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Mi última guerra
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Textos humorísticos
01-Sep-2017
668
2
4.50/4
Mi última guerra
Relato humorístico sobre las habilidades masturbatorias de Lester, mi gran amigo de la infancia
Lo precipitado de mi enfermedad me obligó a pasar unas noches en el hospital Sant Eligius sin haber hecho reserva previa de una suitte individual (nunca me ha sido grata la idea de que alguien, no perteneciente a mi família, pudiera verme en pijama). A pesar de mis largas discusiones con la recepcionista no pude conseguir alojarme solo; tenia que compartir la 309. Eso si, me consolaron diciéndome que disponia de unas magníficas vistas al mar.

La habitación, decorada grotescamente; sólo poseia un vulgar cuadro de Gauguin, disponia de dos camas; me acomodé en una de ellas y esperé impaciente la llegada de mi compañero.

Tardó aún un par de horas, durante las cuales me lo imaginé de mil i una formas distintas: un aristócrata engreido, un vendedor de sellos sin precio, un gangster arrepentido o, lo que es aun peor, un inspector de hacienda o un taxista.

Estaba abstraido en dichos pensamientos cuandi ví llegar al que seria mi compañero por unas noches… ¡! Lester ¡! ¡! Lester Stanford ¡!. Mi gran y viejo amigo el bueno de Lester. Un antiguo compañero de los parvularios de Ucla.

Recordaba perfectamente la última vez que lo ví; cuando, a toda velocidad, se alejaba en su cuna por la quinta avenida empujado por su niñera de color, después de que esta y la mia sostuvieran una acalorada discusión sobre que detergente lavaba más y mejor. Jamas habia vuelto a saber de él.

Al verlo fui a abrazarlo efusivamente; le ayude a ordenar el contenido de su equipaje y se instaló en la cama vacia.

Tras unas largas horas de conversación, en las cuales le di a entender mi alegria y suerte al tenerlo de compañero (siempre es mejor que un taxista); nos disposimos a dormir pensando en que al dia siguiente nos aguardaban nuestros respectivos quirófanos.

Unos horas después; cuando descansaba plácidamente y estaba sumido en un gratificante sueño, un estremecedor ruido me despertó. Mi infalible intuición (en los Boys Scoutes nunca habia utilizado brújula) me previno del peligro. Las imágenes del Vietnam se amontonaban en mi mente. Instintivamente mis manos cubrieron mi rostro para evitar que la metralla producida por una granada (F18 sin lugar a dudas) cuyos efectos eran parecidos a los de un bronceador sin marca (nunca olvidaré la cara de tia Genny tras utilizar uno de estos maquiavélicos productos) desfigurara mi cara. Esperé unos breves instantes para retirar las manos de mi rostro; pero cuando me disponia a abrir los ojos, un zumbido parecido al que protagonizan las bombas lanzadas desde un Boein 714 silbeo sobre mi. Rápidamente reaccioné lanzandome al suelo cubriendome con el conchón. Tal y como esperaba, no tardó en repetirse el atronador ruido. Aun casi no habia cesado dicho ruido infernal cuando un nuevo silbido serpenteaba en el vacio.

Fue entonces cuando pensé en el bueno de Lester. ¿ Estaria herido ?. Ya me disponia a lanzarme heroicamente sobre él (como nos enseñaron en West Point) para cubrirle de las bombas cuando… atónito observe los movimientos de aquel energúmeno que desnudo y con la polla en posición de firmes se estaba masturbando como un poseso. Con un movimiento reflejo agarré impetuosamente la almohada tapandole aquella monstruosidad; esta vez, con más fuerza si era posible, se agarró su descomunal miembro y me lo clavó en la boca sin piedad con tanta violencia, que del temblor logro hacer caer el preciado cuadro de Gauguin.

En los minutos siguientes empleé frenéticamente todas las artimañas para detenerlo. Pero aquel falo indestructible penetraba tan hondo que martilleaba mi cerebro.

Sentí una repentina sacudida que me hizo tambalear; las piernas me flaquearon, caí de rodillas. Tenia la cara desencajada; el pelo de punta; la carne de gallina y la boca llena de leche. Los tímpanos me estallaban los ojos se me salian de sus órbitas y mi cuerpo se estremecía en espasmos musculares que transformaban mi siempre elegante y esbelta figura. Y cuando ya creía que aquel delirio había llegado a su fin; su pene monstruoso aún creció más y continuó imperturbable. Mi cabeza era una campana.

Finalmente, debatiéndome con todas mis fuerzas en tal inmenso caos, perdí el conocimiento.

Cuando desperté, cubierto de leche, se habían llevado a Lester al quirófano por un par de horas; tiempo durante el cual aproveché para solicitar a la infermera un cambio de habitación, aunque mi nuevo compañero fuera esta vez…. un taxista.
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Absolutamente delirante :-)))))
01-Sep-2017
bueno... muy bueno... una locura... pero no te pases ni un pelo con los taxistas :--))
01-Sep-2017
2 published reviews