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Anastasia escribe y hace el amor
Author: 
Fantasias eróticas
02-Feb-2019
478
4.00/1
Anastasia escribe y hace el amor
Una mujer me pidió que me acueste con ella
Una mujer me pidió que me acueste con ella. Yo estaba corriendo, dándole vueltas al parque, cuando ella se me acercó.

—Buenos días —me saludó

—Hola —le respondí

Era una mujer baja, rubia. Calcule mentalmente que podía tener entre treinta y cuarenta años. Llevaba puesta una pantaloneta negra de deporte y un top amarillo que dejaba su cintura al descubierto. Ya la había visto, haciendo abdominales en el pasto, y había pensado: “Esa tía no está nada mal”. Así que me detuve frente a ella, después de haberla saludado. Me saque los audífonos y le pregunté si sabía qué hora era.

—¿Quieres acostarte conmigo? —me preguntó

Me quede un momento en silencio, aturdido. La estudié de pies a cabeza. Tenía las piernas gruesas. Su cintura era fina. Sus senos eran más bien estándar, pero tenía los pezones en punta. Estaba arrecha.

—¿Me vas a cobrar? —le pregunté

—No, solo quiero divertirme un rato. ¿Quieres hacerlo?

Busqué en su rostro alguna pista de sus intenciones. Tenía ojeras, los labios sin pintar, la piel un tanto maltratada. La expresión indiferente. Le dije que sí con la cabeza.

La mujer se llamaba Anastasia, tenía una camioneta Mitsubishi antigua, con las lunas polarizadas, esperando detrás del parque. Me hizo subir a luego de poner unas bolsas plásticas en el asiento —para que mi sudor no lo ensuciara—. Le pregunté a dónde íbamos y ella me dio la dirección de su casa, en Barranco. Me prometió que después me pagaría un taxi de regreso: me sentí como una prostituta sofisticada. En la radio, sonaban baladas en inglés. Le pregunté si podía cambiar la estación y ella asintió. Puse rock contemporáneo y me recosté en el asiento. No tenía ni idea de lo que me esperaba.

—¿Qué te excita? —me preguntó Anastasia cuando paramos en un semáforo

—Casi cualquier cosa —dije. Ella sonrió

—Te estoy dando la oportunidad de que me pidas lo que quieras

—Me gustan los disfraces —dije, recordando lo rica que estaba la Caperucita que animó la fiesta de mi hermanito menor el año pasado

—¿Qué clase de disfraces?

—Los infantiles

—Interesante

—¿Qué es lo que te excita a ti? —le pregunté. Ella sonrió. No me respondió. El semáforo cambió a verde


Su casa era algo así como una mansión colonial equipada con tecnología moderna. Entramos por un portón automático. En la puerta, nos esperaba una empleada. Anastasia me pidió que me limpiara bien los zapatos antes de entrar. La empleada me saludó afectuosamente, con un beso en el cachete. Era cholita pero estaba recontra buena.

—Hola, me llamó Enrique —me presenté

—Yo soy Lola —dijo ella

Meses más tarde, con Anastasia cabalgando encima de mi verga, Lola me susurraría al oído “eres un caballerito”, antes de lamerle el ojo del culo a su patrona. Pero eso sucedería después.

Por ahora, subimos las escaleras de madera y entramos al primer cuarto. Era un cuarto de niño. Tenía un cubre camas de carritos y una alfombra de pista de carreras. Las paredes eran celestes. Anastasia me invitó a pasar.

—Cierra la puerta —me ordenó

Así lo hice. Ella se agachó para abrir uno de los cajones de la cómoda —el que estaba más abajo— y sacó un libro considerablemente grande. Pude verle las nalgas, apretadas en su pantaloneta negra y quise puntearla en ese mismo momento. Ella se levantó y me señaló la cama. Me senté en la orilla.

—Este es el cuarto de Robín —me dijo—. Robín es mi hijo, tiene siete años

Acto seguido, se sentó encima de mis piernas. Abrió el libro, que resultó ser un álbum de fotos, y empezó a pasar las páginas al azar. El pene se me paró y ella debió de sentirlo porque acomodó el trasero de tal manera que mi verga quedó en el medio de sus nalgas.

—Este es Robín en su cumpleaños número cinco —era la foto de un niño saltando en una cama saltarina

Rodee la cintura de Anastasia con mis manos. No entendí lo que estaba sucediendo pero cada vez me excitaba más. Pasó otra hoja del álbum.

—Aquí estamos en Halloween —dijo ella

La abracé, cerré los ojos y coloqué mis labios en su cuello.

