesto de angustia. Seguimos charlando un buen rato y nos prometimos repetir el encuentro pronto para recuperar nuestra vieja amistad. Antes de irse, y para que los buenos deseos de seguir viéndonos no quedaran en palabras amables, lo invité a venir a cenar el viernes a casa. - te presentaré a Sandra, mi mujer, estará encantada de salir un poco de la monotonía -.



Había encontrado al individuo adecuado pero quedaba mucho trabajo por hacer y debía ser muy prudente. ¿Debía alertar a mi mujer o solo propiciar el encuentro y poner las condiciones para que ambos conectarán? ¿Debía poner en guardia a Paco o dejar que él entendiera mi propósito? Era un mar de dudas y ni siquiera estaba convencido de si lo que estaba haciendo era lo correcto. Sólo sabía que la situación de mi matrimonio era cada día más complicada y sin lugar a dudas esta era una salida desesperada, pero al menos era una salida.



Pensé que lo más prudente era intentar generar unas condiciones agradables en la cena y esperar a ver cómo reaccionaban ambos. En el fondo solo se trataba de un primer acercamiento. Durante los días previos al viernes le hablé a Sandra de Paco cada vez que encontraba la ocasión. Al fin y al cabo era un amigo de juventud al que no había visto desde hacía años. Sus conquistas, su fama de ligón, los rumores sobre sus excepcionales habilidades en la cama que se habían extendido por la facultad y que le habían facilitado más conquistas de las que habría logrado sin este empujón. Muchos sospechábamos que había sido él mismo quien se encargó de poner en circulación esos rumores. Su buen carácter, su simpatía, su porte elegante. Tanto hablé y hablé de las bondades de Paco que mi mujer me llegó a decir que si me había enamorado de él. Y no era eso, no era eso.







Aquella noche estaba nervioso. Angustiado. Sentía una opresión desde la garganta al estómago. Le había pedido a Sandra que se pusiera guapa. Aunque íbamos a estar en casa quería que mi amigo quedara impresionado. Ella entendió que de alguna manera quería presumir de mujer ante un compañero que tenía fama de don Juan. El típico orgullo masculino.



Puntual, a las 22:00 horas, sonó el timbre. Yo había procurado retrasarme un poco y la llegada de Paco me “sorprendió” terminando aún de vestirme. Le pedí a Sandra que saliera a abrir y atendiera a mi amigo, tardaría unos segundos. Me demoré más de lo razonable, no llegó a diez minutos y salí dispuesto a afrontar una de las noches más complicadas de mi vida. Mi amigo y mi mujer se había sentado en el patio, uno frente al otro, en unos sillones bajos muy cómodos que tenemos para tomar el fresco o leer relajadamente.



Tomaban una copa de vino y charlaban animadamente, como si se conocieran desde hacía mucho. Sandra llevaba un vestido corto y la falda dejaba ver el esplendor de sus muslos. Estoy seguro de que Paco estaba gozando de la visión. El vestido era suelto y si se inclinaba también mostraba el inicio de las curvas de sus pechos. Estaba hermosa. Radiante.



Saludé a Paco efusivamente y me serví también una copa de vino. Traté de integrarme en la conversación. Mi intención era dirigirla hacia temas cada vez más calientes y comprobar cómo reaccionaban ambos. Confiaba en que el vino, había hecho provisión de varias botellas, me ayudaría en mis anhelos y quizás, a superar mi terror. Sandra estaba muy relajada. Sonreía constantemente. Trataba de ser amable con mi amigo, que se sintiera a gusto. Paco le preguntaba por su trabajo, se interesaba por sus aficiones y siempre sabía algo acerca de lo que mi mujer explicaba que lograba captar la atención de ella. Juraría que estaban flirteando.



Decidimos cenar en el patio, la temperatura era agradable. Más vino para todos. La conversación no decaía. Si en algún momento veía que frenaba el ritmo, introducía algún recuerdo de nuestra etapa universitaria en el que Paco aparecía como el galán al que todas las chicas querían conquistar. Él se mostraba modesto y era prudente al hablar de sus conquistas pero desgranaba anécdotas que hacían reir a Sandra. El vino, las risas y el buen ambiente, habían logrado relajar aún más a Sandra que había dejado de preocuparse por el largo de su vestido y no se molestaba en tirar de la falda si subía más de lo “decente”. Notaba que Paco peleaba por alejar su mirada de los muslos de mi mujer, sin demasiado éxito, la verdad.



Tras la cena, que siguió muy animada, propuse tomar una copa y les pedí que volvieran a los sillones para estar más cómodos y continuar con la charla. Opté con unos mojitos, que suelen ser garantía de éxito y se toman con facilidad. Aunque tenía algunas cosas preparadas, me demoré al menos 10 minutos en la preparación. A mi regreso Sandra reía sin rubor. Echaba el pelo hacia atrás y sus pechos subían y bajaban rítmicamente al ritmo de sus carcajadas. Cada uno mantenía su posición en un sillón. Paco inclinado hacia mi mujer, a cierta distancia, y ella echada en el respaldo se sentaba sobre una de sus piernas. La posición y el largo reducido de su vestido dejaba a la vista sus muslos y estoy seguro de que Paco podía saber a esta altura de qué color eran sus bragas.