—Mira cómo era —abrí los ojos. En la foto, pude ver al niño al medio y a sus dos padres a los lados. A la izquierda, había un hombrecito de lentes. Flaco y canoso, disfrazado de zombi. A la derecha, estaba ella, disfrazada de Pocahontas. Sus senos eran enormes, estaba embarazada.

—Te ves hermosa —le dije e intente besarla en los labios pero ella se resistió

—Todavía no —me dijo, cerró el libro y cruzó sus brazos por detrás de mi cuello—. No sé por qué hago esto. Tengo una familia bonita, que me quiere

—¿Quieres que me vaya?

—No, quiero desvirgarte —me dijo y entonces sí me beso

Le metí la lengua dentro de la boca, jugué a las luchitas con la suya. ¿Cómo sabía que era virgen? ¿Era tan evidente?

Le tome el culo y lo apreté contra mi pene. Tenía miedo de que ella sintiera el olor de mi sudor y se asqueara. A mí, el de ella, me excitaba. Sentí sus pechos y con las manos también su cintura. La carne firme de su cuerpo. Quise arrancharle la pantaloneta pero ella me lo impidió.

—Vamos a mi cuarto —me dijo. Observó su reloj de mano y agregó—: No nos queda mucho tiempo. Osvaldo y Robín llegan a las cuatro

Me tomó de la mano y me llevó hasta su habitación.

Apenas llegamos, se recostó de espaldas a la cama y se quitó la pantaloneta. Yo me quité el short y la ropa interior. Salte encima de ella y le apreté el miembro contra las bragas.

—Casi lo olvidaba —me dijo. Me apartó de un empujón y se paró—. Ponte cómodo, iré a ponerme el disfraz

—No importa, hagámoslo así nomás —le rogué. Tenía la verga dura a punto de reventar

—No, sí importa. Ya vuelvo

Me deje caer en la cama. No tenía más opción que esperar.

Mientras ella se ponía el disfraz, yo pensaba en la cantidad de chicos que ella habría traído a su casa, en el número de penes que habrían estado dentro de ella. No es que me molestara pero tampoco me hacía tanta gracia acostarme con una tía ninfómana. Y encima sería mi primera vez. Si tan solo Mariana me hubiera dejado metérsela esa noche. Pero no, sus padres llegaron antes de lo previsto.

—¡Ta, tan! —gritó Anastasia desde la puerta

Traía el disfraz de Pocahontas de la foto. Se veía hermosa. No tan bien como en la foto, porque las mujeres embarazadas siempre me han parecido más ricas, pero igual estaba poderosísima.

—¿Te gusta?

—Sí, ven acá

Nos besamos en el rellano de la puerta, la conduje hasta la cama y la puse en cuatro. Le baje la faldita marrón y por fin pude verle el coño: peludo y mojado. Ella me animó:

—Veamos de qué estás hecho —me retó

—¿Tienes condón?

—No importa, después tomo la pastilla —me dijo

Dudé un par de segundos. ¿Y si estaba contagiada? Ella notó que dudaba, se echó en la cama y me preguntó:

—¿Qué sucede?

—Nada

—¿Tienes miedo?

—Un poco —mentí

—Ven conmigo

Me abrazó. Me besó cariñosamente y se recostó encima de mi cuerpo. Se incorporó un poco para quitarse el sostén y luego se quedó echada en mi pecho, con los senos desnudos sobre mí.

—¿Quieres que te cuente qué me excita?

—¿Qué cosa?

—Contar historias. Soy escritora —me dijo

—¿De verdad?

—Sí, ¿quieres que te cuente una cortita?

—De acuerdo

“Hace dos veranos, Osvaldo, Robín y yo fuimos de vacaciones a Cancún. Robín tenía tres años. Eran nuestras primeras vacaciones como familia.

Resulta que había un sujeto, un salvavidas, que me marcó desde que nos registramos en la recepción. Cuando nos fuimos a bañar a la piscina, él se presentó muy amable y nos advirtió que tuviéramos cuidado porque la orilla estaba resbalosa. Debo de admitir que me atrajo físicamente, era rudo y moreno y parecía capaz de darle a una mujer placer ilimitado. Pero no le presté demasiada atención.

Hasta la noche en la que baje al bar sola. Osvaldo se había emborrachado y Robín estaba durmiendo. Yo todavía no estaba cansada así que decidí bajar por un trago. Ahí me encontré al salvavidas, sin su uniforme, y él se acercó a hacerme conversación. No hablamos mucho. Él me propuso:

—¿Alguna vez lo has hecho debajo del agua?

—No, nunca

No sé en qué estaba pensando. Quizás me deje llevar porque también había bebido bastante. La cuestión es que esa noche, el salvavidas me metió la pinga en la piscina. Fue hermoso. Jamás sentí tanto placer como cuando él me frotó en el agua y luego me llevó en sus brazos a la orilla y me lamió el coño húmedo hasta que me vine dentro de su boca.