Paco quiso ir al servicio un momento y decidí pasar a la acción. El vino facilitó mucho las cosas. - Sandra, ya sabes cual es mi situación. Yo te quiero pero no puedo follarte desde hace mucho tiempo. Tú no estás bien. Tenemos que encontrar una solución o esto nos acabará alejando. Quiero que, cuando vuelva Paco, seas tú la que vaya al baño y cuando regreses lo hagas sin ropa interior. Quítate las bragas. Ya veo que no llevas sujetador. Paco es una oportunidad magnífica y creo que le gustas. Tienes que seducirlo y llevarlo a la cama esta noche. Ten en cuenta que él no sabe nada de esto. Que su polla haga mi trabajo. Yo miraré. -



Sandra perdió el color de las mejillas, respiró profundamente y su rictus se congeló durante unos segundos que me parecieron vidas. Quizás había provocado, sin quererlo, el inicio de la ruptura que deseaba evitar. De repente, sus ojos sonrieron y me besó en los labios. Apasionada, húmeda. -gracias amor- . Paco acababa de entrar y se quedó en la puerta del patio. - si molesto me voy ya a casa, por mi no hay problema, otro día nos tomaremos los mojitos -. Le pedí que se dejara de tonterías y que se sentase. Sandra se excusó y fue al baño.



Ahora tenía que asegurarme de que Paco no iba a rechazar a mi mujer. Le expliqué de manera muy rápida mi situación y le pedí que me sustituyera esta noche entre las piernas de mi mujer. Paco no daba crédito a lo que le pedía. -¿estás seguro? - Le expliqué que mi mujer no sabía lo que estaba tramando y que tendría que seducirla. En el momento apropiado yo propondría que hiciéramos un trío y como volvería a fallar, los dejaría a los dos continuar sin mi. Eso sí, me quedaría mirándolos. Paco, de esto estaba seguro, aceptó mi propuesta sin poner muchas pegas. De hecho, si yo no hubiera estado delante ya se habría insinuado abiertamente a mi mujer.



Sandra regresó del baño y se paró en la puerta que daba acceso al jardín sonriente. Tenía sexo en la mirada. Los labios húmedos y los ojos brillantes. La luz del salón iluminaba su silueta y a través de la tela del vestido se adivinaban las formas redondeadas de sus muslos. Yo sabía que se había quitado las bragas. Intuía entre sus piernas, ligeramente abultados, los labios de su sexo. Estaba muy caliente. Paco se volvió a mirar y quedó mudo. La postura de Sandra, con las piernas abiertas en V invertida, los brazos en jarra y los pechos temblorosos bajo el escote holgado de su vestido dejaban claro que venía pidiendo guerra.



Cruzó los metros que la separaban de mi exagerando el movimiento de su trasero al andar. Miró a Paco con una sonrisa lasciva, se paró frente a mí, levantó la falda de su vestido dejando al aire las nalgas y se sentó a horcajadas sobre mis piernas. Me besó. Prácticamente se metió dentro de mi boca con un beso profundo, caliente. Se puso de rodillas en el suelo y desabrochó mi pantalón, Paco miraba la escena boquiabierto y se tocaba el rabo, pero no se atrevía aún a participar. Sandrá se metió mi carne sin sangre en la boca y comenzó a succionar. La falda de su vestido estaba ya a la altura de la cintura. El espectáculo que ofrecía a mi amigo debía ser muy excitante.

Sandra chupaba con más ganas que nunca, hacía muchos meses que no lo intentaba con tanta decisión, con tanta fé. Me lamía los huevos. Con los dedos intentaban revivir mi virilidad, pero no había manera, seguía siendo inútil. Paco se levantó de su sillón y se colocó, de rodillas, detrás de Sandra, masajeando los pechos de mi mujer. Ésta al notar en su culo la presión de una polla dura se estremeció y abandonó la mamada que intentaba completar. Apretó su trasero contra el paquete de Paco. - ¡métemela, ya!



Mi amigo no se lo pensó. Sólo una leve mirada para asegurarse de que yo no ponía ningún impedimento, de que no me había echado atrás. Bajó la cremallera y sacó la polla, dura, desafiante, orgullosa y la clavó profundamente en el coño candente de Sandra. la cabeza de mi mujer golpeó contra mi polla al encajar la embestida. Sus ojos se pusieron en blanco y empezó a mover el culo de una manera frenética. Paco casi no podía empujar, no lo dejaba, estaba poseída. En unos segundos estalló en un orgasmo antiguo, encerrado, que bañó de jugos los pantalones de Paco. Mi polla seguía con la mirada fjia en las hermosas losas del jardín.



Sandrá se sacó el rabo de Paco y se sentó en el sillón. - Levanta Paco, quiero más, esto no ha hecho más que empezar -. Yo intentaba continuar el trabajo de Sandra con mi polla y miraba como mi mujer había perdido el control de sus deseos. Bajó los pantalones a Paco y agarró con gula su rabo con la mano derecha. Suavemente, aprovechando su propia humedad, deslizaba la mano de la base al capullo, gozando de la dureza de la miembro. Acercó su boca al glande y lo lamió mientras me miraba. Cerró los ojos y se la metió en la boca profundamente, una y otra vez, una y otra vez.



Entonces, noté un cosquilleo intenso que nacía de los huevos y subía hacia mi polla desahuciada, una corriente eléctrica que le hizo levantar la cabeza para mirar la escena. Estaba teniendo una erección, y de las históricas. Miré a Sandra que seguía succionando con voracidad el rabo de Paco, no podía interrumpirla ahora. Me pajeé con fuerza, con dolor, con lágrimas en los ojos, de triste felicidad. En pocos segundos me estaba corriendo sobre la cara de mi mujer, que con la polla de mi amigo en la boca me miró un instante y continuó con su trabajo, fuera de sí, fuera de mi.
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