Lo hicimos dos veces más durante esas vacaciones. La primera, a plena mañana. Osvaldo consiguió un paquete de excursión para ir a ver a los delfines mar adentro. Yo fingí que tenía migraña y les dije que fueran ellos solos. Así lo hicieron. Pasó una hora y llame al salvavidas, le di el número de mi habitación y cogimos como locos con la televisión a todo volumen, para que los vecinos de cuarto no sintieran nuestros gemidos. La última vez lo hicimos en un baño. Esta fue la más arriesgada porque él estaba en turno y mi familia estaba almorzando. Era nuestro último día en Cancún. Temprano, antes de ponerme el vestido blanco, me quité las bragas. Sabía que tenía que tener al salvavidas dentro mío por lo menos una vez más antes de volver. Así lo hice. Me escape en medio del almuerzo y lo arrastré hasta el baño más cercano. Cerramos la cabina con seguro, me levanté un poco el vestido, él se bajó un poco el short y cogimos por última vez y para siempre encima de un inodoro.”

—¿Y qué más? —le pregunté

—Nada más, solo eso

—¿Tu esposo se enteró?

—No sé, supongo que no porque no me dijo nada. El problema es que dos semanas después, me enteré que estaba embarazada

No dije nada. Me arme de valor y empecé a frotar sus senos con mis manos. Estaban calientes, eran inmensos. Los besé.

—Ya estoy listo —le dije

—De acuerdo, recuéstate —me ordenó

Me recosté en la cama, me masturbe un poco para que se me volviera a poner en modo bestia.

—Aquí voy —dijo ella y se sentó lentamente encima de mi pinga. Sentí el contacto de su vagina como la entrada a una cueva calientita—. ¿Así te gusta?

—Sí, sigue

Puso sus manos encima de la cabecera y se impulsó hacía mi cuerpo. Empezó a rebotar suavemente. Con cada embestida, mi verga crecía un poco más dentro de ella. Cuando sentí que el semen subía por mis testículos, quise evitar la eyaculación apretando el pene contra su cuerpo. Funcionó por un momento.

—¿Cambiamos de pose? —le pregunté. Era una excusa, quería ganar segundos de descanso para evitar la eyaculación

—¿No te gusta así?

—No, sí me gusta. Pero ahora yo quiero estar arriba

—De acuerdo

Desmontó y se echó de espaldas, abrió las piernas de par en par. Se lamió un poco los dedos y frotó su vagina.

—Listo, ven

Me eché encima de ella, la penetré con delicadeza. Ella me sujetó de las nalgas y me apretó contra su entrepierna. Le di un par de buenas arremetidas que lograron hacerla gemir pero en el momento menos esperado —cuando ya empezaba a coger ritmo— me vine.

Ella se levantó no bien sintió el primer chorro. Se metió mi pene dentro de la boca y se tragó el semen sin reparo.

—Qué rico —dijo, cuando terminó de pasar mi esperma

Acto seguido, se levantó de la cama. Prendió un ventilador. Cuando caminó hacía la puerta y le gritó a Lola que le preparara la tina para bañarse, pude ver su cuerpo. Blanco, enorme, con las huellas de mis manos sucias. Sentí un olor fatal que se desprendía de la cama: era la combinación del sudor con el sexo. Ella abrió uno de sus cajones y sacó una barra de chocolate. Se echó al costado mío. Me ofreció un poco. Le acepté un pedazo. Me lo metí a la boca y lo chupe hasta que se deshizo en mi paladar.

—Tienes que irte —me dijo ella de repente. Tomó su celular de la mesa de noche—. Te pediré un taxi

—Está bien. ¿Volveremos a vernos?

—No sé, dame tu número por si acaso

Le dicte mi número, ella lo apuntó en su celular:

—Estarás contento por el debut —me sonrió

—Sí, bastante

—No te vayas a templar. Ese es mi consejo. Y menos aún de una mujer como yo

—Te quiero —le dije

Ella me dio un piquito. Apareció Lola en la puerta:

—Señora, el baño está listo

—Perfecto, Lola. Lleva al joven a la sala, por favor, que espere ahí a su taxi. Y no te olvides de calentar el almuerzo porque el señor Osvaldo y Robín ya deben de estar por llegar

—Sí, señora

Me levanté de la cama, me vestí lo más rápido que pude mientras ella hablaba con la empresa de taxis.

Antes de irme, le di un último beso en el medio de los senos, ella me revolvió el cabello:

—Adiós caballerito —me dijo

FIN
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